Categoría: Novela

Algunas cosas acaban.

El pasillo huele a muerto, es normal pero con el verano ni siquiera las cámaras frigoríficas donde se guardan los cadáveres son capaces de contener todos los gases que la putrefacción va desarrollando con el paso de las horas. El estómago se le revuelve. A pesar de los años que lleva trabajando en aquello hay cosas a las que no se acostumbra y, en ocasiones, siente náuseas y el ácido vacilando en el límite entre el esófago y su boca. Un baile silencioso de líquido y bilis, un combate que nunca llega a producirse. Un secreto que guarda para sí mismo y que no confesará jamás, por mucho que le aprieten las tuercas.

Se ha tomado su tiempo leyendo las notas del levantamiento de su compañero de guardia, no ha tenido tiempo de pasarlas a limpio y redactar un informe en condiciones. Una vez más, el acta del letrado de la administración de Justicia (como ahora les gusta llamarse a los secretarios judiciales) no le sirve en absoluto para cubrir las necesidades como médico forense. La mayor parte de las veces tanto el juez como el secretario le sobran en el lugar del levantamiento de cadáver. Recuerda varias anécdotas poco acertadas y toma aire antes de observar las fotografías que le han enviado al correo electrónico los compañeros de la Policía Judicial. Se palpa la sien con la mano izquierda mientras observa los detalles que las fotografías le permiten, sabe que tiene una larga mañana por delante y lo único en lo que piensa es en la hora de llegar a casa. Su esposa volverá a quejarse cuando no vaya a comer con ella como es habitual cada viernes, otro ladrillo que cae en el muro de su inestable matrimonio.

Según estima su compañero de oficio, el cuerpo lleva varios días en el vertedero, no es capaz de datar la muerte con exactitud ya que debido al calor la putrefacción ha avanzado rápido y la fase enfisematosa está en pleno apogeo. El cadáver probablemente parecerá un globo aerostático cuando lo saquen del sudario para colocarlo sobre la mesa de autopsias. Él, por si acaso, y aunque muchos se burlen por ello, tiene una máscara que emplea siempre para ese tipo de cadáveres. Si hay algo que odia es que cosas estúpidas, como el olor náuseabundo de ese tipo de cuerpos, le desconcentren de su principal misión, aún a riesgo de parecer una especie de Walter White en bata y pijama de quirófano.

Alguno de los trabajadores descubrió una mano entre el resto de la mierda y dio el aviso a la policía. No es la primera vez que se ven en la tesitura de tener que rescatar un cuerpo inerte de entre la basura y el líquido pegajoso que surge de los deshechos. A veces se pregunta si “los malos” no han aprendido nada de las películas, y es que la mayor parte de las veces los cadáveres salen a la luz, tarde o temprano, aunque sea desprovistos de carne y convertidos en hueso. Se les olvida eso, y un principio fundamental de la criminalística, el de Edmond Locard. Todo contacto deja un rastro.

Tocan a la puerta del despacho y levanta la vista de la pantalla del ordenador. El agente de la Brigada de Homicidios de la Guardia Civil asoma la cabeza por un pequeño hueco.

Díaz, te estaba esperando para empezar la autopsia. ¿Ya sabéis algo? —El agente se acerca a estrechar la mano del médico forense y apoya ambas manos sobre la mesa negando.

No tenemos ni puta idea de nada. —se sincera.— La necro que sacamos en el levantamiento todavía está pendiente de resultado. Ya sabes, con los dedos como una pasa a los del laboratorio les toca trabajar.

El forense asiente, coge las notas y las fotografías que ha impreso y camina hasta la sala de autopsias.

Que alguien saque al varón desconocido de la cámara seis y lo lleve a rayos. —dice a uno de los auxiliares de la sala. —Voy a cambiarme. —deja los documentos sobre una de las mesas que hay junto a la mesa de autopsias y se mete en el vestuario para quitarse la ropa, guardarla en la taquilla y vestirse para la ocasión. Se lava las manos y la cara antes de vestirse con el pijama y colocarse la bata de quirófano, como si se tratara de una especie de ritual.

El muerto sobre la mesa del sencillo equipo de radiología con el que cuentan abulta demasiado. Se coloca la máscara antes que los guantes. Abre el sudario y sabe de sobra que el olor similar al de la comida podrida inunda la sala en la que se encuentran, en su interior salta una pequeña sonrisa, sabe que tiene la batalla ganada con la máscara protegiéndolo de aquel aroma asfixiante.

Fracturas. —Observa atentamente la pantalla y habla en voz alta. —Metacarpo y falanges de la mano izquierda. —El forense frunce el ceño, piensa que eso debe estar hecho a conciencia. —Metacarpo y falanges de la mano derecha. —Hace una pausa y observa el monitor.— El occipital, fractura-hundimiento craneal. —El resto del screening no muestra alteraciones salvo algunos callos óseos, de fracturas antiguas en las costillas.

¿Un poco de tortura? —pregunta Díaz.

Un poco de dolor. —asiente el forense.

Ya en la sala de autopsias con el fiambre (como le gusta llamar a Díaz a los cadáveres) sobre la mesa proceden a quitar las bolsas de papel de las manos y tomar muestras con hisopos, a sabiendas de que servirán de poco probablemente. El cuerpo ya tiene una coloración verde-violácea, con el árbol vascular bien marcado en todo su recorrido. La ficción nunca acaba de acercarse a esa parte de la realidad a la que se enfrentan cuando comienzan las altas temperaturas estivales.

Otro forense con aspecto más viejo y cansado toma las notas y hace las fotografías mientras él se dedica a diseccionar por planos y a hacer lo que puede con el cadáver en descomposición. La ropa está demasiado sucia, se observan varios desgarros en la tela con continuidad sobre la piel del cadáver.

Arma blanca. —dice el forense, elevando su voz para que se escuche a través de los filtros de su máscara. Una herida muestra los tejidos putrefactos queriendo salir por ella, la grasa amarillenta mezclada con sangre y restos del material del vertedero.

La camiseta que en algún momento tuvo que ser blanca acaba empaquetada para que el equipo de criminalística busque lo que tenga que buscar y encuentre algo si es que puede hacerlo. En los pantalones encuentran las llaves de una vivienda, y una cartera sin documentación ni tarjetas de crédito, sólo un billete de cinco euros y un calendario de un bar de carretera del año pasado.

Joder, qué triste.

Los ojos del muerto están fuera de las órbitas, la boca abierta y el rostro parecido al de un cerdo al que acaban de apalizar. Indistinguible. Restos de barba con algunas canas y un pendiente de aro en la oreja izquierda. Un tatuaje en el omoplato izquierdo que apenas puede observarse, trazo ancho y color grisáceo, probablemente de algún encierro en prisión hace más de veinte años.

Este pobre desgraciado le debía algo alguien. —sentencia Díaz.

El forense se encoge de hombros después de acabar la faena y desechar sus guantes llenos de sangre, restos de encéfalo pastoso y vísceras que apenas conservan sus estructuras normales.

Mandaremos muestras al Instituto Nacional de Toxicología para ver si hay drogas, alcohol y poco más. Ya sabes lo difícil que es encontrar algo en estas circunstancias. —Una vez han sacado el cuerpo de la sala y sin que la máscara haga de mediadora con el exterior habla. —Lo que está claro es que a parte del traumatismo cráneoencefálico tiene tres heridas por arma blanca en el abdomen. Dos directas al bazo y la otra que ha llegado a la aorta abdominal.

Por si la hostia en la cabeza no era suficiente. —dice el agente.

Tenían que asegurarse de que no despertara. —Que nunca se sabe.

Cuando vuelve a quedarse solo y se medio desnuda frente al espejo del baño se mira a los ojos, un halo gris rodea su mirada. Sigue sin entender por qué un ser humano querría matar a otro, sigue sin entender esa capacidad que tenemos las personas para hacer daño pudiendo evitarlo. Se frota con ganas las manos, la cara y el cuello, las ojeras le delatan a estas alturas de la vida. Ha visto demasiado dolor como para tomarse los días a broma, ha visto demasiados dramas como para que no le acaben pesando algunas heridas a él mismo. Se seca con papel y se tira un poco de alcohol sobre las manos. Se viste de nuevo, tres llamadas perdidas de su mujer parpadean en la pantalla del teléfono móvil. Lanza un suspiro al aire, resignado. Busca el paquete de tabaco para poder encender un cigarro en cuanto pise la calle y las altas temperaturas dobleguen su escasa vitalidad.

Algunas cosas acaban, a veces son vidas, otras matrimonios.

Labios rotos.

Corría el verano de 1925 y una gran embarcación que cubría la ruta Nueva York – Londres había zarpado hacía días desde la ciudad norteamericana con rumbo a las islas británicas. Entre los viajeros se encontraba una joven que no se había deshecho de las lágrimas en ningún momento, que miraba atrás como si no quisiera dejar su hogar, como si al otro lado del gran océano no fuera a encontrar una buena vida.

Y así era.

La hija menor de los Wright, era una chica de sonrisa nostálgica, ojos tristes y contagiosos. Tenía un aura de inocencia y misterio a partes iguales que había hecho caer a sus pies hasta al más pintado; pero ella, todavía era de esa clase de personas que cree en el amor verdadero, en esa persona que llega a tu vida para rescatarte, para hacerte olvidar esa escoria de persona que eres sólo con un beso. Dicen, los que saben de estos asuntos, que ese tipo de amor existe realmente. Ella se había marchado sin despedirse de nadie, sin dar explicaciones, huyendo por salvar a la persona que más le importaba desde hacía tiempo.

Lo había conocido por casualidad. Una noche, como tantas otras, en la que ella caminaba entre las mesas, él la había cogido del brazo y la había hecho sentarse sólo para interrogarla con discreción. Horas más tarde había descubierto su nombre, un nombre que sin saberlo aquel día la acompañaría para el resto de su vida como un lastre. Harvey Williams, un policía novato que se ganaba la vida fuera de la Comisaría y que tenía más enemigos que amigos en la ciudad. Y los dos habían caído en el desastre, en el desastre de un amor que no debía suceder. Fue meses más tarde cuando lo expulsaron del cuerpo y acabó siendo detective por cuenta propia. Algo que bajo el punto de vista de la chica había sido todo un error. Un error que, tenía claro, algún día acabaría con su vida. Quizá con la de los dos.

Daphne miraba el océano abrirse paso ante ellos y se sintió pequeña, demasiada agua en la que poder ahogarse. Al otro lado le esperaba una nueva vida, una vida que según Bobby Moore le haría justicia. Bobby era uno de los gángsters más conocidos de la ciudad y pretendía seguir con sus negocios sucios al otro lado del charco, se llevaba bajo la manga la experiencia de la ley seca y varios prostíbulos entre sus negocios. Desde la primera vez que la vio, aquel mafioso de pacotilla se empecinó en que sería suya, y quizá fueron sus cicatrices y esa voz ruda la que alguna vez la hizo dejarse convencer. Aunque quizá fue el dinero. Probablemente fue el dinero. Seguramente fue el dinero.

— Si quieres salvar a ese imbécil de Williams hazme caso, ven conmigo. Él podrá vivir sin ti. — Bobby le había dicho tantas palabras vacías que ella no lo creía, pero sabía que Harvey estaría a salvo mientras ella permaneciera alejada.

Y eso hizo, huyó para salvarlo a él sin saber que se condenaba ella misma.

Se sacrificó sin saber que Harvey Williams viviría para siempre con un agujero en el pecho por su culpa, porque algunos amores no se olvidan y uno nunca es capaz de recuperarse.

Tumbas.

El olor a tierra mojada le invade las fosas nasales mientras sigue con la mirada clavada en la piedra. Lleva un par de horas calándose bajo la lluvia por decisión propia y no tiene intención de mover un pie para alejarse de aquel lugar. La otra opción es encerrarse en casa entre suciedad, desorden y ganas de saltar por el balcón, y ahora mismo no le apetece demasiado acabar aplastado contra el suelo aunque no le parece mal plan para un domingo por la tarde.

El viento le mece un mechón de cabello, rebelde, que ya lleva demasiado largo para su gusto. Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y saca una cajetilla de tabaco, coloca un cigarro entre sus labios y pasa casi un minuto buscando un mechero en su pantalón. Juraría que estaba aquí. La lluvia le moja el cigarrillo después de tan solo dos caladas y se da por vencido, lo tira al suelo y no se esfuerza ni tan siquiera en pisarlo. Traga saliva al leer el nombre de la lápida que tiene frente a sus ojos y pasa sus dedos sobre el relieve de una cruz que hace tiempo que dejó de tener sentido para él. Siente los ojos vidriosos, con las lágrimas inundando el borde de sus párpados inferiores y se contiene, mira al cielo gris por un momento y después clava su mirada en la fotografía en color.

¿Por qué vivimos en un mundo en el que un niño puede morir? 

Deja un beso sobre el mármol gris, un beso frío que le eriza la piel. Pensar en el cuerpo descompuesto de su pequeña le provoca náuseas.

Toma aire y observa también el nombre de su mujer. Letras doradas en relieve, algo que ella hubiera odiado. Sonríe durante un segundo por ese pensamiento. Pasa de nuevo su mano sobre el mármol de la lápida y susurra algo para sí mismo. Decide marcharse de allí antes de imaginar las fracturas en sus huesos, la hemorragia en sus órganos internos, el dolor antes de perder la consciencia.

Mete las manos en los bolsillos, camina rápido, y el cielo y los recuerdos se desploman sobre él.

Los gatos y el agua.

Di un par de golpes al reloj de muñeca, mirando la esfera blanca en medio de la noche. No funciona, otra vez. Había debido gastarse la pila. El reloj marcaba las once y treinta y dos, no sabía si de la noche o de la mañana. Lo cierto es que no había mirado la hora en todo el día, y ahora las manecillas ya no se movían como lo hacían antes, con una cadencia determinada, se habían quedado estáticas. Sonreí en la oscuridad, estirándome sobre las sábanas que me protegían desde siempre de fantasmas invisibles en los que me negaba a creer. La ironía me parecía divertida y casi perfecta. El segundero estaba quieto, inmóvil y en cierto modo me recordaba a mí mismo. Parado y con la necesidad de un impulso que me hiciera caminar de nuevo hacia adelante. Con veintisiete años sólo había trabajado unos cinco meses desde que acabé la carrera, al menos en algo que tuviera que ver con mis estudios. Sobrevivía a base de tocar el piano en un local cerca de la Plaza del Real, un local de gente de clase media que quiere buena música mientras se toma sus gintonics de Hendrick’s. Patricia no se había quedado a dormir aquella noche, apenas se quedaba, no le gustaba ese piso enano que tenía en el Born. Un piso viejo y que necesitaba alguna que otra reparación pero en el que estaba instalado desde que llegué a Barcelona por primera vez, hacía ya nueve años.

Suspiré viendo al Coronel Rubio subido a mi cama, durmiendo a pierna suelta. Ese gato se coló en casa hace un par de meses y no se despegaba de mí. Un gato callejero que ahora era prácticamente mi mejor amigo, al menos quien más tiempo pasaba conmigo. Yo no elegí el nombre,  Patricia siempre había sido muy de jugar al Cluedo, y siempre quería que yo fuera el Coronel Rubio para elegirse a la Señorita Escarlata, como si fueran a tener un romance o algo así. Como si el juego fuera de eso, manda huevos. Le pasé la mano por el lomo y me miró arrugando su pequeña y rosada nariz. Nunca le gustaba cuando le molestaba, y menos en sus horas de sueño. En eso debía admitir que se parecía en algo a mí. Que me dejaran tranquilo era uno de mis pasatiempos favoritos.

Estiré el brazo para mirar la hora en el teléfono móvil, el reloj digital de la pantalla del iPhone me devolvía unos números blancos que indicaban que la madrugada estaba en pleno apogeo. Las tres y cinco. Al menos había dormido algo, últimamente tenía un sueño ligero y lleno de pesadillas, como si estuviera inquieto por algo que aún no sabía definir con exactitud. Me senté en el borde de la cama, dejando que mis pies acariciaran el suelo de madera un rato antes de acostumbrarse al frío, y me acabé levantando para asomarme a la ventana. Abrí una de las hojas de madera y di un par de manotazos al aire hasta dar con el paquete de tabaco de la mesilla de noche. Encendí un cigarro mientras dejaba que el aire fresco entrara en el piso, el gato me miró con mala cara. Había llovido, y ya se sabe lo que dicen de los gatos y el agua. No son buenos amigos. Como yo y el trabajo. No nos llevábamos bien.

 A pesar de las horas, en la ciudad condal siempre había movimiento, una urbe en constante ebullición, y observé a uno de los camiones de la basura recogiendo los desperdicios de todos los vecinos de la calle. Probablemente acabaría teniendo que pedir trabajo de basurero al Ayuntamiento, porque estudiar Historia no me había servido para mucho más que para morirme de hambre. Me pasé una mano por el pelo y di otra calada al cigarro, soltando el humo con lentitud, como si no tuviera prisa, como si me diera igual dormir una hora menos o una más. Que es verdad. Cogí el teléfono y miré si tenía algún whatsapp sin responder. Patricia se había conectado por última vez hacía media hora. Demasiado tarde para ella. Tiré de nuevo el teléfono sobre la cama y al segundo sentí el pelaje suave de mi acompañante felino en las piernas, llamando mi atención. Cogí al gato y le acaricié la cabeza, recordando que mi madre siempre dice que los gatos odian que se les acaricie a contrapelo.

–Deberíamos volver a dormir. –dije como pude, con el cigarro sujeto por la humedad de mis labios. –Mañana será un día largo. –Por no decir en voz alta que sería otro día largo, tedioso y aburrido.

Al menos sería jueves, y los jueves siempre tenía que sentarme frente a un piano y deleitar de alguna forma al público. Mi amigo de cuatro patas saltó de nuevo sobre el colchón y se acurrucó en la parte de la almohada que yo solía dejar libre. Apagué el cigarro contra la repisa de la ventana y cerré. Con los pulmones más sucios y la mente despejada ya podía irme a dormir tranquilo una noche más.

Niebla inerte, I.

Los edificios del puerto bostezan entre la niebla inerte. Los pasos de Alonso Cuervo golpean el pavimento húmedo de una mañana cualquiera de otoño. Todavía no ha amanecido y él ya siente arder los pulmones mientras en sus auriculares suena la voz grave e inconfundible de Ricardo Lezón en Rugen las flores. Esa canción se ha convertido en algo imprescindible para él, esa canción es ahora mismo casi un leitmotiv. Le acompaña en modo repetición cada día cuando sale a hacer cuarenta y cinco minutos de ejercicio por el cauce del río Turia.

Desde que la tragedia se agarró a sus músculos y sus neuronas como un perro de presa necesita estar activo. Trata de no pensar, trata de seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Tiene controlados sus días al milímetro. Saca las llaves para entrar en su edificio, se quita los auriculares cuando acaba la canción mientras sube en el ascensor y entra en su piso demasiado silencioso. Las luces de la calle se van apagando y él se mete en la ducha después de dejar la ropa sucia en el cesto correspondiente. El orden y la limpieza son importantes para él. Se enjabona y se aclara con agua dos veces. Después de mirarse al espejo mientras se seca decide no afeitarse, todavía tiene margen de unos días para tener que perder el tiempo con la espuma y la cuchilla.

La rutina de cada día le hace saber que tiene exactamente treinta minutos para llegar a su puesto de trabajo. Vive a una buena distancia como para ir en bicicleta, el complemento perfecto para pensar en los trayectos de ida y vuelta, excepto los días de lluvia. Ni Valencia ni los valencianos están preparados para los días de lluvia y todo se vuelve caos, y luces de farolas reflejadas en los charcos.

Alonso se prepara un café mientras escucha las noticias en la radio y se pone al día con los últimos acontecimientos. El mundo está igual de perdido que siempre, y los temas de moda son los mismos que hace veinte años: problemas en el gobierno, la deriva de la economía mundial y el cambio climático. Los seres humanos no hemos cambiado nada con el paso del tiempo. Somos copias de nuestros antepasados cometiendo los mismos errores una y otra vez. Un disco más que escuchado que está para tirar a la basura.

Su teléfono recibe un par de mensajes y antes de desbloquearlo observa su fondo de pantalla. Una foto de Eva y Diana, su mujer y su hija. Las dos sonrientes, las dos lejanas, las dos que ya no están.

La muerte ha formado parte de su vida desde bien pequeño. La muerte forma parte de su día a día y de alguna que otra noche, cuando le toca estar de guardia. La muerte acudió un cuatro de noviembre con su sonrisa lánguida y las arrancó de esta vida terrenal después de que un coche se saltara el semáforo que hay junto a la entrada del edificio Materno-Infantil del Hospital Clínico, ese cruce maldito de la Avenida Blasco Ibáñez.

Qué caprichoso el destino y qué difícil seguir respirando para los que se quedan solos y perdidos. Por eso, Alonso Cuervo deja el teléfono sobre la mesa, camina hasta la habitación en la que dormía Diana, se abraza a un oso de peluche, uno que conserva desde su infancia y al cual su hija adoraba, y rompe a llorar.

Golpe maestro.

Daphne bebe otro trago de café, puede que sólo quiera ganar tiempo, o pensar bien cómo decir las cosas. Seguramente sea lo último, intenta encajar las palabras como un buen rompecabezas para que todo parezca perfecto, para que Williams tenga que creer lo que ella diga a pies juntillas. Él deja el café con whisky, ahora mismo no le interesa beber, sólo sigue la curva de los labios de la mujer que tiene ante él. A Harvey lo que realmente le importa es conocer el por qué ella ha desaparecido durante tantos años, el por qué ella fingió su propia muerte a sabiendas de que lo destrozaría por completo.

 

Sin Daphne la vida dejó de tener sentido para él durante meses. Harvey Williams se transformó por completo, pasó de ser un joven de sonrisa ladeada a ser alguien oscuro, gris, que vivía trabajando en casos cada vez más arriesgados con tal de sentirse vivo. Todo son cosas que ella no tiene que saber y que él está seguro que no le contará nunca, ni siquiera en un futuro improbable en el que se vean cada día. Sus heridas saben a whisky, a jazz de los barrios bajos y a pólvora malgastada.

 

― Si querías librarte de mí no tenías que haberte esforzado tanto. ―Él hubiera entendido un simple adiós, una despedida normal y corriente, y no una muerte que le cambió la vida.

 

― Harvey, te equivocas, es algo mucho más complejo. ―Ella alza sus ojos y lo taladra durante unos segundos, él siente el hielo apoderarse de su pecho. Nunca está preparado para enfrentarse a Daphne, nunca lo estuvo y duda de poder estarlo en el futuro. ― Era mejor desaparecer. Era mejor que nadie volviera a preocuparse por mí. Y Londres, después de todo no está tan mal para una chica como yo.

 

Ese una chica como yo le chirría al detective en los oídos y le quema en el centro del pecho. No le gusta. Así que, finalmente Londres había sido su destino. La capital británica, la gran ciudad al otro lado del océano Atlántico con la que compartían un idioma que los ingleses les habían dejado prestado. Daphne pervirtió su vida por dinero, aquello que se prometió no hacer acabó siendo su rutina y ahora se había visto obligada a huir de ella, de una realidad que estaba a punto de arruinarla. Su ropa no cuenta su realidad, ni su peinado, ni ese carmín oscuro que realza el color natural de sus labios.

 

―Me fui para salvarte. ―dice ella finalmente, y él suelta el vaso sobre la mesa.

―Ahora sí. Cuéntame la verdad.

Frágil.

— ¿Sabes cuántas veces he ido a visitar esa lápida con tu nombre? — Esa lápida que ahora sabía que siempre había estado vacía, que nunca había escuchado las palabras que le había dedicado. Williams se retuerce internamente ahora que entiende que sólo perdió el tiempo, que dejó marchar lágrimas preciadas en vano.

— ¿Tanto me echabas de menos? —Se jacta ella con cierto aire despreocupado, como si le gustase que el pobre bandido hubiera caído en la trampa. Una trampa perfectamente tejida, una telaraña creada con tiempo y a espaldas del detective Williams. Él ya se siente viejo para seguir investigando todo aquello, para remover un suelo podrido y que huele a corrupción y billetes sucios. — ¿De verdad lloraste por mí? —Se atreve a preguntar finalmente. La curiosidad también le puede a ella, a la mujer de ojos gélidos que da un trago al café sin quemarse la lengua.

— Tuvieron que alejarme de aquella tumba el primera día. —Harvey aún lo recuerda, y son recuerdos que saben a whisky y rememoran el gris y la lluvia.  Con las rodillas en el suelo, leyendo su nombre y apellidos incrustados en el mármol, sin foto, con una fecha de nacimiento y una de defunción que le partían en dos un corazón que creía insensible. Pero no, aquel día descubrió que como el resto de mortales tenía sentimientos, que era capaz de sufrir por alguien. De entre todas las personas tenía que ser ella. Esa mujer que ahora tiene al lado y que parece haberse congelado con el paso de los años. Sus ojos son los mismos y puede decir que está igual de enamorado de ellos que el primer día. Eso no es bueno. 

Harvey enciende un Lucky Strike y aparta el café por ahora. Da una calada al cigarrillo y sonríe de lado, sin saber bien por qué lo hace. — Esto me recuerda a los viejos tiempos. —Se pasa una mano por el cabello oscuro, dejando que sus canas brillen gracias a la luz de la bombilla.

— Eran tiempos mejores. —Y ante esa afirmación Harvey sólo es capaz de asentir, corroborando las palabras de ella. Siempre lo son.

— Ahora déjate de juegos y dime qué pasó. —Williams ha vuelto, ha roto su embrujo. Su voz cruda está de nuevo en la garganta. Después si hace falta le quitará el vestido y probará de nuevo sus labios.

Incógnita.

Cierra las ventanas, dejarlas abiertas ha hecho que el interior de ese viejo piso esté casi helado. No es un gran sitio para vivir, pero es lo de menos. Está acostumbrado a no tener muchos lujos y a vivir con poca cosa. No es que el trabajo le haya dado grandes alegrías, más bien al contrario. Mala suerte, chico.

 Era mejor esperarte en la calle. — Dice ella frotándose las manos, siempre atrevida, siempre sin un pelo en la lengua. Y no hay estufa para calentarse allí dentro. Él tira de mantas a la hora de dormir, y el resto del tiempo trata de estar en otras partes. No es que ese cuchitril al que llama casa le entusiasme realmente.

Harvey la mira en silencio mientras prepara un par de cafés, no piensa entrar al trapo, por una vez en su vida puede quedarse callado y no hablar para cagarla. No puede creer que Daphne esté ahora frente a él, no tiene ni idea de si realmente está sentada frente a su cocina o si es una mera ilusión, un juego que su cabeza quiere compartir con él. No es divertido. Le tiende una taza y deja que el tarro con el azúcar se deslice por el banco de mármol.

— Sírvete. — Él, sin embargo, deja que unas cuantas gotas de whisky caigan sobre su taza y se sienta en una silla junto a la morena. Williams tiene tantas preguntas guardadas en la cabeza desde que la ha visto en medio de las sombras que no sabe por dónde empezar, quizá la primera que sale de sus labios no es la primera que debería pronunciar. — ¿Por qué? —Escruta la mirada de la mujer que tiene a su lado sabiendo que ésa no es la primera cuestión que espera recibir por su parte. Siempre le resultó difícil pillarla desprevenida, siempre fue una mujer que iba un paso por delante de los demás, que siempre se adelantaba a sus movimientos. Puede que esa fuera una de las cualidades que la hacían destacar entre el resto, ese aire de peligro que te atraía y te hacía mantener las distancias al mismo tiempo. Eso parece no haber cambiado mucho en todos esos años que hace que no la ve.

Daphne alza la vista para clavar sus ojos en los de él, hacía tiempo que sus miradas no se cruzaban tan de cerca. Pero ella es capaz de leer en Harvey lo mismo que leía cuando casi respiraban al compás.

— Era lo que tenía que hacer. —contesta escueta, y eso intriga e indigna por igual al hombre que bebe de su café. — Si me hubiera quedado, posiblemente estarías muerto. — Él la mira, frunce el ceño y se queda callado. Necesita saber más. — Fue la mejor opción. —La única quizá, pero Harvey no lo sabe y ella no está segura de lo que dice.

—¿Y ahora qué haces de nuevo aquí? —En una ciudad que ya no la recordaba, en un piso que ya no la echaba de menos. Cuando alguien desaparece de la noche a la mañana las personas aprenden a vivir sin esa persona, por su propio bien. La gente aprende a olvidar su nombre, el color de sus ojos y hasta el sonido de su voz.

El problema es que Harvey Williams nunca consiguió nada de eso.

Canción de vuelta.

El reflejo de unos ojos en la sombra que no veía desde hace años, la silueta más que conocida de una mujer que había dado por muerta mucho tiempo atrás. Harvey Williams se queda parado en medio de la calle, medio oculto tras la noche, sintiendo su respiración empañando el aire que lo rodeaba. — ¿Daphne? —El hombre frunce el ceño y camina hacia ella con las manos en los bolsillos. La escasa distancia le hace saber pronto que sí, que su instinto no falla, que su olfato de sabueso sigue intacto. Casi esboza una sonrisa entre su maltrecha barba pero se detiene a tiempo, después de tantos años no va a recibirla con los brazos abiertos.— Creía que te había enterrado. —Y esa herida aún le duele, por eso no es algo en lo que vaya a ceder. Se mantendrá estable, en pie y compuesto, al menos el mayor tiempo posible. Intentarlo también es de valientes, dicen por ahí.

— Ya ves que sigo viva. —La voz de ella casi le suena con desdén, pero sabe que no es más que su cabeza jugándole una mala pasada. Sigue igual que tiempo atrás y eso le desconcierta, sigue igual salvo ese nuevo color de pelo que ahora es más oscuro, y afila sus facciones. — Si tienes tiempo te contaré la historia. —Harvey mira su reloj, como si a aquellas horas de la noche le importara mucho el ritmo que llevara el segundero en su esfera blanca. Vuelve a meter las manos en los bolsillos y le hace un gesto con la cabeza. — Si me invitaras a un café estaría mejor. Me duelen estos zapatos. —Aquel comentario obliga a Harvey a mirar sus piernas, unas piernas infinitas que se acaban en un par de zapatos negros de tacón afilado. Piensa en responderle con un no rotundo, pero nunca ha sido tan descortés. No es su estilo, simplemente. El hombre carraspea, un claro signo de inseguridad que lo delata. Has fallado a la primera.

— Un café no es pasar la noche. —La avisa, toma esa precaución porque conoce a Daphne, la ahora castaña es ese tipo de mujer que siempre consigue lo que quiere con una simple mirada. Ese tipo de  mujer que con el primer pestañeo tiene a veinte hombres a sus pies. Y además, es ese tipo de mujer que lo sabe y que aprovecha la situación. — Vamos. —De momento prefiere callar, prefiere caminar junto a ella por las calles vacías y llegar a su casa sin apenas volver a separar los labios para decir algo. El silencio es un pilar importante en la vida de Williams y la mujer que ahora tiene a su lado lo sabe de sobra. Lo es desde que se conocieron hace diez años. Y llevan ocho sin saber nada el uno del otro.

¿Alguien puede fingir su propia muerte y desaparecer del mapa con tanta facilidad? Para Harvey es algo inconcebible, pero ha visto tantas cosas que ya no sabe distinguir la realidad de la ficción. Busca las llaves en su abrigo y abre el portal. — Creo que está todo igual que la última vez que te fuiste. —dice él cuando pasan a su casa y cuelga el abrigo y el sombrero en un perchero. Mismos muebles, mismas vistas, misma taza de café medio vacía.

— Antes olía a mi perfume. —replica la morena, y para qué mentir, lo ha desmontado con una frase. Daphne ha vuelto.

Nadie sabe qué se oculta en las sombras.

Mira el humo que sale de un cigarro a medio terminar y lo deja sobre el cenicero de esa pequeña mesa en la que está sentado. La música del local lo envuelve, sube hasta sus oídos y luego pasa de largo, ni siquiera el jazz esa noche puede ayudar a ordenar sus pensamientos, tampoco el movimiento de los labios de la cantante mientras lo mira fijamente. Está más allá, no es su día, un par de casos lo llevan de calle y no sabe ni cómo empezar. Quizá por eso bebe, quizá por eso fuma, quizá por eso había decidido envolverse en un frío abrigo y salir en pleno mes de febrero a patear unas calles que tan sólo le devolvían risas burlonas en la oscuridad. 

 

Los demonios ya se ríen de Harvey Williams, pobre tipo. La vida se le rompe a pedazos y él ni se inmuta. A sus cuarenta y cinco años ya no sabe lo que debe hacer para seguir respirando sobre la superficie, sin acabar de hundirse por completo. No es la edad, son las circunstancias. Vivir solo con un gato y una vieja trompeta metida en una funda no hablan demasiado bien de él, y tampoco que pase horas apoyado en el alféizar de la ventana intentando cuadrar las piezas de muchos puzzles que no le encajan. Su vida está rota, siempre lo ha estado, pero cada vez se fragmenta más, hasta un punto en el que ha dejado de saber quién es. Se mira al espejo y no se reconoce, esos ojos opacos, sin brillo, que ya no tienen ni una pizca de esperanza, esas arrugas en la frente que indican que ha llevado una mala vida. Una barba que debería afeitar pero no quiere.

 

Williams abre los ojos antes de dar otro trago a un whisky que posiblemente es todavía más viejo que él mismo. Deja el vaso vacío y coge el cigarro antes de levantarse y colocarse el abrigo y un sombrero que impide que se le hielen las ideas más de lo que es estrictamente necesario. Ha devuelto el saludo y una media sonrisa melancólica a la cantante, la conoce de tantas otras noches. Noches que ya no se han vuelto a repetir desde hace meses. Aún así guarda un gran recuerdo, como lo hace de toda esa gente que lo ha ido abandonando por el camino sin remordimientos. Nadie quiere a alguien amargado a su lado. La gente ya se ha acostumbrado a que sólo existan risas, brindis y felicitaciones; y cuando alguien es más gris que los demás lo apartan a patadas, como si fuera un perro callejero.

 

El alcohol no le hace mucho efecto pero aún así nota que sus reflejos no son los de siempre. La muerte le saluda desde una esquina, pero por un día pasa de largo. Otra vez. Son tantas las ocasiones en las que se ha topado con ella que es como un miembro más de esa familia invisible que tiene desperdigada por el mundo.

 

— Buenas noches, Williams. —La voz de una mujer le sorprende desde una esquina, no puede ver su rostro por culpa de la bombilla fundida que hay en la farola. A pesar de eso, sabe que la conoce. No puede ser. Pero es que, nadie sabe qué se oculta en las sombras.