Categoría: Reflexión

Cae.

Cae al fondo, cae con lentitud porque ya nada importa, cae siguiendo ese principio del que ya habló Arquímedes hace miles de años. El reloj con la esfera rota sigue su curso hacia el fondo del pozo. Marca una hora que se quedará ahí, en la oscuridad, sin que nadie la vea. A la muerte le gusta actuar cuando nadie observa, cuando la gente duerme,
cuando nadie puede echarle en cara lo que hace, cuando nadie puede llorarle o suplicarle por sus seres queridos. 

 

Superhéroes.

Volamos, corremos, y creemos que podemos parar balas con el pecho. Y cuando nos quitamos el traje, cuando el antifaz cae al suelo y nos miramos al espejo vemos unos ojos opacos que ya no dicen nada. Tristes, desvalidos, cabizbajos por no conseguir lo que esperamos.

Seguimos siendo valientes aunque más débiles, seguimos queriendo luchar aunque con menos fuerzas, seguimos pensando que hay muchas cosas que cambiar aunque quieran adormilar nuestros cerebros.

Y es así como cada día y sin tener que salvar al mundo de quien quiere conquistarlo somos superhéroes. Por despertarnos, por seguir adelante, porque la adversidad no nos arrastra hacia el vacío, porque peleamos aunque nada vaya bien, porque en el fondo buscamos algo mejor.

Y sólo con eso ya hemos salvado la poca humanidad que nos quedaba.

Atlas.

Al parecer nació para eso, para encargarse de los demás y olvidarse de sí mismo. De su propia vida, de su propio sufrimiento, de disfrutar de cada una de esas cosas que le fascinaban como si fuera un niño pequeño. Era esa pieza clave, esa llave maestra, esa ficha de dominó que si cae tumba al resto.

Como un baúl guardaba los problemas del resto, intentando con sus palabras calmar el mal ajeno, intentando poner orden en las vidas de los demás, dejando que el caos fuera sólo suyo. Cargó con todo, en silencio, dejando que al final el mundo quedara sobre su espalda. Aguantando a duras penas, manteniéndose en pie por pura inercia. Resistiendo.

Y a él, por analogía, lo llamaron Atlas. Maldita condena.

Enterrado.

Enterrado, literalmente, en un hilo de pensamientos sin fin , en un bucle que no lleva a ninguna parte. O al menos a ninguna parte que valga la pena. Sobre el escritorio me veo obligado a vaciar los pensamientos para no acabar sucumbiendo a la locura. Ser un lunático que aúlla a la luna siempre es algo que me ha llamado la atención. Dejarme llevar por los hilos de plata de una luna llena hasta acabar con las ideas revueltas y tener náuseas, esa sensación de que el mundo gira a tu alrededor y tú te has quedado parado. Anclado, varado, con los pies clavados en un suelo de arenas movedizas que me tragan a la más mínima oportunidad.

Voy a coger aire, antes de morir enterrado.