Sin título 1.0

Avenidas llenas de escarcha salada por culpa de las lágrimas, el beso del millón de dólares antes de levantarnos del colchón, tus pasos dejando mi casa sin haber dicho adiós. Sé de sobra que no te gustan las despedidas, pero temo que llegue esa última vez sin haberte mirado a los ojos, sin ser capaz de guardarte para siempre.

Por eso escribo, porque cuando deje de recordar podré leer, seré capaz de reconocernos en cada línea, en cada frase, y en alguna que otra canción. Seré capaz de revivir lo que sentía, de oler tu perfume, de ver tus ojos, de sentir tus manos enredándose torpes en mi pelo. Seré capaz de recordar cómo sonaban tus pasos en plena madrugada antes de entrar a mi casa, de escuchar tu risa antes de dormir, de saborear tus labios, de acariciar tus piernas en el aire.

El tiempo y la suerte nunca juegan de mi parte, nunca apuestan por mí, pero sigo aquí, aguantando los golpes, los vendavales y tus sonrisas furtivas.

Por eso escribo, porque cuando deje de recordar podré leer, y llorar sin saber por qué.

Banda Sonora.

El paisaje iba quedándose atrás mientras el cuentakilómetros cambiaba de números. El sol caía aquella tarde poco a poco, como hace en las tardes de Septiembre. Es esa época del año en la que echamos de menos las tardes de verano en las que había cosas que hacer, en las que todavía había amigos dispuestos a compartir unas cervezas y risas. El cielo de un naranja marcado se iba apagando con lentitud, como la vida de más de un anciano aquel  día en la cama de un hospital desconocido. Me marchaba de una gran ciudad para buscar otra, abandonaba el pasado para olvidarlo todo, para borrar de mi memoria todo el lastre que arrastraba sin darme cuenta. Necesitaba empezar de cero, armarme una nueva vida allá donde sea que fuera a parar.

La radio estaba encendida, como siempre que conducía largas distancias, y sonaba Hurricane de Bob Dylan. Nunca sabes del todo cuál será la banda sonora de tu vida. No imaginas que quizá sea mucho más que tus canciones favoritas. A veces están llenas de los cláxones de los coches, de los frenazos en cada semáforo, de los gritos del hijo de puta del vecino cuando estás en plena siesta. Mi banda sonora fue durante un tiempo el tintineo de los hielos mientras te observaba nadar en la piscina, el eco de tus risas entre los edificios de París, el sonido de unos tacones de una mujer dispuesta a incendiar la noche y más de un corazón a su paso. Pero desde hacía un tiempo ya no era capaz de darle al play y escucharla. No quiero recordar y clavarme más cristales en el pecho, no quiero cerrar los ojos y escuchar cada uno de esos gemidos que ya han dejado de ser míos, nuestros.

Lo bueno de todo esto es que he empezado una película nueva, sólo espero que la música me guste tanto como la que sonaba contigo.

Texto escrito para Krakens y Sirenas (publicado el 14 de Septiembre de 2015).

Ella.

El café recién hecho calentaba sus manos desde el interior de una taza que conserva desde los quince años. La casa se encontraba en silencio, y se colaba por la ventana ese primer sol de invierno que aparece por las mañanas. El perro, un pastor alemán demasiado joven todavía, dormía plácidamente estirado en el sofá pareciendo más humano que muchas personas y, sobre todo, que la mayoría de políticos. Ella debía seguir durmiendo en la habitación, ajena a todos los pensamientos que ocupaban su cabeza en aquel momento, mientras sostenía el primer cigarro de la mañana entre los labios indicando que su grado de adicción a la nicotina traspasaba cualquier límite imaginable.

Parpadeó un par de veces antes de suspirar para sí mismo y encender la radio dispuesto a escuchar las noticias del día. Adicto también a la información rápida, instantánea, y el ir y venir del mundo diario. Dejó el cigarro de lado, viendo cómo se consumía poco a poco lejos de sus pulmones, para dar un trago al café y acabar de despertarse. Miró el reloj esperando a que otra mujer saliera de entre sus sábanas para perderse tras la puerta de la entrada y no volver a verla.

Cualquiera podría pasar por sus brazos, bajarle los pantalones y marcarle las uñas en la espalda, pero sin duda, ninguna sería ella. Tenía claro que pasara el tiempo que pasara la buscaría en cada una de las miradas que se cruzara en cualquier ciudad del mundo, en cada uno de los labios que tuviera que morder por matar las ganas.

Cualquiera podría besarle el cuello, descender por su pecho, acariciarle la nuca, pero sin duda, ninguna sería ella. Tenía claro que aunque pasaran los días, los meses, los años o la vida entera, la buscaría en cada letra de cada canción, en cada mujer de las que habla Bukowski, en cada historia de amor que cuentan las películas.

Cualquiera podría llevarse su corazón, si aún lo tuviera. Pero no, se lo quedó ella.

Ítaca.

Ya no entiendo nada, la vida no cambia por mucho que te empeñes y ha llegado el futuro que esperábamos sin ninguna promesa de las que hicimos hecha realidad. Apenas entra luz ya por las ventanas desde las que nos atrevíamos a desafiar al Universo cuando la noche era eterna y nos creíamos protegidos de todo mal. Admito que todo se ha vuelto extraño, que estoy dentro de una espiral de cambios que no acabo de entender. Admito que estoy con el freno puesto, que me estoy obligando a dejar la mente en blanco y tratar de no pensar, tengo suficiente con intentar concentrarme en respirar para no empezar a ahogarme de nuevo en todo el fango que me rodea.

Tengo a Nix y Érebos llenándolo todo de un negro del que no puedo escapar, sin permitirme contemplar ni una pequeña muestra del mañana entre tanta sombra. A veces los escucho reír, hablar a mis espaldas, y sé que juegan conmigo y con mis ganas de poder ver brillar algo de luz, aunque sea en la distancia.

La señorita Realidad ha venido a visitarme esta noche, se ha metido en mi cama a hacerme compañía y me ha cogido de la mano, justo antes de dormir he sentido el escalofrío que provoca el miedo, asustado en medio de la oscuridad que te da siempre tomar una copa de más. Y sin embargo, no estaba cuando he abierto los ojos por culpa del sol colándose entre los resquicios que deja la persiana. Ni la realidad, ni el miedo, continuaban junto a mí y he respirado el aire a mi alrededor como si algo hubiera cambiado. Ahí afuera o en mí mismo, en el fondo da completamente igual. Supongo que he decidido quitarme el traje gris y las cadenas, y limpiarme el cristal de las gafas para poder ver las cosas de una manera distinta. Dejar a un lado el peso de un mundo que estaba ganando la batalla y sonreírle con torpeza al espejo por primera vez en muchos meses.

Qué más da si nos hemos perdido, qué mas da si ya no nos tenemos a todas horas, qué más da si nuestros gritos ya no resuenan en la habitación. La vida sigue, eso me han contado, y estoy harto de destruirme una y otra vez para volver al mismo punto de inicio sin haber aprendido nada, como un caníbal que va a acabar comiéndose a sí mismo por falta de género.

Quizá es hora de comenzar a ser el maquinista de esta vieja cabeza a vapor que recorre las vías de la estepa rusa sin mirar las estaciones a las que va llegando. Quizá es hora de que el día a día sea mejor sin ti. Quizá es hora de empezar el viaje, el definitivo, y ver si de una vez por todas tengo éxito durante el camino, sin pensar en el destino final, sin que importe la llegada.

Sonreiré de camino a Ítaca.

Días sin suerte.

Los días se me quedan grandes, me sobran las mismas horas que me faltan para hacer nada y hacerlo todo. No hay manera de parar, de quedarme quieto, de bajarme de un tren que va demasiado rápido hacia un destino que todavía no conozco, y ¿por qué no admitirlo? Tengo miedo. Un miedo atroz a seguir avanzando, a mirar el reloj y ver que ya ha pasado un año y que ahora sí, estoy totalmente perdido, abandonado, y que sigo igual de herido. No hay manera de remediar el error, de poner parches, arreglar las velas y seguir navegando en estas aguas turbulentas.

Se nos ha ido todo a la mierda, las expectativas, los planes de futuro, el matrimonio, los hijos, el amor perfecto y eterno. La vida, de pronto, te ha dado un derechazo y te ha desencajado la mandíbula y se burla, la muy cabrona se burla desde la otra mitad de la calle, desde la esquina en la que se encuentra el bar que visitas cada viernes para intentar olvidar todas esas penas que te están arrastrando al pozo.

Tu nombre solo en el buzón, el café para uno, el lado izquierdo de la cama con las sábanas intactas, el cepillo de dientes único recibiéndote cada mañana. Qué puto es el azar que juega con nosotros, nos zarandea y nos coloca de pronto en un escenario que no controlamos en absoluto, en un traje que nos queda grande y que no tiene arreglo.

Nunca he sabido jugar al ajedrez (aunque he intentado aprender), por eso espero el siguiente movimiento de la partida sin saber muy bien qué hacer, sin tener demasiado claro si voy a ganar o a perder, sin acabar de entender si hay rey en este tablero del que formo parte. Tampoco sé jugar a las damas, ni se me dan bien los juegos de cartas, porque la suerte nunca está de mi parte.

Voy a dejar de esperar porque nunca me funciona, porque al final siempre acabo más roto, más destrozado, más animal y menos persona. Porque al final me encierro en una coraza de la que ya soy incapaz de salir y muerdo a los que andan cerca, y lo veo todo negro.

A pesar de todo, de los cambios, del vaivén de estos meses turbulentos, no he sido capaz de soltar una lágrima desde hace un tiempo y todas ellas me pesan en el centro del pecho, y duelen como si fueran disparos a quemarropa.

Necesito un susurro de los tuyos, que me tapes los ojos y me digas que puedo dormir tranquilo, aunque sea ahogado en un mar salado.

Nada más.

Tragedia y carnaval.

Se masca la tragedia. Desde hace mucho tiempo estoy en la cuerda floja, caminando a oscuras en una incertidumbre que no soy capaz de arrancarme de la piel. La mirada turbia, las risas a medias, el fingir que todo está bien sin una mano amiga a la que poder aferrarme cuando el precipicio se acerca de forma incomprensible.

El carnaval diario de salir de casa con la mejor de nuestras máscaras puesta para que nadie note que no, que no todo está donde tiene que estar, y que por dentro todo es mucho más negro y aterrador de lo que parece. La oscuridad se cierne con el paso de los días sobre nuestras cabezas y no nos deja ser. Una enorme nube que se ha mezclado con nuestras neuronas y nos impide pensar con claridad, ver más allá de nuestros pies manchados de carbón.

Lo que me estoy haciendo se llama alta traición, es todo pura autodestrucción perfectamente planeada. Llevarme al límite del dolor, del sufrimiento consciente, y creo que ya he llegado al punto de no retorno, de sentirme incapaz de cambiar la ecuación y el resultado final. Tocar fondo de una vez, aunque parezca imposible.

Amanece y atardece sin que nada cambie, y sigo estando en el sofá sin levantarme ni a mirar por la ventana. La taza de café siempre está humeante y la mayoría de las veces ni tan sólo escribir toda esta mierda sin sentido alguno mitiga el dolor que se clava ya por debajo de las uñas y hace que me arda la garganta.

Mantenerme con vida está suponiendo más esfuerzo del que creía y todo se ha convertido en una estúpida espiral que me lleva directo al mismo infierno. Ojalá un día pueda descubrirte en el portal, de pura casualidad y sea una de tus sonrisas la que me tenga que salvar.

 “—Tranquilo, ahora sí. Es para siempre.”

Reykjavík.

Blanco, la mente en blanco es una utopía que persigo con ahínco. Dejar de tener esa maraña dentro del cráneo que no se está quieta y que parece una jauría de perros en plena caza campo a través. No recuerdo la última vez que tuve un momento de verdadero silencio, de no pensar en nada, de tener el cerebro en modo avión durante un rato. No recuerdo la última vez que no dolía allí donde se juntan las costillas con el esternón, y que el estómago no me ardía al escuchar tu voz. Tampoco recuerdo la última vez que mi risa sonaba a verdad y que no necesitaba enterrar las ideas en cerveza rubia.

Observo a los demás y veo que en la mayoría de vidas luce el sol, aunque sea a escondidas, y miro mi cielo y sólo veo nubes que cada vez son más oscuras. Temo la furia del temporal, cuando se desate el huracán y todo vuelva a volar por los aires, todo se vaya de nuevo a la mierda y yo tenga que mirar un paisaje desolado, devastado por mis propios pensamientos.  El horror del desastre nuclear en mi sistema límbico.

Soy de esa clase de personas que se equivoca, que elige mal la mayoría de las veces, que nunca está satisfecha, que no tiene suficiente y hace daño sin querer. Soy de esa clase de personas que no se deja descifrar, porque ser vulnerable es peligroso, y dejar los escudos y las armas podría suponer el fin de todo lo que sé. De mi forma de vivir.

Soy esa persona que se levanta cada día porque es lo que tiene que hacer, que saluda siempre, que estará cuando necesites algo, que camina por la calle con los auriculares puestos, que busca música nueva cada dos semanas, que no guarda rencor, que habla por teléfono con cualquiera que le llame, que tiene más libros de los que puede leer, que no quiere fregar las dos tazas con restos de café que hay en la pila de su cocina, que necesita compañía y no lo admite jamás.

Blanco, necesito dejar la mente en blanco para dejar de ver un futuro tan negro que es aterrador, porque nada me convence, porque al final del camino siempre me veo sentado en el mismo banco sin nadie a mi lado. Soy el cuento sin final feliz, el lobo feroz que acaba apaleado, la bestia que necesita esconderse en la última torre del castillo, el jorobado que solloza entre las gárgolas que vigilan la catedral, el pirata con el garfio en la mano y el parche en el ojo.

Siento que soy el vencido y el vencedor de mi propia historia, y no tengo muy claro si voy a ser capaz de sobrevivir a este frío, a mi propio Reykjavík.