Categoría: Relatos

Bourbon, tristeza y medianoche.

La luz de la lámpara parpadeaba sin descanso en medio de la habitación mientras él disfrutaba de un cigarro asomado a la ventana. Una noche fría de enero en la que sonaba Charlie Parker desde alguna casa cercana. El barrio volvía a estar vivo justo ahora que él se sentía muerto. Un fantasma, eso era. Uno de esos fantasmas que van día a día a trabajar por pura rutina, uno de esos fantasmas de sonrisa forzada y mirada vidriosa a los que todavía llaman personas. Dio un par de tragos a su bourbon y lo apoyó en la repisa mientras veía a la gente disfrutar de un nuevo fin de semana.

Un joven con el alma rota y el corazón lleno de suturas que no habían conseguido curar nada. Un joven de ojos vacíos y respiración entrecortada. Miró el teléfono acariciando una foto, del rostro de ella, que debía haber quitado hacía mucho tiempo. Volvió a leer su última conversación, ese último y verdadero adiós; y por alguna estúpida razón sonrío, sonrió al vacío, a la nada y miró a la noche como si fuera un reto. Dio una calada al cigarro que todavía sostenía entre los dedos y pensó con desgana que con un pequeño golpe de suerte todavía podría morir mañana.

Desde que no estás.

Desde que no estás, ya no tengo ganas de mirar el teléfono cada treinta segundos.
Desde que no estás, ya no tengo a nadie a quién contarle cada día de mierda al que me tengo que enfrentar.
Desde que no estás, me paso las tardes tirado en el sofá sin ganas de abrir los ojos.
Desde que no estás, he envejecido tanto que ya no sé qué edad tengo.
Desde que no estás, buceo entre libros para olvidar quién soy en realidad.
Desde que no estás, mis historias no avanzan y se han quedado sin lectores.
Desde que no estás todo va mal.

Pero si lo pienso bien siempre han ido mal. Cuando llegaste, antes de que estuvieras, después de tu ausencia.

Quizá ha llegado la hora de admitir de una puta vez que la culpa es mía. De todo.

Reflejo.

En el páramo desolado, alejado del resto de mundo, yace un viejo árbol del que cuelga un trozo de cuerda desgastado. Es el sitio elegido, el lugar al que acuden muchos a morir. Enlazarse la soga en torno al cuello y dejar de respirar, dejar que la gravedad y el tiempo de asfixia haga su efecto natural. Sin luchar, sin pretender sobrevivir, sabiendo que nadie acudirá para rescatarte. Sin tratar de huir ni de echar a correr en cualquier dirección.

Lo mejor de aquel viejo árbol es que cuando la cuerda gira, cuando el cuerpo empieza con los espasmos, ves tu reflejo, el triste reflejo que has visto cada mañana en el espejo. Observas la imagen de un cuerpo, que va a consumir su vida, en la superficie del río.

Y morir sabiendo, que lo has hecho mal, que debe ser así.

Islas.

Decidí ser isla en lugar de continente, rodearme de agua salada hecha con mis propias lágrimas, inventarme barreras naturales de rocas escarpadas y árboles de viejas raíces. Decidí ser isla a pesar de la soledad, del aislamiento, de que nadie pudiera escuchar y entender mi verdad. Decidí ser isla para disfrutar de los aromas que arrastra el viento aunque no haya café recién hecho cada día. Decidí ser isla para no tener que buscarme una cueva en la que esconderme.

Sweetheart, what have you done to us.

Ves que los días se apagan antes de tiempo, que el verano ya ha dicho adiós a su manera dejándonos como regalo un calor bochornoso e insoportable. Ves también que has hecho de ella una copa de cristal rota en mil gotas de vidrio, y que has esparcido sus pedazos. Ves que tú sólo eres una colilla apagada, pisoteada por cientos de personas, ahogada por la lluvia tormentosa de anoche. Ves que la superficie cada vez está más lejos y hay menos intento para alcanzarla y coger aire.

Y te cagas en todos tus muertos y te das golpes contra la pared por seguir siendo el mismo inútil de hace dos años, año y medio, un mes. Te dan ganas de saltar por la ventana por no saber dar pasos hacia delante ni hacia atrás. Te dan ganas de pegarte un tiro por permanecer estático, cerrado, quieto, parado; por no poder emprender la marcha, acelerar, salir del barro. Lo único que quieres es permanecer en tu cueva, sin luz, sin un mundo de las Ideas que ya nadie necesita.

Se ha roto el motor de la esperanza, el de la llama encendida en medio de la oscuridad, el del faro que iluminaba a los barcos de rumbo perdido en medio de la niebla. Se ha roto todo, nos hemos roto a fuerza de intentarlo. Lo único que veo en sueños (o pesadillas) es a ella preguntando a gritos:

Cariño, ¿qué nos has hecho?

Ahora entiendo por qué a Bécquer le obsesionaban las pupilas.

Son las dos y media de la madrugada y hace horas que debería estar durmiendo. No es mi día, ni tampoco mi semana, o eso pienso desde que empezó el lunes a las siete de la mañana. Cansado, trastocado por una vida que a veces me decepciona más de lo que la gente cree, y con unas ojeras que no me hacen justicia. Podría parecer un muerto de hambre cualquiera si sólo me miras de pasada, muy lejos de la realidad. Lo cierto es que llevo la cartera llena y estoy dispuesto a dejarme medio sueldo en aquel sitio con tal de olvidarme un poco de tanta mierda, de las mentiras rutinarias, de la máscara que llevo a todas horas.

Nuestras miradas se cruzan en el pub durante unos segundos, yo la observo y ella a mí, y tengo miedo. Trago saliva y miro el vaso de whisky con hielo que sujeto en la mano. Ella tiene esos ojos que te empujan al abismo, unas pupilas que son como balas directas al corazón. Me ha revuelto el estómago y tengo náuseas, siempre me pasa con las mujeres como ella, aunque dudo que en este caso haya alguien como ella. Me bebo el resto del vaso de un trago y cuento hasta diez antes de seguir sus pasos. Sus ojos se me han quedado clavados, los tengo guardados en la retina, son de esos que no olvidas. Una mirada azul que es como un par de espadas que te penetran, que traspasan los pulmones y dan una estocada mortal. Tiene unos ojos que pueden enamorarte por sí solos, sin necesidad de que abra la boca, sin decir ni una palabra es capaz de transmitir mucho más que cualquiera con un largo discurso.

Sus tacones van haciendo ruido delante de mí y miro el ritmo con el que camina, el movimiento de su cadera, cómo ondea su pelo de manera victoriosa. Está tan segura de sí misma que yo me voy haciendo pequeño, que en cualquier momento podría desaparecer en el asfalto que va dejando con sus pasos. Puedo oler su perfume desde la distancia, y me doy cuenta que no he descubierto en ella todavía el fallo que me haga dejar de seguirla, que me haga recapacitar y volver al taburete de la barra. 

Se gira en la siguiente esquina y me mira con una sonrisa marcada en sus labios pintados de rojo. Casi puedo sentir que me tiemblan las piernas, que tengo un nudo en la garganta. Me pide fuego para un cigarro y le entrego el mechero, como si no quiere devolvérmelo, con tal de que me siga mirando así le daría la vida. Ella apenas habla, es más de actuar, de observar, de acariciar, y de besar, y yo me dejo hacer. Ni me doy cuenta de que acabamos en mi casa hasta que veo mi ropa en el suelo de la habitación y a ella sobre mí, a contraluz, dejándose llevar sin ningún tipo de pudor. Uno, dos, tres orgasmos cuento durante el resto de la noche, hasta que sale el sol.

Cerrar los ojos es la despedida, el último adiós, o quizá sólo el primero de muchos. Al despertar ella ya no está pero su perfume sigue allí, instalado en medio de mi habitación, en las sábanas, en mi cuerpo. Lo único que sé es que no voy a olvidar ese azul, que ahora la voy a buscar al cruzar cualquier calle, al doblar cualquier esquina, que volveré a beber whisky en aquel pub por si no era sólo una simple coincidencia.

Maldita sean sus pupilas, maldita ella, la mujer perfecta.