Category: Reflexión

Enemigo público.

La noche era demasiado oscura y brumosa como para que estuviera seguro de que seguía solo, por eso corría, por eso su respiración le quemaba en el esófago y le resonaba en los oídos, como lo hacían las últimas palabras de ella antes de irse para siempre. Sentía el corazón bombeando la sangre a todas sus extremidades y el frío en las orejas. Sus músculos fatigados viniendo poco a poco a menos, el cansancio saludando en su cerebro, molestando, evitando que pueda concentrarse en esa huida que probablemente no salga bien.

Otra carrera a contrarreloj de la que no va a salir vivo. Otra huida que se va a quedar en vano intento.

Apenas tuvo tiempo tras una esquina para ver el muro que se elevaba ante él y le cortaba el paso. Golpeó con su puño derecho los ladrillos, con rabia, blasfemando en voz alta porque estaba perdido. De pronto sabía que no había nada que hacer y que no podría salir ileso de aquel combate.

La taquicardia de reconocer su propio rostro en el enemigo.

La bocanada de aire de después de abrir los ojos empapado en sudor, observando el techo blanco de la habitación. El miedo a verte convertido en el malo de esta historia, el temor a no poder vencerse nunca a uno mismo. Nos arrastramos, arrastramos nuestras vidas pasadas, nuestras relaciones, los vicios y tics de nuestros padres. Arrastramos mochilas llenas de piedras que nos parten la espalda y nos dejan tumbados en medio del camino.

Y entre tanta carga, tanta responsabilidad, tanta conciencia muerta, giras el rostro y ves un tímido rayo de sol queriendo colarse por la persiana, y te ves obligado a preguntarte si algún día todo va a cambiar. Y preguntas en voz baja porque nunca se sabe.

Encadenados a nuestros propios y desesperados pensamientos, inmóviles entre la corriente, viendo cómo poco a poco el siglo XX queda cada vez más lejos y nada ha cambiado tanto como decían.

Abres los ojos otro día y te ves incapaz de transformar tu vida e ideas, prefieres dejar las ventanas cerradas y seguir oliendo a humedad y miedo añejo. Prefieres mirarte al espejo y seguir lamentándote porque las cadenas pesan demasiado.

No sé tú pero yo voy a dejarme caer esta vez, con algo de suerte, por fin, se abrirán las alas.

Banda Sonora.

El paisaje iba quedándose atrás mientras el cuentakilómetros cambiaba de números. El sol caía aquella tarde poco a poco, como hace en las tardes de Septiembre. Es esa época del año en la que echamos de menos las tardes de verano en las que había cosas que hacer, en las que todavía había amigos dispuestos a compartir unas cervezas y risas. El cielo de un naranja marcado se iba apagando con lentitud, como la vida de más de un anciano aquel  día en la cama de un hospital desconocido. Me marchaba de una gran ciudad para buscar otra, abandonaba el pasado para olvidarlo todo, para borrar de mi memoria todo el lastre que arrastraba sin darme cuenta. Necesitaba empezar de cero, armarme una nueva vida allá donde sea que fuera a parar.

La radio estaba encendida, como siempre que conducía largas distancias, y sonaba Hurricane de Bob Dylan. Nunca sabes del todo cuál será la banda sonora de tu vida. No imaginas que quizá sea mucho más que tus canciones favoritas. A veces están llenas de los cláxones de los coches, de los frenazos en cada semáforo, de los gritos del hijo de puta del vecino cuando estás en plena siesta. Mi banda sonora fue durante un tiempo el tintineo de los hielos mientras te observaba nadar en la piscina, el eco de tus risas entre los edificios de París, el sonido de unos tacones de una mujer dispuesta a incendiar la noche y más de un corazón a su paso. Pero desde hacía un tiempo ya no era capaz de darle al play y escucharla. No quiero recordar y clavarme más cristales en el pecho, no quiero cerrar los ojos y escuchar cada uno de esos gemidos que ya han dejado de ser míos, nuestros.

Lo bueno de todo esto es que he empezado una película nueva, sólo espero que la música me guste tanto como la que sonaba contigo.

Texto escrito para Krakens y Sirenas (publicado el 14 de Septiembre de 2015).

Días sin suerte.

Los días se me quedan grandes, me sobran las mismas horas que me faltan para hacer nada y hacerlo todo. No hay manera de parar, de quedarme quieto, de bajarme de un tren que va demasiado rápido hacia un destino que todavía no conozco, y ¿por qué no admitirlo? Tengo miedo. Un miedo atroz a seguir avanzando, a mirar el reloj y ver que ya ha pasado un año y que ahora sí, estoy totalmente perdido, abandonado, y que sigo igual de herido. No hay manera de remediar el error, de poner parches, arreglar las velas y seguir navegando en estas aguas turbulentas.

Se nos ha ido todo a la mierda, las expectativas, los planes de futuro, el matrimonio, los hijos, el amor perfecto y eterno. La vida, de pronto, te ha dado un derechazo y te ha desencajado la mandíbula y se burla, la muy cabrona se burla desde la otra mitad de la calle, desde la esquina en la que se encuentra el bar que visitas cada viernes para intentar olvidar todas esas penas que te están arrastrando al pozo.

Tu nombre solo en el buzón, el café para uno, el lado izquierdo de la cama con las sábanas intactas, el cepillo de dientes único recibiéndote cada mañana. Qué puto es el azar que juega con nosotros, nos zarandea y nos coloca de pronto en un escenario que no controlamos en absoluto, en un traje que nos queda grande y que no tiene arreglo.

Nunca he sabido jugar al ajedrez (aunque he intentado aprender), por eso espero el siguiente movimiento de la partida sin saber muy bien qué hacer, sin tener demasiado claro si voy a ganar o a perder, sin acabar de entender si hay rey en este tablero del que formo parte. Tampoco sé jugar a las damas, ni se me dan bien los juegos de cartas, porque la suerte nunca está de mi parte.

Voy a dejar de esperar porque nunca me funciona, porque al final siempre acabo más roto, más destrozado, más animal y menos persona. Porque al final me encierro en una coraza de la que ya soy incapaz de salir y muerdo a los que andan cerca, y lo veo todo negro.

A pesar de todo, de los cambios, del vaivén de estos meses turbulentos, no he sido capaz de soltar una lágrima desde hace un tiempo y todas ellas me pesan en el centro del pecho, y duelen como si fueran disparos a quemarropa.

Necesito un susurro de los tuyos, que me tapes los ojos y me digas que puedo dormir tranquilo, aunque sea ahogado en un mar salado.

Nada más.

Fin de año.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Trescientos sesenta y cinco días de fracasos y supuestas alegrías que se van por el retrete y se quedan plasmados en fotografías que borraremos cuando no nos quepan más en la memoria del teléfono.

Muere un año más con sus doce meses y sus miles de millones de personas, los nuevos compañeros de trabajo, los viejos amigos que se van, los familiares que nos dejan para siempre, las horas extras, los bolsillos vacíos.

Se quema la última hoja del calendario y nos quemamos nosotros, con todos nuestros propósitos de año nuevo todavía por cumplir. Y nos toca renacer de nuestras cenizas, secarnos las lágrimas, ponernos la mano en el corazón porque sigue doliendo.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

El viento nos marca siempre los primero días de un mes de Enero que nos lleva a remolque, y la esperanza se nos vuelve a encender con la llegada de nuevas hojas de la agenda que llenar de citas con personas pasajeras.

Sonreímos un par de horas después de las campanadas y creemos por un momento que quizá está vez todo irá bien, que este será nuestro año y que el agua volverá al cauce del cual nunca debió salir.

Champagne del bueno o del malo, aún quedan turrones en las mesas y las nubes vuelven a nuestras cabezas. La niebla vuelve a instalarse entre nosotros dos, del mismo modo de siempre y nos volvemos a mirar sabiendo que hace años que dejamos de querernos, que intentarlo no es poder y que estos besos ya no dicen nada.

La mirada hacia el otro lado, el querer que te calles de una puta vez, que me dejes en paz, que ya no me conoces como crees, que tus abrazos ya no calientan igual en pleno invierno, que sales demasiado, que no me dices nada, que con quién hablas hasta las tantas, que con quién crees que vas a salir esta noche.

Basta.

Ya.

Acaba otro año, acabamos nosotros.

Para todos aquellos sin el valor suficiente para intentarlo. Quizá este año sí.

#YoTambiénSoyAlan

#YoTambiénSoyAlan y tú. Eres Alan porque siempre has tenido claro lo que eras y cómo te sentías, porque te has mirado al espejo cada día sin tener que preguntarte por qué vestías ropa de mujer cuando eras un hombre, porque no has tenido que fingir ante el resto de la gente que te gustaban los hombres, porque no has tenido que poner una mueca de incomodidad cada vez que alguien se refiere a ti en un género con el que no te identificas.

#YoTambiénSoyAlan y tú. Porque has tenido la libertad para querer sin que nadie te mire mal, porque no te han confinado al vestuario de discapacitados o a encerrarte en un baño distinto para que nadie vea cómo te cambias de ropa, porque todo el mundo ha dado por hecho que eres una mujer por vestir como una mujer, o que eres lesbiana por vestir como un hombre.

#YoTambiénSoyAlan y tú. Porque hay sonrisas que se llevan por dentro, cuando alguien te mira y se confunde contigo, cuando por fin puedes liberarte y la gente te llama por tu nombre de verdad, cuando no hay miedo al qué dirán o a si alguien te hará daño.

#YoTambiénSoyAlan y tú. Porque por fin tienes la libertad de ser, estar y parecer. Porque te das cuenta de que no haces daño por ser hombre o mujer. Porque eres mejor persona que esos que te han hecho añicos el corazón y te han reducido a cenizas. Porque nadie debería aplastar a nadie. Porque deberíamos cortar las cuerdas y sonreír más. Porque la vida son dos días y la estamos incendiando.

Porque Alan sólo era un hombre que había nacido en un envase incorrecto.

Porque Alan sólo quería ser feliz, y no le dejaron, le pusieron un muro contra el que chocó tantas veces que se inmoló.

Porque Alan sólo quería vivir y se fue, le obligaron a marcharse.

#YoTambiénSoyAlan y tú, tú eres más Alan de lo que te crees.

Cristal.

Seremos dos personas en mundos paralelos, separados por un cristal que impedirá cualquier cosa. Nos han castigado. Nos castigan a mirarnos sin que haya más opción. Y en el cristal una única premisa reza: Prohibido tocar. Si el cristal se toca, se rompe y caemos al vacío. Un vacío infinito que nos traga en espiral. Una espiral que duele más de lo que parece y se puede pensar, una espiral que va a cortarte en pedazos poco a poco y sin pensar en tu dolor, sin analgesia que calme el sufrimiento.

Lo peor es que con el cristal intacto duele igual. Y voy a acabar hecho pedazos de cualquier forma.

Texto rescatado de mi tumblr: Ordinarylives.tumblr.com

Gato negro.

Fumas, fumas por hacer algo antes de querer abrir la ventana y saltar. Bebes, bebes por perder minutos con la malnacida de la Parca, se los regalas, ¿para qué los quieres? Ríes, lloras, follas cuando puedes y como puedes, y aún así te sientes vacío. ¿Habrá algo algún día que consiga llenar todo ese espacio entre tus costillas sueltas? La respuesta es no, probablemente no. Inconformistas, de no tener nunca suficiente, de no estar de acuerdo con nada, de querer siempre más aunque no se pueda.

Ni llueve, ni hace frío, ni es uno de esos días en los que quieres pegarte un tiro después del segundo café pero da igual. Te sientes como un gato negro al que la gente esquiva tan sólo por superstición, por pura precaución. Te sientes como un puto edificio a medio construir que dejaron abandonado años atrás. Y se supone que tienes que ser tú quien ponga los ladrillos que faltan y completar la obra. Paso, lo dejo, me bajo de este tren al que no le puedo seguir el ritmo.

Seguiré aquí perdido, tratando de buscar una explicación a cada por qué, preguntándome si cada te quiero  escuchado ha sido real, siendo el absurdo llevado al extremo.

Sólo pido mantas y café caliente para cuando llegue el hielo y todo se acabe para siempre.

Llega el verano.

Llega el verano, las tardes en terrazas, las cervezas frías que resbalan por las manos entre amigos, las sonrisas y el sonido de las chicharras en medio de la noche. Llega el verano y se supone que tenemos que ser felices, que debe ser una buena época, que hay que llenar los días de planes, que cada minuto debe ser vivido con intensidad.

Llega el verano y yo miro hacia atrás, hacia esos días en los que hay que caminar protegido del frío con abrigo y bufanda. Días en los que estar a refugio significa quedarse en casa y mirar por la ventana. Llega el verano y yo echo de menos el invierno, las tardes de Diciembre y ducharme con agua tibia.

Llega el verano y pienso en todos estos meses, en esta angustia clavada en medio del pecho, en las lágrimas que han llenado vasos enteros. Llega el verano y yo quiero perderme de nuevo en el frío, volver a la cueva y taparme contigo.

Llega el verano, y qué quieres que te diga, yo sólo quiero que se vaya.

Auschwitz.

Y desde entonces nadie puede poner un pie en aquel lugar sin sentir escalofríos, sin sentir la enorme desesperanza de contemplar con sus propios ojos la clase de crueldad de la que es capaz el ser humano. Y caminas entre los barracones y sientes la dicotomía de valorar la belleza de aquel campo y el olor a muerte que todavía se respira. Y miras a cada paso el camino por el que otros cargaban sus castigos hasta desfallecer, y se te encoge el corazón, y se te corta la respiración.

A día de hoy sólo quiero pensar que no volveremos nunca a dar ese paso atrás, que no volveremos a hablar de superioridad entre razas. Pero, a veces, leo los periódicos y siento ese mismo escalofrío que me producen las imágenes de los campos de concentración.

Los días muertos.

Los días se suceden con una rapidez espantosa, segundo tras segundo, minuto tras minuto, hora tras hora. El mundo avanza entre pacientes que mienten, gente que te necesita y personas que mueren. Entre besos perdidos, peleas sin sentido y amores dolidos.

El tiempo se resbala entre los dedos sin que pueda darme cuenta, sin ser capaz de llegar a ver que el día de ayer ya no va a volver. Sin aceptar que los lunes se borran del calendario y que Marzo ya no va a repetirse jamás. Sin ver que el invierno frío ha pasado y que el verano siempre me trata mal.

Sentirse vivo es ir muriendo y perderse a uno mismo está a la orden del día. El mar me devuelve la calma, parece que con el rumor de sus olas se está riendo en mi cara mientras veo la luna, mientras la noche se apaga para que se encienda el sol.

Te das cuenta de que ya no hay refugios que puedan parar los misiles, ni chalecos que vayan a salvarte de tantas balas.

Te das cuenta que los días que vives, cuando acaban son días muertos.