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Tragaluz (Parte 9)

Srta. Alma.  –  Quinto Piso, puerta 19.

“Ellos se ríen de mí por ser diferente, yo me río de ellos por ser iguales”.

Kurt Cobain.

No sé qué me daba más pena, si ver cómo casi todos los vecinos rechazaban sus tuppers llenos de comida, o los días que hacía que no la veía por no poder aceptarlos yo.

Le dije a Paquita que tenía una intolerancia, que no podía comer cualquier cosa. No podía permitirme el seguir atiborrándome a delicias calóricas si quería que te fijaras en mí… ¡Ay, Jack! Tú no eres como los demás. Mírales, asomados casi todos, recelosos.

Paquita me dijo que si no podía hacerme sonreír con sus deliciosas croquetas, tenía otra cosita que seguro me iba a hacer levitar de verdad.

¿Más? ¿Me notó en las nubes desde que te conozco? Dijo que ya me traería algunas cosas, no me dijo qué, no me dijo cuándo, y ahora mírala, hay un montón de sangre dibujando un fin macabro…

Imagino que la ausencia de Emilio es normal, está tan sordo que no ha debido enterarse de nada. Pobre cuando se entere… ¡Veremos a ver si no le da un infarto y se va al otro barrio! Ni el coronavirus ni el colesterol de los bocatas que se ha metido siempre en el bar… Mal de amores, un corazón parado en seco. Creo que me pasaría lo mismo si hubieses sido tú. Tú, ajeno a todo esto…

Parece que a Mari no le pilla de sorpresa… tu amigo Ezequiel siempre escondido tras su Canon, inmortalizando cada detalle morboso… María Antonia y su semblante, siempre asqueroso…

Raquel, sin embargo parece afectada, tiene siempre esa mirada dispersa pero es la única que nunca ha rechazado a Paquita. Sigo sin entender por qué hace lo que hace cada noche, ¿se cree que nadie más va a darse cuenta? ¿No tiene bastante perdiendo a sus hijas?

Menuda panda de egoístas, de cotillas, de simples. Siempre con sus miradas altivas, creyéndose el ombligo del mundo, sin ningún tipo de empatía por lo que ocurre en mundo.

Ay, Paquita…

¿Hablarán todos bien de ella ahora que ha muerto? Cuando siempre se han reído de su forma de vestir, de su forma de ser, de su forma de sentir. Tan pendientes de su vida que no se dignaron nunca a observarla por dentro. Ella siempre tan dicharachera, tan única, con la tele a todo volumen para escucharla desde la cocina, donde cocinaba para todos para no sentirse tan solita. De acuerdo, sí, era un poco estrambótica, y siempre caminaba rápido y como a hurtadillas, mirando hacia atrás. Últimamente se la notaba nerviosa… pero no más que a mí.

Desde que empezó este encierro obligado hago cosas brillantes, e idiotas, constantemente. Me pseudoenamoro de recuerdos, contigo. Imagino encuentros que me alegran el día, contigo. Veo esta imagen esperpéntica cinco pisos más abajo y recuerdo aquella película de Carmen Saura en una comunidad de vecinos y me doy cuenta de que quiero volver a verla, contigo.

Hay días que me arañan las entrañas. Mañanas que despierto en sudor tras las pesadillas. Esos momentos en los que me descubro haciendo cosas que no recuerdo haber comenzado y ya no sé si es que me evado, me ausento o me estoy desquiciando.

Esta mañana no recuerdo haberme despertado. He vuelto a mí tras un portazo en la casa de al lado. Y todavía ando aturdida, pero perfectamente vestida. Como siempre, desde aquella vez juntos bajando por la escalera. Me caí detrás de ti, un piso más arriba y tu mirada que siempre me intimida corrió preocupada a mi encuentro. Apenas cruzamos dos frases cordiales y sin embargo, desde ese día, un sinfín de señales me conectan a ti, y ya no sé si son fantasías…

Este aislamiento va a terminar volviéndome aún más loca. No sé qué me pasa, ¿dónde voy cuando me ausento? Solo sé que me canso de esta rutina, enciendo la música y me evado cada vez más lejos.

Me hacen llorar canciones a deshora. Y me olvido de contestar mensajes importantes. ¡Ya no sé cómo pedirle a mi psicóloga que deje de incordiarme! Me aíslo de todo desde que siento que mi mundo eres tú… Me miento. Me arrepiento. Me hago mil preguntas. Me veo en el espejo, y me fijo en las arrugas que nacen. Me agobia el tiempo. Me frustran errores incorregibles. Me siento triste muchas veces y solo quiero que acabe este encierro, para volver a encontrarme contigo, atreverme a presentarme y sentir tus dos besos… ¡Y aaarrrggggg! Diles que se callen Jack, ¡van a volverme loca!

Todos expectantes, todos gritando, todos mirando y tú, balanceando esos hielos en tu copa, con esa mirada imperturbable, tienes tus ojos fijos en mí. Y a mí ni siquiera me ha dado tiempo a percibir si voy bien conjuntada para ti.

Me debato entre el sexto sentido, el común, que también yace muerto. Si entro a llamar a la policía perderé tus ojos de vista…

Oh I hope to be holding you son. Who knows what happens if I leave my room…”

Canta Keaton Henson en mi reproductor. Y sonríes, y sonrío, y Paquita se desangra en el piso.

Sé que tú también ves en mí algo que nadie más ve, sé que te gusto por rara, como tú a mí. ¿Qué escondes? Siempre tan frío, tan ausente, tan escondido… y desde hace días haciendo ruido, con las ventanas abiertas, paseando por si te miro, brevemente, escurridizo. ¿Qué tramas? ¿Quién eres? ¿Qué estás haciendo conmigo?

Mírales de nuevo a todos, llevo años sabiéndolo todo de todos y ellos tan poco de mí… Yo y mi poder de observación.

¿Tú no te extrañas como los demás, de que esta veterinaria no viva con ningún animal?

Escrito por Estefanía Toro.

Twitter y Facebook: @mimundoyrelatos

Instagram: @estefania_toro

Consejo de sabios.

Con el frío que hace y tú con las ventanas abiertas y el alma por fuera, como si quisieras que cualquiera te hiciera daño, como si quisieras ponerlo fácil para después poder justificar tus actos.

No se puede ser injusto con el resto únicamente por pensar que la vida no se ha portado de manera adecuada contigo, ni se puede culpar a otros de las decisiones propias. Al final saltamos porque decidimos saltar, nosotros, por mucho que haya otros detrás empujando con fuerza.

Siempre podemos plantarnos, anclarnos al suelo y levantar el dedo corazón en el momento oportuno.

Y digo siempre, aunque no lo haga nunca.

Debemos establecer nuestras propias prioridades, utilizar la honestidad que pretendemos usar con los demás contra nosotros mismos, ver nuestros errores y ponerlos en la balanza, del mismo modo que hacemos con las equivocaciones del enemigo.

O eso, o aprendemos a convivir con nuestra propia hipocresía.

Y nos relajamos, nos dejamos llevar, navegamos hasta donde nos lleve la corriente sin quejarnos del resultado. Que es lo que hacemos al final para quedarnos tranquilos, para no exigirnos tanto, para tratar de alejarnos del límite en el que no somos capaces de distinguir toda esa gama de grises que existe entre el negro y el blanco, donde buceamos todos.

Otro día más las agujas del reloj marcan la medianoche, tú señalas al cielo, yo señalo la cama. Desechamos otro beso como si nos sobrara el amor, desafinamos en otra despedida, seguimos buscando esa tercera dimensión que de respuestas a todas nuestras preguntas infinitas.

Algunas veces la única forma de ganar es rendirse, pero me niego a admitirlo.

Y aquí sigo,

ponedme una vela, estoy atrapado.

Alma.

Debe existir algo más en la vida que moléculas, física teórica y neutrotransmisores que expliquen todo el mundo que nos rodea y nuestros comportamientos como seres vivos, algo más allá, menos lógico, menos tangible que justifique por qué actuamos de determinada manera.

Debe existir un ente invisible que no se puede buscar ni en resonancias magnéticas ni en análisis de sangre, eso que algunos llaman alma pero sin que tengamos que darle ningún componente religioso o místico. Debe ser esa parte de nosotros mismos que nos permite analizar nuestros actos, decidir si actúamos de una u otra forma. Ese centro en el que se conjugan todos los sentidos y nos hacen vibrar, esa pequeña cueva en la que se acumulan las sensaciones, los sentimientos y nos proporciona el lujo de saber apreciar las letras, las notas de una canción, o la luz exacta del amanecer entre las ramas de los árboles. Eso que nos hace abrir la puerta de nuestro pecho a algunos desconocidos para que se acurruquen sin miedo contra nosotros, que nos concede el privilegio de ponernos a temblar al sentir una caricia, que nos saca una lágrima efímera al ver por primera ver la cúpula de Brunelleschi, que nos ata un nudo en el estómago al leer sobre los crímenes de guerra.

Algo que hace que sólo quiera mirarte a los ojos, besarte hasta quedarme sin aliento, cuidarte hasta que se acabe el tiempo.

Algo tan primitivo, tan etéreo, tan volátil como un te quiero pronunciado a oscuras en una fría habitación después del sexo.

 

Uno.

El nuevo año significa oportunidad, es una ocasión para rehacer, deshacer y empezar o retomar objetivos.

El día uno de enero nos brinda la oportunidad de empezar de cero en una cuenta imaginaria y de ir sumando día tras día. Dejar atrás los recuerdos dolorosos, pisar todo aquello que no nos ha servido más que para hacernos daño y poner los pies en un camino nuevo, esperando que esta vez nos lleve a un destino mejor. Es asombrosa esa capacidad nuestra de no perder la esperanza, de renovar los deseos después de trescientos sesenta y cinco días como si no supiéramos que la vida nos la va a jugar de nuevo. Pero ahí estamos, después de las doce de la noche, abrazándonos, sonriendo, deseándonos todo lo bueno que se nos ocurre como si la suerte, como si la magia, fuera a estar de nuestra parte esta vez.

Siempre llegamos reflexionando, haciendo balance, cayendo en la cuenta de lo que fue bien y lo que fue mal, y pensando en todo aquello que quisimos que pasara y nunca pasó, en todo aquello que quisimos hacer y no pudimos, en todos aquellos besos que se quedaron en el arcén, en todas aquellas palabras que se perdieron en los andenes, en las puertas, en las calles desiertas.

El tiempo siempre nos deja huecos en el alma y en la mesa, nos va dejando más tristes y más solos.

Ahora que hemos puesto los relojes y los calendarios a contar desde el principio es cuando tenemos que darnos cuenta de que la vida pasa, y lo que hagamos en medio depende sólo de nosotros, que está en nuestra mano arrepentirnos o sentirnos satisfechos, que algunas decisiones sólo dependen de uno mismo aunque parezca egoísta.

Con pequeños esfuerzos podemos ir haciéndolo mejor, no necesitamos de grandes azañas, ni gestos heroicos. A mí me vale con cosas tan simples como un: ¿cómo ha ido el día?, un abrazo por la espalda, tener a alguien que me escuche cuando lo necesite, y poder ver las películas alemanas de domingo después de comer en casa de mi abuela.

Día uno, de todos los que quedan por delante.

[Al nuevo año esta vez le pido poco, voy a ser realista. Me conformo con estar un poco menos triste, escribir a diario, que los míos estén bien y poder seguir entrelazando mis dedos con los tuyos.]

 

 

La patria eslava.

Psicología humana.

A diario.

A todas horas.

Es curiosa esa forma de hacer como que nos preocupamos por los demás mientras estamos socavando su autoestima. Nos preocupamos por su aspecto físico, por sus relaciones, por su modo de vida, por sus decisiones. Opinamos sobre cada uno de los pasos del prójimo, y también (cómo no) sobre cada una de esas veces que decide quedarse inmóvil.

Y, en el fondo, lo único que estamos haciendo es criticar.

Criticamos sin criterio, sin apuntar, disparando al aire sin atender después a si damos o no en el blanco, por si herimos, por si hacemos sangre. Dejamos que las palabras salgan de nuestros labios, a veces sin filtrar, sin reflexionar ni medio segundo, como si no importaran en absoluto, como si no fueran valiosas. Somos capaces de hundir y ensalzar con frases, sin necesidad de nada más. Igual que nuestro entorno nos metió ideas obsesivas sobre el mundo y nosotros mismos cuando éramos pequeños, y por eso estamos todos llenos de complejos y vergüenzas que nos da miedo confesar. Por eso cuando estamos solos nos hacemos pequeños y nos encogemos bajo las sábanas, y cerramos los ojos con fuerza esperando a que vuelva la luz. Por eso cuando nadie nos ve nos quitamos la ropa, los plásticos y las mentiras, y nos quedamos desnudos de verdad, contra nuestro propio espejo, contra nuestra propia alma. Sin escudos, sin esa máscara que nos colocamos todos al enfrentarnos al mundo con tal de intentar sobrevivir.

Quizá el problema es que no sabemos cómo decir las cosas, nos falla la expresión y las formas. Quizá es que venimos del único lugar del mundo donde no hay árboles y por eso no tenemos palabras para nominarlos. Somos hijos del pantano que roban términos de otros idiomas para explicarse.

No me gustaría que me pasara contigo lo de usar las palabras en tu contra, en la nuestra, lo de no ser consciente de que cada una de las cosas que decimos tiene peso e importancia.

No me gustaría creer que somos juntos sin serlo.

No me gustaría no ser capaz de transmitirte lo que quiero.

No me gustaría perderte para siempre.

No me gustaría enfrentarme a mí mismo sin cogerte de la mano.

No me gustaría (ni me perdonaría) hacerte daño sin darme cuenta.

 

Almas perdidas.

Tú y yo somos almas perdidas, por eso nos acabamos cogiendo de la mano, nos bebimos las ganas, nos usamos a ratos. Nos encontramos en un páramo en mitad de nuestras vidas y no pudimos evitarlo, sin que existiera nadie más, sin que importara nada más, sin medir y sin pensar.

Es cierto eso de que los seres humanos somos animales, y tenemos instintos primitivos, y a veces llega alguien que te hace coger impulso y saltar más lejos de lo que nunca antes habías saltado, romper todas las normas, creerte alguien de nuevo.

Tú y yo somos balas perdidas, por eso nos acabamos tropezando, se nos cayeron los papeles de la mano y los perdimos todos, uno a uno, hasta quedarnos completamente desnudos. Nos olvidamos de quiénes éramos y dónde estábamos y el lugar que debíamos mantener cada uno.

Es cierto que nos pasa con frecuencia, que nos perdemos entre las páginas de un libro y no podemos dejar de escuchar una canción, y a mí me pasa contigo. Eres todas y cada una de esas historias que no me canso de leer y de inventar, eres todas y cada una de esas melodías que no me canso de escuchar y de cantar en voz alta, sin ningún tipo de vergüenza.

Tú y yo somos armas prohibidas, por eso herimos a diestro y siniestro y sólo podemos curarnos el uno al otro, somos pócima y ungüento, dioses nuevos y viejos a la vez. Nos chocamos en una esquina cualquiera para no tener que separarnos nunca más.

Y todavía hay quien no cree en el destino, ni en esa especie de suerte necesaria para que alguien que se cruce en tu camino llame de alguna manera tu atención, te fijes en ella y no puedas apartar la mirada de sus ojos, y quieras probar sus labios al segundo después de saber su nombre y no tener que abandonarla nunca más.

Y lo perfecto que es eso, lo bonito, lo absolutamente maravilloso que es toparse con alguien así y disfrutarlo, y aprovecharlo, y no dejar escapar ninguna oportunidad, porque no nos damos cuenta pero hoy estamos vivos, aún respiramos, y mañana no sabemos qué pasará.

Yo no quiero lamentarme, ni tener que preguntarme por qué no hice esto o aquello cuando tuve la oportunidad, yo no quiero tener que reprocharme a mí mismo por qué no fui valiente, por qué no me atreví, por qué no lo intenté hasta quedarme sin fuerzas.

Y es que sí, somos personas de esas que sólo se encuentran una vez a lo largo de los años, esa mitad que algunos dicen que nos hace fata y que necesitamos para estar completos.

Yo es que no he tenido nunca dudas, tengo claro que vagaríamos por el mundo entre librerías viejas y polvo en los zapatos, entre calles estrechas llenas de adoquines y sol bajo, entre café y humo, entre la risa y el silencio, entre besos largos, abrazos y ojos cerrados.

Somos almas perdidas, quizá también en otras vidas.

Sólo espero que en las siguientes me elijas a mí.

Mientras tú y yo nos besamos.

El rosal de afuera se mueve con suavidad, como te mueves tú por la noche cuando duermes conmigo y te deslizas bajo las sábanas buscando espacio entre los dos.

Yo sé que sólo te dejas querer a ratos, que el resto del tiempo no te gusta esa sensación de pertenecerle a nadie, pero me gustas así todo lo salvaje que quieras ser, con las uñas arañándome o acurrucándote contra el pecho mientras escuchas mi respiración, con maquillaje o sin él, vestida o desnuda, hablando, gritando o en silencio, esquivándome o abrazándome fuerte.

Yo sé que escucho música rara y que digo cosas sin sentido que no interesan a nadie. Ya sé que vivo en las nubes la gran parte del día y que me repito demasiado. Ya sé que parece que sólo puedo hablar de café, música, libros y muertos, y que dejo de ser interesante a la segunda conversación. Ya sé que debo ser poca cosa en la cama y que estoy cada vez más lejos de ser lo que buscas y necesitas en estos momentos.

Tu voz, a veces, me suena como deben sonar las estrellas para quienes saben escucharlas. Tu sonrisa se dibuja tan suave como debían pintar los pinceles de Degas o Monet sobre un óleo. Tu cuerpo ha sido la única paz que he encontrado en todo este viejo y largo camino.

Yo no sé si los lobos aún te siguen al andar, ni si te das cuenta de todo el desastre que me has dejado en el alma.

Y es que me da igual, a mí me pasa como en el Evangelio, que una palabra tuya bastará para sanarme, y que podrías convertir el agua en vino y resucitarme con sólo un suave toque sobre el corazón. Porque yo lo tengo claro, pienso en lo que quiero, lo hago con calma, y sólo puedo verte a ti, y si tu imagen se difumina, si pienso que no estás en este trayecto todo se vuelve oscuro, sin sentido, y no encuentro nada que me ilumine la vida como lo hacen tus ojos al mirarme.

En tu ausencia no puedo ni quiero vivir.

No quiero contigo ni guerras ni fronteras ni silencios dolorosos.

Sabes que encajamos como esos puzzles sencillos de cuando éramos niños, y eso no debería darte miedo ni hacerte huir a ninguna parte que no sea a mi lado.

Soy tu oportunidad y tú la mía.

Seamos todo pero juntos.

Y después que se rompa el mundo, el tiempo y el universo si quieren mientras tú y yo nos besamos.