Perderse.

Perderse en calles desconocidas, en palabras ajenas, en noches cerradas de luna llena.

Perderse en libros viejos, en tazas rotas, en pensamientos oscuros de corazones pasajeros.

Perderse en labios rojos, en ojos azules, en paisajes eternos, en cafés solos, en lápices sin punta, en páginas de otros, en risas claras, en letras de canciones, en motores que rugen, en alas caídas, en escaleras infinitas.

Perderse, de muchas formas, con muchas cosas, como sea.

Perderse, pero contigo.

Miradas.

Sus miradas se cruzaron en aquel bar, a las doce en punto de la noche de un jueves cualquiera, un día sin fecha, sin nada que celebrar. Sus miradas se cruzaron y cada uno se fue por su parte, con la sensación de perder a alguien importante en el centro del pecho, con el sentimiento de haber perdido la oportunidad de sus vidas en la cabeza.

A veces, simplemente se conecta, se entra en combustión, llega alguien que transforma el momento y que detiene el tiempo con un leve pestañeo. Sin grandes aspavientos, sin tratar de llamar la atención, de una forma sencilla y casi imperceptible llega ella y te desmonta tan sólo acariciando tu barbilla, dejando un beso en tu mejilla.

Atlas.

Al parecer nació para eso, para encargarse de los demás y olvidarse de sí mismo. De su propia vida, de su propio sufrimiento, de disfrutar de cada una de esas cosas que le fascinaban como si fuera un niño pequeño. Era esa pieza clave, esa llave maestra, esa ficha de dominó que si cae tumba al resto.

Como un baúl guardaba los problemas del resto, intentando con sus palabras calmar el mal ajeno, intentando poner orden en las vidas de los demás, dejando que el caos fuera sólo suyo. Cargó con todo, en silencio, dejando que al final el mundo quedara sobre su espalda. Aguantando a duras penas, manteniéndose en pie por pura inercia. Resistiendo.

Y a él, por analogía, lo llamaron Atlas. Maldita condena.

Espiral.

Espiral es eso de lo que no puedes escapar, una persona, un día, una historia, una vida, o también un sentimiento. Espiral es eso que vuelve una y otra vez, que nunca tiene fin, es como una ruleta pero sin suerte, es como jugar al Blackjack sabiendo que vas a perder. Espiral es intentarlo miles de veces sin que salga bien. Espiral es perderse hasta el fin, sin coger aire, sin levantar la cabeza del agua que tienes al cuello.

 

Espiral somos nosotros, que no vivimos, que no morimos, que sólo existimos.

Enterrado.

Enterrado, literalmente, en un hilo de pensamientos sin fin , en un bucle que no lleva a ninguna parte. O al menos a ninguna parte que valga la pena. Sobre el escritorio me veo obligado a vaciar los pensamientos para no acabar sucumbiendo a la locura. Ser un lunático que aúlla a la luna siempre es algo que me ha llamado la atención. Dejarme llevar por los hilos de plata de una luna llena hasta acabar con las ideas revueltas y tener náuseas, esa sensación de que el mundo gira a tu alrededor y tú te has quedado parado. Anclado, varado, con los pies clavados en un suelo de arenas movedizas que me tragan a la más mínima oportunidad.

Voy a coger aire, antes de morir enterrado.