Podrías haber sido tú.

Sonaba una canción del primer disco de Estopa, iban emporrados hasta las cejas y la vida en aquel momento les parecía maravillosa. Estaban fuera del pueblo, cerca de una cantera, mientras llegaba el amanecer después de una noche de fiesta, esas fiesta de pueblo con verbena hasta las seis de la mañana. Un par de polvos que los habían hecho sudar más que bailar el típico Fiesta Pagana que cierra esas noches de risas y cubatas con los amigos de toda la vida.

La España de principios de los dos mil en pleno auge, y el Seat Ibiza rojo que crujía bajo el movimiento de sus cuerpos desinhibidos por completo. Dieciocho años casi recién estrenados y un futuro prometedor. Él a punto de entrar en la universidad, ella a un año de acabar el bachillerato. La vida por delante, las preocupaciones en otra parte. Las vacaciones de verano siempre han sido para eso, para amores pasajeros, para sexo imprevisto, para borracheras, para tardes en la piscina jugando partidas de cartas que no acaban nunca, para llenar la calle de restos de pipas y colillas clandestinas. Cuerpos escurridizos en manos poco expertas, sexos húmedos que no se sacían.

-¿Sabes qué? -Habló él después de un rato.

-Dime, Fer.

-Creo que te quiero. -dijo riendo.

-¿Qué dices?

-Eso, que te quiero.

-Vas fumado, así no vale. -Ella miraba por la ventana, dejando que él acariciara su espalda, mirándola con aquellos ojos rojos por culpa del humo.

-Claro que vale, vale más. -replicó él, enfadado. -Te quiero desde que tenía siete años y me pegaste una hostia en la piscina. ¿Te acuerdas?

Cristina lo miró, y esbozó una sonrisa fruto de la nostalgia y del efecto de la marihuana en su organismo.

-¿Te acuerdas? -Repitió él.

-Claro que me acuerdo, idiota. Me querías bajar las bragas del bikini, siempre has estado igual de salido. -Fer ha estado siempre ahí, es como ese árbol que no se mueve del camino, que sigue ahí con el paso de los años. Una parada de metro que pisas día tras días, Fer es eso tan común en tu vida que dejas de darle importancia. -Pues yo no te quiero.

-Me quieres, aún no te has dado cuenta pero me quieres. -Se enciende un cigarro que le sabe a mierda después de todo. Está convencido de lo que dice. -Tienes que quererme. -Es casi obligada esa reciprocidad que se sobreentiende en cualquiera relación. -Cuando me plantaste toda la palma de tu mano en la mejilla me dije: es ella, me casaré con ella, tiene carácter como a mí me gusta.

-Eras un niño, ni de coña pensaste eso, Fer. -Se gira y lo mira, dejando que sus labios lo devoren durante un instante.

-Hazme caso, mi abuela siempre dice que soy muy listo, y las abuelas siempre tienen razón. Eso dice todo el mundo. -Le muerde el labio y tira de él, mirando sus ojos claros.

-Entonces me quieres. -dice Cristina, y él asiente convencido. -Entonces, hagámoslo otra vez.

Y se sienta sobre él, y sus cuerpos se vuelven a acoplar con la facilidad que tienen los adolescentes para eso. Y lo hacen como si un coche fuera el mejor sitio para el sexo, que a veces lo es, sobre todo si tienes dieciocho años y mientras follas todo te da igual.

Superhéroes.

Volamos, corremos, y creemos que podemos parar balas con el pecho. Y cuando nos quitamos el traje, cuando el antifaz cae al suelo y nos miramos al espejo vemos unos ojos opacos que ya no dicen nada. Tristes, desvalidos, cabizbajos por no conseguir lo que esperamos.

Seguimos siendo valientes aunque más débiles, seguimos queriendo luchar aunque con menos fuerzas, seguimos pensando que hay muchas cosas que cambiar aunque quieran adormilar nuestros cerebros.

Y es así como cada día y sin tener que salvar al mundo de quien quiere conquistarlo somos superhéroes. Por despertarnos, por seguir adelante, porque la adversidad no nos arrastra hacia el vacío, porque peleamos aunque nada vaya bien, porque en el fondo buscamos algo mejor.

Y sólo con eso ya hemos salvado la poca humanidad que nos quedaba.

Perderse.

Perderse en calles desconocidas, en palabras ajenas, en noches cerradas de luna llena.

Perderse en libros viejos, en tazas rotas, en pensamientos oscuros de corazones pasajeros.

Perderse en labios rojos, en ojos azules, en paisajes eternos, en cafés solos, en lápices sin punta, en páginas de otros, en risas claras, en letras de canciones, en motores que rugen, en alas caídas, en escaleras infinitas.

Perderse, de muchas formas, con muchas cosas, como sea.

Perderse, pero contigo.

Miradas.

Sus miradas se cruzaron en aquel bar, a las doce en punto de la noche de un jueves cualquiera, un día sin fecha, sin nada que celebrar. Sus miradas se cruzaron y cada uno se fue por su parte, con la sensación de perder a alguien importante en el centro del pecho, con el sentimiento de haber perdido la oportunidad de sus vidas en la cabeza.

A veces, simplemente se conecta, se entra en combustión, llega alguien que transforma el momento y que detiene el tiempo con un leve pestañeo. Sin grandes aspavientos, sin tratar de llamar la atención, de una forma sencilla y casi imperceptible llega ella y te desmonta tan sólo acariciando tu barbilla, dejando un beso en tu mejilla.

Atlas.

Al parecer nació para eso, para encargarse de los demás y olvidarse de sí mismo. De su propia vida, de su propio sufrimiento, de disfrutar de cada una de esas cosas que le fascinaban como si fuera un niño pequeño. Era esa pieza clave, esa llave maestra, esa ficha de dominó que si cae tumba al resto.

Como un baúl guardaba los problemas del resto, intentando con sus palabras calmar el mal ajeno, intentando poner orden en las vidas de los demás, dejando que el caos fuera sólo suyo. Cargó con todo, en silencio, dejando que al final el mundo quedara sobre su espalda. Aguantando a duras penas, manteniéndose en pie por pura inercia. Resistiendo.

Y a él, por analogía, lo llamaron Atlas. Maldita condena.

Espiral.

Espiral es eso de lo que no puedes escapar, una persona, un día, una historia, una vida, o también un sentimiento. Espiral es eso que vuelve una y otra vez, que nunca tiene fin, es como una ruleta pero sin suerte, es como jugar al Blackjack sabiendo que vas a perder. Espiral es intentarlo miles de veces sin que salga bien. Espiral es perderse hasta el fin, sin coger aire, sin levantar la cabeza del agua que tienes al cuello.

 

Espiral somos nosotros, que no vivimos, que no morimos, que sólo existimos.

Enterrado.

Enterrado, literalmente, en un hilo de pensamientos sin fin , en un bucle que no lleva a ninguna parte. O al menos a ninguna parte que valga la pena. Sobre el escritorio me veo obligado a vaciar los pensamientos para no acabar sucumbiendo a la locura. Ser un lunático que aúlla a la luna siempre es algo que me ha llamado la atención. Dejarme llevar por los hilos de plata de una luna llena hasta acabar con las ideas revueltas y tener náuseas, esa sensación de que el mundo gira a tu alrededor y tú te has quedado parado. Anclado, varado, con los pies clavados en un suelo de arenas movedizas que me tragan a la más mínima oportunidad.

Voy a coger aire, antes de morir enterrado.