Llega el verano.

Llega el verano, las tardes en terrazas, las cervezas frías que resbalan por las manos entre amigos, las sonrisas y el sonido de las chicharras en medio de la noche. Llega el verano y se supone que tenemos que ser felices, que debe ser una buena época, que hay que llenar los días de planes, que cada minuto debe ser vivido con intensidad.

Llega el verano y yo miro hacia atrás, hacia esos días en los que hay que caminar protegido del frío con abrigo y bufanda. Días en los que estar a refugio significa quedarse en casa y mirar por la ventana. Llega el verano y yo echo de menos el invierno, las tardes de Diciembre y ducharme con agua tibia.

Llega el verano y pienso en todos estos meses, en esta angustia clavada en medio del pecho, en las lágrimas que han llenado vasos enteros. Llega el verano y yo quiero perderme de nuevo en el frío, volver a la cueva y taparme contigo.

Llega el verano, y qué quieres que te diga, yo sólo quiero que se vaya.

Jóvenes.

Jóvenes, se supone que en algún momento de nuestras vidas somos realmente jóvenes, pero yo apenas puedo ya recordarlo. Siento que han pasado un par de siglos desde la última vez que sonreí de verdad mientras te miraba a los ojos. Sonaba de fondo una canción de Calamaro y, aunque no me guste demasiado, recuerdo que la tarareaba en mi cabeza un poco a contratiempo, como si estuviera haciendo los coros de una manera cutre y sin sentido. Salías de la ducha desnuda, secándote el pelo con una toalla verde oscuro. Salías buscando un cigarrillo para llevarte a la boca y yo te miraba en silencio, levantando la vista del libro de Valle-Inclán que tenía que leer para la semana siguiente.

Siempre fuimos diferentes, muy diferentes, pero hubo un tiempo en el que aquello realmente no importaba, disfrutábamos, éramos felices o casi, nos divertíamos, teníamos cosas que contarnos. Tú estudiabas ingeniería industrial, yo filología hispánica. Tú de fuego, yo de hielo. Tú de montaña, yo de mar. Tú con esos ojos oscuros como el carbón, yo con un azul parecido al de una piscina en pleno Agosto.

Ayer te vi por la avenida, caminabas con un bonito vestido primaveral y unos zapatos rojos que hacían juego con tu bolso. Juraría que me reconociste a lo lejos y que bajaste la mirada, juraría que recordaste lo que fuimos una vez. Me obligué a sonreír mientras caminaba hasta el piso que compartimos durante unos meses, me obligué a concentrarme en el peso de las bolsas de la compra para dejar de pensar en ti.

Sí, supongo que algún día fuimos jóvenes, pero me hice viejo cuando te perdí.

Siberia.

Prólogo.

La muerte nunca pregunta si puede pasar, si a la víctima le parece bien que de pronto sus relojes se detengan y que sus calendarios no vayan a cambiar de fecha nunca más. La muerte no pregunta, pero nunca puedes decirle que no, nunca puedes cerrar la puerta en sus jodidas narices. Es caprichosa, omnipotente y también ridícula muchas veces, pero siempre a pesar de que muchas veces pueda olerse su rastro llegando desde la distancia nos pilla de imprevisto; aunque veamos al anciano frágil tumbado sobre la cama, aunque veamos al enfermo anclado a todos los goteros posibles nunca podemos adivinar el momento exacto en el que alguien dejará de respirar.

Oleg no sabía que aquella mañana no llegaría ni a abrir el bar del que era dueño, el único en la pequeña población esteparia en la que habitaba. Aquel alma atormentada que portaba un cuchillo le seccionó la carótida al primer intento y llenó de sangre los copos helados que cubrían el suelo desde antes de que comenzara el invierno. Con el segundo golpe le pudo atravesar la musculatura del tórax y perforarle el pulmón izquierdo sin demasiado esfuerzo. El tercer cuchillazo le abrió el abdomen de arriba a abajo, exponiendo sus órganos calientes al gélido invierno siberiano, dejando que las gruesas telas de la ropa que le cubría quedaran como trapos inservibles. El cuerpo ya inerte del ruso cayó con fuerza sobre la nieve, mientras se congelaba su último aliento.

A cientos de kilómetros del lugar, el teléfono de la oficina de Maksim Kozlov sonó con fuerza sacándalo de su aletargamiento matutino.

— Tenemos un caso para usted.

Lo único que sabes.

Lo único que sabes, al final de todo, es que tarde o temprano el amor duele. Nada lo va a cambiar, nada lo va a mejorar, y no sirven las palabras de ánimo, ni las palmadas en la espalda, ni la voluntad de los demás ofreciéndote su ayuda.

A la caída te enfrentas solo, a vivir desde el suelo, a tocar fondo, a enterrarte, a ahogarte en pensamientos y en palabras nadie te enseña. No hay libros, ni maestros que te enseñen ni te aconsejen a cómo calmar la angustia.

Lo único que sabes es que, al final de todo, no sales ileso.

Soy todo heridas mal curadas.

Bourbon, tristeza y medianoche.

La luz de la lámpara parpadeaba sin descanso en medio de la habitación mientras él disfrutaba de un cigarro asomado a la ventana. Una noche fría de enero en la que sonaba Charlie Parker desde alguna casa cercana. El barrio volvía a estar vivo justo ahora que él se sentía muerto. Un fantasma, eso era. Uno de esos fantasmas que van día a día a trabajar por pura rutina, uno de esos fantasmas de sonrisa forzada y mirada vidriosa a los que todavía llaman personas. Dio un par de tragos a su bourbon y lo apoyó en la repisa mientras veía a la gente disfrutar de un nuevo fin de semana.

Un joven con el alma rota y el corazón lleno de suturas que no habían conseguido curar nada. Un joven de ojos vacíos y respiración entrecortada. Miró el teléfono acariciando una foto, del rostro de ella, que debía haber quitado hacía mucho tiempo. Volvió a leer su última conversación, ese último y verdadero adiós; y por alguna estúpida razón sonrío, sonrió al vacío, a la nada y miró a la noche como si fuera un reto. Dio una calada al cigarro que todavía sostenía entre los dedos y pensó con desgana que con un pequeño golpe de suerte todavía podría morir mañana.

Auschwitz.

Y desde entonces nadie puede poner un pie en aquel lugar sin sentir escalofríos, sin sentir la enorme desesperanza de contemplar con sus propios ojos la clase de crueldad de la que es capaz el ser humano. Y caminas entre los barracones y sientes la dicotomía de valorar la belleza de aquel campo y el olor a muerte que todavía se respira. Y miras a cada paso el camino por el que otros cargaban sus castigos hasta desfallecer, y se te encoge el corazón, y se te corta la respiración.

A día de hoy sólo quiero pensar que no volveremos nunca a dar ese paso atrás, que no volveremos a hablar de superioridad entre razas. Pero, a veces, leo los periódicos y siento ese mismo escalofrío que me producen las imágenes de los campos de concentración.

La sangre que manchaba sus zapatos.

Sus pasos resuenan en el callejón oscuro, las luces de los coches del cuerpo de policía alumbran entre rojos y azules el asfalto desgastado por el paso de los años. Las calles de Londres están desgastadas por la lluvia y el mal tiempo del invierno y Snyder tiene las manos metidas en los bolsillos mientras ojea la zona desde una distancia prudencial. No está dispuesto a que los de la científica se quejen a sus superiores de que siempre están entorpeciendo su trabajo, de que nunca piensa en la escena del crimen. Lo cierto es que se considera demasiado viejo para eso, demasiado a la antigua usanza como para confiarlo todo a la tecnología. No le gusta que todo tenga que ser tomado con pinzas y mucho menos tener que ponerse el traje blanco y las botas para no contaminar la escena. Snyder a pesar de no tener más de cuarenta y cinco años prefiere trabajar como le enseñaron y se resiste a llegar a su oficina y teclearlo todo en el ordenador que tiene en su escritorio.

El olor a sangre se le clava en el nervio olfatorio y en cierto modo le resulta agradable, los homicidios son su hábitat natural y es donde se siente cómodo, juega en su terreno.

— Dadle la vuelta, quiero verle la cara a ese fiambre. —dice antes de acuclillarse junto al muerto y dar una fuerte calada al Lucky Strike que cuelga de sus labios. Mira a un par de la científica con una sonrisa triunfal y vuelve sus ojos claros y cansados hacia su objetivo.