No sé si sabes.

Supongo que debí ser feliz en algún punto del pasado porque recuerdo esa sensación de que nada me pesara por dentro, de no preocuparme por lo que tuviera que venir, de mirar el reloj y que me importara bien poco el paso de los días.

Sin embargo, ahora tengo la sensación constante de estar perdiendo, de no ser capaz de lograr mis objetivos, ni de llegar a donde quiero.

Y es tan frustrante.

Acaba noviembre sin que el año nos haya servido de nada, sin que nada bueno haya pasado, sin que nuestra suerte haya dado ese giro profundo que todos esperábamos. Hemos vuelto a caer en la trampa de creer que un nuevo dígito al final serviría para que nuestra vida cambiara de una vez por todas a mejor.

Pero no pasa, parece que lo bueno nunca llega.

Todo está del revés.

El cielo gris hace que suban las temperaturas y dentro de casa sólo hace que crecer el frío.

Todo está mal.

Nos han vuelto a ganar los enemigos, han vuelto a arrinconarnos, nos han dejado rezagados en el borde del camino pidiendo limosna y abrazos.

No sé si sabes que te miro y no me canso.

No sé si sabes la magnitud del problema.

No sé si quieres saberlo.

No sé si sabes que un día también la luna y el sol fueron capaces de besarse y ahora ni se tocan ni se ven.

Como tú y yo.

Vencejos.

Abandonamos el nido una vez para no volver jamás.

Pasamos nueve meses volando sin necesidad de tocar el suelo.

Pensé que eso era posible hace tiempo, cuando aún veía tus alas.

Pero ya no lo recuerdo.

Y ahora me parece que sólo soy una bestia buscando su sitio, herido en medio del bosque tratando de llegar a algún lugar en el que mantenerme a salvo.

No lo hay.

Ya no existe, y no sé si todo ha sido un puto espejismo.

Estamos condenados a vivir dentro de esta tragedia hasta el fin.

Y resistir, aunque estemos en las últimas y esperando un latido fuera de sitio.

Y perdonar.

Y saltar, porque está demostrado que es la única forma de avanzar cuando tienes miedo.

1707.

La calle Meléndez me recibía siempre como una vieja amiga, con los brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja. Y esta vez también con un frío propio de la meseta norte, de ese que agrieta los labios y un poco el corazón. Me gustaba entrar en aquella librería anticuaria y bucear entre libros que olían a historias conocidas y otras por descubrir. Volvía a la ciudad cada cierto tiempo, como una especie de ritual de peregrinación que me había autoimpuesto, una promesa que había hecho con la ciudad helmántica. Un pacto de silencio que sólo conocíamos ella y yo. Salamanca guarda más secretos que algunos sacerdotes.

El librero me recordaba, incluso sabía de dónde venía y sonrió bajo su espeso bigote.

— Creo que tengo algo que puede interesarte.

Sin titubeos, sin dar vueltas, directo al grano. Justo como a mí me gusta.

Me había aficionado a comprar libros antiguos relacionados con la medicina y sus distintas ramas, tan solo para llenar esa estantería de madera oscura que ocupaba la pared derecha de mi estudio.

Tras abrir, con llave, un cajón a sus espaldas dejó un paño sobre la mesa de madera y depositó sobre el mismo una antigua edición de “De subitaneis mortibus libri duo” del romano Giovanni Maria Lancisi. La edición parecía haber llegado directamente desde 1707 hasta la actualidad proveniente de las manos del mismo médico que estuvo bajo las órdenes de tres Papas.

Después de observar aquel milagro sin poder creerlo, alcé la vista hacia Antonio. Recordaba que me había dicho su nombre y me había entregado su tarjeta después de mi primera compra. No todos los días tienes a un potencial comprador que rebaja la media de edad de tus clientes en, al menos, treinta años.

Sin ser aquella edición ningún incunable, distaba mucho de ser algo parecido a la Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija impresa en la misma ciudad que pisaban mis pies pero en 1492, el ejemplar se mantenía prácticamente intacto. Cuando encontraba alguna joya de ese tipo siempre me preguntaba qué pacto había que hacer con el diablo para que permitiera que algo siguiera vivo a lo largo de los siglos.

— Esto no es ninguna imitación. —dije, tras quitarme los guantes que me había prestado, y dejar las pinzas junto a la edición. — ¿Por qué quieres que sea yo quien lo tenga?

— No soy yo quien quiere que lo tengas. —hizo una pausa lenta para observarme. —Eres tú quien quiere tenerlo. —se colocó las pequeñas gafas de patas doradas sobre el puente de la nariz y movió el bigote, como cuando un perro se quita las migas del hocico.

Salí de la librería con menos dinero en la cuenta bancaria y la idea de proteger aquel libro a toda costa. Caminé los escasos metros que me separaban de “El Bardo”, un local junto a la entrada de la Casa de las Conchas que te permitía ver la entrada de La Clerecía mientras fumabas en la puerta.

Una copa de vino y una tapa de revuelto hicieron el favor de acallarme las tripas y devolverme la calma.

[Continuará…]

La edad de hielo.

Hay personas que perdemos por el camino sin darnos cuenta, sin que nos importe demasiado, nos desprendemos de ellas como quien se desprende de una camiseta en verano. Otras, sin embargo, cuando se van nos dejan desnudos y muertos de frío.

Llega entonces una nueva glaciación.

La edad de hielo.

Y tenemos que afrontar los nuevos días de la mejor manera que podamos, algunos sonríen, otros se hacen pequeños. Yo tengo que acabar de destruirme por completo para ser capaz de salir de nuevo a la luz, volver a sentir los dedos y la punta de la nariz, poder mirarme al espejo sin darme una mezcla de asco y pena difícil de explicar.

Lo bueno de esto es que la naturaleza lo devuelve todo a su sitio. Tarde o temprano. Aunque antes haya pasado mucho tiempo mirando por la ventana durante las noches de insomnio, aunque nunca entienda nada, aunque siempre me queden preguntas por responder.

Y el tiempo te da la razón y también te la quita.

El problema es que no hay verdades absolutas ni versiones únicas. Todo es gris pero nos gusta posicionarnos en los extremos, los opuestos, para no llegar nunca a ceder y admitir que no siempre estamos en lo cierto, que también erramos. Y se puede rectificar.

Estoy acomodándome, nunca se sabe cuánto va a durar el frío ni cuándo dejarás de esquivar mi mirada.

Pájaros sin alas.

Algunas veces hay que huir de verdad, dejar que el humo difumine nuestra silueta en medio de la noche, permitir que la lluvia borre nuestras huellas.

Y caminar sin mirar atrás.

¿Hacer daño a los demás para protegernos o hacernos daño a nosotros mismos para proteger a los demás? Sea cual sea la respuesta saldremos heridos y llenos de recuerdos de los que no podremos deshacernos. Nos sentiremos culpables y nunca tendremos la conciencia tranquila, por mucho que tratemos de redimirnos.

Ahora me he convertido en uno de esos pájaros sin alas, que quieren volar pero no pueden, y empieza a haber perdones que no puedo pronunciar en voz alta.

De todos modos, si hubiera sabido que ibas a acabar conmigo me habría acercado igual. Nunca he tenido buen olfato para el peligro, ni miedo a aquello que creo que merece la pena.

Sólo espero que mientras esté lejos sepas vivir, yo aún no he aprendido a hacerlo sin ti.

Los gigantes que quisieron derrotarte.

Vas dejando atrás todas las armas oxidadas que pelearon contra cada uno de esos gigantes que quisieron derrotarte y no pudieron.

Recuerdas, ahora, las heridas que hubo en cada una de tus cicatrices mientras crece la hierba sobre sus viejos huesos rotos, mientras asoman las nuevas hojas de esa flor que intentaron pisotear.

La primavera siempre llega para sacarnos del letargo, para abrirnos los ojos, para que el sol nos de allá donde un día dejamos que unos labios nos besaran.

Ser humano.

Es tan raro eso de que los seres humanos podamos ser capaces de lo mejor y lo peor.

Capaces de unirnos en masa para alzar la voz y las manos contra la injusticia.

De crear obras de arte que trascenderán a lo largo de los siglos.

De inventar seres invisibles y omnipresentes para justificar el motivo de nuestros actos.

De no perder la esperanza ni si quiera cuando lo hemos perdido todo.

Capaces de odiar y de increpar.

De dormir tranquilos después de la tragedia.

Infligimos dolor físico.

Destrozamos mentes, autoestimas y cuerpos sin ningún tipo de control.

Construimos barricadas, refugios, búnkers y campos de concentración.

Odiamos por razón de sexo, raza, religión.

Arrancamos bosques y los sustituimos por bloques de hormigón.

Cambiamos el mirar de frente por hablar a las espaldas.

Volamos por las nubes y saltamos hasta el fondo.

Perdemos la consciencia.

Aplastamos a otras personas igual que hacemos con los insectos.

Bailamos al son de canciones que desconocemos.

Tendemos la mano.

Levantamos puentes para unirnos y fronteras para separarnos.

Agitamos banderas y escupimos desde el balcón.

Gritamos a ídolos que se funden cuando vuelan cerca del sol.

Queremos suerte.

Lanzamos misiles y también besos.

Amamos, matamos, sangramos.

Y no hay lógica por mucho que nos la hayan querido explicar la física y la filosofía.

Sólo queda el miedo, la incertidumbre, el futuro incierto que nos espera de brazos abiertos, el caos, el laberinto del día a día.

Y al final del día preguntar si de verdad somos seres humanos.

Si eres humano.

Si soy humano.

Y yo ni siquiera sé muy bien qué debe ser la humanidad.