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Romanticismo de mierda.

La mayoría de veces sólo quiero saber que me echas de menos igual que yo a ti, o quizá no igual pero parecido. O saber que piensas en mí cuando vas a un lugar que me encantaría, o ves una fotografía que podría haber hecho yo, o lees una frase que sabes que me gustaría copiar en el estado de mi whatsapp.

Lo único que necesitamos los seres humanos para sentirnos bien, para que desaparezca un poco la carga que transportamos a lo largo de los años, es saber que alguien piensa en nosotros, que en realidad no estamos solos aunque durante las veinticuatro horas del día no salgamos de nuestras cuatro paredes y nuestro sofá.

Somos mucho más sencillos de lo que nos imaginamos.

En el fondo, hay algo universal, un latido casi ancestral que nos mueve y que es, en esencia, el amor. En distintas formas, grados e intensidades pero creo que es ese eje sobre el que giran nuestras vidas. Las de todos, en mayor o en menor medida.

Y eso lo hace todo fácil y complicado al mismo tiempo, porque los sentimientos no atienden a la razón, ni entienden de esperas, cambios o equivocaciones. Porque los sentimientos al final se mueven entre el miedo, la alegría, la ira, el asco y la tristeza.

Y ya no sé cuál de esas cinco cosas te provoco.

Pero mira, para mí el amor no tiene nada que ver con París o Roma, ni con brindar con champagne o ir de traje, tampoco me suena a vals ni a canción lenta, ni a poema de Neruda o Rubén Darío. Para mí es mejor porque sólo tiene que ver contigo, con verte esquivar las balas o lanzar dardos a la diana, con que salgas corriendo o te quites la ropa, que subas a las nubes, toquen tus pies en la tierra o bebas agua del pozo.

Es que yo qué sé, me gustas de todas las formas posibles, hasta cuando te sobra el mundo y te falta espacio, y sólo quieres soledad y olvidarlo todo.

Soy un romántico de mierda.

Así me va.

 

 

 

 

Maldita.

Me veo recogiendo toda la esperanza que has dejado por los suelos, los huesos que aún quedan en nuestras cunetas.

Yo pensaba que era suficiente con querer y no es verdad, me habían vendido esa mentira de que sentir algo un poco más arriba del estómago era todo lo que necesitaba.

Y no es verdad.

Vivimos en un mundo en el que disimular es más constante que la gravedad, y sonreímos y asentimos mientras por dentro estamos tan llenos de grietas que nadie nos puede arreglar.

Nos hacen falta tantos abrazos y verdades.

Nos sobran tantas tragedias y destrucción sentimental.

Nos estamos complicando la vida con tanta aspiración y al final sólo llegan a nuestra puerta las cartas con todas las decepciones.

Con querer no es suficiente porque hace falta mucho más.

Por eso quererla es sencillo, porque no cuesta tener siempre una cuerda preparada para tirarla al mar si se está ahogando. Es sencillo abrirle la puerta cuando arrecia el frío en el mes de Febrero. Es sencillo arroparle por las noches después de que el sexo sólo huela a ella. Es sencillo compartir el desayuno y el mal humor matutino. Es sencillo sanar las heridas con besos sin lengua. Es sencillo abrirle las puertas, dejar que pruebe mi postre, bajar la tapa del wc, apagar las luces, hacer la cama, llevarla tan lejos como me pida, darle la mano y salir adelante.

Juntos no debería haber barreras, ni acantilados, ni tiempo, aunque estemos clavados por las rodillas, aunque todo sean idas y venidas, y desesperación.

Que siempre nos tengamos el uno al otro, que siempre podamos dejarnos caer hacia atrás con los ojos cerrados, que siempre podamos hablar mirándonos a los ojos deshaciendo los nudos de la garganta, que siempre podamos emborracharnos los sábados, que siempre tengamos cuadernos para escribir la historia.

A mí me pasa que la miro y es como escuchar mi canción favorita, y ella cree que está maldita pero todavía no se ha dado cuenta de que es sólo que aún no entiende su magia.

Bailar en la nada.

Todavía no había conseguido darme cuenta de que eres la canción que nunca había cantado. Tantas noches observándote, dejando que mis ojos vagaran por tu cuerpo en busca de tu alma. Tantas noches perdiendo la cabeza y el sueño para poder ganarme tus besos.

No sé qué pensarás cuando yo ya no esté, cuando esto se acabe, cuando la marea me arrastre todo lo lejos que pueda de ti y de tus labios. No sé cómo podrás seguir con tus días ni yo con los míos pero habrá valido la pena, porque durante un tiempo fuimos valientes y estuvimos a punto de sacar todos los sueños y desperfectos del cajón. Estuvimos cerca de querernos de la forma más fácil que existe, sin complicarnos la vida, sin reproches, sin ceños fruncidos y desconfianza. Con lo bonito que es abrir la puerta y que alguien te reciba con una sonrisa y algo de cariño en los bolsillos. Con lo bonito que sería dejarse caer de espaldas sin temer el golpe.

Y es que me has tenido en tus manos siendo más frágil de lo que imaginas.

Después de ti, creo que la vida será como cuando pasa la tormenta y se van las nubes, que sale el sol pero se queda el suelo mojado. Será como el poso que queda en la taza del café. Será como el mar sin poder arrastrar toda la arena de la playa. Será como una noche de luna llena con un rastro de niebla y eco en las montañas.

Seguro que será mucho más difícil olvidarte de lo que fue conocerte, de lo que fue conseguir que nuestras miradas se cruzaran en el tiempo. Y está claro que tu recuerdo me perseguirá cuando consiga ser feliz en otra parte, en otros brazos y en otro nombre, que llevaré conmigo el doble lazo que me has dejado en el pecho.

Lo que no tengo tan claro es cuando va a llegar el adiós. Si te atreverás a que haya despedida, o si serás cobarde y me dirás tan solo un hasta luego para que no pierda la esperanza, para que pueda abrigarme las noches más duras del invierno.

Y aún tengo que decirte todas las cosas que nunca te he dicho, quitarte la falda, gritar contigo, bailar en la nada, morderte las bragas.

Y aún tengo que dejar que el mundo deje de importarnos una noche más.

Y perdernos a oscuras, saltar los charcos, robarte las ganas.

Y conseguir que no me pese el futuro de la misma forma que lo hace el pasado.

Y que te quedes conmigo sin tener que pedírtelo.

El ganador.

No puedo mirarme al espejo sin esperar que aparezcas por detrás para abrazarme y convertirte en una lapa. Ni soy capaz de aguantar los silencios eternos en el comedor.

Yo que siempre he sido reflexivo, que me ha bastado con escuchar a Mahler mientras leía a Orwell o Conan Doyle y afuera llovía con fuerza. Yo que me he conformado con tener un bolígrafo y una hoja en blanco, y algo de tiempo en la muñeca.

Y ahora no aguanto todo este desierto, esta lava fría que me deja clavado al suelo. No aguanto tanta tempestad sin hielo.

Ahora no comprendo por qué ya no puedo sin ti.

Debería poder sonreír y que todo me diera absolutamente igual, pero a veces una canción me lleva hasta a ti y casi puedo cogerte de la mano y siento el nudo en la garganta y las ganas de saltar por la ventana.

Porque en realidad no.

Porque todo es mentira.

Otra más.

No sé si hay amores que matan, pero estoy convencido de que hay amores de los que no se puede salir, que te persiguen de por vida como las peores pesadillas, que se adhieren a tu piel y a tus costillas y acechan a cada paso, hasta el fin del Imperio y la Estrella de la Muerte.

No sé si todavía sigo esperando a que me salven de este infierno del que debería salir yo solo, pero no puedo.

No estar contigo me parece seguir perdiendo el tiempo que no tengo.

Creo que ya no confío realmente en nadie, y estoy temblando dentro de la armadura, como si fuera pleno invierno y nos azotara el viento de más allá del Muro.

Y lo peor de todo es que sé que me fallarás si no me canso antes y acabo fallándote yo. Y es descorazonador, porque el frío podrá con nosotros y entonces no podremos hacer nada. Y entonces no seré capaz de sonreír mientras te saludo un día cualquiera, cuando me cruce contigo por casualidad.

Esperaré al próximo cambio de estación, para ver si por una vez soy el rey de este tablero de ajedrez, para ver si seguimos todos en pie en esta maldita partida, para ver si las cosas siguen igual y entonces puedo tirar todas las piezas a la basura y quemarme la garganta a gritos. Que me consumirá la rabia por dentro por no ser capaz de romper el recipiente y sacar la verdad a pasear. Que miraré hacia otro lado por no romper el tratado de paz.

Y no habrá castillos de fuegos artificiales para celebrar nuestro principio, porque no lo habrá. Creo que eso lo tengo escrito en alguna profecía.

Me lo decía todo la canción y yo no quise escuchar:

Quien quiso ser el ganador, murió.

Canción para ti.

El ciclo se repite y aunque no lo sepas voy a acabar doliéndote.

Como tú lo haces.

Hay canciones que ya no puedo escuchar por tu culpa, hay canciones que me van rasgando por dentro con cada frase, hay canciones que me van haciendo pedazos y ya soy incapaz de reconstruirme.

Al final soy polvo y cenizas, y sólo me muevo con el mismo viento que es capaz de hacer que vueles y que baile tu pelo.

No tengo arreglo de ningún tipo. Lo admito.

Yo no sé quién va primero, ni quién va a acabar con la sangre por el suelo y los días vacíos. Yo no sé quién tiene el tiempo de su parte. Yo no sé de qué lado va a decantarse la balanza pero tengo claro que vivimos en un mundo sin justicia y que Atenea nunca ha velado por mí. Así que supongo que una vez más voy a acabar caminando en medio del desierto, en dirección contraria, poniendo kilómetros y calendarios entre los dos.

Sólo quiero escaparme a alguna montaña perdida donde no haya rastro de ti, ni de tu olor, ni de tus manos por mi espalda. Marcharme al otro lado del mundo para poder soportar mis pensamientos sin arañarme los brazos.

Estoy harto de morderme la lengua, de mirar hacia otro lado, de apretar los puños y gritar sólo hacia dentro.

Toda este lío clama al cielo. Y ya está bien.

Sigo convencido de que mandamos poco a la mierda, de que se nos va todo de las manos y no sabemos ubicarnos. Sigo convencido de que nos puede el miedo, la incertidumbre y el caminar sobre el alambre. Sigo convencido de que preferimos malo conocido que bueno por conocer y así nos va, que nos toca llorar por las esquinas y quejarnos de todo cuando el cambio está en nuestras manos. Sigo convencido de que nos damos cuenta del error cuando ya no tiene solución.

Al final la vida es como un viaje en avión, y hay quien llega siempre cuando están cerrando las puertas de embarque y se queda en tierra firme. Y qué putada, pensar que llegas tarde a tu propia vida, que has perdido la oportunidad de tener a alguien que realmente querías.

Aún nos pasa poco por no decir las cosas, por mirar sin ver, por oír sin escuchar y hablar sin saber callar.

Yo no aguanto más.

No aguanto más el ser la cara B, el equipo de Segunda, la última opción, la película de cine polaco, el actor de reparto, la nota más baja de la clase.

No lo aguanto. Hasta aquí he llegado.

Ahora piensa bien qué es lo que quieres tú.

Pero que quede claro, toda esta canción es para ti.

Los periódicos no hablaron de nosotros.

Ni yo recuerdo tu nombre, ni tú recuerdas el mío.

Probablemente.

Sólo sé que era verano y que el agua nos había mojado hasta las neuronas, y que con la ventana de la habitación abierta escuchábamos los truenos castigando las afueras de la ciudad sin tregua.

Nos recorrimos por completo, varias veces, mientras cualquier canción sonaba de fondo entre las cuatro paredes que nos acogían. Sin percibir ninguna señal de aviso, sin leer los carteles luminosos que nos advertían que nos acabaríamos perdiendo.

Nos convertimos en un par de ángeles caídos que se movían como unas manos cuando tocan un riff de guitarra que conocen de memoria, que se arañaban las espaldas y que se mordían el labio a cada rato que podían. Sin ritmo fijo, sin saber si estábamos en la cama o golpeando las caderas contra el suelo, porque daba igual, porque las circunstancias son lo de menos cuando la sangre no te llega al cerebro durante un buen rato. Subidos a un tren e incapaces de ponerle freno.

Hay veces que todo es sexo.

Sudor, saliva y nuestras pieles pegadas entre sí.

Y lo hicimos tan sucio, tan elegante, tan clandestino que era imposible que algo saliera mal. Lo hicimos tan jodidamente bonito que el hecho de que la ciudad fuera un río turbulento de gente y agua era secundario, y que vinieran las siete plagas de Egipto y el puto Apocalipsis eran tan sólo un par de minucias mientras tenía tus labios respirando con los míos.

Sólo recuerdo tus gemidos, tus manos en mi pelo y las ráfagas de viento trayendo gotas de lluvia para tratar de apagar el incendio entre los dos, encargados de convertir aquella habitación en el más dulce infierno. Destruimos sobre unas sábanas empapadas todas las fronteras, y encontré caminos en la curva de tu cintura que no salen en los mapas.

Los periódicos no hablaron de nosotros, pero dicen que aquel día hubo atascos y accidentes, y que mientras nosotros sumábamos orgasmos otros los restaban.

[Y ahora escucho truenos, y quiero tenerte, y amanecer contigo mientras la ciudad duerme y huele a tierra mojada.]

No volveré a verte.

La primavera se nota en la calle, la noche pierde terreno y ya he visto a valientes que han colgado los abrigos y no piensan cogerlos hasta que llegue Noviembre. El frío se ha quedado atrás y tengo claro que no volveré a verte. Lo cierto es que la mayoría de las veces un adiós a tiempo ha salvado más vidas que algunos tratados de paz.

A pesar de que el sol ya nos calienta los brazos seguimos con el miedo acurrucado en nuestro pecho, nos puede el pánico a la soledad aunque sea de manera efímera. Seres sociales por naturaleza sólo unos pocos son capaces de aislarse del resto sin sufrir las consecuencias.

Soy capaz de mirar bajo mis pies y ver lo inestable del suelo en el que piso. La mayoría de días vivo en una realidad paralela que me impide darme cuenta de lo que realmente pasa, y arrincono la verdad por temor a que vuelva a hacerme daño.

Últimamente, lo único que me produce paz es el ruido, el movimiento y las tormentas. De pronto es como si me sobraran la calma, la tranquilidad, la serenidad; necesito el estruendo, la detonación de mis propios pensamientos hasta vomitarlos a gritos con la primera canción que me recuerda a ti.

Convertido en un juguete roto que espera en la orilla del mar a que vuelvas, a que envíes un mensaje dentro de una botella. Hazme saber de alguna forma que por un momento fui importante, que de verdad te pasó como a mí, que te habrías atrevido a construir un barco en el que navegar los dos hasta acabar convertidos en hielo y sal.

Miénteme, porque de tus labios la verdad nunca fue capaz de curarme las heridas. Miénteme y dime que volverás algún día, y que podré sonreír de nuevo sin partirme en dos pensando en ti.

Qué cruel el destino que me mantiene tan lejos, que lo único que me permite saber con claridad es que nunca fui tuyo y que, en el fondo, nunca quisiste quererme.