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Vengo del futuro.

El mundo es un lugar hecho de enredos, nudos y entresijos; telarañas, jerseys de rayas, animales en peligro de extinción y ricos cada vez más ricos.

No entendemos nada de lo que sucede a nuestro alrededor, muchas veces tampoco queremos, o ni siquiera lo necesitamos para poder seguir andando con prisa, tropezando unos con otros sin mirarnos a la cara. Seguimos sin valorar los cinco minutos tumbados en el sofá después de comer, el poder tener un libro en nuestras manos, el saber que hay alguien escuchando nuestras palabras y que incluso le interesa cómo nos sentimos.

Si todo fuera más sencillo podríamos estar tumbados en la cama hasta la mitad de la mañana, y podríamos no preocuparnos por el dinero que nos queda en el banco a fin de mes.

Si todo fuera más sencillo podría contarle que sueño con ella a diario, y que a veces me despierto de golpe por temor a no volver a verla.

Si todo fuera más sencillo dejaría de callarme de una vez, me atrevería a contarlo todo, sería capaz de borrar las nubes negras, la inseguridad y la estupidez de mi cabeza.

Si todo fuera más sencillo podría despertar siempre a su lado, llenarla de besos, borrarle los miedos.

Pero vengo del futuro.

Y aunque ahora parezca lo contrario, todo acaba saliendo bien.

Sin trucos, sin trampas, sin daños.

Lo prometo.

Escandinavia.

Los domingos son parecidos a bailar un bolero con el reloj, y nos van rasgando un poco el corazón aunque no nos demos cuenta.

Es momento para detestar los lunes por encima de todas las cosas, para ver los huecos en la mesa, en la cama y el sofá.

Los domingos se visita el cementerio.

Se encienden velas.

Se pasea por la plaza.

Se toma vermú.

Se come en familia.

Se dejan sin respuesta muchas preguntas lanzadas al viento.

Se extraña más que se echa de menos.

Duele todo y no da tiempo a pensar en Escandinavia.

Los domingos tienen ese tinte de final agónico, de resaca, de afonía culpa del alcohol, el tabaco y los gritos de la madrugada del sábado.

Los domingos se puede planear una huida, una estampida o seguir dudando de todo.

Repican las campanas y la calma invade las calles a la hora del café.

El tren se escucha a los lejos.

La gente prepara las maletas y se despide con besos.

Entiendes lo que significa la palabra saudade.

Algunos fuegos dejan de quemar.

Y otros se encienden sin saber que se apagarán algún día.

Confesaré que siempre detesto los domingos por la tarde, menos cuando estoy contigo y pisamos el mismo suelo.

Adelante.

Vivimos rodeados de tragedias que superan nuestras miserias cotidianas y no queremos ver.

Nos aferramos al dolor de manera absurda, nos adentramos en nuestro miedo y nuestra incapacidad para afrontar lo nuevo. Nos agarramos con fuerza al temor que nos impide movernos porque nos sentimos más seguro nadando en nuestra mierda que intentando salir de ella.

Hay personas que son cuerda, que te permiten darles la mano y sacarte poco a poco del barro, del pozo sin agua en el que estás pretendiendo ahogarte. Y debemos permitirlo, cuando la oscuridad nos nubla la vista, cuando somos incapaces de distinguir más allá de las sombras que nos abrazan hasta asfixiarnos en medio de las noches más negras.

Hay personas que son fuego, que te iluminan para que puedas seguir el camino a tientas, que te dan las herramientas para que salgas de la cueva y te proyectes hacia la luz.

He vuelto a dormir en el sofá tratando de luchar contra el mal.

He vuelto a mirarme en el espejo intentando quererme.

He vuelto a tomar más café del que es bueno para mi tensión arterial.

He vuelto a beber sin ti.

He vuelto a soñar con un futuro que no va a venir a por mí.

Y te pido ahora que vuelve el frío que me devuelvas todos los besos que te he dado y los que no he podido darte.

Adelante.

Ahora soy yo quien los necesita.

Marineros y sirenas.

No quedan ni marineros de confianza ni sirenas que busquen derrotas en los bares.

No queda ni rastro de la magia ni de las brujas en el aire.

No quedan sueños de los que se pueden cumplir.

Ahora sólo somos carne de ansiedad y nos bebemos cualquier cosa con sal y limón.

Vamos buscando caminos que se cruzan sin saber dónde detenernos a tomar aire, sin saber distinguir cuál es nuestro sitio. Seguimos igual de perdidos que al principio de la historia.

Exploramos el mar y las olas, y esperamos los vientos fríos que nos llenen las alas, el corazón y las manos de esperanzas, que nos borren las telarañas que nos han mantenido inmóviles en cualquier esquina.

Siempre acabo viéndote dibujada en el horizonte, como una silueta inalcanzable que me espera sin dejar de avanzar, como la Isla del Tesoro. Y ahora me pasa como en esas pesadillas en las que te despiertas de las peores maneras cuando te das cuenta de que estás equivocado y la razón no está de tu parte, ni el destino. El azar y los astros vuelven a señalarme con el dedo mientras ríen entre dientes y su aullido se me clava en las entrañas.

Tanta calma, tanto cielo azul esperando el terremoto y la tormenta.

Tanto pecado esperando redención, tanto error sin corregir, tanto abismo abierto bajo nuestros pies.

Tanta gente esperando un mesías que está jugando al póker en su desierto de cristal.

Estamos siendo consumidos por la vorágine, por la destrucción, por el tiempo haciendo que nuestros huesos se conviertan en polvo.

Sólo quiero mar y silencio.

Y tus besos.

Y que alguna vez me digas la verdad.

 

Sábanas.

Has vuelto a golpearte contra la pata de la cama con los pies descalzos, se ha roto tu taza favorita para desayunar, has perdido las llaves de casa, han vuelto a ponerte una multa en la ORA, sales en otra foto con los ojos cerrados.

Lo cierto es que las cosas nunca acaban sucediendo como esperamos, hasta lo más sencillo acaba dando vueltas de campana para volverse complicado.

Cometemos el error de buscar lo imposible y despreciar lo bueno que tenemos al alcance. Viviendo en la era del entretenimiento y la diversión instantánea parece demasiado pedir el saber esperar, el querer más allá de lo superficial, buscar algo que valga la pena de verdad, llegar a conocer en las distancias cortas. Ir más allá de las sonrisas tras los vasos y los guiños, y el roce de las manos bajo cualquier mesa que lo permita. Ahondar en los problemas y todas esas cosas que nos asustan de los demás.

Pero nunca hay tiempo.

Ni para nosotros mismos, ni para los demás.

Ni para dejarse la ropa interior puesta hasta la segunda o la tercera cita.

A mí me gusta ir poco a poco, buscar madera resistente, cavar un hoyo en el que enterrar los cimientos que aguanten el peso de todos nuestros miedos, hacerme heridas en las manos porque estoy intentando hacerlo bien, decir te quiero sólo cuando te miro a los ojos, resistir cada vez que sopla fuerte el viento y creo que vuelvo a perderme entre la inmensidad blanca a mis espaldas. Me dedico como si fuera un pájaro carpintero a construir mi pequeña cabaña, en la que hay sitio para los dos.

He tenido que decidir y cambiar muchas veces en la vida de canal, de zapatos, incluso de máscara. Y ahora, hace tiempo que sólo busco extender las alas, saltar y llegar tan lejos como pueda, y poder dormir tranquilo cuando se vaya el sol y vuelva a hablar con el espejo después de una ducha fría.

Y cuando toco las sábanas, esas en las que alguna vez te has quedado dormida, me doy cuenta de que sólo quiero un café contigo y los besos de siempre, ¿puede ser?

Contra tus caderas.

Es verano y nos golpea un muro de calor insoportable, y están nuestros pensamientos deshechos por el suelo, y todos nuestros sentimientos perdidos desde hace tiempo.

Yo pensaba que eras una guerrera cuando me chocaba contra tus caderas pero todas las fachadas engañan.

Creía que éramos gigantes y somos dos cuerpos insignificantes, que ni tan sólo son capaces de luchar por lo que quieren conseguir.

Tarde o temprano, todos nos encontramos con la decepción mirándonos con condescendencia, susurrando un te lo advertí que destroza hasta al más pintado y le revuelve las entrañas.

Yo creía que nos íbamos a comer el mundo de la mano y lo único que hemos hecho es partirnos en pedazos, destrozados, dejando las marcas de nuestras uñas en las paredes en lugar de en nuestra espalda.

Yo creía que íbamos a ser libres este verano, que volaríamos tan lejos que no nos importaría nadie más, que nos dejaríamos caer sobre las tibias aguas de cualquier piscina y nos daríamos besos en la orilla de un mar en calma.

Yo creía que disfrutaríamos los domingos, con risas de fondo y cerveza fría, y sangría, y que me pondrías crema en la espalda, en todos esos huecos a los que yo no llego y tú consigues llenar.

Yo que creía que romperíamos todos los roles, de damiselas, de caballeros, de rosas y azules.

Creía que haríamos del otoño la mejor época del año, y que embotellaríamos el agua de lluvia para regar las plantas del balcón.

Que dejaríamos los prejuicios rotos de una vez por todas, que daría igual la mirada reprobatoria de familiares y amigos, lo que gritan los del fondo, el camarero que limpia los vasos que no dejamos de vaciar.

Que sería tan simple todo como debe ser de simple la felicidad.

Como era de fácil que chocara contra tus caderas el sábado noche más inesperado del mes.

Polizón.

Otro beso al borde del abismo, el sudor cayendo por la espalda y el nudo en la garganta.

Y la esperanza hace tiempo que se quedó a los pies de la cama.

He oído tantas veces que la paciencia siempre tiene recompensa y yo aún no la he paladeado, sólo tengo el sabor amargo al final de la lengua que me dice que he perdido, que no importo, que no valgo, que no sirvo más que para que se limpien el barro de las botas sobre mi espalda.

Y aquí sigo robando besos furtivos mientras me pudro por dentro, mientras mis huesos se convierten en cenizas que cualquier mala racha de viento se lleva bien lejos.

Nunca debí darte permiso para todo, nunca debí olvidarme de mí para ponerte siempre por delante, nunca debí dejar que me convirtieras en polizón en este viaje; oculto en las sombras a la vista de todos y de nadie.

Habría parado antes, antes de sentirme tan roto, tan extraño, tan lejos de mí mismo.

Habría parado cuando aún tenía dudas, cuando no sabía si eras lo que quería y necesitaba, cuando sólo era un cuerpo contra otro cuerpo y apenas me importaba si sobrevivíamos juntos o acabábamos cada uno por su lado.

Habría parado si hubiera podido, si hubiera querido, si hubiera sabido.

Ahora me miro al espejo y me veo distinto, y sin embargo, no consigo sonreír de verdad sin que todo queme por dentro, sin que salga pus de las heridas.

Estoy otro día, otro maldito domingo en soledad, esperándote con café y ha vuelto a quedarse frío.

Yo no quería vivir de recuerdos, quería experiencias nuevas contigo.

Y has hecho que tenga que conformarme con la memoria mentirosa y las fotografías que sólo guardamos tú y yo.