Consejo de sabios.

Con el frío que hace y tú con las ventanas abiertas y el alma por fuera, como si quisieras que cualquiera te hiciera daño, como si quisieras ponerlo fácil para después poder justificar tus actos.

No se puede ser injusto con el resto únicamente por pensar que la vida no se ha portado de manera adecuada contigo, ni se puede culpar a otros de las decisiones propias. Al final saltamos porque decidimos saltar, nosotros, por mucho que haya otros detrás empujando con fuerza.

Siempre podemos plantarnos, anclarnos al suelo y levantar el dedo corazón en el momento oportuno.

Y digo siempre, aunque no lo haga nunca.

Debemos establecer nuestras propias prioridades, utilizar la honestidad que pretendemos usar con los demás contra nosotros mismos, ver nuestros errores y ponerlos en la balanza, del mismo modo que hacemos con las equivocaciones del enemigo.

O eso, o aprendemos a convivir con nuestra propia hipocresía.

Y nos relajamos, nos dejamos llevar, navegamos hasta donde nos lleve la corriente sin quejarnos del resultado. Que es lo que hacemos al final para quedarnos tranquilos, para no exigirnos tanto, para tratar de alejarnos del límite en el que no somos capaces de distinguir toda esa gama de grises que existe entre el negro y el blanco, donde buceamos todos.

Otro día más las agujas del reloj marcan la medianoche, tú señalas al cielo, yo señalo la cama. Desechamos otro beso como si nos sobrara el amor, desafinamos en otra despedida, seguimos buscando esa tercera dimensión que de respuestas a todas nuestras preguntas infinitas.

Algunas veces la única forma de ganar es rendirse, pero me niego a admitirlo.

Y aquí sigo,

ponedme una vela, estoy atrapado.

Tanta gente triste.

Nunca he visto tanta gente triste como ahora.

Tampoco tanta gente enfadada ni llena de rabia.

Crece el odio, la ansiedad, el llanto, los gritos.

Quizá es que la vida nos empuja de manera inexorable hacia un destino que no deseamos pero, sin embargo, no somos capaces de evitar (o no queremos, o no podemos); las variantes y las posibilidades son tantas como las diferencias entre los copos de nieve al microscopio.

Poco a poco vas percibiendo el desgaste en las ganas, en los huesos, en las palabras.

Poco a poco dejas que el mundo te aplaste, igual que aplastaste tú a aquel grupo de hormigas en el patio del colegio cuando tenías ocho años.

Y se esfuma todo.

Comienza la autodestrucción.

Y el engaño de que da igual esforzarse porque nada va a mejorar.

Caemos en la trampa, volvemos a cometer el mismo error que nos condujo al pozo sin luz en el que estamos metidos hasta la cintura.

Y sólo me salva ese pequeño desastre que armas a mi alrededor cuando te veo, el caos que desatas de un momento para otro.

Sólo sé que las hojas siguen temblando ahí fuera y tú no estás; pero queda esperanza, he visto a un viejo sonreír mirando al cielo.

Tocará seguir luchando contra viento y marea.

[y los idiotas, que es lo que más cuesta.]

Diciembre.

Diciembre siempre es una mezcla de alegría y tristeza, de mesas llenas y corazones vacíos.

Y al revés.

Diciembre es un poco más gris que el resto, a pesar de las luces y los adornos navideños.

Ahora que han pasado los días de comidas y cenas familiares, de sonreír sin ganas y hacer como que disfrutas de todo, ahora vuelven la tranquilidad y el silencio. Toca despedir el año, o que él se despida de nosotros, con un portazo para no volver a vernos.

Espero olvidar pronto los malos momentos. Ha sido un año demasiado raro, tan lleno de baches y subidas, tan lleno de caídas y miradas al abismo, tan lleno de saltos, muros, noches sin dormir, sonrisas en las que no creía y un poco de felicidad.

Y parece que sólo he conseguido mantenerme a salvo gracias a tus manos.

Parece que me has hundido sólo para salvarme de nuevo.

A partir de ahora habrá que ver las películas nominadas a los Oscars en el cine, esperar los resultados de las elecciones después de la primavera, buscar nuevos grupos que nos alegren los días, intentar viajar más y más lejos, encontrar un hueco en el que sólo haya sitio para nosotros.

Necesito tiempo y café infinitos, menos vasos de plástico y más calma.

Me hacen falta menos libros y más lecturas, más música y menos discos.

No sé si ahora me entiendes o sigo explicándome mal, como me pasaba al principio.

Pero sigo callando te quieros por miedo a equivocarme.

Salva a la animadora, salva al mundo.

La psicodelia nos envuelve en forma de pantallas, palabras y nuevos miedos sin necesidad de drogas, o quizá por culpa de todas ellas.

Etiquetas, diagnósticos y falacias.

Hemos creado un universo a nuestra medida, en el que podemos arrimarnos cada día al árbol que más sombra da sin que pase nada, sin que se nos fundan las bombillas por culpa de la alta tensión.

Chaqueteros, mentirosos, desertores.

Modificamos nuestro pensamiento cada vez que suena la alarma del despertador, y ya no hay convicciones, ni sentido común, ni pilares robustos en los que basar nuestro ideario.

Desleales y deshonestos.

Todo vale para llevarnos por el mundo como un rebaño de ovejas idénticas sin criterio.

Nos hemos transformado en esa sociedad insulsa y maleable que aventuraban algunos escritores a principios de siglo XX.

Somos la masa perfecta para que vuelvan a crecer el odio y la rabia en forma de hongos que nos pudran desde dentro.

Y me pregunto si hay manera de detenerlo, si existe algún botón que nos permita parar el tiempo para poder mejorar el futuro que nos espera, para intentar comprender qué ha pasado, qué necesitamos cambiar, qué podemos hacer.

Nos rodean banderas y populismos de colores, y descerebrados que hablan delante de micrófonos con grandes altavoces, gente que aún cree en razas y etiquetas con el mismo tufo que llenó Europa y el resto del mundo de sangre durante décadas.

Y aquí seguimos mientras se deshacen los polos, se acerca el Sol y se esfuman las especies en extinción.

Inmóviles y sin herramientas.

Marchitos por dentro,

sin ser capaces de salvar a la animadora ni de salvar al mundo.

Adelante.

Vivimos rodeados de tragedias que superan nuestras miserias cotidianas y no queremos ver.

Nos aferramos al dolor de manera absurda, nos adentramos en nuestro miedo y nuestra incapacidad para afrontar lo nuevo. Nos agarramos con fuerza al temor que nos impide movernos porque nos sentimos más seguro nadando en nuestra mierda que intentando salir de ella.

Hay personas que son cuerda, que te permiten darles la mano y sacarte poco a poco del barro, del pozo sin agua en el que estás pretendiendo ahogarte. Y debemos permitirlo, cuando la oscuridad nos nubla la vista, cuando somos incapaces de distinguir más allá de las sombras que nos abrazan hasta asfixiarnos en medio de las noches más negras.

Hay personas que son fuego, que te iluminan para que puedas seguir el camino a tientas, que te dan las herramientas para que salgas de la cueva y te proyectes hacia la luz.

He vuelto a dormir en el sofá tratando de luchar contra el mal.

He vuelto a mirarme en el espejo intentando quererme.

He vuelto a tomar más café del que es bueno para mi tensión arterial.

He vuelto a beber sin ti.

He vuelto a soñar con un futuro que no va a venir a por mí.

Y te pido ahora que vuelve el frío que me devuelvas todos los besos que te he dado y los que no he podido darte.

Adelante.

Ahora soy yo quien los necesita.

No sé si sabes.

Supongo que debí ser feliz en algún punto del pasado porque recuerdo esa sensación de que nada me pesara por dentro, de no preocuparme por lo que tuviera que venir, de mirar el reloj y que me importara bien poco el paso de los días.

Sin embargo, ahora tengo la sensación constante de estar perdiendo, de no ser capaz de lograr mis objetivos, ni de llegar a donde quiero.

Y es tan frustrante.

Acaba noviembre sin que el año nos haya servido de nada, sin que nada bueno haya pasado, sin que nuestra suerte haya dado ese giro profundo que todos esperábamos. Hemos vuelto a caer en la trampa de creer que un nuevo dígito al final serviría para que nuestra vida cambiara de una vez por todas a mejor.

Pero no pasa, parece que lo bueno nunca llega.

Todo está del revés.

El cielo gris hace que suban las temperaturas y dentro de casa sólo hace que crecer el frío.

Todo está mal.

Nos han vuelto a ganar los enemigos, han vuelto a arrinconarnos, nos han dejado rezagados en el borde del camino pidiendo limosna y abrazos.

No sé si sabes que te miro y no me canso.

No sé si sabes la magnitud del problema.

No sé si quieres saberlo.

No sé si sabes que un día también la luna y el sol fueron capaces de besarse y ahora ni se tocan ni se ven.

Como tú y yo.