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Marineros y sirenas.

No quedan ni marineros de confianza ni sirenas que busquen derrotas en los bares.

No queda ni rastro de la magia ni de las brujas en el aire.

No quedan sueños de los que se pueden cumplir.

Ahora sólo somos carne de ansiedad y nos bebemos cualquier cosa con sal y limón.

Vamos buscando caminos que se cruzan sin saber dónde detenernos a tomar aire, sin saber distinguir cuál es nuestro sitio. Seguimos igual de perdidos que al principio de la historia.

Exploramos el mar y las olas, y esperamos los vientos fríos que nos llenen las alas, el corazón y las manos de esperanzas, que nos borren las telarañas que nos han mantenido inmóviles en cualquier esquina.

Siempre acabo viéndote dibujada en el horizonte, como una silueta inalcanzable que me espera sin dejar de avanzar, como la Isla del Tesoro. Y ahora me pasa como en esas pesadillas en las que te despiertas de las peores maneras cuando te das cuenta de que estás equivocado y la razón no está de tu parte, ni el destino. El azar y los astros vuelven a señalarme con el dedo mientras ríen entre dientes y su aullido se me clava en las entrañas.

Tanta calma, tanto cielo azul esperando el terremoto y la tormenta.

Tanto pecado esperando redención, tanto error sin corregir, tanto abismo abierto bajo nuestros pies.

Tanta gente esperando un mesías que está jugando al póker en su desierto de cristal.

Estamos siendo consumidos por la vorágine, por la destrucción, por el tiempo haciendo que nuestros huesos se conviertan en polvo.

Sólo quiero mar y silencio.

Y tus besos.

Y que alguna vez me digas la verdad.

 

Sin balas.

Son las 04:56 de un miércoles de abril y el silencio me envuelve, y no puedo tragar saliva con la garganta tan seca. Hoy tengo otra vez el puñal atravesado en la boca del estómago, y se retuerce entre risas de esas que sólo puede escuchar uno mismo en su cabeza.

Todo por hacerme daño.

El insomnio febril ha vuelto a mecerme en sus brazos, a llevarme lejos de una cama empapada en sudor enfermizo. A ver llover en medio de una calle londinense, a leer tumbado en medio de un mar de árboles, a oler la sangre que rueda por mis muñecas, a ver los ojos opacos de la muerte mirándome fijamente, el espejo roto sobre el suelo de mi habitación.

El delirio nocturno, las pesadillas de antaño.

Con los pies sobre el suelo me doy cuenta de demasiadas cosas y vuelvo a tener veneno recorriéndome por dentro, imbricándose en mi piel, en mi cerebro, en mis arterias.

No sé qué tiene el mes de abril para acabar siendo tan fatídico siempre para mí.

No es que haya tirado la toalla, pero estás haciendo bien eso de quitármela de las manos.

Sin pensar las consecuencias.

Sin pesar los sentimientos.

Se empieza a derretir la ilusión como un hielo lo hace en el fondo de un vaso al que nadie presta atención.

Supongo que todo es culpa de que jugamos al azar y he vuelto a perder. Una vez más, y sé de antemano que no será la última.

He vuelto a chocar contra el iceberg.

Ojalá que se vaya la fiebre, los pensamientos vehementes, el sinsentido que asciende por mi cuerpo.

Ojalá sea capaz de volver a tener la mirada perdida sin que bailes por mis pensamientos.

Y estar tranquilo.

Con tanto amor a quemarropa me he quedado sin balas.

 

Destino, azar y karma.

Vuelve a llover y nosotros empapados.

La vida en los bolsillos y el corazón entre las manos.

Eres el rompecabezas que más me ha costado de recomponer y ahora no quiero que nadie te haga daño, no quiero que te vuelvan a quitar alguna pieza y que no la puedas encontrar. Ahora que te tengo entera no voy a dejar que te destrocen otra vez, créeme. Te ayudaré a colocar ladrillos en el muro para que sólo entre quien tú quieras, caminaré contigo cuando me lo pidas, te acariciaré el alma y las verdades.

No sé si a ti te pasa eso de sentirte más fuerte cuando me miras a los ojos.

No sé si tú también te ves la capa cuando caminas entre el resto de la gente.

No sé si eres consciente de cada uno de tus superpoderes, incluida la sonrisa.

Eres como la adrenalina cuando caes desde una montaña rusa, la risa incontrolable en medio de una reunión, el agua fría en un día caluroso de verano, la primera luz que ilumina la oscuridad de la noche.

La de veces que me pregunto al día si ya estamos a punto de caer, si es nuestro final, si nos hemos quedado sin madera que echar a nuestra hoguera, si nos conocemos realmente. Y pienso tanto que sólo nos dejamos ver la superficie, que todavía estamos guardando más de lo que conseguimos decir en voz alta cuando estamos juntos, que nos hemos atado los pies y al siguiente paso no hay más opción que la de tropezar.

Si nos acaba separando la marea, si nos llevan las corrientes, recordaré que fuimos más fuertes de lo que pensábamos al principio, que resistimos aunque creímos lo contrario, y que al final todo fue por culpa de la fuerza magnética que se volvió en nuestra contra dando la vuelta a los polos opuestos.

Sabemos de sobra que ninguno de los dos es afortunado, que la mala suerte siempre ha estado en nuestro lado de la balanza, que ni el destino, ni el azar, ni el karma han sido para nosotros buenos amigos.

Pero es que no quiero complicarme mucho más, sabes todo lo que pienso con mirarme, sabes que no miento, sabes que te beso sin poder evitarlo, sabes que te cuido por instinto.

Lo bueno surge, pasa, sucede, y siempre lo hace por alguna razón.

Aunque no podamos entenderla.

Esta vez no pienso luchar contra los elementos, quiero relamerme los dedos después de tocarte, cargar con tu cruz y la mía, probar otra vez tu veneno, que seamos un par de desastres. Olvidar los problemas, que haya delirio, que seamos un par de animales cuando nos quedamos sin ropa.

Al final del día no soy capaz de dormirme, dar marcha atrás, cerrar la puerta y ver que no estás.

Días sin suerte.

Los días se me quedan grandes, me sobran las mismas horas que me faltan para hacer nada y hacerlo todo. No hay manera de parar, de quedarme quieto, de bajarme de un tren que va demasiado rápido hacia un destino que todavía no conozco, y ¿por qué no admitirlo? Tengo miedo. Un miedo atroz a seguir avanzando, a mirar el reloj y ver que ya ha pasado un año y que ahora sí, estoy totalmente perdido, abandonado, y que sigo igual de herido. No hay manera de remediar el error, de poner parches, arreglar las velas y seguir navegando en estas aguas turbulentas.

Se nos ha ido todo a la mierda, las expectativas, los planes de futuro, el matrimonio, los hijos, el amor perfecto y eterno. La vida, de pronto, te ha dado un derechazo y te ha desencajado la mandíbula y se burla, la muy cabrona se burla desde la otra mitad de la calle, desde la esquina en la que se encuentra el bar que visitas cada viernes para intentar olvidar todas esas penas que te están arrastrando al pozo.

Tu nombre solo en el buzón, el café para uno, el lado izquierdo de la cama con las sábanas intactas, el cepillo de dientes único recibiéndote cada mañana. Qué puto es el azar que juega con nosotros, nos zarandea y nos coloca de pronto en un escenario que no controlamos en absoluto, en un traje que nos queda grande y que no tiene arreglo.

Nunca he sabido jugar al ajedrez (aunque he intentado aprender), por eso espero el siguiente movimiento de la partida sin saber muy bien qué hacer, sin tener demasiado claro si voy a ganar o a perder, sin acabar de entender si hay rey en este tablero del que formo parte. Tampoco sé jugar a las damas, ni se me dan bien los juegos de cartas, porque la suerte nunca está de mi parte.

Voy a dejar de esperar porque nunca me funciona, porque al final siempre acabo más roto, más destrozado, más animal y menos persona. Porque al final me encierro en una coraza de la que ya soy incapaz de salir y muerdo a los que andan cerca, y lo veo todo negro.

A pesar de todo, de los cambios, del vaivén de estos meses turbulentos, no he sido capaz de soltar una lágrima desde hace un tiempo y todas ellas me pesan en el centro del pecho, y duelen como si fueran disparos a quemarropa.

Necesito un susurro de los tuyos, que me tapes los ojos y me digas que puedo dormir tranquilo, aunque sea ahogado en un mar salado.

Nada más.