Etiqueta: atardecer

Retazos dorados.

¿Ves cómo cae el sol?

Esa manera lenta y cansada de irse por las tardes indica que septiembre está a las puertas. Es un mes que tiene su forma característica de presentarse ante nosotros, con un poco de aire fresco, temperaturas agradables y tardes que empiezan a ser cada vez más grises y cortas.

Y más tristes.

Aunque todavía quedan esos retazos dorados en el aire, y esa mezcla de rojos, azules y naranjas en el atardecer.

Después de un verano extraño vendrá un otoño más extraño, con las hojas de los árboles cayendo antes de tiempo y dejándonos desnudos. Expuestos.

Estoy exhausto.

Como todos.

Aunque al final siempre podemos luchar un poco más, dar una zancada, cogernos a la cuerda y seguir subiendo.

Vivimos al límite día tras día. Al límite de nuestra paciencia, de nuestras fuerzas, de nuestra tristeza, de nuestra soledad, de nuestra cordura.

Y resistimos.

Seguimos siendo esa raíz que acaba rompiendo la roca y se abre paso, como la vida en el desierto.

Septiembre es como año nuevo.

Empiezan algunos ciclos vitales, acaban los amores de verano, se vuelve al trabajo.

Y yo ya me he perdonado los errores del pasado.

Y respiro de nuevo sin el peso del mundo sobre los hombros, sin sentir la culpa quemando, sin temblores en las manos.

Lo que no se ve no existe.

Y todo se difumina, y se desvanece.

Y ahora sonrío tranquilo, mientras el sol lánguido desaparece tras los tejados.

Una jodida y desastrosa maravilla.

El atardecer volvía a encender las calles, a reflejar el fuego en todas las ventanas, a llenar de luz de hoguera los rostros de todos los cualquiera que seguían pisando las aceras a pesar de la desgana que llena los días de tintes grises.

Y es otro día en el que estás tú pasando frío y yo muriendo (un poco más) sin ti.

Como siempre.

Acostumbrados ambos a estar sin estarlo, a ser sin serlo, a querer sin quererlo. Acostumbrados a abrazarnos por la espalda y besarnos en el cuello, a deslizar los dedos por la piel sin saber dónde acabarán, a romper el molde, caer al suelo, llorar a solas, morder sin miedo.

Es fácil acostumbrarse a lo bueno pero nadie nos prepara para cuando llegue lo peor. El amor siempre te pilla desprevenido e inocente, como si siguieras siendo un adolescente, quinceañero, al que por primera vez le late la entrepierna, el corazón y el cerebro al mismo tiempo. Y la sangre acude por si sola al mismo lugar.

Llevo tanto tiempo siguiendo todos los caminos para que me guiaran hasta a ti, he conseguido sobrevivir recordando las frases perdidas, continúo despertando en la noche susurrando tu nombre mientras me arde el pecho. Tengo en la retina las curvas marcadas de tu cuerpo, tu saliva pegada en los labios, el sudor en la nuca, y tu sabor manchando mi piel.

Sigo pisando cada dos por tres acordes menores, haciendo canciones cada vez más tristes, cayendo hacia el abismo, rompiendo motor. Sigo llenando de melancolía las tardes de invierno. Y es que me van más lentos los sueños si no estoy contigo.

Se podrá dormir la luna antes de que deje de aullar en tu busca.

Se podrá apagar el sol antes de que suelte tu mano.

Se podrán secar los mares antes de que no quiera tus besos.

Podrán caer montañas, morir los arrecifes, deshacerse los glaciares, inundarse los desiertos antes de que me canse de mirar tus ojos.

El amor es una jodida y desastrosa maravilla.

Llueve y amanece.

Llueve y amanece, mi vida.

Y me parece triste y hermoso a partes iguales.

Como lo somos tú y yo.

La lluvia cayendo sobre las aceras, y los rayos de tinte rojizo proyectándose entre los edificios. Siempre me gusta contemplar la lluvia desde la ventana, desde el refugio que me dan cuatro paredes y tus latidos de fondo.

Pero nunca pasa.

Porque no estás.

Hace un día de esos que cumplen la definición perfecta de otoño y no sé si hay que sonreír u ocultar los sentimientos. Hace un día de esos de caos en el tráfico, de charcos junto a los semáforos, de lágrimas en tus ojos.

El aire, a pesar de todo, sigue inundando nuestros pulmones, las dudas nos golpean cada vez más fuerte y tus besos ya tocan hueso.

Hay tantas historias como gotas de agua ahí afuera, hay tantas mentiras como iris y sonrisas, hay tantas estrellas que no vemos en la oscuridad y sin embargo siguen brillando.

No hay truenos ni relámpagos que nos obliguen a dar marcha atrás, y no existe el miedo a que se vaya la luz si estás conmigo.

Te recuerdo que nos hemos empapado bajo la tormenta y también bajo las sábanas, que nos hemos besado con lluvia, con y sin alcohol de por medio, que nos hemos dicho medias verdades desnudos en plena oscuridad, que tú también lo has visto, tocado y escuchado, que no son invenciones mías.

Te recuerdo que no debería existir el dolor si no va a haber abrazos después, que no se trata de ganar pero todo es perder sin ti, y que esto, la existencia misma, no es cosa de llegar el primero a la meta, si no de llegar con quien quieres.

Llueve y atardece, mi vida.

Y me parece triste y hermoso a partes iguales.

Como lo somos tú y yo.

Ven.