Tenemos lo que merecemos.

Dicen los más viejos del lugar que tenemos lo que merecemos, y deben tener razón. El problema viene cuando lo que merecemos algunos es la soledad, morder la rabia y observar cómo viven los demás; con los pies hundidos en el fango de las trincheras y llenos de barro hasta las orejas de tanta batalla que no hemos conseguido ganar ni con malas artes. Acabamos resignados, sin fuerza en las manos, con los ojos convertidos en diamantes de tanto llorar.

Hemos visto cómo han ido alejándose los sueños que teníamos en la infancia, sin cumplirse, cada vez más imposibles. Y observamos siempre con pena a aquel niño de mirada clara que sonreía a sus padres al verlos en la puerta del colegio, cuando todo iba bien, cuando, inocentes, no sabíamos que la vida se convertiría en estos espejismos de realidad manchados de pequeñas farsas.

Ahora tenemos sonrisas de plástico y besos de caucho, y gafas de sol que nos tapan la cara, porque ya ni siquiera nos atrevemos a mirar a los demás a las pupilas por miedo a que averigüen que somos de mentira. Pieles de poliestireno expandido, corazones de plastilina y un remix de serotonina, dopamina y noradrenalina bailando en nuestros blandos cerebros sin sentido alguno.

Haciendo un repaso quizá es cierto que cada uno tiene su merecido, en mayor o menor medida, y que todo llega, y que esa mierda del karma acaba actuando y poniendo a cada uno en su lugar. Yo seguiré esperando, viendo cómo se escapa la vida sin vivirla, dándote palmadas en la espalda diciéndote que lo estás haciendo bien, como si entendiera de eso.

Voy a quedarme en las trincheras escuchando el sonido de la guerra, sin atreverme a salir a luchar. No pienso arriesgar, soy campeón en perder en todo lo importante. Mejor me quedo quieto, me conformo con lo que tengo y lo que soy, que para algo tengo lo que merezco.

Usar y tirar.

Usar y tirar. Vivimos en la sociedad de lo inmediato, de no tener tiempo para despertarnos con calma y remolonear cinco minutos en la cama, de quemarnos la garganta con el primer café del día para no llegar tarde a ningún lado. Ovejas del mismo rebaño, nos dejamos guiar por el único camino posible. Y alguien desde arriba nos señala con el dedo y se encarga de decirnos lo que está bien y lo que está mal. Siguiendo siempre la línea roja, sin poder salirnos de ella, sin querer alejarnos de lo que se supone que debemos hacer.

El lastre de la filosofía clásica, de leer a Erasmo de Rotterdam y de escuchar a Wagner. Condicionados desde el principio, atados a anclas que nos impiden ser libres porque otros ya saben lo que tenemos que hacer para que todo nos vaya bien.

Recuerdo el minuto exacto en el que decidimos romper los esquemas, cogernos de la mano y gritar con el viento en contra mientras se nos pegaba en la piel el salitre del mar, y cómo nos besamos con los labios salados. Recuerdo que durante aquel tiempo el mundo me pareció un lugar distinto, y que creí que era posible desviarlo de su órbita, cambiar los husos horarios y vivir sin aire.

Atardeceres eternos contemplando las olas, Lluís Llach sonando mientras nos mirábamos y la botella de Martini blanco se quedaba vacía junto a las palmeras. Y de pronto, decidiste que ya no querías sujetar mi mano, miraste hacia otro lado y sonreíste a otro mejor que yo. Y descubrí entonces cómo se siente alguien en una playa desierta, en medio de la inmensidad de la nada. Angustioso páramo de arena y agua. Supongo que por eso decidí encerrarme en el faro, quedarme lejos y avisar a los demás.

Comprendí gracias a ti que caer es mucho más fácil que levantarse, que en algún punto de nuestra existencia inútil todos somos personas de usar y tirar, que el reciclaje no vale con los sentimientos y que sigue habiendo labios que me recuerdan a los tuyos.

La mayoría de días el mundo merece que lo prendan con Napalm y respiremos hondo.

Platón y Kurt Cobain.

El frío en los dedos mientras sujeta un vaso de whisky con hielo y mira con desdén al personal que concurre el local. Salir un sábado por la noche no es lo que era, ni siquiera la voz de Kurt Cobain que sale por los altavoces parece la misma, lo han castrado y lo han convertido en un icono de mierda al que pisotear de cualquier modo. Vergüenza de escuchar ese Rape me mientras la gente intenta bailarlo consumida en drogas y con la mirada perdida.

Siempre se van los mejores. O no. Se van los que se tienen que ir, sin ningún tipo de distinción. Por desgracia.

Niega con levedad antes de dar otro trago que le queme la garganta y pensar que Platón estaría avergonzado de ver en lo que nos hemos convertido, que ese mundo suyo para aproximarnos a las Ideas se ha esfumado y nos hemos quedado lejos, transformados de un modo u otro en polvo y huesos.

El mundo le parece una ratonera en la que van dejando trozos de queso envenenado y todos van cayendo, incluso se mira a sí mismo reflejado en las gafas del camarero y también siente lástima. Está sucumbiendo a un modo de vida que siempre ha querido evitar, al dejar de pensar, al salir para olvidar, al reír con desconocidos de cualquier cosa sin que le importe una mierda. Ha entrado en esa espiral de caos y destrucción que pronto lo llevará con los del Club de los 27 si no cambia algo.

Fumar, beber, dormir poco y fundirse la tarjeta de jueves a domingo sin pensar en nada más. Ser como el narrador de El Club de la Lucha y su  “copia de la copia de una copia”, un fantasma habitando un cuerpo, y odiar el mundo con tanta fuerza que le duelan los nudillos. El insomnio, las ganas del sexo por el sexo, el olor a tabaco hasta en los calzoncillos. Vivir en modo grunge sin quererlo, sin ser capaz de salir de ese hábitat antinatural que provoca el insomnio y mezclar el café con la cerveza.

Mira de nuevo el whisky con hielo, todavía le duelen los dedos, sonríe y da el último trago antes de romper el vaso en la nuca del gigante que tiene al lado. Pelea para sentirse vivo, recibir su merecido. La sangre fluyendo desde su nariz hasta los labios le hace recuperar la conciencia, sentir dolor, saber quién es, que le den una lección para que se piense volver a pasar por aquel bar, para que al día siguiente el dolor de conciencia le sirva de antiinflamatorio.

El ser humano es estúpido por naturaleza y necesita que se lo recuerden cada cierto tiempo para estar alerta. El ser humano tropieza con la misma piedra varias veces y con muchas otras por no mirar bien, por no escuchar, por no querer evolucionar ni reflexionar, por no dejar los vicios y volver a las bibliotecas. Volver a mirar el Universo en lugar de nuestro ombligo, volver a contemplar las estrellas de tu mano en lugar de mirar a otras en las discotecas, volver a dormir sin que nada martillee tu inocencia fingida, volver a abrir las ventanas un domingo por la mañana y que todo vaya bien.

Ya no habrá más Mito de la caverna ni Smell like Teen Spirit.

No quiero saber de Platón y Kurt Cobain sin ti.

Nunca más.

Joder.

Texto originalmente publicado en el blog Krakens y Sirenas

Carrusel.

El día a día es como dar vueltas en un carrusel, una montaña rusa llena de subidas y bajadas hasta que nos vemos obligados a detenernos y vomitar todo lo que pensamos con más o menos acierto, con mejor o peor ortografía. Y en ese rumbo medio perdido, dejamos que un corazón ebrio y lleno de dudas vaya por donde quiere. Que donde debería gobernar nuestro cerebro siempre acaba mandando él, el tipo solitario del local, el que mira de lejos y suspira al ver cómo disfrutan los demás.

Caminamos malheridos, sin amor, y sin tener ni puta idea de leer un mapa, sin entender todavía qué son los meridianos, ni distinguir aquella canción de David Bowie que todo el mundo tararea ahora que ya está muerto. Caminamos arrastrando los pies, agotados, con las conciencias muertas, inertes, ante las tragedias del resto.

Egoístas, monoteístas, dejamos de lado el De Revolutionibus Orbium Coelestium para ser el eterno centro de nuestro propio universo. Y nos miramos al espejo cada mañana entre la risa y el llanto, sin saber si seguimos siendo, sin saber si respirar es lo mismo que existir, sin querer ver que deberíamos dejar de lavarnos las manos y todo es cuestión de pedir perdón -humano-, y de concederlo.

La nostalgia tiene las alas lo suficientemente grandes como arroparnos con ellas y mecernos a su antojo, hacer que sangremos poco a poco y anemizarnos con el paso del tiempo. Y nos preguntamos cómo sería poder saltar por la ventana sin rompernos el alma mientras tanto.

Nos gusta la adrenalina, el azar, el estirar de la cuerda hasta romperla, el jugar con nuestros corazones hasta pisotearlos sin querer. Nos gusta hacernos daño para poder compadecernos de nosotros mismos, para poder tener excusas y revolcarnos en nuestro propio estiércol. Nos gusta doler y que nos duelan, porque ser felices se nos da mal, no sabemos disfrutar de las horas sin más.

No nos enseñaron a ser felices, nos dijeron que la vida es dura, que todo es difícil, que hay que sacar las garras para sobrevivir. Nos obligaron a encadenarnos a una rutina, a un matrimonio de conveniencia, a vivir por nuestros hijos, a un mundo en el que ser diferente es pecado y castigo.

Y pasamos por alto el aroma de un café humeante, el sonido de la espuma de una cerveza fría, tu ropa cayendo sobre el suelo, el soplo de aire a primera hora de la mañana, la sensación del agua tibia en la ducha, una sonrisa que no veías desde hace tiempo, tu canción favorita sonando mientras desaparece el sol.

El día a día es como un carrusel, y yo lo miro girar desde fuera, me doy cuenta del error y de que me sigue faltando tu mano.

Molinos de viento.

A pesar del sol, de que el día va alargando y de que se acerca el verano yo sigo luchando contra los paisajes fríos y azules del invierno, las nubes grises, y las noches de temblar bajo las mantas.

Vamos ahogando nuestras penas a ratos, con pequeñas dosis de ficción que apenas nos sirven para nada, para dejarnos en el prólogo de una historia que se puede desvanecer en cualquier momento.

Ya he dejado de esperar besos y abrazos, y he vuelto a esconderme en la tormenta y me fallan de nuevo las fuerzas. Flaqueo como antes y vuelven a darse mis rodillas contra las piedras de la senda.

Estamos viviendo en la frontera y te has encargado siempre de marcar el límite, aunque te tiemble el corazón y no quieras admitirlo. Supongo que sí, que el error fue mío, por creer a sabiendas que no debo hacerlo, por dejarme llevar sin mirar en qué dirección soplaba el viento. El error fue mío, porque temblé por tu culpa desde el primer momento.

Y, al final, me doy cuenta de que sólo soy otro Quijote lleno de delirios, que ve gigantes donde sólo hay molinos de viento, que cree que un elefante podría caminar sobre un alambre y que piensa que el hombre no llego jamás a la luna.

Se me da bien inventar historias, permíteme empezar la nuestra, déjame salir de esta jaula que me asfixia sin piedad.

Puta realidad.

Sangre (en Bruselas).

Sangre, siguen llenándose las calles de sangre inocente. Y nuestras conciencias y manos siguen intactas ante la tragedia.

Hemos creado un mundo que se derrumba demasiado fácil como para creer que es definitivo, como para querer pensar que es de verdad. Jugamos con vidas, con leyes, con armas desde la seguridad que nos da la distancia. Cada vez el ruido de las bombas está más cerca y la orquesta más lejos.

A mí me duele la carne, me duele la memoria y me obligo a pensar en que no estamos a salvo, que cada una de esas víctimas podría haber sido yo, podrías haber sido tú. Algo hemos hecho mal, de nuevo, y la historia se repite por vigésimo tercera vez.

Se han cruzado ya todas las líneas y entre tanto interrogante yo no encuentro solución.

En un par de días volveremos a reír, dejaremos atrás Bruselas, como dejamos atrás París, Londres, Madrid o Nueva York. Y la hipocresía occidental se colgará otra medalla, y los niños seguirán muriendo en las costas de Grecia, y construiremos vallas e inventaremos pactos por si los malos se cuelan entre tanto refugiado.

Sangre, siguen llenándose los mares de sangre inocente. Y nuestras conciencias y manos siguen intactas ante la tragedia.

Que no paren las televisiones de intoxicarnos con noticias sin contrastar, que no paren de recordarnos la crueldad de los autores, que no dejen de enseñarnos fotografías sacadas con un iPhone 6s del lugar de los hechos. Que no paren, por favor. No quiero que dejemos de dar asco.

A mí me duele la piel, me duelen los ojos y me duele este circo que siempre necesita más leña para ir creciendo.

Somos la vida inteligente de este planeta, y lo único que hemos aprendido es a odiarnos los unos a los otros, a matar, a herir, a doler.

inteligencia1

Del lat.intelligentia.

1. f.Capacidad de entender o comprender.
2. f.Capacidad de resolver problemas.
3. f. Conocimiento, comprensión, acto de entender.

 

Hay días que preferiría cerrar los ojos y despertar lejos de esta mierda a la que llamamos civilización. De seres humanos, ya ni hablamos.

Que nada importe.

Casi llega el mes de Abril y nos da igual que el frío nos haya dejado hechos pedazos, seguimos aquí tratando de encajar las miles de piezas de este puzzle sin principio, seguimos tejiendo cuerdas cada vez más largas de las que podernos sujetar cuando tropecemos con el acantilado.

Me he convertido en un extraño ente de barro y sangre, cenizas de otros convertidas en materia viva. Soy el peor francotirador de este ejército de muertos vivientes, enfermo terminal que camina con el cerebro en la mano. Soy como ese pueblo que se queda incomunicado con la primera nevada del año, y tengo que encender la hoguera y calentarme las manos en unos bolsillos llenos de miserias.

Todo esto es ley de vida. Amor y odio, alegría y tristeza, vida y muerte, y también las despedidas.

Las despedidas son tristes, sobre todo cuando no te quieres marchar y, sin embargo, sabes que es lo mejor. Tenemos esa puta manía de anticiparnos a los hechos y de predecir catástrofes con una facilidad pasmosa. Yo, por el contrario, nunca veo venir los golpes, será por eso que ya no me quedan huesos intactos, que sangran todas mis noches, que lloran cada una de mis madrugadas.

Debí aprender hace tiempo a enterrar las ilusiones, a no hacer caso a un corazón defectuoso y con mala puntería. Debí retirarme de la partida antes de mostrar todas mis cartas y volver a perder.

No sé cómo decirte que no me necesitas, que cualquier otro te cuidará más y te querrá mejor que yo, sin que me quiera arrancar la lengua. Trata de no sufrir por mí, después de todo lo normal es que nada me salga bien. Trata de no mirar atrás aunque te grite desde aquí desde el rincón en el que siempre escribo, con poca luz y dolor de sobra.

Lo seguiré intentando, aunque ya no tenga sueños, ni crea en la esperanza. Lo seguiré intentando aunque no pueda remontar nunca en este juego inútil. Lo seguiré intentando porque me dijiste que nunca debía rendirme aunque no quisiera luchar.

¿Cómo vas a querer sujetar mi mano si sigo temblando?

¿Cómo vas a querer vivir junto a un hombre hecho de óxido?

¿Cómo vas a soportar el olor a café cada cinco minutos?

¿Cómo vas a soportar que quiera besarte a todas horas?

Las despedidas siempre son tristes, como lo es levantarse solo cada mañana, como lo son los domingos por la tarde, como lo es fumarse un cigarro sin el sexo previo, como lo son esas calles olvidadas del puerto.

Me despediré de ti antes de romperme por completo. La solución final pasa, creo, por mirar a Medusa a los ojos, convertirme en un gigante de piedra y que pasen los años, que pase el duelo, dejar de sentir y que nada importe.

Que nada importe, ni siquiera yo, ni siquiera tú.