Ahora entiendo por qué a Bécquer le obsesionaban las pupilas.

Son las dos y media de la madrugada y hace horas que debería estar durmiendo. No es mi día, ni tampoco mi semana, o eso pienso desde que empezó el lunes a las siete de la mañana. Cansado, trastocado por una vida que a veces me decepciona más de lo que la gente cree, y con unas ojeras que no me hacen justicia. Podría parecer un muerto de hambre cualquiera si sólo me miras de pasada, muy lejos de la realidad. Lo cierto es que llevo la cartera llena y estoy dispuesto a dejarme medio sueldo en aquel sitio con tal de olvidarme un poco de tanta mierda, de las mentiras rutinarias, de la máscara que llevo a todas horas.

Nuestras miradas se cruzan en el pub durante unos segundos, yo la observo y ella a mí, y tengo miedo. Trago saliva y miro el vaso de whisky con hielo que sujeto en la mano. Ella tiene esos ojos que te empujan al abismo, unas pupilas que son como balas directas al corazón. Me ha revuelto el estómago y tengo náuseas, siempre me pasa con las mujeres como ella, aunque dudo que en este caso haya alguien como ella. Me bebo el resto del vaso de un trago y cuento hasta diez antes de seguir sus pasos. Sus ojos se me han quedado clavados, los tengo guardados en la retina, son de esos que no olvidas. Una mirada azul que es como un par de espadas que te penetran, que traspasan los pulmones y dan una estocada mortal. Tiene unos ojos que pueden enamorarte por sí solos, sin necesidad de que abra la boca, sin decir ni una palabra es capaz de transmitir mucho más que cualquiera con un largo discurso.

Sus tacones van haciendo ruido delante de mí y miro el ritmo con el que camina, el movimiento de su cadera, cómo ondea su pelo de manera victoriosa. Está tan segura de sí misma que yo me voy haciendo pequeño, que en cualquier momento podría desaparecer en el asfalto que va dejando con sus pasos. Puedo oler su perfume desde la distancia, y me doy cuenta que no he descubierto en ella todavía el fallo que me haga dejar de seguirla, que me haga recapacitar y volver al taburete de la barra. 

Se gira en la siguiente esquina y me mira con una sonrisa marcada en sus labios pintados de rojo. Casi puedo sentir que me tiemblan las piernas, que tengo un nudo en la garganta. Me pide fuego para un cigarro y le entrego el mechero, como si no quiere devolvérmelo, con tal de que me siga mirando así le daría la vida. Ella apenas habla, es más de actuar, de observar, de acariciar, y de besar, y yo me dejo hacer. Ni me doy cuenta de que acabamos en mi casa hasta que veo mi ropa en el suelo de la habitación y a ella sobre mí, a contraluz, dejándose llevar sin ningún tipo de pudor. Uno, dos, tres orgasmos cuento durante el resto de la noche, hasta que sale el sol.

Cerrar los ojos es la despedida, el último adiós, o quizá sólo el primero de muchos. Al despertar ella ya no está pero su perfume sigue allí, instalado en medio de mi habitación, en las sábanas, en mi cuerpo. Lo único que sé es que no voy a olvidar ese azul, que ahora la voy a buscar al cruzar cualquier calle, al doblar cualquier esquina, que volveré a beber whisky en aquel pub por si no era sólo una simple coincidencia.

Maldita sean sus pupilas, maldita ella, la mujer perfecta.

Los días muertos.

Los días se suceden con una rapidez espantosa, segundo tras segundo, minuto tras minuto, hora tras hora. El mundo avanza entre pacientes que mienten, gente que te necesita y personas que mueren. Entre besos perdidos, peleas sin sentido y amores dolidos.

El tiempo se resbala entre los dedos sin que pueda darme cuenta, sin ser capaz de llegar a ver que el día de ayer ya no va a volver. Sin aceptar que los lunes se borran del calendario y que Marzo ya no va a repetirse jamás. Sin ver que el invierno frío ha pasado y que el verano siempre me trata mal.

Sentirse vivo es ir muriendo y perderse a uno mismo está a la orden del día. El mar me devuelve la calma, parece que con el rumor de sus olas se está riendo en mi cara mientras veo la luna, mientras la noche se apaga para que se encienda el sol.

Te das cuenta de que ya no hay refugios que puedan parar los misiles, ni chalecos que vayan a salvarte de tantas balas.

Te das cuenta que los días que vives, cuando acaban son días muertos.

– Así que ahora…

– Así que ahora estás un poco tarumba. Por la falta de amor. Todo el mundo necesita amor. Forma parte de uno mismo
– La gente no necesita amor, lo que necesita es triunfar en una cosa o en otra. Puede ser en el amor, pero no es imprescindible.
– La Biblia dice: ‘Ama a tu prójimo’.
– Eso puede querer decir que le dejes en paz. Voy a salir a comprar un periódico.

Hay quien sólo necesita de frases pequeñas para convertirse en genio. Y este cabrón, era uno de ellos.

Nunca estás solo.

Sube las escaleras con tanta lentitud que parece que el tiempo no pasa, que no hay minutos ni segundos que contar. Su cabeza, al contrario que su cuerpo va tan veloz que apenas es capaz de hilar sus pensamientos, multitud de ideas que se le escapan en esa masa de neuronas que tiene dentro del cráneo. Abre la puerta y sonríe tranquilo de volver a casa, deja la cartera en el suelo, junto a la entrada tal y como hace cada día al llegar del trabajo. Se ha dejado la ventana abierta y el piso está lleno de gatos que tiene que echa casi uno a uno. Deja el abrigo tirado en el sofá y saca una cerveza de la nevera antes de encender la televisión y escuchar las noticias de la noche. Tiene hambre y suficiente cansancio como para acabar en la cama a una hora más que prudente de la noche. Sonríe al ver la noche encenderse tras los amplios ventanales de aquel piso céntrico. Sonríe de una forma que asustaría a más de uno, por suerte está solo y nadie le ve. Se prepara un sándwich de roastbeef y mayonesa que engulle con rapidez, y se enciende un cigarro.

Niega un par de veces viendo las noticias, la sociedad está de capa caída, el mundo va a peor día tras día, y lo peor es que nadie intenta solucionar nada. Todos, igual que él, se quejan tras la pantallas de televisores y ordenadores como si así se pudiera conseguir algo más que provocar risas. Se acaba la cerveza y la tira al suelo, ésta rueda sobre la madera hasta acabar con otras decenas que ya tiene por ahí. Caminar por el lugar es casi imposible, para moverte tienes que saber dónde pisar y dónde no. La suerte que tiene es que los vecinos de enfrente se fueron del edificio hace años y nadie está lo suficientemente cerca como para oler aquel aroma pútrido que se cuela por debajo de su puerta.

Ferdinand rompe a reír mientras se apoya en el dintel de la puerta del baño, allí un cadáver en la bañera sonríe al techo totalmente desangrado. El hombre de unos cincuenta años y con gafas de pasta se sienta junto a la bañera para coger la mano de esa pobre chica universitaria a la que atrapó cuando le abrió la puerta para venderle un par de camisetas para su viaje de fin de curso. Besa la mano helada y pálida, ha perdido la cuenta de los días que la tiene allí, junto a él, profesándole en silencio un amor que ella nunca hubiera correspondido de ninguna manera. Su risa se torna un llanto silencioso que le hace quitarse las gafas y meterlas en el bolsillo de la camisa que lleva bajo el jersey de lana tejido por su vieja madre. Besa la mano de la chica, dándole así las buenas noches y se mira al espejo. La mirada que responde no es la suya, mira pero no ve, y el gesto rígido y aprendido de su rostro siempre le acompaña.

Camina hasta su habitación y se quita la ropa para quedarse en calzoncillos, a los pies de la cama está lo que queda de su perro Memphis metido en una bolsa de basura negra, un perro de quince años que murió el año pasado y no quiso sacar de su casa. Ferdinand siempre tuvo miedo a quedarse solo en la vida, pero nunca lo está. Siempre encuentra alguien a quien tener junto a él. El contable cierra los ojos y el cansancio le lleva rápido con Morfeo, un viejo conocido.

Abajo, en la calle las luces rojas y azules de un coche de policía se detienen bajo su edificio, y el ruido de la sirena inunda la calle.

Despierta, Ferdinand.

Melancholia.

Había dejado las ventanas abiertas. No le tengo miedo a la lluvia, ni a los días de tormenta. Siempre me gustaron, desde bien pequeño, desde que subía al ático y cubría con una manta para ver cómo caía la lluvia contra la ventana y los relámpagos se dibujaban en el cielo oscuro. Sentado con un cigarro en la mano y el paquete casi a punto de acabarse tirado sobre la mesa del café, con una camiseta blanca de manga corta y los vaqueros desgastados. Llevaba horas lloviendo sin parar, y lo único que había hecho había sido poner el tocadiscos y escuchar a Duke Ellington embriagarme a su manera, junto a una botella de whisky recién abierta. Cerré los ojos un momento, sintiendo las notas del piano acariciarme hasta la nuca. Siempre digo que hay melodías y acordes que llegan mucho más que las palabras, y es por eso que la música es el lenguaje más universal.

No hacía falta más acompañamiento para acordarme de ella, girar la vista y ver la cama deshecha que asomaba por la puerta abierta para saber que otra noche más dormiría solo. Se fue, me dejó de lado, se olvidó de mí, y entonces te das cuenta de que ya no eres nadie. De que los recuerdos son lo importante y de que si eso deja de existir ya no habrá más. Sin memoria no hemos vivido. Hacía meses que había perdido sus besos, los abrazos reconfortantes al final del día, las sonrisas al abrir la puerta y dejar la chaqueta en el perchero de la entrada. Todo había desaparecido, hasta yo mismo. Hubiera deseado ser otra gota de lluvia para perderme con todas ellas y estrellarme contra el suelo con toda la fuerza de la gravedad a mi favor.

La melancolía es una mala enfermedad, una de esas que cuando estás agonizando hace que tengas ganas de coger el revólver que tienes guardado en el primer cajón de la mesita de noche y meterte un tiro tras sentir el frío metal en contacto con la sien. Volarte los sesos, literalmente. Cualquier cosa con tal de no recordar lo que ella ya ha olvidado. Cualquier cosa con tal de no seguir bebiendo y fumando mientras un piano al son de la lluvia te hace ver todos tus errores.

Y dices que me quieres

Y dices que me quieres,
Y me calmas.
Y dices que me quieres,
Y me rompes.
Y dices que me quieres,
Y hay tormentas de verano,
Y ríes desnuda,
Y lates despacio,
Y odias la distancia
Y te emborrachas de tristeza,
Y mi nombre se repite en tu cabeza,
Y gritas desesperada para que llegue la mañana.

Y dices que me quieres,
Y ya no hay vuelta atrás.

Circus Maximus.

Hay quien dice que la vida es tan sólo un circo, que nada es real, que todo es mentira, que simplemente somos espectadores a los que entretener, a los que manejar, a los que engañar con el ilusionista, embobar con las trapecistas y fascinar con el domador de fieras.

La vida es un circo, nos meten en una carpa, nos enseñan lo que quieren y nosotros sólo podemos aplaudir. Y en todo circo hay payasos para hacer reír, pero algunos dan pena.

Y de este circo el payaso soy yo.