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Te invito yo.

Vamos a olvidar los recuerdos y a quemar las fotografías, y a deshacernos de los nombres por los que todo el mundo nos conoce.

Debe ser ya la hora de empezar de cero y tirarlo todo por la borda, lanzarnos a un precipicio llamado futuro, dejar los adoquines que llevamos en los bolsillos.

Mira, sólo te digo una cosa:

— Despliega las alas.

Que ya toca.

Basta de estar en la sombra, de quedarse siempre en la parte del camino que nadie quiere transitar. Ya hemos tenido suficiente siendo los sacos del boxeo de todo el mundo, los que sostienen sus penas, los que transportan sus mundos, los que siempre callan y asienten y nunca dicen nada con tal de no hacer daño.

Basta de ser marionetas maltrechas, juguetes rotos a los que todo el mundo usa a su antojo y después desecha sin pensar.

Basta de ser tú y yo, y conformarnos con esto.

Ya nadie tiene que decirnos qué hacer o qué decir, ni qué señales debemos seguir, ni qué estrellas debemos mirar.

Hay un eclipse lunar y no me coges de la mano.

Una vez más.

Llegará el tiempo de quitarnos las ropas, quedarnos desnudos de miedos, besarnos las canas, acariciar las arrugas, lamernos todas y cada una de nuestras cicatrices, querernos más cuanto más viejos y feos, y fofos.

Y esto no va a parar.

A la próxima vida te invito yo, te lo prometo.

No vamos a sufrir más.

No es necesario.

Seremos.

No sé cómo decírtelo, que me des tu mano, que saltes por esa ventana que yo te cojo, que camines descalza, que sueltes tus alas.

Confía por una vez en que no voy a hacerte daño sino todo lo contrario. Confía en tu instinto, en lo que sientes cuando beso tu cuello y cierras los ojos, en lo que piensas cuando escuchas mis latidos galopando en tu oído, en esa tranquilidad que te permite coger aire sin que te duela el pecho mientras duran nuestros abrazos. Cree de una vez que algo mejor es posible, que te lo mereces, que está todo más cerca que ese horizonte que te parece tan lejano e inexplorado.

Cree, porque todo lo bueno llega.

He encontrado la tranquilidad cuando te tengo entre los dedos. Mientras tú estás extasiada yo soy capaz de respirar con calma, de redescubrir el significado de la palabra vida, de ver el lado bueno de las cosas mientras observo cómo se dilatan tus pupilas, de reconciliarme con mis demonios. Nosotros sólo somos un par de humanos que se buscan entre la necesidad, entre ese lazo que tejemos a diario, y no tenemos culpa de sentir.

La vida va de luchar, desde que naces, porque si dejas de hacerlo estás muerto mucho antes de que tus huesos toquen tierra. Estamos en nuestro derecho de quedarnos sin ropa, desnudarnos la mente, tocarnos a oscuras. Estamos en nuestro derecho de querernos sin tener que medirlo, sin tener que demostrar nada, sin tener que ocultarnos.

Las distancias más cortas a veces son las más difíciles de superar, y no sé si también has sentido que nos estamos escapando poco a poco, que te resbalas entre mis dedos, que ya no sonrío como antes, que ya no nos besamos como antes. Pero creo que podemos hacerlo mejor, que todavía somos capaces de salvarnos el uno al otro. Podemos ser compañeros de aventura, porque juntos somos capaces de meternos en cualquier libro para salir a la superficie en el punto final. Podemos hacer las mil leguas de viaje submarino y meternos en el centro de la tierra, descubrir la Atlántida, enfrentarnos a los cuarenta ladrones, salir sin perder la cabeza del espejo por el que se metió Alicia.

No todo es tan difícil como piensas porque voy a estar aquí, con la mano abierta, dispuesto a todo. A sacar dientes, garras y las caricias que hagan falta.

Es ahora cuando tengo la certeza.

Cierro los ojos.

Te pienso.

Sé que seremos.

Enemigo público.

La noche era demasiado oscura y brumosa como para que estuviera seguro de que seguía solo, por eso corría, por eso su respiración le quemaba en el esófago y le resonaba en los oídos, como lo hacían las últimas palabras de ella antes de irse para siempre. Sentía el corazón bombeando la sangre a todas sus extremidades y el frío en las orejas. Sus músculos fatigados viniendo poco a poco a menos, el cansancio saludando en su cerebro, molestando, evitando que pueda concentrarse en esa huida que probablemente no salga bien.

Otra carrera a contrarreloj de la que no va a salir vivo. Otra huida que se va a quedar en vano intento.

Apenas tuvo tiempo tras una esquina para ver el muro que se elevaba ante él y le cortaba el paso. Golpeó con su puño derecho los ladrillos, con rabia, blasfemando en voz alta porque estaba perdido. De pronto sabía que no había nada que hacer y que no podría salir ileso de aquel combate.

La taquicardia de reconocer su propio rostro en el enemigo.

La bocanada de aire de después de abrir los ojos empapado en sudor, observando el techo blanco de la habitación. El miedo a verte convertido en el malo de esta historia, el temor a no poder vencerse nunca a uno mismo. Nos arrastramos, arrastramos nuestras vidas pasadas, nuestras relaciones, los vicios y tics de nuestros padres. Arrastramos mochilas llenas de piedras que nos parten la espalda y nos dejan tumbados en medio del camino.

Y entre tanta carga, tanta responsabilidad, tanta conciencia muerta, giras el rostro y ves un tímido rayo de sol queriendo colarse por la persiana, y te ves obligado a preguntarte si algún día todo va a cambiar. Y preguntas en voz baja porque nunca se sabe.

Encadenados a nuestros propios y desesperados pensamientos, inmóviles entre la corriente, viendo cómo poco a poco el siglo XX queda cada vez más lejos y nada ha cambiado tanto como decían.

Abres los ojos otro día y te ves incapaz de transformar tu vida e ideas, prefieres dejar las ventanas cerradas y seguir oliendo a humedad y miedo añejo. Prefieres mirarte al espejo y seguir lamentándote porque las cadenas pesan demasiado.

No sé tú pero yo voy a dejarme caer esta vez, con algo de suerte, por fin, se abrirán las alas.