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Mundo animal.

Un pájaro me ha mirado con cierto descaro, mientras volvía a casa, a pesar de su pequeño tamaño y su apellido común. Diría, aunque parezca imposible, que durante unos segundos escasos nos hemos entendido mutuamente. Él mi ritmo lento, de cierto hartazgo vital, yo su pausa cotidiana justo antes de volver a emprender el vuelo con un leve movimiento de sus alas.

Puede que ambos nos hayamos planteado qué pasaba por la cabeza del otro. Supongo que somos parecidos, y a algunas horas del día probablemente iguales con la necesidad de cubrir los instintos primarios como única meta: comer, reproducirnos y dormir.

Los humanos, a fin de cuentas, somos tan básicos y complicados como puedan serlo el resto de seres vivos.

De algún modo, lo único que nos hace diferentes es esa capacidad de destrucción que tenemos por encima de todo. Somos capaces de destruir cualquier cosa, de destruir ecosistemas, autoestimas, vidas, países, y visto lo visto, también planetas. Todavía es pronto para hablar del Universo, pero podemos lograrlo sin demasiado esfuerzo si nos dan el tiempo suficiente como especie.

Supongo que también es muy humana la envidia, no veo a los perros ni a otros animales de cuatro patas perdiendo el tiempo en esas cosas.

Tenemos algunas ventajas y muchas desventajas, por ejemplo: tendemos a preocuparnos por cosas insustanciales que nos roban tiempo para los temas importantes, tenemos que entrenar nuestra imagen personal y averiguar cómo proyectarla de manera adecuada para hacer creer al resto que somos de este u otro modo.

Todo es muy cansado.

Yo preferiría que mi única misión en la vida fuera mantenerme vivo hasta la mañana siguiente, algo que más o menos se me da bien. Lo demás es demasiado complicado para alguien como yo, que apenas sé levantarme de la cama, comer a buena hora y acostarme cuando debo.

Pero, al parecer, un pájaro granívoro consigue hacerme reflexionar más de lo que podría hacerlo gran parte de la humanidad.

Sólo quiero.

Debe ser ya abril en París porque no estoy entendiendo lo que me pasa dentro del pecho, aunque fuera el frío siga congelando pestañas y las olas rompan con más fuerza que nunca contra las playas del norte.

El tiempo ya ha demostrado que es frágil, escurridizo, que le gusta escaparse entre los dedos igual que se escapan los mechones de tu pelo entre los míos mientras veo cómo vuela la noche más oscura sobre mis hombros para llenarme de miedo y viejos temores.

El tiempo es, al menos, tan caprichoso como lo somos nosotros, que algunos días lo queremos todo y al día siguiente lo tiramos a la basura, sin preocuparnos demasiado, y después nos arrepentimos sin que podamos remediarlo.

Algunas veces tomamos decisiones sin pensar y otras pensamos tanto que nunca llegamos a decidir nada, que nos quedamos pisando el alambre sin atrevernos a comenzar a caminar sobre él.

Somos animales de costumbres, que prefieren quedarse en su cueva a salir a encontrar algo nuevo por si no es mejor de lo que tienen. El “por si” delante de un no sale bien es casi tan mortal como el “pero” después de un te quiero.

Somos animales racionales muy irracionales, que se dejan llevar por los instintos, por la atracción de unos labios, por el magnetismo de una mirada, por la sonoridad de las palabras, por la canción adecuada en el momento justo.

Sólo quiero abrazarla y que todas las piezas vuelvan a su sitio.

Sólo quiero que nada le duela.

Sólo quiero estar cuando más le haga falta, y no puedo.

Realmente sólo quiero hacerle la vida fácil.

Sólo eso.

Todo eso.

[Siempre serás mi desastre preferido.]

 

Almas perdidas.

Tú y yo somos almas perdidas, por eso nos acabamos cogiendo de la mano, nos bebimos las ganas, nos usamos a ratos. Nos encontramos en un páramo en mitad de nuestras vidas y no pudimos evitarlo, sin que existiera nadie más, sin que importara nada más, sin medir y sin pensar.

Es cierto eso de que los seres humanos somos animales, y tenemos instintos primitivos, y a veces llega alguien que te hace coger impulso y saltar más lejos de lo que nunca antes habías saltado, romper todas las normas, creerte alguien de nuevo.

Tú y yo somos balas perdidas, por eso nos acabamos tropezando, se nos cayeron los papeles de la mano y los perdimos todos, uno a uno, hasta quedarnos completamente desnudos. Nos olvidamos de quiénes éramos y dónde estábamos y el lugar que debíamos mantener cada uno.

Es cierto que nos pasa con frecuencia, que nos perdemos entre las páginas de un libro y no podemos dejar de escuchar una canción, y a mí me pasa contigo. Eres todas y cada una de esas historias que no me canso de leer y de inventar, eres todas y cada una de esas melodías que no me canso de escuchar y de cantar en voz alta, sin ningún tipo de vergüenza.

Tú y yo somos armas prohibidas, por eso herimos a diestro y siniestro y sólo podemos curarnos el uno al otro, somos pócima y ungüento, dioses nuevos y viejos a la vez. Nos chocamos en una esquina cualquiera para no tener que separarnos nunca más.

Y todavía hay quien no cree en el destino, ni en esa especie de suerte necesaria para que alguien que se cruce en tu camino llame de alguna manera tu atención, te fijes en ella y no puedas apartar la mirada de sus ojos, y quieras probar sus labios al segundo después de saber su nombre y no tener que abandonarla nunca más.

Y lo perfecto que es eso, lo bonito, lo absolutamente maravilloso que es toparse con alguien así y disfrutarlo, y aprovecharlo, y no dejar escapar ninguna oportunidad, porque no nos damos cuenta pero hoy estamos vivos, aún respiramos, y mañana no sabemos qué pasará.

Yo no quiero lamentarme, ni tener que preguntarme por qué no hice esto o aquello cuando tuve la oportunidad, yo no quiero tener que reprocharme a mí mismo por qué no fui valiente, por qué no me atreví, por qué no lo intenté hasta quedarme sin fuerzas.

Y es que sí, somos personas de esas que sólo se encuentran una vez a lo largo de los años, esa mitad que algunos dicen que nos hace fata y que necesitamos para estar completos.

Yo es que no he tenido nunca dudas, tengo claro que vagaríamos por el mundo entre librerías viejas y polvo en los zapatos, entre calles estrechas llenas de adoquines y sol bajo, entre café y humo, entre la risa y el silencio, entre besos largos, abrazos y ojos cerrados.

Somos almas perdidas, quizá también en otras vidas.

Sólo espero que en las siguientes me elijas a mí.