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El rey de nada.

Va a empezar el año igual de mal que terminó el anterior.

Va a terminar el año igual de mal que empezó el anterior.

Será que ya no tengo ilusión por nada y todo me sabe igual de mal, como si con cada trago de agua fuera ingiriendo un poco de veneno que me ha robado la fuerza y las ganas, como si no consiguiera apartar de mí los secretos y las tormentas.

Será que ahora tengo claro que es todo mentira.

Ahora las calles escupen mis piezas, me derraman sobre el alquitrán y no puedo ni recomponerme ni levantarme, ni huir de tanto silencio que me consume. Esta vez no voy a salvarme, lo supe desde el primer paso, aunque en realidad nunca me he salvado, sigo acompañando este calvario hacia el monte de los olivos.

La senda acaba en el acantilado, el barco choca contra el iceberg, el frío arrecia, la indiferencia congela y conserva.

Creo que debería despertar ya de una vez, dejar de soñar, impedir que pasen los años en vano, asumir el fin. Todo lo que me atormenta y me duele me lo he autoinflingido.

Esto de pelear contra uno mismo siempre es tan agotador, el no cambiar de argumentos, el no encontrar excusas, el no encontrar verdades, el no encontrar motivos. El hecho de cavar, de buscar y no encontrar nada que me calme y me sacie. Ya sé que el problema es mío, no puedo ni quiero culpar a nadie de mis vicios, miedos, inseguridades, grietas, sentimientos, errores, problemas.

Sólo me queda hacer las cosas a tientas en medio de esta habitación a oscuras en la que me muevo intentando no chocarme contra las paredes, por eso ahora voy a quedarme quieto en medio de todo este sinsentido que me he forjado como modo de vida.

Sólo me queda dejar a un lado mi creencia en el amor inocente, en la sinceridad como herramienta universal.

Sólo me queda borrarme del mapa, ser el rey de nada.

Y ahora no sé si salir a emborracharme hasta caer inconsciente o ponerme el pijama.

Bonnie and Clyde.

Está el planeta como para no leer los periódicos, como para que crezcan bosques en medio del desierto y se seque el lago Onega. No sé si esta es la realidad o estamos respirando ya en una realidad paralela en la que todo lo imposible está sucediendo.

Situados a un paso de que vuelva la Santa Inquisición, el garrote vil y las opiniones no puedan compartirse en voz alta.

Crece el odio, se nos va el pulso y el murmullo entre la multitud no cesa. Desde arriba siguen riéndose de nosotros, que peleamos sin razonar, que no vemos el fondo real que hay en todos los problemas, que sólo cosemos parches que no solucionan nada, que nos dejamos guiar por consejos de sabios mentirosos. Nos han atrapado en una red de ciegos que pueden ver, de mudos que pueden hablar, de sordos que pueden escuchar pero no quieren.

Me siento cada vez menos humano y más pájaro, porque sólo quiero volar lejos de tanta insensatez. Me siento cada vez más despegado de la tierra y la gente que me rodea. Me siento cada vez más decepcionado con la vida, porque la muerte nunca falla.

Se nos van los años sin atrapar sueños con las manos, dejamos que el mundo gire sin tratar de frenarlo, nos tapamos los ojos ante la belleza porque no estamos acostumbrados a tratar con ella.

Si al final lo único que quiero es llevarte entre mis brazos todo lo lejos del resto del mundo que sea posible. Encender la estufa, contarte historias con las llamas reflejándose en nuestras pupilas dilatadas, abrazarte por la cintura, que sea verano siempre que nuestros cuerpos se encuentran.

Ojalá todo fuera tan fácil como cuando me obligas a dejarte sin ropa o buscar refugio en la oscuridad cuando estás conmigo.

Ojalá todas las guerras fueran entre sábanas y saliva en la piel.

Ojalá todas las balas fueran besos sin piedad.

Ojalá todos los gatillos fueran te quieros.

Ojalá todas las miradas fueran la tuya.

Está el planeta como para convertirnos en Bonnie and Clyde, y huir de los demás pero nunca de nosotros mismos.

La fragilidad y la vida.

De camino a casa he visto a una anciana en silla de ruedas, he calculado que tendría más de ochenta años, así a bote pronto, pero quizá era mucho más joven de lo que parecía. Ocultaba sus ojos tras unas gafas gruesas, que hacían pequeños unos ojos que aunque diminutos parecían llenos de esa chispa de la vida. La ironía.

Siempre que me encuentro con ancianos frágiles o con gente gravemente enferma me tiemblan las piernas, reconozco que me suele invadir una tristeza que hace que se me cristalicen las lágrimas en los ojos y un nudo se ate fuerte en mi garganta. Me conmueve y me paraliza a la vez observar lo que la vida es capaz de hacer con nosotros.

Es difícil explicar lo que sientes cuando ves a alguien convertido en huesos y piel fina  llena de heridas y moratones. Es complicado entender que quienes un día tenían brazos y piernas fuertes, y eran capaces de todo, ahora están reducidos a permanecer en una cama y a respirar con dificultad, y a que los días sean exactamente iguales mientras aumenta el dolor y el cuerpo funciona cada vez menos.

Es difícil de asimilar aquello en lo que nos convertimos con el paso del tiempo porque un día éramos apenas una pequeña bola de carne flotando dentro de nuestras madres, esperando a que nos llegara la existencia; y hoy nos estamos consumiendo sin que podamos evitarlo. Porque el motor se apaga siempre.

Y lo único que importa cuando nuestros cuerpos acaban en la tumba es aquello que hicimos, aquello por lo que alguien nos va a recordar. Y no importa si dejas detrás o no fotografías, cartas, o aquella camisa que siempre llevabas en las comidas familiares. No importa si dejas un bonito reloj o un cuadro valioso, o una casa en la montaña. Lo único que les importa a los que nos sobreviven son los recuerdos, porque al final es lo que nos queda, lo que nos hace sentir que no nos vamos quedando tan solos.

Los recuerdos son como el abrazo de una madre cuando eres pequeño, y nunca quieres que te abandone esa sensación de bienestar y tranquilidad. O como cuando te pelabas las rodillas jugando las tardes de verano y ella te soplaba la herida y todo estaba bien aunque te siguiera doliendo.

Supongo que la vida consiste después de todo en eso, en dejar huella en los nuestros, en que puedan pensar en nosotros con una sonrisa aunque el corazón se les encoja de nostalgia y pena.

Supongo que la vida se reduce a ver a dos ancianos que se cogen de la mano y se sonríen. Así los años deben importar bien poco.

Quizá en la fragilidad de nuestros últimos días estamos más vivos que nunca, quizá porque sólo estamos esperando a volver a salir al mundo con otra forma, otro nombre y otro rumbo.

Ni ángeles ni santos.

—Chico, tienes los ojos tristes.

—Es que estoy enamorado.

No quiere seguir hablando con el camarero, a pesar de que el rostro de este muestra curiosidad por aquel joven que tiene la mirada perdida en el fondo de un vaso al que sólo le ha dado un trago desde que se lo han servido. El chico echa un vistazo a su alrededor y sonríe con cierta añoranza, esa misma que muestran los mayores cuando hablan de aquellos tiempos en los que la espalda no dolía y ni siquiera sabían lo que era la televisión.

El local donde se habían dado el primer beso estaba muy cambiado, igual que había cambiado su alma desde aquella primera vez, igual que también había cambiado ella. Igual que cambia todo con el paso de los años. Los padres, los hijos y la gente del barrio.

Y entonces llega ella, mujer sin nombre, y se sienta junto a él, apoya una mano sobre la que él tiene en la barra. El silencio entre los dos habla más que algunas palabras. El cruce de miradas, el dejar de ser un par de ángeles cuando pasan el dintel de la puerta y su ropa queda por el suelo, el crear un rastro fácil de seguir hasta la habitación.

Las ventanas abiertas y las tormentas de fondo, y los gemidos sin temor a ser ahogados contra la almohada. Lo de ser santos se olvida cuando una mano se desliza por la entrepierna, y es entonces cuando el mundo se paraliza.

Y no importa el sueño, ni las obligaciones, ni el sudor que te empapa la piel.

Muchas cosas pierden el sentido cuando dos cuerpos sedientos se encuentran sobre la misma cama, y se reconocen.

Y se echaban de menos.

El despertar siempre trae consecuencias nefastas. La luz del día nos da la claridad necesaria para ver los errores, las debilidades, para volver a guardar palabras y dejar que los minutos pasen sin ser capaces de afrontar las consecuencias de nuestros actos.

Han vuelto a caer, ha vuelto a pasar, las heridas han vuelto a sangrar.

A veces un corazón está tan roto que es imposible tratar de arreglarlo, pero entonces ella despega sus labios después de darle un sorbo al café solo y acaricia su mejilla, y lo mira a los ojos:

—No sufras, hoy me quedo.

Y la vida deja de doler.

[Es tan sencillo como eso.]

No somos tan distintos.

Cuando me preguntan cómo me veo dentro de veinte años tengo que pararme un momento antes de responder, pero tengo clara la respuesta de antemano. Me veo con más barba y muchas más canas que ahora pero igual de solitario (o gilipollas). Pasando las noches en vela, con más dioptrías, bebiendo algo menos de café, sin poder mirarme al espejo, recordándote como aquella droga que fuiste.

Hay cosas en este humilde universo que habitamos que no tienen solución y yo soy una de ellas.

A día de hoy sigo con la máscara puesta y escondido con demasiado miedo porque, otra vez, todo ha salido mal. Porque, de nuevo, lo he intentado con quien no debía.

Sólo veo nubes pixeladas en mi mente e ideas borrosas en el subconsciente, y así es imposible avanzar. Estoy con el ancla echada y no hay manera de moverme de aquí, y veo que todo el mundo empieza a zarpar y yo voy a quedarme en tierra. Observo cómo algunos valientes se lanzan a cumplir sus sueños, a pelear por la vida que realmente quieren, a dejarse la piel por todo aquello que desean.

Y yo sigo llorando por ti.

Salvar a alguien que no quiere salvarse es inútil, y yo ya te he hecho el boca a boca un par de veces sin que realmente quieras seguir respirando. Y me he quedado sin toallas que tirar por esperar, sin tener que hacerlo, a la siguiente ocasión. Te he dado tantas veces mi mano esperando a que te agarres con fuerza para salir corriendo juntos a cualquier parte, o a ninguna.

Eso de estar estático empieza a ser un mal vicio, y se me están atrofiando los músculos y oxidando las articulaciones de usarlas poco. Se me está parando el corazón por intentar de manera constante dejarlo dormido para no escucharlo, para que no empiece a doler de nuevo, para poder seguir mirándote de los ojos.

Quedan los restos de un desastre que ya ha pasado y nos hundió a los dos aunque no nos hayamos dado cuenta. Ahora hay ruinas, los escombros, y todo por reconstruir.

Yo creo que no nos queda tiempo, y que alargar la agonía sólo conduce a una mala muerte.

Y ya no sé si puedo, ya no sé si quiero, ya no sé si debo dejarme de lado por ti, anteponerte siempre a mis intereses.

Fíjate bien, en el fondo no somos tan distintos.

Turbulencias.

El jazz de fondo me recordaba a los viejos tiempos y la voz de ella contando historias me transportaba a días mejores. Tiempos pasados que nunca vuelven. El vino aireándose sobre la mesa del comedor y las ventanas abiertas dejando que entrara el olor y la humedad de la ciudad.

—Me alegro de verte.

—Yo también. —Nos habíamos saludado con unos cautos dos besos en la mejilla sin apenas mirarnos a los ojos. Hablé con seriedad, todavía no sabía muy bien qué significaba todo aquello y me desenvolvía con precaución, con cierto temor ante ella.

Se había puesto guapa, más de lo que ya suponía que iba siempre en su día a día. Un vestido negro, ni demasiado corto ni demasiado largo, sencillo, sin más escote del necesario para no desviar mi atención. Siendo ella tenía claro que todo estaba perfectamente medido y orquestado, como siempre. Y yo en aquel momento era otro actor secundario más de su vida, que ya tenía un final determinado.

Hacía demasiado tiempo que no coincidíamos en la misma habitación y ya ni siquiera sabía qué era de su vida. Tampoco tenía claro si después de nuestra historia quería volver a formar parte de sus días de ninguna forma. Había sido difícil olvidar, había sido bastante complicado dejar todo atrás y ahora estaba todavía lleno de costras intentando curar sin dejar cicatriz. Nos habíamos hecho más daño del que dos personas que se han querido se merecen. Nos habíamos hecho daño sin tener por qué.

—Pareces pensativo, como si no te alegraras de verme.

—Siempre me alegro de verte. Lo sabes. — Aunque tenerla tan cerca doliera más que estar meses sin saber si era capaz de seguir respirando con normalidad. Había llegado a ese punto en el que “ojos que no ven, corazón que no siente.” A su lado siempre me había sentido débil, transformado en un simple objeto al que pasear. Me perseguía eternamente la idea de que las mujeres se acababan aprovechando de mí.

Serví dos copas y le acerqué una mientras daba un par de pasos por el salón. — ¿Nunca te cansas? —Le pregunté.

Ella alzó la vista hacia a mí pestañeando un par de veces sin acabar de entender.

—¿De qué?

—De volver a hacerme daño.

Sin pelos en la lengua. Me había prometido no callarme nunca más los sentimientos, los pensamientos. Me había prometido empezar a ser sincero y todo había sido gracias a ella, o quizá por su culpa.

Me bebí los dos dedos de vino tinto de la copa de golpe, sin ser capaz de apreciar el sabor en la lengua y el paladar. Me los bebí antes de sentarme en el sofá junto a ella y dejar que mis manos se deslizaran sobre sus piernas. Limpié con la lengua una gota granate que se deslizaba por la comisura de sus labios.

La nuestra era una de esas leyendas que se escriben por fragmentos, a través de los años y del tiempo.

Lo nuestro eran y serían siempre turbulencias.