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La noche me sabe a ti.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a tus besos calientes, a tu pecho desnudo, a tus piernas abiertas y húmedas por mi culpa.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a ciudad desgastada, a música negra, a gritos ahogados y mordiscos contra mi mano.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a tinieblas, a labios rojos, a piernas de vértigo y abrigos de invierno.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a risas ocultas, a llantos nerviosos, a lágrimas transparentes y a saliva que desciende.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a caricias fugaces, a corazones heridos, a dolor que no acaba y tristeza en la mirada.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a tirarnos en la cama, a respirar contra la almohada, a deshacer las sábanas y quejarnos por la mañana.

No sé por qué la noche me sabe a ti.
No sé por qué.
Pero me sabe.
A ti.

Podrías haber sido tú.

Sonaba una canción del primer disco de Estopa, iban emporrados hasta las cejas y la vida en aquel momento les parecía maravillosa. Estaban fuera del pueblo, cerca de una cantera, mientras llegaba el amanecer después de una noche de fiesta, esas fiesta de pueblo con verbena hasta las seis de la mañana. Un par de polvos que los habían hecho sudar más que bailar el típico Fiesta Pagana que cierra esas noches de risas y cubatas con los amigos de toda la vida.

La España de principios de los dos mil en pleno auge, y el Seat Ibiza rojo que crujía bajo el movimiento de sus cuerpos desinhibidos por completo. Dieciocho años casi recién estrenados y un futuro prometedor. Él a punto de entrar en la universidad, ella a un año de acabar el bachillerato. La vida por delante, las preocupaciones en otra parte. Las vacaciones de verano siempre han sido para eso, para amores pasajeros, para sexo imprevisto, para borracheras, para tardes en la piscina jugando partidas de cartas que no acaban nunca, para llenar la calle de restos de pipas y colillas clandestinas. Cuerpos escurridizos en manos poco expertas, sexos húmedos que no se sacían.

-¿Sabes qué? -Habló él después de un rato.

-Dime, Fer.

-Creo que te quiero. -dijo riendo.

-¿Qué dices?

-Eso, que te quiero.

-Vas fumado, así no vale. -Ella miraba por la ventana, dejando que él acariciara su espalda, mirándola con aquellos ojos rojos por culpa del humo.

-Claro que vale, vale más. -replicó él, enfadado. -Te quiero desde que tenía siete años y me pegaste una hostia en la piscina. ¿Te acuerdas?

Cristina lo miró, y esbozó una sonrisa fruto de la nostalgia y del efecto de la marihuana en su organismo.

-¿Te acuerdas? -Repitió él.

-Claro que me acuerdo, idiota. Me querías bajar las bragas del bikini, siempre has estado igual de salido. -Fer ha estado siempre ahí, es como ese árbol que no se mueve del camino, que sigue ahí con el paso de los años. Una parada de metro que pisas día tras días, Fer es eso tan común en tu vida que dejas de darle importancia. -Pues yo no te quiero.

-Me quieres, aún no te has dado cuenta pero me quieres. -Se enciende un cigarro que le sabe a mierda después de todo. Está convencido de lo que dice. -Tienes que quererme. -Es casi obligada esa reciprocidad que se sobreentiende en cualquiera relación. -Cuando me plantaste toda la palma de tu mano en la mejilla me dije: es ella, me casaré con ella, tiene carácter como a mí me gusta.

-Eras un niño, ni de coña pensaste eso, Fer. -Se gira y lo mira, dejando que sus labios lo devoren durante un instante.

-Hazme caso, mi abuela siempre dice que soy muy listo, y las abuelas siempre tienen razón. Eso dice todo el mundo. -Le muerde el labio y tira de él, mirando sus ojos claros.

-Entonces me quieres. -dice Cristina, y él asiente convencido. -Entonces, hagámoslo otra vez.

Y se sienta sobre él, y sus cuerpos se vuelven a acoplar con la facilidad que tienen los adolescentes para eso. Y lo hacen como si un coche fuera el mejor sitio para el sexo, que a veces lo es, sobre todo si tienes dieciocho años y mientras follas todo te da igual.