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Oro en las heridas.

Me cuesta respirar, disnea quieren llamarlo los médicos. Sensación de ahogo, de que no soy capaz de llenar mis pulmones con la suficiente cantidad de aire. No sé si es culpa del calor asfixiante de este verano, del hastío vital que siempre tengo encima o si a ti también te pasa cuando no estás conmigo.

Dicen que las cosas sólo son bonitas si funcionan, que sólo así pueden serlo pero no estoy seguro. He visto juguetes rotos de los que no he podido quitar la vista durante horas, he visto personas rotas de las que no he querido irme en días, he visto corazones rotos a los que habría querido cuidar durante el resto de mi vida.

También hay algo bonito en lo usado, en lo viejo, en el desastre de la destrucción emocional. Los japoneses tienen nombre para eso también, kintsukuroi, se empeñan en hacer cicatrices de oro en los objetos rotos para que se vean las heridas, para que se muestren en lugar de ocultarlas; porque las grietas sólo indican que el tiempo pasa por nosotros, que estamos vivos y cambiamos, y seguimos. A mí me gustaría hacer eso con tus heridas, besarlas con calma, limpiarlas con mi saliva, pintarlas de oro, y acariciar el relieve que marquen sobre tu piel después. Que las finas ebras doradas que recorran tu cuerpo te recuerden lo malo sin que tenga que doler nunca más.

De eso me encargo yo.

Las cicatrices hay que contarlas y tenerlas presentes para que no se olviden, para no tener que tropezar otra vez con las mismas piedras y que vuelvan a salirnos costras en las rodillas como cuando éramos niños y corríamos por las calles del pueblo sin saber lo que tendríamos que afrontar en la vida.

Me cuesta respirar por mucho que abra las ventanas y deje al viento pasar para revolver las páginas escritas que llenan la mesa.

Me cuesta respirar siempre que estás lejos y te tengo que imaginar.

Podemos poner de moda el amor, ser la envidia de todos por hacer las cosas bien, no cortarnos las alas y darnos siempre la mano.

Y no ser como todo ese dolor del que habla la poesía.

Si te digo la verdad, no tengo miedo de descubrir quién eres realmente, ni de saber si tienes algún lunar que desconozco, no tengo miedo de romperme un poco más aunque tengan que llenarme de oro todas las heridas después.

No me rescates.

Voy a decírtelo claro, sin andarme con rodeos.

No me rescates.

Te lo voy a suplicar, porque sé que si vuelves a arroparme entre tus brazos no voy a superarlo esta vez. Que no puedo perderme contigo de nuevo si sé que no voy a encontrarte al final de este túnel sin sentido. Pienso en nosotros y me hago pequeño, y he tardado demasiado en ver la luz como para volver al círculo vicioso de tenernos sin poder tocarnos.

Acabé contigo y tú conmigo, y no voy a ser capaz de perdonarme tanta cicatriz sin hilo.

Nada es imposible, se atreven a decir, pero llegar al final es mucho más fácil de lo que imaginé. Llegamos a la meta sin ser capaces de decirnos adiós, porque nunca se nos dio bien. Y todavía siento el filo entrando entre las costillas cuando escucho tus canciones, todavía me quedo vacío cada vez que pienso que teníamos el futuro lleno de intenciones.

Somos hijos de la tragedia, la nostalgia, del whisky que destilan las novelas de Chandler y Hammet. Los hijos huérfanos de un amor roto desde el principio. Y nos conformábamos con tenernos a medias hasta que nos necesitamos enteros y chocamos con la ridícula realidad, y fue entonces cuando nos convertimos en sombras de lo que realmente éramos. Un par de espectros que trataban de volver al mundo de los vivos sin encontrar la puerta correcta.

Sobrevivimos al invierno, a un verano de 40ºC y a las ganas de comernos la vida y bajarnos los pantalones en todas las esquinas; pero nos fuimos con la primera luna llena del año.

No me rescates. Aunque veas que he vuelto a caer en el abismo, aunque sepas de sobra que ni el café ni las balas son suficientes para mí, aunque leas las letras más tristes firmadas con mi nombre.

Mira hacia el frente, tienes un camino largo y sin mí todo será más fácil.

Fui la brújula rota que confundió todo tu rumbo.

La estrella que dejó de brillar cuando tu nombre se volvió tabú entre mis cuatro paredes.

No me rescates, estoy perdido, estoy muerto, y ya no me queda nada que decir.

Texto publicado originalmente el 26 de Abril de 2016 en krakens y sirenas.