Báilame otro tango.

A veces la música es lo de menos, y el lugar, y el calor de Buenos Aires entrando por la ventana del hotel. Nada importa y todo te da igual. Todo porque tienes una mujer a tu lado que sigue caliente, sudorosa y cogiendo aire como puede, todo porque llevas una sonrisa impresa en la cara y no va a haber diablo que te la quite durante días. El sexo impulsivo, agotador, irrepetible, de dos desconocidos investigando sus cuerpos, adaptándose a lo nuevo, aprendiendo. Dos cuerpos causando fricción, creando una combustión espontánea, haciendo que la vida tenga sentido mientras todo dure.

Me levanté rascándome la barba para encender un cigarro y fumármelo en la ventana, y abajo las calles rugían, y abajo el cantineo argentino se dejaba querer. Un bandoneón tocaba una pieza de su mayor maestro, Piazzolla, y el humo se perdía en unas calles apenas exploradas por mí. Y ella se mecía en unas sábanas arrugadas, húmedas y demasiado usadas. La miré mientras el humo me nublaba la vista y los pulmones, la miré prestando atención a cada una de sus curvas, a cada parte de su cuerpo a la que ya había puesto mi firma. Di otra calada al cigarro y volví junto a ella, besé sus labios y acaricié su abdomen todavía tenso.

— Dime tu nombre al menos. —dijo ella, con su aire de chica adinerada y en busca de aventuras. Una joven que había decidido perderse entre unos brazos fuertes y más expertos.

— Primero báilame otro tango. —Apagué el cigarro en el cenicero de la mesita, la agarré por sus caderas, y dejé que nuestros cuerpos se perdieran de nuevo mientras afuera las calles vivían y el acordeón seguía cantando un lamento melancólico del que no podré olvidarme.

La noche me sabe a ti.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a tus besos calientes, a tu pecho desnudo, a tus piernas abiertas y húmedas por mi culpa.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a ciudad desgastada, a música negra, a gritos ahogados y mordiscos contra mi mano.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a tinieblas, a labios rojos, a piernas de vértigo y abrigos de invierno.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a risas ocultas, a llantos nerviosos, a lágrimas transparentes y a saliva que desciende.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a caricias fugaces, a corazones heridos, a dolor que no acaba y tristeza en la mirada.

No sé por qué la noche me sabe a ti, a tirarnos en la cama, a respirar contra la almohada, a deshacer las sábanas y quejarnos por la mañana.

No sé por qué la noche me sabe a ti.
No sé por qué.
Pero me sabe.
A ti.

Cae.

Cae al fondo, cae con lentitud porque ya nada importa, cae siguiendo ese principio del que ya habló Arquímedes hace miles de años. El reloj con la esfera rota sigue su curso hacia el fondo del pozo. Marca una hora que se quedará ahí, en la oscuridad, sin que nadie la vea. A la muerte le gusta actuar cuando nadie observa, cuando la gente duerme,
cuando nadie puede echarle en cara lo que hace, cuando nadie puede llorarle o suplicarle por sus seres queridos. 

 

Oscuridad.

Oscuridad, intentas quitarla con las manos,intentas abrir los ojos esperando que se vaya pero no lo hace. Siempre está ahí, siempre se queda formando parte de ti. A veces logras arrinconarla y olvidarte de ella por un instante, intentas seguir tu vida como si no existiera pero vuelve. Siempre vuelve, siempre se queda formando parte de ti.

Oscuridad, tratas de borrarla, tratas de buscar la luz sin suerte en alguna parte, igual que lo hacen los demás. A veces parece que ganas y vas a ser libre, intentas mirar al frente pero te alcanza. Siempre te alcanza, siempre se queda formando parte de ti.

La oscuridad está hecha de tus miedos, está hecha de demonios y los demonios no saben de cárceles ni entienden qué es quedarse presos.

Podrías haber sido tú.

Sonaba una canción del primer disco de Estopa, iban emporrados hasta las cejas y la vida en aquel momento les parecía maravillosa. Estaban fuera del pueblo, cerca de una cantera, mientras llegaba el amanecer después de una noche de fiesta, esas fiesta de pueblo con verbena hasta las seis de la mañana. Un par de polvos que los habían hecho sudar más que bailar el típico Fiesta Pagana que cierra esas noches de risas y cubatas con los amigos de toda la vida.

La España de principios de los dos mil en pleno auge, y el Seat Ibiza rojo que crujía bajo el movimiento de sus cuerpos desinhibidos por completo. Dieciocho años casi recién estrenados y un futuro prometedor. Él a punto de entrar en la universidad, ella a un año de acabar el bachillerato. La vida por delante, las preocupaciones en otra parte. Las vacaciones de verano siempre han sido para eso, para amores pasajeros, para sexo imprevisto, para borracheras, para tardes en la piscina jugando partidas de cartas que no acaban nunca, para llenar la calle de restos de pipas y colillas clandestinas. Cuerpos escurridizos en manos poco expertas, sexos húmedos que no se sacían.

-¿Sabes qué? -Habló él después de un rato.

-Dime, Fer.

-Creo que te quiero. -dijo riendo.

-¿Qué dices?

-Eso, que te quiero.

-Vas fumado, así no vale. -Ella miraba por la ventana, dejando que él acariciara su espalda, mirándola con aquellos ojos rojos por culpa del humo.

-Claro que vale, vale más. -replicó él, enfadado. -Te quiero desde que tenía siete años y me pegaste una hostia en la piscina. ¿Te acuerdas?

Cristina lo miró, y esbozó una sonrisa fruto de la nostalgia y del efecto de la marihuana en su organismo.

-¿Te acuerdas? -Repitió él.

-Claro que me acuerdo, idiota. Me querías bajar las bragas del bikini, siempre has estado igual de salido. -Fer ha estado siempre ahí, es como ese árbol que no se mueve del camino, que sigue ahí con el paso de los años. Una parada de metro que pisas día tras días, Fer es eso tan común en tu vida que dejas de darle importancia. -Pues yo no te quiero.

-Me quieres, aún no te has dado cuenta pero me quieres. -Se enciende un cigarro que le sabe a mierda después de todo. Está convencido de lo que dice. -Tienes que quererme. -Es casi obligada esa reciprocidad que se sobreentiende en cualquiera relación. -Cuando me plantaste toda la palma de tu mano en la mejilla me dije: es ella, me casaré con ella, tiene carácter como a mí me gusta.

-Eras un niño, ni de coña pensaste eso, Fer. -Se gira y lo mira, dejando que sus labios lo devoren durante un instante.

-Hazme caso, mi abuela siempre dice que soy muy listo, y las abuelas siempre tienen razón. Eso dice todo el mundo. -Le muerde el labio y tira de él, mirando sus ojos claros.

-Entonces me quieres. -dice Cristina, y él asiente convencido. -Entonces, hagámoslo otra vez.

Y se sienta sobre él, y sus cuerpos se vuelven a acoplar con la facilidad que tienen los adolescentes para eso. Y lo hacen como si un coche fuera el mejor sitio para el sexo, que a veces lo es, sobre todo si tienes dieciocho años y mientras follas todo te da igual.

Superhéroes.

Volamos, corremos, y creemos que podemos parar balas con el pecho. Y cuando nos quitamos el traje, cuando el antifaz cae al suelo y nos miramos al espejo vemos unos ojos opacos que ya no dicen nada. Tristes, desvalidos, cabizbajos por no conseguir lo que esperamos.

Seguimos siendo valientes aunque más débiles, seguimos queriendo luchar aunque con menos fuerzas, seguimos pensando que hay muchas cosas que cambiar aunque quieran adormilar nuestros cerebros.

Y es así como cada día y sin tener que salvar al mundo de quien quiere conquistarlo somos superhéroes. Por despertarnos, por seguir adelante, porque la adversidad no nos arrastra hacia el vacío, porque peleamos aunque nada vaya bien, porque en el fondo buscamos algo mejor.

Y sólo con eso ya hemos salvado la poca humanidad que nos quedaba.

Perderse.

Perderse en calles desconocidas, en palabras ajenas, en noches cerradas de luna llena.

Perderse en libros viejos, en tazas rotas, en pensamientos oscuros de corazones pasajeros.

Perderse en labios rojos, en ojos azules, en paisajes eternos, en cafés solos, en lápices sin punta, en páginas de otros, en risas claras, en letras de canciones, en motores que rugen, en alas caídas, en escaleras infinitas.

Perderse, de muchas formas, con muchas cosas, como sea.

Perderse, pero contigo.