En tu dirección.

La noche está intentando llenarlo todo de niebla, que resbalen las calles y empañar los cristales. Aquí dentro estoy a salvo, de todo excepto de mí. Hoy he conseguido tirar otra piedra más sobre mi tejado, cargando mi espalda de peso, sintiendo una esperanza que estoy convencido que se romperá demasiado pronto.

Como pasa siempre.

Me gustaría detener el globo terráqueo por un segundo y poder adentrarme en tus ojos, lanzarme al vacío de tus labios y viajar en el tiempo para ver el futuro.

Para poder averiguar si es de los dos.

O sigo solo.

Como esos llaneros solitarios de los westerns de los sesenta y setenta que sólo saben beber y lamentarse con música de fondo.

Supongo que imagino que la vida contigo sería un continuo estar de vacaciones, que nada costaría más de lo que cuesta quitarse las gafas antes de dormir.

Supongo que podría admitir que no tengo respuestas para tus preguntas sin sentirme tonto, sin morirme de vergüenza.

Supongo que dejaría de pensar que el mundo es tan feo, y que las cadenas que arrastro a diario serían más ligeras si quisieras cogerte de mi mano.

Me encantaría ver que vuelas libre y de vez en cuando miras hacia atrás para saber si te sigo de cerca, y que entonces me sonríes esperando una sonrisa de vuelta.

Veo una pequeña luz que me lleva en tu dirección, que marca tu nombre, que me embruja cuando cruzo por las calles que te gustan.

Pero mis pies siguen detenidos en la misma piedra de siempre.

Aunque, de verdad, soy sincero si digo que sólo quiero que el mundo de una vuelta más y vengas junto a mí.

Te prometo que estaremos a salvo.

De casi todo.

Respiraciones por minuto.

Ha caído la luz otro lánguido domingo por la tarde, y una luna de sangre brilla en el cielo en un día de muertos demasiado raro. Hay más cansancio que ganas en la piel a estas alturas, y pocas respiraciones por minuto.

Me gustaría asomarme a la ventana y gritar tu nombre por si estás escuchando y, de pronto, te apetece venir a acurrucarte junto a mí en el sofá.

Todavía no hace frío en las calles pero siento que tengo estalagmitas de hielo por detrás de las costillas, y que llegan hasta el fondo, que se clavan sin remedio, derramando sangre que sigue, inocente, goteando contra el suelo de cerámica.

Estoy en ese momento en el que no quiero que dejes de hablar, en el que que espero que sigas llenando mis oídos de ideas nuevas, de versiones diferentes de cada una de las historias que he escuchado mil veces en otras bocas.

Estoy en ese momento en el que la única droga que me gustaría probar son tus labios.

Y es un milagro.

Sentirme así después de todo.

Después de un año, o años, de mierda.

Después del dolor y las cenizas.

Y las noches de insomnio y sudor.

Y de cerrar los ojos y que nunca estuviera aquí.

Ahora va todo a otra velocidad, y siento que me estoy abriendo en canal otra vez, dejando que todo salga, flotando en medio de esta incertidumbre que nos abraza hasta asfixiarnos.

Pero la verdad en todo este asunto es que me rodea una calma tan extraña como la que reina durante el toque de queda.

Y miro por la ventana pensando en lo que diría si pasaras por delante.

Alcohol en las venas.

Creo que puedo sobrellevarlo casi todo, pero también creo que me autoengaño. Tengo que admitir que también soy de los que agachan las orejas y tiran balones fuera cuando algo va mal, y trato de esconderme hasta que pasa un poco el temporal.

Como mecanismo de defensa, supongo.

Aunque al final tengamos siempre que afrontar los problemas y las soluciones.

Y echarle un poco de cara a todas esas conversaciones que tenemos pendientes, con el espejo del retrovisor y con los demás.

Que la vida sería más fácil si me atreviera a preguntarte si también piensas en mí.

Que yo sería menos gris si supiera que algunas noches revoloteo por tus pensamientos.

Que los días serían más tranquilos si tuviera la certeza de que te arrepientes de la despedida.

Que respiraría mejor si no tuviera recuerdos en el esternón que sólo se van cuando hay algo de alcohol en las venas.

Que no tendría este agujero en el estómago si no pensara que eres para mí como esos castillos de arena que están demasiado cerca de la orilla.

Pero quiero obligarme a creer que todo irá bien.

Estoy convencido de que es el destino el que toma decisiones por nosotros cuando no podemos hacerlo, empujándonos, obligándonos a ver la realidad.

Y que por ese motivo, a veces, nos duele todo tanto, porque el mundo nos dispara a traición, sin que podamos esquivar sus balas.

Y por eso, a veces, nos separamos de la gente como si fuéramos placas tectónicas buscando su sitio.

Y por eso quien un día fue casa ahora sólo es pasado.

Pero tú, por favor, no te vayas muy lejos.

Del calor al frío.

Languidecen los días a mayor velocidad de la que lo hace mi ánimo, que ya es decir. En octubre las horas comienzan a esfumarse en apenas un par de pestañeos, de pronto llega la noche barriendo las hojas y las sensaciones y nos encierra en nuestras casas.

Pasamos del calor al frío en unas horas, como nos pasa con según qué personas.

Algunas veces siento que los latidos se amortiguan dentro de este río cada vez más seco que me recorre por dentro, y que me estoy convirtiendo en hueso viejo, quebradizo, que se deshace hasta cuando alguien intenta acariciarlo con cuidado.

Prisionero de mi propia cárcel, condenado de manera perpetua por mi propio tribunal del jurado.

Navegamos tantas veces fuera de nuestro alcance, mirando el Universo, creyendo que podremos llegar a tocar cualquier estrella que brille ante nuestros ojos, con nuestro traje y nuestra nave preparada para el hiperespacio. Pensamos en todo lo imposible cuando no somos capaces ni de lidiar con lo que tenemos más a mano, nosotros mismos, y nos vamos escondiendo por temor a conocernos de verdad.

Y que no nos guste lo que descubrimos.

Soñamos tanto que apenas nos queda tiempo para vivir en una realidad que nos espera lista siempre para darnos golpes bajos y dejarnos tendidos sobre el ring.

Supongo que me gusta imaginar porque puedo verte en medio de la noche caminando hacia a mí.

Supongo que me gusta imaginar porque puedo respirar la brisa del mar mientras te abrazo por la espalda.

Supongo que me gusta imaginar porque siento tu boca de nuevo dándome los buenos días.

Supongo que me gusta imaginar porque estoy menos roto.

Pero después abro los ojos y se me revuelve el estómago, de pensar que nunca vas a estar aquí de nuevo.

La incertidumbre y las dudas.

Qué sería de nosotros si conociéramos el futuro, si supiéramos con certeza cada una de las situaciones a las que nos vamos a enfrentar en el día a día, si tuviéramos en nuestro poder el saber lo que está por venir.

Qué sería de nosotros sin la incertidumbre y las dudas, si estuviera claro todo lo que va a sucedernos desde el momento de nuestro nacimiento hasta el momento en el que perdemos para siempre los latidos y la respiración.

Estamos hechos de manojos de nervios y posibilidades.

Y de misterios por resolver.

Somos indecisión y problemas constantes.

Y mapas llenos de carreteras y caminos que no conocemos.

Un día te miras a los ojos y te tiemblan las piernas porque todo ha cambiado, de una manera que ni te imaginas, y no sabes cómo afrontar los nuevos retos que traerá el invierno con sus viejos vientos.

El sol de octubre traía hoy aroma de café recién hecho y perfume, y luces en las fachadas para recordarnos fechas significativas.

He tenido que comprobar que mis manos ya no temblaban al despertar, y que el pecho ya no dolía antes de cerrar los ojos.

He tenido que comprobar de nuevo que los días me abrazan sin miedo.

Pero la habitación está tan desordenada como mi vida y tan vacía como el futuro incierto que me espera.

Partículas.

No sabría qué decir si te encontrara de nuevo por las mismas calles, con la mirada perdida y el pelo despeinado por las risas de otra gente.

Es tan extraño todo esto.

Tú.

Yo.

El olvido.

Y lo de seguir respirando sin saber cómo sigue la vida, ni de qué va el futuro.

Estamos tan perdidos.

Nos hemos convertido en muertos que vagan por los días sin saber a dónde tienen que llegar, sin saber decidir destino, ni lugar, ni persona.

No podemos creer lo que nos ha pasado.

No podemos entender dónde tenemos metidos los pies, ni cómo hemos llegado hasta aquí.

Tampoco sabría decirte por qué nos elegimos en algún momento, y tampoco por qué decidimos rompernos hasta convertirnos en partículas microscópicas en algún otro.

La Vía Láctea está iluminando algunas noches este camino lleno de espinas y piedras con las que tropezar.

Y no tenemos ni idea de qué hacemos chocándonos los unos contra los otros en este mar tan extraño.

Se me está deshaciendo la vida entre los dedos, escapándose como si fuera la arena de la playa entre las manos de un niño que juega con sus abuelos en la orilla.

Se me está difuminando el tiempo, y los segundos se acumulan sin cesar al otro lado del abismo.

Me está rodeando esta insólita sensación de extrañeza ante lo que tiene que llegar.

Y tú estás ya demasiado lejos.

Y yo demasiado cansado como para que nada me importe de verdad.

Los últimos segundos de un sueño.

Llega la esperanza teñida de otoño.

Llegan los besos pausados de octubre.

Llegan los grises cargados de miedo.

Y el viento para llevárselo todo.

Queremos ser eternos sin darnos cuenta de la belleza que rodea a todo aquello que es efímero.

El tacto de sus labios contra los tuyos.

El ave que se detiene en el mismo banco que tú.

El rayo de sol que te despierta de la siesta.

La caricia que te remueve en la silla.

Los últimos segundos de un sueño antes de despertar.

Nos aferramos al tiempo y al infinito, y a la inmensidad, sin saber apreciar la brevedad, el inicio y el fin.

Quizá es que nos falta madurez y capacidad para entender, y comprenderlo todo.

Quizá es que todavía no hemos aprendido que no hay nada permanente en el mundo, que la energía se transforma, que los mares se mueven, que la Tierra gira en torno a un eje y que todo está en un continuo vaivén.

Desde el comienzo de la vida.

En el útero.

Hasta el fin de los tiempos.

En el barro.

Nada se destruye, sólo cambia de forma para empezar de nuevo.

Como nosotros en medio de este Universo de palabras y miradas lejanas, de acariciarnos la piel sin necesidad de tocarnos, de sentirnos casi sin ser conscientes de ello.

Siento de nuevo despiertos los sentidos, a pesar de que lleguen los días de abrigo, viento en las esquinas y frío en la cama; a pesar de que vengan los días de fuego en el cielo, luces apagadas y latidos perdidos.

La vida sigue moviéndose y yo sigo de pie, esperando, sin despegar los pies del suelo, mirándote a ti.

Hasta que llegue la muerte a paso muy lento.

Gasolina.

Qué ganas de coger un bidón de gasolina, rociarlo todo y prenderle fuego mientras las nubes juegan con el azul y el naranja ante nuestros ojos.

Y ver el mundo arder, si es que no está ardiendo ya de manera permanente.

Tengo casi tantas ganas de que todo explote de golpe como de hacer desaparecer tu ropa esta noche, hacer que se esfume entre mis dedos como me pasa contigo en los sueños.

Siempre apareces y te vas.

Y no es la primera vez que me pasa.

Y también sé que no será la última.

Voy saltando entre las piedras, buscando el camino, tratando de llegar hasta ti en medio de toda esta vorágine que se encarga de consumirnos hasta convertirnos en olvido.

Voy buscándote desde las alturas, intentando distinguirte desde las terrazas de los rascacielos, intentando reconocer tu figura entre el resto de transeúntes de mirada perdida.

No te encuentro, creo que he perdido mi sentido arácnido.

Y todo falla.

Sigue saliendo humo de las columnas lejanas y bilis de las bocas que menos esperas. Parece que todas las vueltas que ha dado el mundo de repente han hecho que nos sintamos mareados, y algo abandonados.

Vivimos en una ficción paralela y el mundo volverá a su ruta en algún momento.

O no.

Seguiremos inmersos en esta extraña realidad que ha conseguido desvirtualizarlo todo, y destrozar demasiados cuerpos y sentimientos.

Yo siempre estoy algo roto, nunca consigo recomponerme por completo.

Pero creo que me conformo con rozar esos centímetros de piel que queden desnudos cuando duermas a mi lado en pleno invierno, y no podamos sacar los pies por debajo del nórdico porque nos mata el frío.

Creo que me conformo con ver mi reflejo en tus ojos mientras el mundo se desmorona a nuestro alrededor.

Mientras tanto, te seguiré buscando en plena calle con un bidón de gasolina y unas cerillas en el bolsillo.

Donde se unen las costillas.

Se nos pasa la vida sin tener las cosas claras.

O todo lo contrario, analizando hasta el detalle cada paso que damos.

Algunas personas necesitan tenerlo todo tan controlado que cuando llegan al destino que se habían marcado ya no queda nadie, han cerrado la discoteca y se quedan en la puerta volviendo a esperar una oportunidad.

Comenzando el ciclo.

Reiniciando la máquina.

Aguardando el paso de los días.

No estamos aquí para perder ocasiones, ni tiempo, ya se encarga la vida de arrebatárnoslo todo según le conviene. De dar un puñetazo sobre la mesa y tirar las copas llenas, y ponerlo todo perdido de vino y llantos.

Y ausencias.

Y melancolía.

El mundo está lleno de personas que piensan demasiado y de otras que ni siquiera conocen el significado del verbo, y en medio existe una maraña de gente que nunca sabe muy bien qué hacer ni con sí mismos ni con su propia existencia.

La multitud se deja mecer por el viento y por las olas, sin saber muy bien a dónde llegarán, como pasa con los pétalos de las flores que arrancan las tormentas de otoño en todo su esplendor.

Cuesta tanto encontrar el equilibrio entre el freno y el acelerador para ir a la velocidad correcta, para poder disfrutar de las horas y de arrancar las hojas del calendario y de la agenda de trabajo.

Cuesta aprender a esperar y resistir, y comprender que tenemos que sincronizar nuestros pasos con los de otros.

Y no sé lo que el futuro tendrá preparado para mí, y tampoco si todo lo que escribo es culpa de la cerveza fría que intenta combatir la sed y la monotonía.

Nunca he sido impaciente pero si tengo que esperarte empiezo a sentir los nervios justo donde se unen las costillas.

Amor infinito.

Mis huesos han vuelto a golpearse contra el suelo y apenas he notado la caída. No he sido consciente de la gravedad, ni del olor a cerveza que hay en la casa. Estaba pensando en eso del amor infinito, eterno, y las mentiras que lo rodean, ¿cómo va a existir algo que pueda ser eterno si estamos rodeados de cosas que terminan?

Las películas.

Los días.

Los turnos de trabajo.

Las comidas familiares.

La charla insoportable del cuñado.

Las misas de 12.

Los ensayos clínicos.

El efecto de las drogas.

Los besos.

El curso escolar.

La boda de tu mejor amigo.

El concierto de tu vida.

Las borracheras durante la universidad.

El viaje de novios.

Los Reyes Magos.

La agonía.

Los cuerpos.

Las estrellas lejanas.

Las historias de superhéroes.

Los caminos.

Todo tiene un principio y un final, hasta el saborear el alcohol de tu boca, hasta el quitarte la ropa y recorrerte con saliva.

Lo cierto es que hoy he acabado el día dándome de bruces contra el suelo, sintiendo el pavimento de cerámica del salón en el rostro, y sigo sin poder obtener respuesta, sin saber si realmente encontraré a alguien que me permita comprobar si todavía es posible tener algún amor infinito.

De verdad, infinito, amor.