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La luz de noviembre.

Las mismas calles de siempre, la luz de noviembre.

Abrazos conocidos, sonrisas que casi tenías difuminadas en el recuerdo.

A veces no hay nada como volver a casa para encontrarte de nuevo a ti mismo, y recordarte quién eres. En algunos momentos perdemos nuestra esencia y todo se tambalea y no sabemos sobre qué tipo de aguas estamos caminando, y nada mejor que un par de palmadas en la espalda para devolverte a tu lugar.

Las grietas de la pared desconchada siguen ahí, donde estaban hace unos meses, donde estaban hace unos años. La bandera republicana con sus colores desteñidos continua colocada en el balcón de la plaza. Las piedras ya desgastadas por el paso de cientos y cientos de suelas de zapatos te miran otra vez. El saludo escueto de un lado a otro de la acera acompañado de un movimiento ascendente de la cabeza. La puerta cerrada de la iglesia. El mirarlo todo como si fuera la primera vez. El descubrir tus propios pasos en otras épocas, solo y acompañado, en silencio, con la funda que guarda un saxofón plateado a tus espaldas. Las típicas preguntas para saber si todo sigue igual y qué cosas han cambiado durante tu ausencia.

Y en el fondo todo sigue ahí.

Y en el fondo nada sigue ahí.

Somos las mismas personas y también somos diferentes, lo que nunca cambia es el vínculo a pesar de las vueltas de reloj, de que un día sea primavera y otro invierno. El telón de fondo siempre es el mismo y por eso la cerveza sabe mejor y las risas suenan más altas.

Porque vuelves y te sientes tranquilo, y los ruidos de ciudad se difuminan y parece que todo queda lejos y cubierto de neblina. Los problemas no parecen tan urgentes, ni ese vacío continuo del pecho parece tan grande, y cesa el castigo que te impones a diario durante unos minutos.

Te dicen que luches, que sigas, confían en ti, se alegran de verte, y tú también lo haces. Te miran a los ojos, no se esconden detrás de grandes palabras vacías.

Te llenan de impulso, de fuerza y valor.

Y tú tienes que venir a que te enseñe mis calles de siempre, mi luz de noviembre.

No te asustes.

No dejamos de temblar.

El mundo es cada vez un lugar peor y nosotros también, pero algunos tratamos de seguir arañando toda esa superficie llena de barro para encontrar lo que realmente vale la pena. No nos conformamos con respirar y caminar sin saber a dónde vamos, siguiendo al rebaño. Nos gusta saber el por qué de lo que pasa a nuestro alrededor, entender, comprender, aprehender.

Salir de la cueva y que las ideas y los sueños por cumplir sean nuestras mejores armas. Ver la luz y que sepamos el camino a recorrer aunque nos obliguen a cerrar los ojos. Los planetas se alinean de vez en cuando para ti y para mí, y nos sentimos afortunados por unos minutos de gloria en los que rozarnos las mejillas y mirarnos a los ojos.

Nos gusta pasar las páginas de los libros de papel porque somos nostálgicos y aún creemos que leer es un placer para los sentidos, todos. Igual que sigue siéndolo tenerte a mi lado.

Nos gusta salir los domingos, cuando todavía nadie ha tomado las calles y dejar nuestra huella en la hierba del parque.

Nos gusta reír sin hacer daño y bailar sin saber qué estamos haciendo.

Nos gusta mirar la luna hasta que sale el sol.

Y cogernos de la mano sin mirarnos.

Por si acaso.

Soy de los que sigue prefiriendo dormir contigo a acostarse con muchas, y de los que cree que aún hay cierta salvación en eso de amar a alguien. Sigo disfrutando de enterrar mis manos en la arena de la playa mientras te sientas encima, de que cantes frases sueltas de alguna canción, de que cada adiós contigo sólo signifique que existirá una nueva bienvenida.

Y sigo teniendo miedo.

A estar solo y también a estar acompañado.

A no poder conciliar el sueño y a dormir demasiado.

A olvidarte antes de tiempo y a ser incapaz de recordarte.

A morderte y a que empieces a sangrar.

A que me hagas daño y a que no vuelvas a hacerlo.

Prefiero que vayamos lento, pero seguro.

Y aunque yo siga tiritando, escúchame, mírame como lo haces cuando apagamos la luz.

No te asustes, yo te espero.

Si ahora no.

Te prometo que te convertiste en luz aquella noche de invierno y que ya no he podido ver nada más desde entonces. Vi cómo se rompía el cielo antes del amanecer por culpa de un susurro tuyo en mi oído, vi cómo se abría la tierra cuando arañabas mi espalda como nadie lo había hecho antes. Llevo viviendo en el infierno más dulce desde entonces, sin saber muy bien si quiero salir corriendo o quedarme a vivir para siempre.

Espero algún día ser capaz de salir de esta espiral de confusión, de amor y dolor en la que me metiste. Espero ser capaz de salir de la calle Melancolía sin más secuelas que las que ya traía puestas, y quedarme como Sabina esperando el tranvía.

Después de todo, tampoco te pido que descifres las sombras que recorren a diario mi mirada, ni que intentes alegrarme cuando el mundo se me viene encima, ni que te dejes la piel por tratar de salvarme porque no tengo remedio. Sólo te pido que me abraces en silencio, que me dejes acariciar tu mejilla y que me obligues a cerrar los ojos cuando veas que han vuelto a asomarse los demonios en plena madrugada. Cuando me consumen los recuerdos, las lágrimas y mi propio pensamiento.

No es tan difícil de entender, tan solo busco sinceridad. Me harté de las mentiras cuando empecé a contarlas yo mismo y acabé enjaulado, y sigo tratando de romper los barrotes a diario.

Y es verdad que contigo no hace tanto frío, ni hay tedio en los días, y hasta ha empezado a darme igual lo de tener la nevera vacía mientras vea tu sonrisa.

Todo podría ser tan bueno y tan fácil que asusta, y tener miedo es lo más razonable pero, ¿Has visto cómo nos miran cuando nos cogemos de la mano? ¿Has visto cómo te miro? ¿Has visto cómo me miras?

Nos convertimos juntos en arte en las calles y fuera de ellas.

Vamos a destrozarlo todo por no ser capaces de saltar, por tener miedo de no poder volar a la primera.

Si ahora no es el momento tú me dirás cuándo.

Monstruos nocturnos.

Cae la noche y nos lamentamos.

Es ese instante en el que se va el sol cuando empezamos a pensar en todo aquello que nos preocupa, en los pasos no dados, en las decisiones no tomadas, en el tiempo perdido. Será que se nos da mal darnos cuenta de las cosas a plena luz del día, quizá es algo que arrastramos desde que salimos de la cueva y tuvimos que aprender a hacer fuego para no morir de frío.

Afuera ya no queda nadie por las calles, y mientras la gente duerme yo soy incapaz de conciliar el sueño. Otra noche en la que el insomnio es mi única compañía, otra noche en la que voy a hacer que crezcan las ojeras. Dicen que no hay que beber café por las noches, pero una taza me acompaña mientras camino, inquieto, por la casa, sin saber muy bien por qué algo se me ha aferrado al pensamiento, como una losa, como un lastre y no me atrevo a descubrir qué es.

Otro monstruo.

Otro más.

Otra carga que arrastrar hasta el infinito.

Un par libros me vigilan desde la mesita de noche, empezados, abandonados, igual que yo. Apartados a mitad del camino porque no acaban de convencer.

Si consigo cerrar los ojos mientras sujeto el teléfono en las manos no tarda en visitarme una punzada en el pecho y la taquicardia, y el dolor se vuelve a disparar.  Y tengo que darle otro trago al café, abrir la ventana y escuchar el ruido de fondo de la ciudad para volver a darme cuenta de mi posición, de dónde estoy.

Sigo sin saber quién soy, ni qué papel juego en toda esta historia.

Y Madrid y una gata que apenas conozco se ríen de mí.

También.

A estas alturas de la partida tengo claro el resultado. Asumirlo me costará un poco más.

Me acabo el café, cierro la ventana por culpa del frío y me sumo en la oscuridad, sin esperanzas de ser capaz de dormir las dos horas que faltan hasta que suene la alarma que me tenga que poner en marcha.

Mañana será otro día igual, o incluso peor.