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De un día para otro.

[Continuación de Algún hueso entero.]

Los pies atados y un pañuelo en la boca.

El pobre muerto lleva tanta sangre en el rostro que apenas se pueden distinguir bien sus facciones, como Christian Bale al desencajar su boca en American Psycho pero todavía peor. Daniel sabe que no tiene por qué estar allí pero hace cualquier cosa con tal de no volver a casa todavía. No quiere afrontar el momento de decirle a su mujer que se va para no volver, y mucho menos quiere hacerlo delante de su hija. Se siente cobarde, pero en lugar de huir de ese sufrimiento lo asume como parte de sí mismo. Asume su responsabilidad, su culpa; en lugar de echarlo todo sobre los hombros de Elisa, sabe que el hecho de haber llegado así al momento actual es en parte culpa suya, por haber cerrado siempre la boca y haber agachado la cabeza, por no haber plantado cara, por no haber intentado hacer las cosas de una manera distinta, lo que habría desembocado irremediablemente en un final diferente.

Egea piensa que en el tema de las relaciones sentimentales todo el mundo intenta echar la culpa al otro en primer lugar, algunos nunca se dan cuenta de que ellos también juegan su papel. Él también tiene la tendencia de culpar a su esposa por todo, y sabe que en parte el que no ha querido estar nunca a su lado ha sido él. El forense se obligó a vivir una vida que distaba mucho de la que él imaginaba cuando acababa de empezar la facultad de Medicina. Se encasilló en un matrimonio perfecto, repleto de espejos y medias verdades. Se pregunta ahora si únicamente se enamoraron el uno del otro por las apariencias, por la imagen de éxito y seguridad que proyectaban cuando caminaban juntos. Si no cometieron el mayor error de su vida al ponerse un anillo ante familia y amigos.

La mente de Daniel vuelve al Instituto de Medicina Legal. Ya han visto en la radioscopia del muerto que tiene el cráneo en más trozos que un puzzle de mil piezas. Se encargaron de darle un golpe tras otro en la cabeza hasta acabar con él.

—Le han dado una buena paliza. —En ausencia de Díaz, es Navas el policía judicial que los acompaña en la autopsia. Sin duda se les está acumulando el trabajo con tanto muerto en extrañas circunstancias de un día para otro. ¿Qué cojones está pasando? se pregunta Egea mientras ve cómo Monica está anotando las ropas y objetos que lleva el fallecido.

—¿Está identificado?— pregunta el forense, alejándose unos pasos de la mesa de autopsias. No sabe mucho del cadáver ni de las circunstancias de la muerte porque no ha preguntado hasta entrar a la sala. En ocasiones hace eso de pasarse por allí en sus días libres, sobre todo cuando no se soporta a sí mismo ni a su conciencia.

El de la judicial niega un par de veces y abre su maletín para tomar las huellas dactilares del cadáver después de que le hayan limpiado las manos.

—No tenemos ni idea de quién es este tío.—dice Navas, con su marcado acento. —Pero vamos en la línea de que está relacionado con el tuyo, Egea. —dice cogiendo el tintero para marcar los dedos del fallecido.

Era lo más probable, aunque a Egea no le gusta realizar hipótesis que están fuera de su ámbito, ni de su campo de especialidad. Él tiene claro que hace el trabajo que le toca y que no interfiere en el de los demás protagonistas de la historia si no es más que imprescindible su opinión. Algunos compañeros se lo echan siempre en cara.

—Te mojas poco, Daniel.

Y a él le daba igual, la vida real no era como el CSI, ni como Mentes Criminales, ni como ninguna de esas series gracias a las cuales todo el mundo piensa que sabe algo de criminología, medicina forense, balística, antropología… Esos mismos que creen que el ADN es infalible y que puede meter a cualquiera en la cárcel. Esos mismos que no saben cómo funciona una investigación, ni una instrucción judicial.

Monica después de proceder a fotografiar la ropa y hacer el examen externo del cadáver comienza a limpiarlo, al quitar la sangre los ojos de Egea quedan fijos en las heridas inciso-contusas del cuero cabelludo. Le han dejado el cerebro como un Petit Suisse casi seguro.

Después de hacer la toma de muestras para toxicología y de describir, fotografiar y tomar muestras de todas las lesiones Egea desaparece de la sala, aprovecha para redactar un par de informes que tiene a medias.

Al acabar la autopsia espera a Monica con un café en un bar cercano. Daniel mira a un hombre que está fumando un cigarro en la terraza y lo ha mirado un par de veces, se le pasa por la cabeza que se trate de un periodista que quiera escuchar algo de lo que ha pasado abajo. El forense tiene por norma no hablar de cosas importantes si no está totalmente seguro de que nadie puede escuchar, así que desviará la conversación sobre otros temas.

Monica se sienta frente a él y sonríe. No es romántica, eso ya se ha encargado ella de decirlo a todo el mundo siempre que hay ocasión, y sin embargo, cómo se comporta con él le parece lo más romántico que ha tenido nunca. Probablemente porque es alguien a quien no le importan las apariencias ni lo superficial. Acosta se abraza a la realidad igual que se abrazaba la otra noche a sus costillas.

—Mejor que no hablemos de la autopsia.—Hace un gesto en señal al tipo de la terraza y Acosta entiende, sin más le da un trago a su café.

—¿Cuándo vas a volver a casa?—Él sabe que no se refiere a la propia, sino que ahonda en esa herida abierta, en ese conflicto matrimonial que ya no tiene solución.

—No lo sé. No tengo ganas de empezar a recogerlo todo, de dar explicaciones. Contarlo a mi familia, a los amigos, salir de esa rutina que aunque nos ha matado es a lo que estoy acostumbrado. —Se pasa una mano por el cabello soltando un suspiro. —Elisa es capaz de todo para que su vida no cambie. —Calla un momento y piensa que él también lo ha sido durante mucho tiempo. Acomodado, sin ser capaz de expresar en voz alta cómo se sentía en su matrimonio. —Pensaba que era un fracasado. —Se sincera.—Y quizá ahora empiezo a vivir de verdad.—Le regala una sonrisa triste, una de esas a las que Acosta ya está acostumbrada después de tantos años. Una sonrisa que va a a juego con esos ojos que lo esconden todo.

—Si no quieres estar solo en tu piso puedes venir al mío.—Lo mejor de aquello es que en su tono no hay nada más allá de la sinceridad y es agradable. Ella es tan transparente que Egea sólo puede asentir en silencio mientras da un sorbo a su taza y se le pone un nudo en el estómago.

La vida te cambia de un día para otro, a veces sin que te des cuenta, a veces porque te das cuenta.

Algunas cosas acaban.

El pasillo huele a muerto, es normal pero con el verano ni siquiera las cámaras frigoríficas donde se guardan los cadáveres son capaces de contener todos los gases que la putrefacción va desarrollando con el paso de las horas. El estómago se le revuelve. A pesar de los años que lleva trabajando en aquello hay cosas a las que no se acostumbra y, en ocasiones, siente náuseas y el ácido vacilando en el límite entre el esófago y su boca. Un baile silencioso de líquido y bilis, un combate que nunca llega a producirse. Un secreto que guarda para sí mismo y que no confesará jamás, por mucho que le aprieten las tuercas.

Se ha tomado su tiempo leyendo las notas del levantamiento de su compañero de guardia, no ha tenido tiempo de pasarlas a limpio y redactar un informe en condiciones. Una vez más, el acta del letrado de la administración de Justicia (como ahora les gusta llamarse a los secretarios judiciales) no le sirve en absoluto para cubrir las necesidades como médico forense. La mayor parte de las veces tanto el juez como el secretario le sobran en el lugar del levantamiento de cadáver. Recuerda varias anécdotas poco acertadas y toma aire antes de observar las fotografías que le han enviado al correo electrónico los compañeros de la Policía Judicial. Se palpa la sien con la mano izquierda mientras observa los detalles que las fotografías le permiten, sabe que tiene una larga mañana por delante y lo único en lo que piensa es en la hora de llegar a casa. Su esposa volverá a quejarse cuando no vaya a comer con ella como es habitual cada viernes, otro ladrillo que cae en el muro de su inestable matrimonio.

Según estima su compañero de oficio, el cuerpo lleva varios días en el vertedero, no es capaz de datar la muerte con exactitud ya que debido al calor la putrefacción ha avanzado rápido y la fase enfisematosa está en pleno apogeo. El cadáver probablemente parecerá un globo aerostático cuando lo saquen del sudario para colocarlo sobre la mesa de autopsias. Él, por si acaso, y aunque muchos se burlen por ello, tiene una máscara que emplea siempre para ese tipo de cadáveres. Si hay algo que odia es que cosas estúpidas, como el olor náuseabundo de ese tipo de cuerpos, le desconcentren de su principal misión, aún a riesgo de parecer una especie de Walter White en bata y pijama de quirófano.

Alguno de los trabajadores descubrió una mano entre el resto de la mierda y dio el aviso a la policía. No es la primera vez que se ven en la tesitura de tener que rescatar un cuerpo inerte de entre la basura y el líquido pegajoso que surge de los deshechos. A veces se pregunta si “los malos” no han aprendido nada de las películas, y es que la mayor parte de las veces los cadáveres salen a la luz, tarde o temprano, aunque sea desprovistos de carne y convertidos en hueso. Se les olvida eso, y un principio fundamental de la criminalística, el de Edmond Locard. Todo contacto deja un rastro.

Tocan a la puerta del despacho y levanta la vista de la pantalla del ordenador. El agente de la Brigada de Homicidios de la Guardia Civil asoma la cabeza por un pequeño hueco.

Díaz, te estaba esperando para empezar la autopsia. ¿Ya sabéis algo? —El agente se acerca a estrechar la mano del médico forense y apoya ambas manos sobre la mesa negando.

No tenemos ni puta idea de nada. —se sincera.— La necro que sacamos en el levantamiento todavía está pendiente de resultado. Ya sabes, con los dedos como una pasa a los del laboratorio les toca trabajar.

El forense asiente, coge las notas y las fotografías que ha impreso y camina hasta la sala de autopsias.

Que alguien saque al varón desconocido de la cámara seis y lo lleve a rayos. —dice a uno de los auxiliares de la sala. —Voy a cambiarme. —deja los documentos sobre una de las mesas que hay junto a la mesa de autopsias y se mete en el vestuario para quitarse la ropa, guardarla en la taquilla y vestirse para la ocasión. Se lava las manos y la cara antes de vestirse con el pijama y colocarse la bata de quirófano, como si se tratara de una especie de ritual.

El muerto sobre la mesa del sencillo equipo de radiología con el que cuentan abulta demasiado. Se coloca la máscara antes que los guantes. Abre el sudario y sabe de sobra que el olor similar al de la comida podrida inunda la sala en la que se encuentran, en su interior salta una pequeña sonrisa, sabe que tiene la batalla ganada con la máscara protegiéndolo de aquel aroma asfixiante.

Fracturas. —Observa atentamente la pantalla y habla en voz alta. —Metacarpo y falanges de la mano izquierda. —El forense frunce el ceño, piensa que eso debe estar hecho a conciencia. —Metacarpo y falanges de la mano derecha. —Hace una pausa y observa el monitor.— El occipital, fractura-hundimiento craneal. —El resto del screening no muestra alteraciones salvo algunos callos óseos, de fracturas antiguas en las costillas.

¿Un poco de tortura? —pregunta Díaz.

Un poco de dolor. —asiente el forense.

Ya en la sala de autopsias con el fiambre (como le gusta llamar a Díaz a los cadáveres) sobre la mesa proceden a quitar las bolsas de papel de las manos y tomar muestras con hisopos, a sabiendas de que servirán de poco probablemente. El cuerpo ya tiene una coloración verde-violácea, con el árbol vascular bien marcado en todo su recorrido. La ficción nunca acaba de acercarse a esa parte de la realidad a la que se enfrentan cuando comienzan las altas temperaturas estivales.

Otro forense con aspecto más viejo y cansado toma las notas y hace las fotografías mientras él se dedica a diseccionar por planos y a hacer lo que puede con el cadáver en descomposición. La ropa está demasiado sucia, se observan varios desgarros en la tela con continuidad sobre la piel del cadáver.

Arma blanca. —dice el forense, elevando su voz para que se escuche a través de los filtros de su máscara. Una herida muestra los tejidos putrefactos queriendo salir por ella, la grasa amarillenta mezclada con sangre y restos del material del vertedero.

La camiseta que en algún momento tuvo que ser blanca acaba empaquetada para que el equipo de criminalística busque lo que tenga que buscar y encuentre algo si es que puede hacerlo. En los pantalones encuentran las llaves de una vivienda, y una cartera sin documentación ni tarjetas de crédito, sólo un billete de cinco euros y un calendario de un bar de carretera del año pasado.

Joder, qué triste.

Los ojos del muerto están fuera de las órbitas, la boca abierta y el rostro parecido al de un cerdo al que acaban de apalizar. Indistinguible. Restos de barba con algunas canas y un pendiente de aro en la oreja izquierda. Un tatuaje en el omoplato izquierdo que apenas puede observarse, trazo ancho y color grisáceo, probablemente de algún encierro en prisión hace más de veinte años.

Este pobre desgraciado le debía algo alguien. —sentencia Díaz.

El forense se encoge de hombros después de acabar la faena y desechar sus guantes llenos de sangre, restos de encéfalo pastoso y vísceras que apenas conservan sus estructuras normales.

Mandaremos muestras al Instituto Nacional de Toxicología para ver si hay drogas, alcohol y poco más. Ya sabes lo difícil que es encontrar algo en estas circunstancias. —Una vez han sacado el cuerpo de la sala y sin que la máscara haga de mediadora con el exterior habla. —Lo que está claro es que a parte del traumatismo cráneoencefálico tiene tres heridas por arma blanca en el abdomen. Dos directas al bazo y la otra que ha llegado a la aorta abdominal.

Por si la hostia en la cabeza no era suficiente. —dice el agente.

Tenían que asegurarse de que no despertara. —Que nunca se sabe.

Cuando vuelve a quedarse solo y se medio desnuda frente al espejo del baño se mira a los ojos, un halo gris rodea su mirada. Sigue sin entender por qué un ser humano querría matar a otro, sigue sin entender esa capacidad que tenemos las personas para hacer daño pudiendo evitarlo. Se frota con ganas las manos, la cara y el cuello, las ojeras le delatan a estas alturas de la vida. Ha visto demasiado dolor como para tomarse los días a broma, ha visto demasiados dramas como para que no le acaben pesando algunas heridas a él mismo. Se seca con papel y se tira un poco de alcohol sobre las manos. Se viste de nuevo, tres llamadas perdidas de su mujer parpadean en la pantalla del teléfono móvil. Lanza un suspiro al aire, resignado. Busca el paquete de tabaco para poder encender un cigarro en cuanto pise la calle y las altas temperaturas dobleguen su escasa vitalidad.

Algunas cosas acaban, a veces son vidas, otras matrimonios.