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Malos augurios.

Malas noches.

De pesadillas y despertar sudoroso en plena madrugada.

De tragar saliva y contener la respiración en medio del silencio.

De tener la imagen de familiares fallecidos en la retina y el nudo en la garganta.

De observar la noche protegido con unas sábanas y una manta.

Malos augurios.

Algo malo tiene que pasar porque al final las cosas nunca me salen bien.

Porque yo no tengo tanta suerte.

Porque no estoy preparado para tener motivos por los que sonreír.

Estoy inquieto, y nervioso, y no sé qué debe significar todo esto. Estoy más callado de lo que debe ser normal en mí y pensativo, y pierdo el hilo de la mayoría de las conversaciones que tengo durante el día.

Ha llegado otra vez esa época en la que sólo soy nubes grises y niebla densa, y soy mala compañía para cualquiera. Ahora casi siempre me tiembla el pulso al escribir porque estoy perdiendo el rumbo, y ya no sé ni lo que digo. Sólo soy un borrón, una camisa hecha jirones, el poso de café amargo de una taza abandonada en cualquier mesa.

No creo en fantasmas, ni en dioses y estoy perdiendo la fe en las personas. Pero cuando tengo que despertar a diario con el corazón disparado y el miedo atenazándome los músculos me entran dudas.

Quizá es que espero que llegue el naufragio de una vez, que se desmorone todo, deshacerme delante del espejo como una vela ante el calor de una llama. O quizá no.

Sólo tengo ganas de correr hasta que duela, de sentir de nuevo el sabor metálico entre los dientes, de arañar la tierra, de morder tu cuerpo, de romperme en dos, de beberme todo el bourbon que hay guardado en el salón, de quemar otro bidón de gasolina.

Supongo que cuando el calendario de otra vuelta y se acaben las páginas nos daremos cuenta de nuestro error, de que todo eran sueños vacíos sin sentido.

Supongo que cuando caiga contra las rocas a recuperar la respiración entraré en razón, lo entenderé todo, y te daré las gracias por decirme adiós.

Malas noches.

De pesadillas contigo.

Malos augurios.

Perdición.

Pasear en solitario por las calles encendidas de una ciudad que ha estado dormida durante décadas y que ahora empieza a bostezar. Dar un paso tras el otro pensando que podríamos ir cogidos de la mano, que nos daríamos un beso torpe en cada semáforo y que cruzaríamos con alguna risa estúpida los pasos de peatones. Perderme en tu mirada después de hacerte veinte fotos y que no te guste ninguna, que me robes el postre y me muera de rabia, que corras entre la gente y se me pongan rojas las orejas.

Y sin embargo, no, no hay nada de esa realidad fingida en la que tanto me gusta vivir, y sólo me tengo a mí mismo y a nadie más. La fachada sonriente del no pasa nada, el hablar con los amigos como si por dentro no estuviera en carne viva y con los sentimientos en ruinas a punto de venirse abajo, el sonreír en cada comida familiar como si no te sintieras igual que un león encerrado en una jaula.

Cuando abres los ojos y afrontas el día con tu propia respiración todo se ve diferente, sin nadie a quien agarrar del brazo cuando tropiezas o necesitas parar a coger fuerzas, sin un abrazo que te haga pensar que no todo es crudo invierno, sin una caricia a tiempo que te salve del lodo y las pesadillas que te despiertan cada noche.

Un lobo sin manada, que vive en una cueva de la que no quiere salir. Protegido, seguro, cómodo en el silencio de un aullido nocturno que no inquieta a ninguna luna. Un viejo lobo que sobrevive a base de cigarros, bourbon barato y novela negra, que tiene los armarios llenos de camisas que ya no quiere ponerse y que sueña con ella cada vez que calla más de dos segundos.

Perdición, ella es toda perdición. El dulce veneno de necesitarla y no tenerla, la muerte lenta del amante que espera una tregua o la Rendición de Breda. Que hablar contigo siempre me calienta las entrañas y enciende la luz, y me hace ver esperanza entre tanta niebla espesa.