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Cuidarnos.

Un día estás en la cima y al otro revolcándote en la ciénaga.

No tenemos equilibrio.

No existe el punto medio.

Has vuelto a descubrirte con una mentira entre los labios, tratando de convencer a los que te rodean de algo que no crees ni tú mismo. Sigues esperando a ser tú; como si tuvieras que arreglarte, coserte las heridas y borrarte las cicatrices para eso.

Nos impiden salir a la calle cojeando, con dudas, sin saber qué queremos.

Nos obligan a estar perfectos para que nos quieran, como si tuviéramos que presentarnos intactos, todavía con el envoltorio en su lugar, como si viviéramos en un escaparate preparados para la foto desenfadada, para el atardecer perfecto, para la sonrisa permanente.

Ya no disfrutamos, sólo aparentamos buscando la luz, el ángulo, el momento, el lugar; siguiendo la corriente, haciendo caso a los consejos de gente que nos importa una mierda.

Todo es mentira.

Menos algunas cosas.

Algunas miradas.

Algunos besos.

Algunos abrazos.

Algunas palabras.

Sólo hay que darse cuenta y cuidarlo.

Y cuidarnos.

Hasta cuando no tengamos ganas ni de levantarnos de la cama.

 

El perdón y la física cuántica.

Mi vida está llena de café, cicatrices por curar, despertares sin ti.

Y caos.

La tuya también está llena de caos, un caos que desconozco casi por completo. Sigues siendo un misterio a pesar de que pasa el tiempo y hemos ido conociendo las fibras de las que estamos compuestos casi sin saberlo.

En el mundo casi todo acabamos conociéndolo de ese modo, un día te encuentras con una persona de la que no sabes nada y a los meses te descubres recordando su fecha de nacimiento, sus canciones favoritas, su escritor de cabecera y su lugar preferido de la infancia. Sin saber muy bien cómo lo has conseguido de pronto estás mirándole a los ojos, buceando en su boca, meciéndote en sus caderas.

Un día todo cambia, se cruza el muro, dejas atrás los límites y sólo tienes ganas de respirar al unísono con las luces apagadas.

Te pido perdón ahora que no me queda otra, es lo único que está en mi mano ya. Te pido perdón porque no sé hacer las cosas de un modo mejor, no he podido pararme los pies ni he sabido detenerme a tiempo. Perdóname por ser incapaz de quedarme quieto cuando te veo, incapaz de hacer como si no pasara nada, de disimular, de decir en voz alta que no me quedan fuerzas pero seguir siempre luchando por los dos.

Soy, algunos días, como esos peces que el mar arrastra hasta la orilla y buscan oxígeno sin que llegue a sus pulmones y al final la espuma acaba brotando por mi boca. Lo sigo intentando hasta el final pero intuyo que este está tan cerca que me recuerda a esas veces que un maratonista no puede alcanzar la meta por culpa del cansancio, aunque sólo le falten unos metros para conseguir su objetivo.

Lo teníamos tan fácil, al alcance de la mano, estábamos rozándolo todo ya con la yema de los dedos. Estaba oliendo tu pelo al salir de la ducha, buscando el hueco de tu cuello para intuir tus pulsaciones.

Yo siempre estoy esperando y nunca acabas de llegar, es una sensación extraña, como si lo nuestro fuera el gato de Schrödinger de las relaciones. Estamos en un estado de vida y muerte permanente, metidos en nuestra caja con nuestro veneno y nuestra partícula radioactiva.

Juntos y separados al mismo tiempo, cincuenta por ciento.

Pero no me hagas caso, no acabo de tener claro que la física sea la ciencia que mejor explica lo que pasa en el amor.

 

Te invito yo.

Vamos a olvidar los recuerdos y a quemar las fotografías, y a deshacernos de los nombres por los que todo el mundo nos conoce.

Debe ser ya la hora de empezar de cero y tirarlo todo por la borda, lanzarnos a un precipicio llamado futuro, dejar los adoquines que llevamos en los bolsillos.

Mira, sólo te digo una cosa:

— Despliega las alas.

Que ya toca.

Basta de estar en la sombra, de quedarse siempre en la parte del camino que nadie quiere transitar. Ya hemos tenido suficiente siendo los sacos del boxeo de todo el mundo, los que sostienen sus penas, los que transportan sus mundos, los que siempre callan y asienten y nunca dicen nada con tal de no hacer daño.

Basta de ser marionetas maltrechas, juguetes rotos a los que todo el mundo usa a su antojo y después desecha sin pensar.

Basta de ser tú y yo, y conformarnos con esto.

Ya nadie tiene que decirnos qué hacer o qué decir, ni qué señales debemos seguir, ni qué estrellas debemos mirar.

Hay un eclipse lunar y no me coges de la mano.

Una vez más.

Llegará el tiempo de quitarnos las ropas, quedarnos desnudos de miedos, besarnos las canas, acariciar las arrugas, lamernos todas y cada una de nuestras cicatrices, querernos más cuanto más viejos y feos, y fofos.

Y esto no va a parar.

A la próxima vida te invito yo, te lo prometo.

No vamos a sufrir más.

No es necesario.

Indiferencia.

Hay días en los que todo te da igual aunque no sea así. Hay días en los que haces de tripas corazón y disimulas de la mejor forma que sabes, pones tu mejor cara y sigues caminando con las manos en los bolsillos y una sonrisa de dolor en el rostro.

La vida se presenta tan gris de cara a un otoño sin ti.

Siento que el tiempo ya se nos acaba y que vamos a quedarnos tan atrás, que cualquier día el saludo se nos va a atravesar en la garganta, que nos giraremos las caras antes de ocultarnos en cualquier esquina.

Y va a ser tan triste todo eso.

Desaparecer de tu vida y que te de igual.

Que desaparezcas de la mía y que nada sea igual.

Es tan complicado.

Cuando se pierde la ilusión no queda nada, se apaga la llama, se funde la bombilla, y sólo somos carne de cañón.

Parece que ha sido una cruel mentira, que después de tantos meses todo se ha puesto realmente en su sitio y resulta que el mío está lejos de ti.

Más de lo que me gustaría.

Al final sólo he resultado ser otro juguete roto con el que probar, al que morder y al que acabar tirando cuando la cosa se complica.

Qué jodida es la puta indiferencia, y cuánto duele sin que se haga nada. O quizá, precisamente por eso.

Has sido para mí como esa trampa mortal en la que quedarme atrapado, una de esas de las que si logras escapar acaba dejando secuelas importantes, de las que no se van con facilidad, de las que quedan para siempre.

Y no hay quien supere eso.

Espero que alguien sepa besar mis cicatrices, que las acaricien con las mismas ganas con las que yo lo he hecho contigo.

No seguiré esperando afuera, cierra la puerta.

Estoy agotado.

Rara avis.

Somos materia orgánica en proceso de descomposición permanente. Estamos muriendo mientras vivimos, y el tiempo va poniéndonos en el sitio hasta colocarnos en la tumba.  El hueco anónimo de nuestra lápida en un cementerio de almas malditas nos espera impaciente. Nos arrastran los minutos a la casilla de salida, a saltar al vacío, a sonreír cuando no hay miedo a equivocarse.

Ilusos del mañana, que todavía creemos en una existencia mejor, en un destino sin nieblas tenebrosas por delante. Vamos a tener que abrir los ojos y sacar los puños, y golpear con rabia al pasado, al presente sin sentido, y al futuro que no queremos tener.

Las piezas siempre acaban encajando, tarde o temprano, y cada peón tiene una misión en esta partida extraña en la que nunca sabemos cuál va a ser el próximo movimiento. Tendremos nuestras recompensas y cumpliremos nuestras condenas.

A veces siento que la melancolía se está esfumando y que me estoy quedando vacío por reír más de la cuenta, por no tener el horizonte lleno de nubes. A veces siento esa tranquilidad que llevo buscando desde hace tiempo. A veces pienso que todo podría ir bien y luego vuelvo a caer en la oscuridad de la primera taza de café humeante que me plantan delante.

Vamos a tener que trazar una línea para separar el sueño de la realidad cuando alguien llame a nuestra puerta y nos entregue una carta que lleve nuestro nombre. Todavía tenemos incertidumbre en el primer y último latido, y taquicardias de madrugada. Todavía tenemos preguntas que no sabemos responder.

Ni cuándo, ni cómo, ni si pasará. Y no hay nada que yo pueda hacer para impresionarte.

Se hace tarde, y me he descubierto escuchando canciones de rap que me han obligado a pensar en ti. Y no entiendo de bases, ni ritmos pero somos el cruel reflejo de algunas de sus letras.

Eres la única que follándome me hizo sentir movidas en el pecho.

Voy a darme una ducha de agua fría, a romper otro jarrón, a ver Match Point y brindar contra las sillas.

Voy a seguir roto, lleno de cicatrices sobre el esternón secándose al aire.

Somos distintos.

Somos rara avis en un mundo de ineptos.