Lo único que sabes.

Lo único que sabes, al final de todo, es que tarde o temprano el amor duele. Nada lo va a cambiar, nada lo va a mejorar, y no sirven las palabras de ánimo, ni las palmadas en la espalda, ni la voluntad de los demás ofreciéndote su ayuda.

A la caída te enfrentas solo, a vivir desde el suelo, a tocar fondo, a enterrarte, a ahogarte en pensamientos y en palabras nadie te enseña. No hay libros, ni maestros que te enseñen ni te aconsejen a cómo calmar la angustia.

Lo único que sabes es que, al final de todo, no sales ileso.

Soy todo heridas mal curadas.

Bourbon, tristeza y medianoche.

La luz de la lámpara parpadeaba sin descanso en medio de la habitación mientras él disfrutaba de un cigarro asomado a la ventana. Una noche fría de enero en la que sonaba Charlie Parker desde alguna casa cercana. El barrio volvía a estar vivo justo ahora que él se sentía muerto. Un fantasma, eso era. Uno de esos fantasmas que van día a día a trabajar por pura rutina, uno de esos fantasmas de sonrisa forzada y mirada vidriosa a los que todavía llaman personas. Dio un par de tragos a su bourbon y lo apoyó en la repisa mientras veía a la gente disfrutar de un nuevo fin de semana.

Un joven con el alma rota y el corazón lleno de suturas que no habían conseguido curar nada. Un joven de ojos vacíos y respiración entrecortada. Miró el teléfono acariciando una foto, del rostro de ella, que debía haber quitado hacía mucho tiempo. Volvió a leer su última conversación, ese último y verdadero adiós; y por alguna estúpida razón sonrío, sonrió al vacío, a la nada y miró a la noche como si fuera un reto. Dio una calada al cigarro que todavía sostenía entre los dedos y pensó con desgana que con un pequeño golpe de suerte todavía podría morir mañana.

Auschwitz.

Y desde entonces nadie puede poner un pie en aquel lugar sin sentir escalofríos, sin sentir la enorme desesperanza de contemplar con sus propios ojos la clase de crueldad de la que es capaz el ser humano. Y caminas entre los barracones y sientes la dicotomía de valorar la belleza de aquel campo y el olor a muerte que todavía se respira. Y miras a cada paso el camino por el que otros cargaban sus castigos hasta desfallecer, y se te encoge el corazón, y se te corta la respiración.

A día de hoy sólo quiero pensar que no volveremos nunca a dar ese paso atrás, que no volveremos a hablar de superioridad entre razas. Pero, a veces, leo los periódicos y siento ese mismo escalofrío que me producen las imágenes de los campos de concentración.

La sangre que manchaba sus zapatos.

Sus pasos resuenan en el callejón oscuro, las luces de los coches del cuerpo de policía alumbran entre rojos y azules el asfalto desgastado por el paso de los años. Las calles de Londres están desgastadas por la lluvia y el mal tiempo del invierno y Snyder tiene las manos metidas en los bolsillos mientras ojea la zona desde una distancia prudencial. No está dispuesto a que los de la científica se quejen a sus superiores de que siempre están entorpeciendo su trabajo, de que nunca piensa en la escena del crimen. Lo cierto es que se considera demasiado viejo para eso, demasiado a la antigua usanza como para confiarlo todo a la tecnología. No le gusta que todo tenga que ser tomado con pinzas y mucho menos tener que ponerse el traje blanco y las botas para no contaminar la escena. Snyder a pesar de no tener más de cuarenta y cinco años prefiere trabajar como le enseñaron y se resiste a llegar a su oficina y teclearlo todo en el ordenador que tiene en su escritorio.

El olor a sangre se le clava en el nervio olfatorio y en cierto modo le resulta agradable, los homicidios son su hábitat natural y es donde se siente cómodo, juega en su terreno.

— Dadle la vuelta, quiero verle la cara a ese fiambre. —dice antes de acuclillarse junto al muerto y dar una fuerte calada al Lucky Strike que cuelga de sus labios. Mira a un par de la científica con una sonrisa triunfal y vuelve sus ojos claros y cansados hacia su objetivo.

Desde que no estás.

Desde que no estás, ya no tengo ganas de mirar el teléfono cada treinta segundos.
Desde que no estás, ya no tengo a nadie a quién contarle cada día de mierda al que me tengo que enfrentar.
Desde que no estás, me paso las tardes tirado en el sofá sin ganas de abrir los ojos.
Desde que no estás, he envejecido tanto que ya no sé qué edad tengo.
Desde que no estás, buceo entre libros para olvidar quién soy en realidad.
Desde que no estás, mis historias no avanzan y se han quedado sin lectores.
Desde que no estás todo va mal.

Pero si lo pienso bien siempre han ido mal. Cuando llegaste, antes de que estuvieras, después de tu ausencia.

Quizá ha llegado la hora de admitir de una puta vez que la culpa es mía. De todo.

Reflejo.

En el páramo desolado, alejado del resto de mundo, yace un viejo árbol del que cuelga un trozo de cuerda desgastado. Es el sitio elegido, el lugar al que acuden muchos a morir. Enlazarse la soga en torno al cuello y dejar de respirar, dejar que la gravedad y el tiempo de asfixia haga su efecto natural. Sin luchar, sin pretender sobrevivir, sabiendo que nadie acudirá para rescatarte. Sin tratar de huir ni de echar a correr en cualquier dirección.

Lo mejor de aquel viejo árbol es que cuando la cuerda gira, cuando el cuerpo empieza con los espasmos, ves tu reflejo, el triste reflejo que has visto cada mañana en el espejo. Observas la imagen de un cuerpo, que va a consumir su vida, en la superficie del río.

Y morir sabiendo, que lo has hecho mal, que debe ser así.