Con la guardia bajada.

Recuerdo aquel día como si fuera ayer, recuerdo aquel viernes 25 de Agosto del año 2006 como si todavía tuviera treinta años y el mundo siguiera pareciéndome un buen lugar para vivir. He aprendido mucho desde entonces, o eso quiero creer, y me he equivocado todavía más. Todavía recuerdo aquella noche en la que leía “Mujeres” de Bukowski mientras fumaba un cigarro que se consumía entre mis labios resecos. Hacía ya unos meses que había dejado el trabajo y subsistía sin demasiado interés, tirado en el sofá la mayor parte del tiempo.

La había perdido, había dejado que se fuera de mi lado sin preguntarle tan si quiera por qué, sin conocer el motivo. Había desperdiciado mi mejor oportunidad, la opción que me había dejado más cerca de lo que algunos torpes llaman felicidad. Las noches de conversaciones largas sobre arte se habían quedado en el olvido, las falsas discusiones sobre las películas que veíamos juntos, el tira y afloja de siempre sobre lo que debe o no llevar una verdadera salsa carbonara. Todo había quedado en ese limbo en el que se conservan los recuerdos buenos, esos que después de un tiempo cuesta mucho más rememorar.

De aquel día también recuerdo el sonido del timbre, y mis pasos descalzos hasta la puerta con el libro en la mano y el cigarro todavía pegado a la boca. Recuerdo oler su perfume antes de proceder a abrir la puerta y verla empapada, totalmente calada hasta los huesos. Lo que no recuerdo es el sonido de los truenos, ni el olor a lluvia mojando las calles llenas de gente del paseo marítimo.

– Agatha. – Apenas tuve tiempo de pronunciar su nombre, incapaz de decir nada más cuando el libro cayó al suelo y el cigarro también. Se abalanzó sobre mí después de tanto tiempo, después de no saber nada de ella desde que desapareció con un simple adiós. Echaba de menos sus besos, aquel cuerpo de cintura estrecha entre mis brazos y su mirada siempre cómplice, esa que indicaba que lo tenía todo bajo control. No pude evitarlo, tuve que quitarle aquella ropa que llevaba pegada a la piel al tiempo que ella se deshacía de la mía. Y nos faltaron segundos para comernos la vida de nuevo en el sofá, como habíamos hecho tantas veces tiempo atrás.

Con ella pasaba lo que pasa con las tormentas de verano como la de aquella tarde, que siempre pillan con la guardia bajada y luego se vuelven a ir, sin dejar rastro.

Este texto fue escrito para el blog De Krakens y Sirenas el 20 de Agosto de 2015.

#YoTambiénSoyAlan

#YoTambiénSoyAlan y tú. Eres Alan porque siempre has tenido claro lo que eras y cómo te sentías, porque te has mirado al espejo cada día sin tener que preguntarte por qué vestías ropa de mujer cuando eras un hombre, porque no has tenido que fingir ante el resto de la gente que te gustaban los hombres, porque no has tenido que poner una mueca de incomodidad cada vez que alguien se refiere a ti en un género con el que no te identificas.

#YoTambiénSoyAlan y tú. Porque has tenido la libertad para querer sin que nadie te mire mal, porque no te han confinado al vestuario de discapacitados o a encerrarte en un baño distinto para que nadie vea cómo te cambias de ropa, porque todo el mundo ha dado por hecho que eres una mujer por vestir como una mujer, o que eres lesbiana por vestir como un hombre.

#YoTambiénSoyAlan y tú. Porque hay sonrisas que se llevan por dentro, cuando alguien te mira y se confunde contigo, cuando por fin puedes liberarte y la gente te llama por tu nombre de verdad, cuando no hay miedo al qué dirán o a si alguien te hará daño.

#YoTambiénSoyAlan y tú. Porque por fin tienes la libertad de ser, estar y parecer. Porque te das cuenta de que no haces daño por ser hombre o mujer. Porque eres mejor persona que esos que te han hecho añicos el corazón y te han reducido a cenizas. Porque nadie debería aplastar a nadie. Porque deberíamos cortar las cuerdas y sonreír más. Porque la vida son dos días y la estamos incendiando.

Porque Alan sólo era un hombre que había nacido en un envase incorrecto.

Porque Alan sólo quería ser feliz, y no le dejaron, le pusieron un muro contra el que chocó tantas veces que se inmoló.

Porque Alan sólo quería vivir y se fue, le obligaron a marcharse.

#YoTambiénSoyAlan y tú, tú eres más Alan de lo que te crees.

Sálvate tú.

Sálvate tú, me dijo. Todavía tuvo fuerzas para mandarme lejos de casa, para tratar de que lo olvidara todo y empezara de nuevo en otro lugar. Cambiar de aires, borrón y cuenta nueva. Suena fácil pero no lo es. Decidir de un día para otro que te vas, que tu vida rutinaria se queda en el pasado y que vas a cambiar de hábitos. Apenas había un par de personas en la estación de tren, un matrimonio de ancianos que hablaban con ese tono bajo de quien apenas puede alzar la voz porque los años lo han consumido por dentro.

Los miraba con cierta envidia, sonriéndose con la mirada llena de arrugas, sujetando un par de bolsas de ropa con las manos frías. El invierno era duro en el interior, y supongo que como ellos, yo iba en busca de un lugar en el que calentarme las entrañas hasta la llegada del buen tiempo. Los miraba, sin poder evitarlo, ellos todavía se tenían, habían aguantado el paso de los años y las discusiones, y los besos raros.

Miré el reloj y suspiré para mí mismo. Diez minutos de retraso y un corazón que latía despacio, a pedales, como podía después de que se rompiera por pena, por pura tristeza.

Sálvate tú, me dijo. Y lo dijo llena de serenidad, desde su cama de hospital, mientras yo trataba de aguantarme las lágrimas y apretaba su mano. Su carta de despedida la había leído después, después de que sus cenizas formaran parte de un reloj de bolsillo que siempre llevaba en el pantalón, enganchado con su cadena de plata vieja. Eva me pedía que dejara nuestro hogar, que lo dejara todo atrás, que volviera a mis raíces, que regresara y tratara de seguir viviendo como había hecho hasta ahora. Lo único malo de todo aquello es que sin ella vivir se me antojaba la peor broma que me podía gastar el Universo.

Sálvate tú, me dijo. Y yo no quise.

Rabia.

Rabia, sí, y mucha espuma por la boca. Rabia por todo eso que quieres y nunca pasa. Rabia por todo eso que quieres controlar y no puedes. Rabia por ser y no estar, y parecer a medias.  Rabia porque ya no hay miradas en la madrugada, ni gemidos, ni sábanas por el suelo.

Supongo que esto tan sólo es otro duelo con el tiempo, los relojes y el puto calendario. Otro duelo más, de esos a los que ya me he acostumbrado. De los que siempre acabo perdiendo porque son contra mí mismo. “Resiste, aguanta”, la de veces que he de decírmelo y recordármelo en voz alta. Toda la vida esperando a que pase algo y a que no pase nada al mismo tiempo. Contradicciones, un sí dentro de un no, un gris dentro de un blanco limpio, un norte a medio camino del sur.

Rabia al final todo se reduce a la rabia y al odio a uno mismo, a morderse los miedos y degollar las propias penas.

Cristal.

Seremos dos personas en mundos paralelos, separados por un cristal que impedirá cualquier cosa. Nos han castigado. Nos castigan a mirarnos sin que haya más opción. Y en el cristal una única premisa reza: Prohibido tocar. Si el cristal se toca, se rompe y caemos al vacío. Un vacío infinito que nos traga en espiral. Una espiral que duele más de lo que parece y se puede pensar, una espiral que va a cortarte en pedazos poco a poco y sin pensar en tu dolor, sin analgesia que calme el sufrimiento.

Lo peor es que con el cristal intacto duele igual. Y voy a acabar hecho pedazos de cualquier forma.

Texto rescatado de mi tumblr: Ordinarylives.tumblr.com

Gato negro.

Fumas, fumas por hacer algo antes de querer abrir la ventana y saltar. Bebes, bebes por perder minutos con la malnacida de la Parca, se los regalas, ¿para qué los quieres? Ríes, lloras, follas cuando puedes y como puedes, y aún así te sientes vacío. ¿Habrá algo algún día que consiga llenar todo ese espacio entre tus costillas sueltas? La respuesta es no, probablemente no. Inconformistas, de no tener nunca suficiente, de no estar de acuerdo con nada, de querer siempre más aunque no se pueda.

Ni llueve, ni hace frío, ni es uno de esos días en los que quieres pegarte un tiro después del segundo café pero da igual. Te sientes como un gato negro al que la gente esquiva tan sólo por superstición, por pura precaución. Te sientes como un puto edificio a medio construir que dejaron abandonado años atrás. Y se supone que tienes que ser tú quien ponga los ladrillos que faltan y completar la obra. Paso, lo dejo, me bajo de este tren al que no le puedo seguir el ritmo.

Seguiré aquí perdido, tratando de buscar una explicación a cada por qué, preguntándome si cada te quiero  escuchado ha sido real, siendo el absurdo llevado al extremo.

Sólo pido mantas y café caliente para cuando llegue el hielo y todo se acabe para siempre.

Monstruo.

Miras tu rostro en un espejo roto cada mañana y hay días que no te reconoces, la mayoría de ellos, y te preguntas quién eres y qué haces allí parado. Respiras hondo y no hay nadie poniendo una mano sobre tu hombro, nadie que diga que todo irá bien porque no será así. Te lavas los dientes, te peinas un poco, te vistes sin ganas y vuelves a mirar afuera, por una pequeña ventana.

Pocas veces el cielo llama mi atención, está ahí arriba con sus nubes o sin ellas porque es su lugar, porque tiene que estar ahí, sin más. Ni siquiera le presto atención cuando ruge y el sonido de los misiles debería romperme el alma y hacerme llorar.

Me he acostumbrado a llenarme las manos y los ojos de barro y sangre que no es mía, a caminar entre ruinas y caer sobre escombros. Ya no sé mi nombre, ni qué era de mi vida antes de todo este caos. Sólo soy un saco de carne y huesos que todavía es capaz de moverse entre cuerpos sin vida sin sentir náuseas.

Desconexión.

Me queda poco más en la vida que fumar cada quince minutos y gruñir cuando quiero hablar.

Aún hay quien me llama persona, yo prefiero que me digan monstruo.