Y dices que me quieres

Y dices que me quieres,
Y me calmas.
Y dices que me quieres,
Y me rompes.
Y dices que me quieres,
Y hay tormentas de verano,
Y ríes desnuda,
Y lates despacio,
Y odias la distancia
Y te emborrachas de tristeza,
Y mi nombre se repite en tu cabeza,
Y gritas desesperada para que llegue la mañana.

Y dices que me quieres,
Y ya no hay vuelta atrás.

Circus Maximus.

Hay quien dice que la vida es tan sólo un circo, que nada es real, que todo es mentira, que simplemente somos espectadores a los que entretener, a los que manejar, a los que engañar con el ilusionista, embobar con las trapecistas y fascinar con el domador de fieras.

La vida es un circo, nos meten en una carpa, nos enseñan lo que quieren y nosotros sólo podemos aplaudir. Y en todo circo hay payasos para hacer reír, pero algunos dan pena.

Y de este circo el payaso soy yo.

Nieblas bajas.

Nieblas bajas y gritos entre las cuatro paredes de una habitación. Arañas mi espalda, me robas la voz, me besas la vida, me rompes el alma. Con el balcón abierto y tu voz dando un toque de color a una madrugada gris oscura, sin luces de farolas afuera. La cama tiembla, los gemidos retumban y el sudor empapa unas sábanas mojadas.

Vivimos entre pieles, en el cuerpo del otro, conjugando miradas y olvidando los verbos. Nos bebemos, nos follamos y volvemos a fumar un cigarro que nos da alas. Que nos deja continuar.

Ojalá algunas escenas fueran reales y no sólo fruto de mi imaginación.

Será que te echo de menos.

Báilame otro tango.

A veces la música es lo de menos, y el lugar, y el calor de Buenos Aires entrando por la ventana del hotel. Nada importa y todo te da igual. Todo porque tienes una mujer a tu lado que sigue caliente, sudorosa y cogiendo aire como puede, todo porque llevas una sonrisa impresa en la cara y no va a haber diablo que te la quite durante días. El sexo impulsivo, agotador, irrepetible, de dos desconocidos investigando sus cuerpos, adaptándose a lo nuevo, aprendiendo. Dos cuerpos causando fricción, creando una combustión espontánea, haciendo que la vida tenga sentido mientras todo dure.

Me levanté rascándome la barba para encender un cigarro y fumármelo en la ventana, y abajo las calles rugían, y abajo el cantineo argentino se dejaba querer. Un bandoneón tocaba una pieza de su mayor maestro, Piazzolla, y el humo se perdía en unas calles apenas exploradas por mí. Y ella se mecía en unas sábanas arrugadas, húmedas y demasiado usadas. La miré mientras el humo me nublaba la vista y los pulmones, la miré prestando atención a cada una de sus curvas, a cada parte de su cuerpo a la que ya había puesto mi firma. Di otra calada al cigarro y volví junto a ella, besé sus labios y acaricié su abdomen todavía tenso.

— Dime tu nombre al menos. —dijo ella, con su aire de chica adinerada y en busca de aventuras. Una joven que había decidido perderse entre unos brazos fuertes y más expertos.

— Primero báilame otro tango. —Apagué el cigarro en el cenicero de la mesita, la agarré por sus caderas, y dejé que nuestros cuerpos se perdieran de nuevo mientras afuera las calles vivían y el acordeón seguía cantando un lamento melancólico del que no podré olvidarme.

La noche me sabe a ti.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a tus besos calientes, a tu pecho desnudo, a tus piernas abiertas y húmedas por mi culpa.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a ciudad desgastada, a música negra, a gritos ahogados y mordiscos contra mi mano.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a tinieblas, a labios rojos, a piernas de vértigo y abrigos de invierno.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a risas ocultas, a llantos nerviosos, a lágrimas transparentes y a saliva que desciende.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a caricias fugaces, a corazones heridos, a dolor que no acaba y tristeza en la mirada.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a tirarnos en la cama, a respirar contra la almohada, a deshacer las sábanas y quejarnos por la mañana.

No sé por qué la noche me sabe a ti.
No sé por qué.
Pero me sabe.
A ti.

Cae.

Cae al fondo, cae con lentitud porque ya nada importa, cae siguiendo ese principio del que ya habló Arquímedes hace miles de años. El reloj con la esfera rota sigue su curso hacia el fondo del pozo. Marca una hora que se quedará ahí, en la oscuridad, sin que nadie la vea. A la muerte le gusta actuar cuando nadie observa, cuando la gente duerme,
cuando nadie puede echarle en cara lo que hace, cuando nadie puede llorarle o suplicarle por sus seres queridos. 

 

Oscuridad.

Oscuridad, intentas quitarla con las manos,intentas abrir los ojos esperando que se vaya pero no lo hace. Siempre está ahí, siempre se queda formando parte de ti. A veces logras arrinconarla y olvidarte de ella por un instante, intentas seguir tu vida como si no existiera pero vuelve. Siempre vuelve, siempre se queda formando parte de ti.

Oscuridad, tratas de borrarla, tratas de buscar la luz sin suerte en alguna parte, igual que lo hacen los demás. A veces parece que ganas y vas a ser libre, intentas mirar al frente pero te alcanza. Siempre te alcanza, siempre se queda formando parte de ti.

La oscuridad está hecha de tus miedos, está hecha de demonios y los demonios no saben de cárceles ni entienden qué es quedarse presos.