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Tan rotos, tan vivos, tan muertos.

Tengo que borrar tus fotos para no encontrarme con tus ojos a cada rato. Tengo que borrar imágenes y recuerdos que siempre quise conservar por si nos acabábamos olvidando.

Pero es que creo que es lo mejor.

Voy a tener que irme sin dejar rastro, mirarte a los ojos de nuevo y despedirme de verdad. Voy a tener que ser tan sólo ese suspiro que te haga viajar en el tiempo. Voy a tener que emborracharme hasta perder el sentido. Voy a tener que golpearme la cabeza hasta quedarme amnésico.

Al final te das cuenta de que el amor es lo más inhumano que existe, que antes o después sólo trae problemas. Porque hay que afrontarlo, porque no sirve quedarse hecho un ovillo y dejar que el tiempo pase. Llega ese momento en el que hay que hablar y abrazarse fuerte o soltarse para siempre.

Yo sólo quería darte más besos que letras he sido capaz de escribir.

Yo sólo quería escucharte respirar a mi lado por las noches en medio de mi insomnio.

Yo sólo quería toparme con cada amanecer entre tus piernas.

Y quizá toda esta vida sólo sea un castigo porque en la próxima nos irá bien.

Aunque siga siendo por separado.

Me queda claro que no he llegado a tiempo, o que el tiempo no ha estado de mi lado. Que volar lento y llegar tarde era mi superpoder.

Y, ¿sabes qué? Quizá lo peor de todo esto es que se acerca el invierno y los dos nos quedaremos con los pies fríos y el corazón encendido por no poder apagarlo.

Cometeremos el peor de los errores por no romper cadenas, y nos lamentaremos, y las espinas bajo la piel acabarán haciendo quistes.

Estamos cada vez más solos, y nos lo hemos buscado.

Estamos tan rotos, tan vivos, tan muertos.

Como el pasado siempre llama a tu puerta, dos veces (por lo menos), sé que volverás.

Y el pasado vuelve sólo por joder, para recordarte lo que no pudo ser, para romperte una vez más y dejarte por los suelos. Cuando estás convencido de que lo has superado, de que puedes volver a salir a la calle con el pecho lleno de trozos de celo sujetándote el corazón de manera estratégica, ves que no. Que todo era mentira, que sigues igual que aquel día que firmaste con los labios un jodido adiós que no querías haber tenido que pronunciar.

Pasarán los meses, los años, pero no el dolor.

Creo que eso también lo tenemos claro los dos.

 

Perseidas.

Lleno la maleta y me veo obligado a suspirar, como si mi cuerpo quisiera decirme algo que yo no quiero escuchar. Estoy perdiendo el tiempo, las ganas y la vida en todo esto. Y no es la primera vez.

Me pregunto en silencio dónde están tus ganas cuando no te veo.

Pero qué voy a hacer ahora, si ya he perdido el norte por ti, si ya no entiendo a dónde voy ni qué dicen los mapas si no me coges de la mano. He perdido la orientación y la lógica por tu culpa.

Estamos en Agosto otra vez y las únicas perseidas que he visto desde hace años han sido con las luces apagadas, mientras he bebido de ti las gotas que resbalaban entre tus dedos.

Esto es algo que acaba haciendo daño sin querer, sin que te des cuenta. Es como esas mentiras que se acaban haciendo tan grandes que se te escapan de las manos y salen a la luz. Pero siempre respiro hondo y me convenzo, y vuelvo a poner los pies sobre el suelo si hace rato que no lo siento. Y recapacito y miro el reloj pensando que todavía no es tan tarde. Es entonces cuando me doy cuenta de lo curiosa que es la paciencia, que según para qué aguanta lo que haga falta y para otras cosas se desespera a la primera.

Vas a acabar convenciéndote de que soy sólo un castigo más para ti, otro payaso al que reírle las gracias. Deberías haberlo descubierto ya, que soy únicamente un quebradero de cabeza que ahora mismo no necesitas a tu lado. Te darás cuenta de que tampoco soy yo el que tenga que permanecer contigo, ni vele por tus sueños, ni te limpie de piedras el camino.

Entenderás que al final todos los viajes son raros y que nunca conocemos el final.

Es tan complicado, como para querer echar a correr y encerrarse a la vez. Como para besarte sin pensar y guardarme los abrazos.

Sólo voy a pedirte una cosa, suéltame un poco el corazón, dame un respiro, porque ahora mismo soy como esos pájaros que no pueden volar cuando están en una jaula.

Y yo no quiero escapar, pero tú no me quieres contigo.

Distancia.

Piensa por un momento en la distancia y dime lo que sientes.

No te hablo de esa que puede medirse en unidades del sistema internacional. No te hablo de esa que tienes que estudiar durante las primeras clases de física de tu vida.

Dime si notas cómo esa persona que tienes al lado en el sofá tiene la cabeza en cualquier otra parte del mundo. Si notas que sus ojos han dejado de brillar como antes. Si notas que el tiempo que pasa mirando la pantalla de su teléfono móvil es inversamente proporcional al que utiliza hablando contigo.

Yo cuando hablo de distancia no me refiero a los kilómetros, estoy hablando de esa sensación que tenemos cuando alguien se nos escapa y no somos capaces de entender el motivo. Sin saber si hemos hecho algo mal, sin que hayamos cambiado en absoluto nuestros gustos, nuestros gestos, nuestros quehaceres diarios.

Sin haber hecho nada ha cambiado todo.

Y la persona se va, se aleja ante nuestra atenta mirada. Y no somos capaces de ponerle freno a nada.

Existe un momento, llamémosle punto de inflexión, en el que eres consciente de que no hay vuelta atrás. Pero no entendemos que a veces perder a alguien significa ganar. No somos capaces de entender que hay personas que son lastre, rocas atadas a nuestros tobillos, anclas que no nos ayudan a seguir nadando en busca de nuestro propio horizonte.

Aunque suene mal hay que decirlo, hay gente a la que debemos dejar atrás por nuestro bien. No sé si es egoísta o no, pero lo que he aprendido a base de martillazos en la sien es que sólo tenemos una vida como para malgastarla.

Para mí la distancia se mide en los besos y en los abrazos que no podemos darnos, en tardes perdidas, en noches de ojos abiertos en las que el corazón me aprieta dentro del pecho y yo no quiero escuchar. Y tengo que decirlo alto y claro, la distancia es una mierda, y sin darnos cuenta nos va haciendo pequeños hasta hacernos desaparecer.

Acabamos siendo polvo en medio de cualquier camino poco transitado.

Acabamos siendo una rosa marchita en un jarrón cutre.

Acabamos siendo cuerpos llenos de arrugas y recuerdos tristes.

Acabamos siendo corazones grises porque no supimos luchar a tiempo.

Y no quiero eso.

Quiero reconocerme en las fotografías en las que salgo sonriendo.

Quiero borrar la preocupación de tu mirada.

Quiero que el mes, la hora y el Gobierno nos den absolutamente igual.

Quiero que las risas sean parte de cada desayuno y olvidarme de lo que es llorar.

Quiero café, libros nuevos y viejos.

Y dejar de tener prisa.

Que la única distancia que haya entre nosotros sea la que separa a nuestras lenguas cuando nadie mira y cerramos la puerta.

Fría y hermética.

Me sentía utilizado.

Usado, tirado y hundido.

Una noche en la cima y al día siguiente al pozo.

Convirtió mi vida en una montaña rusa, de las que tienen más tirabuzones de los que hubo nunca en su pelo.

Viví durante meses en un caos perfectamente organizado por su mente maquiavélica. Su juego psicológico, su forma de decir mentiras que parecían la más real de las verdades, su forma de bailar sobre los charcos mientras me miraba.

La vi tantas noches esperando la luna llena que creí que era para mí. La vi tantas noches abrazándose a mi cintura que pensé que había acertado por una vez.

Y quise girar con ella al mismo ritmo que lo hacía el planeta.

Hay personas que tienen un muro, una pantalla, un cristal que les protege y sólo es posible contemplarlos de lejos. Y con ellas, la distancia es insalvable hasta en los momentos más íntimos.

Ella era así, a pesar de haber tocado su piel, de haberme quemado la vida en una cama a su lado, de haberle enseñado mis cicatrices, de haber respirado su alma en cada orgasmo. No había conseguido quitarle la escarcha, ni que se quedara a dormir. Era tan fría y hermética que nunca lloraba por nada, que nunca me dirigía la palabra si yo no le había hablado antes, que no tomaba café para desayunar.

Debí saberlo antes, porque nunca he confiado en la gente que no bebe café por las mañanas.

Sé que nunca se preocupó realmente por mí, sé que no logré encender ninguna llama en su corazón, que nunca quiso mi abrigo en una noche de invierno. No quiso jamás que le prestara mis alas, ni cogerme la mano por las calles de Madrid, no quiso mirarme a los ojos ni decirme te quiero.

Y me dejó tan débil.

Me rompió en todos los trozos en los que puede romperse una persona y seguir respirando.

Su jodido amor pudo con todo, como un antibiótico hace con cualquier bacteria, como la marea hace con la arena de la orilla, como un cuchillo hace con una arteria.

Con ella quise sentirlo todo pero no se quedó conmigo.

Me limpió el corazón de sangre y me llenó de melancolía y tristeza permanente.

Ojalá olvidarla pronto y que todo sea un carnaval.

Ojalá alguien que deje de traficar conmigo y mis sentimientos como si no valiéramos nada.

Ojalá alguien que no me mueva como a una simple marioneta a la que manejar a su antojo y desechar cuando no interesa.

Ojalá alguien me quiera algún día sin tener que contenerse, y se ría fuerte conmigo porque ha comenzado a llover y la ropa está tendida en el balcón.

Y no nos quede dinero en la cuenta corriente pero nunca nos falten los besos a fin de mes.

Este texto ha sido escrito para Krakens y Sirenas.

Tenemos lo que merecemos.

Dicen los más viejos del lugar que tenemos lo que merecemos, y deben tener razón. El problema viene cuando lo que merecemos algunos es la soledad, morder la rabia y observar cómo viven los demás; con los pies hundidos en el fango de las trincheras y llenos de barro hasta las orejas de tanta batalla que no hemos conseguido ganar ni con malas artes. Acabamos resignados, sin fuerza en las manos, con los ojos convertidos en diamantes de tanto llorar.

Hemos visto cómo han ido alejándose los sueños que teníamos en la infancia, sin cumplirse, cada vez más imposibles. Y observamos siempre con pena a aquel niño de mirada clara que sonreía a sus padres al verlos en la puerta del colegio, cuando todo iba bien, cuando, inocentes, no sabíamos que la vida se convertiría en estos espejismos de realidad manchados de pequeñas farsas.

Ahora tenemos sonrisas de plástico y besos de caucho, y gafas de sol que nos tapan la cara, porque ya ni siquiera nos atrevemos a mirar a los demás a las pupilas por miedo a que averigüen que somos de mentira. Pieles de poliestireno expandido, corazones de plastilina y un remix de serotonina, dopamina y noradrenalina bailando en nuestros blandos cerebros sin sentido alguno.

Haciendo un repaso quizá es cierto que cada uno tiene su merecido, en mayor o menor medida, y que todo llega, y que esa mierda del karma acaba actuando y poniendo a cada uno en su lugar. Yo seguiré esperando, viendo cómo se escapa la vida sin vivirla, dándote palmadas en la espalda diciéndote que lo estás haciendo bien, como si entendiera de eso.

Voy a quedarme en las trincheras escuchando el sonido de la guerra, sin atreverme a salir a luchar. No pienso arriesgar, soy campeón en perder en todo lo importante. Mejor me quedo quieto, me conformo con lo que tengo y lo que soy, que para algo tengo lo que merezco.