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Todavía sueño.

Dicen que existen otros mundos, otras realidades, otras existencias en las que todo puede ser igual pero de un modo distinto. Mundos en los que nosotros podríamos ser nosotros y mirarnos a los mismos ojos pero con otros sentimientos, con un fondo diferente. La función es diferente cada vez que se representa en el teatro, y la sinfonía suena distinto cada vez que se interpreta, y supongo que eso podría pasar con nuestras almas, que cuando cobran forma de nuevo, cuando vuelven al mismo cuerpo todo puede cambiar.

En una realidad paralela todo sería muy distinto, te lo aseguro.

En una realidad paralela todo es diferente pero no exactamente del revés.

En una realidad paralela no todas pero algunas cosas son mucho mejor.

Los meses de otoño no son tristes.

La soledad no duele.

Las sonrisas permanecen.

El silencio no es incómodo.

La sensibilidad es una virtud.

Los abrazos y los besos no se tienen que pedir.

Hay libros para todos.

La muerte te pide permiso.

El dinero no lo es todo.

Siempre hay tiempo para las despedidas.

Se demuestra lo que se siente.

No se oculta la verdad.

Mirar a los ojos es un mandamiento.

El miedo no existe.

El agua nunca falta.

Lo bonito no se tiene que esconder.

En una realidad paralela ahora mismo estás cogiéndome la mano, entrelazando tus dedos con los míos, paseamos juntos, los domingos no son tan grises.

Al final nunca pierdo la esperanza, quizá por eso todavía sueño.

Los intrusos.

Todos somos el intruso en la vida de alguien. Aviones de papel que caen en un charco. Extraños caminos, completos desconocidos, que se convierten en algún momento en la senda principal de nuestra ruta. Personas que nos borran por un tiempo esa horrible sensación de soledad que, a veces, guardamos en el pecho a pesar de todo.

Los intrusos son ladrones de almas que van de puntillas por los tejados tratando de encontrar algo que llevarse de recuerdo, algo que cuando estén lejos les ayude a evocar dónde estuvieron, qué hicieron y con quién. Recolectores de momentos, cazatesoros. Llegan un día y se convierten en mochila, se te pegan a la piel y no hay manera de dejarlos atrás. Te trastocan todos los planes, te rompen los esquemas, te difuminan el futuro, te nublan la vista con caricias.

Lo malo de esto es que no nos damos cuenta de cuándo van a aparecer, que no hay protección, que no existe una manera eficaz de protegerse o de tratar de evitarlo. Nos distraemos con facilidad porque la carne es débil y el verbo es carne.

Y entonces un día te ves indefenso, sin barreras que puedan contener esa sensación que te desborda, esa ilusión que te calienta un poco el pecho y te reconforta cuando cierras los ojos por la noche, esa leve seguridad que te permite mirarle cada día y sonreír sin miedo.

Soy contigo personal ajeno en un área restringida, porque no pedí ninguna clase de permiso para colarme en tus días y en tus bragas, y creerme con algún tipo de derecho.

Soy la nota discordante que te está jodiendo la melodía.

Tu penalti y expulsión.

Es tan cierto que me siento un forastero en tu vida como que quiero dejar de serlo, quiero dejar de sentir esa incómoda sensación de hormigueo en la nuca, ese quemazón en el tórax, ese temblor de labios y manos.

Sé que estoy de okupa en un lugar que no me corresponde, y que tarde o temprano acabaré para ti siendo nada, igual que lo era antes.

Los intrusos acaban por desaparecer.

No me llores, nunca ha hecho falta.