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Ya es tarde.

Ya es tarde, probablemente para todo.

Es tarde para que vuelvas a abrirme la puerta, para que se arregle el mundo, para remediar algunos de los errores que hemos cometido.

Es tarde para olvidar algunas cartas, cafés y tantos besos.

No sé qué voy a hacer a partir de ahora que todos los caminos me parecen oscuros y sin fin, desde que sé que no vas a estar al otro lado el destino ya no tiene sentido. Supongo que voy a dedicarme a vagar por el Universo, a hacer y deshacer sin que nada permanezca mucho tiempo, a tener amores fugaces de esos que no dejan la huella que has dejado tú con tal de mantener la mente y el cuerpo ocupado. Y es que si consiguiéramos encapsular los sentimientos, guardarlos para siempre y que así alguien pudiera encontrarlos dentro de miles de años mi corazón sería como un fósil en el que podrían leer tu nombre sin problema, sólo quitándole el polvo de un soplido.

Algunos días creo que ya no tengo miedo a perderte, porque siendo sinceros nunca te he tenido, y otros me quedo callado mirando al vacío esperando a que algo cambie, a que algo me salga bien de una jodida vez.

Podrían haberme avisado de que la vida era así de injusta, de que uno nunca tiene lo que se merece, de que hay otros siempre con más suerte, de que crecer sólo iba a servir para destruirme lentamente.

Podrías haberme avisado de que romperme en dos no iba a ser suficiente, ni cuidarte más de lo que me he cuidado nunca a mí mismo, ni querer sólo lo mejor para ti, y de que arriesgarse es un espejismo para la mayoría de la gente.

Es tarde para que sonría como hacía antes.

Es tarde para hacer las maletas.

Ya es tarde, probablemente para todo, también para huir de ti.

Esperanza dicen. Qué locos.

Nos hemos acostumbrado tanto a la violencia que se nos ha ido de las manos el amor, ya no sabemos querer a los demás sin cometer errores, sin cagarla en el momento menos pensado.

Y los gritos, los reproches, las peleas y las balas parecen normalidad.

Refugiados sin refugio, mares cementerio y mosaicos de civilizaciones antiguas que hoy están resquebrajados, como la mayoría de corazones.

Lo justificamos todo, y me da vergüenza.

No entiendo a las personas que sólo saben ver desde su posición, que conocen la empatía sólo de oídas, que piensan que son poseedores de la verdad más absoluta; cuando ya se encargaron los científicos de decir que todo es relativo, hasta en los sentimientos y las letras.

No entiendo que utilices armas que hacen daño en lugar de palabras para reconfortar a los demás, no entiendo que utilices tus manos para quitar aire a otros en lugar de abrazarlos, no entiendo que desperdicies tus noches sin estar besando a alguien, no entiendo que dejes a Neruda cogiendo polvo en una estantería, no entiendo que no sepas apreciar una puesta de sol en compañía.

Nos han puesto vendas en los ojos, nos han dicho que el mundo es un negocio y que no se puede ir a contracorriente. Nos han dicho que nuestra alma tiene precio y nuestras manos sólo sirven para hacer algo productivo.

No tengo preguntas ni respuestas, ni comienzos ni finales. No soy nadie en todo este laberinto de caminos sin nombre en el que tú no estás presente.

Y me gustaría olvidar que tengo que olvidar para poder sonreír mejor. Me gustaría volver a abrir las ventanas y que el frío del invierno se burlara de mi cara de dormido. Me gustaría dejar de romper páginas en las que hablo de ti.

Es ya septiembre y sólo espero nuevas tempestades tras tus ojos empañados.

Es ya septiembre y aquí sigo con las manos vacías, sin rosas que regalar, sin tiempo por delante.

Esta existencia, de cuentas atrás y contrarrelojes, me parece cada día un poco peor y no consigo quitarme las ganas de ti.

Y todavía hay quienes me dicen que no pierda la esperanza, que al final todo valdrá la pena.

Esperanza dicen. Qué locos.