Categoría: Novela

Costa blanca.

Costa de Alicante, Octubre de 1999.

No lo vi venir, ni los golpes secos, ni la tristeza, ni la soledad. No sé si estaba ciego o es que los acontecimientos tuvieron lugar demasiado deprisa. Ella se marchó y comenzaron los problemas, los de verdad, no esos de los anuncios de televisión que te obligan a comprar un detergente para poder mezclar la ropa blanca y la de color.

Me equivoqué, aunque no me guste admitirlo, y creo que nunca la había cagado tanto. Lo dejé todo al descubierto, sin pensar que otros podrían seguir el rastro y encontrarme. Hubo parte de traición en aquel último beso. Ahora soy consciente de ello. Me vendió como quien vende unas zapatillas viejas y se guarda el dinero en los bolsillos antes de que se den cuenta de que no valen las cinco mil pesetas que han pagado por ellas.

Dejé el aire pasar durante unos días, abriendo las ventanas, tratando de que el sol débil me diera algo de las fuerzas que me habían quitado los últimos meses. Había unos cuantos cientos de millones escondidos en una maleta esperando a que los recogiera. Y lo único que había conseguido al cerrar los ojos era tener pesadillas.

Una puta mierda.

Ni rastro del viaje a Cuba para regresar cuando todo se hubiera olvidado, ni rastro de la nueva moto, ni rastro del chalet con piscina a las afueras. La casa a medio construir cerca de la costa se había convertido en un refugio decente, no habían logrado acabar las obras por un problema con las licencias por parte del ayuntamiento y a mí me había venido muy bien que nadie hubiera llegado a un acuerdo sobre quién debía derruirla. Tendría que acercarme al pueblo a comprar algo de alimento antes de que acabara la semana, y tenía miedo. De ese que hace que los músculos se queden agarrotados y que tengas ojos en la nuca.

Y yo nunca había tenido miedo.

Supongo que había querido dar el salto a lo grande demasiado rápido, y jugarse los cuartos con gente peligrosa acaba pasando factura. No hay que morder la mano de quien te da de comer, ¿no?

Encendí un cigarro mientras el sol caía entre los árboles. Otra noche alejado del mundo cotidiano mientras escuchaba las noticias en la radio. Tendría tiempo para que aquella nueva vida me gustara, tiempo de acostumbrarme a los cambios, de saber entender el avanzar caprichoso del universo. Sobre todo, necesitaba paciencia para ocultarme y para salir cuando fuera el momento justo. Debía planificar la salida de la madriguera para recuperar el dinero y ser libre. Sólo quería irme tan lejos como me permitiera mi escaso conocimiento de lenguas extranjeras.

Por suerte, los periódicos no se habían hecho eco del botín, ni de lo sucedido, cuando trabajas sin dejar un rastro de sangre por el camino es mucho más sencillo. Te permite,  en cierta medida, difuminarte entre los callejones como el gato de Chesire. De todos modos, me daban más miedo los rusos que la guardia civil, acostumbrados al vodka, al frío en los estadios de fútbol y a que nadie los entienda.

Apagué la radio al escuchar el motor de un coche acercándose, desconecté el par de luces que había conseguido instalar en lo que hacía de comedor y recogí el revólver de la mesa de la cocina antes de observar tras una de las ventanas que quedaban más cerca del camino. Dos personas se acercaban, mirando a ambos lados y podía adivinar sus armas en las manos. Por suerte, había tenido la precaución de dejar la moto entre los árboles, un poco alejada de la cabaña para que nadie pudiera pensar que alguien había decidido ocupar aquella casa solitaria de manera precaria. Antes de que abrieran la puerta yo ya había huido por la ventana de la cocina y corría por el claro para llegar hasta la moto. No dejaba nada de importancia detrás, llevaba el tabaco, el revólver y las balas. Me coloqué el casco y comencé a darle gas a la Yamaha R1 mientras trataba de coger ventaja a mis perseguidores.

Ahora sólo tenía que buscar un nuevo escondite, una cueva en la que hibernar mientras pensaba en cómo recuperar el dinero y seguir con vida.

1707.

La calle Meléndez me recibía siempre como una vieja amiga, con los brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja. Y esta vez también con un frío propio de la meseta norte, de ese que agrieta los labios y un poco el corazón. Me gustaba entrar en aquella librería anticuaria y bucear entre libros que olían a historias conocidas y otras por descubrir. Volvía a la ciudad cada cierto tiempo, como una especie de ritual de peregrinación que me había autoimpuesto, una promesa que había hecho con la ciudad helmántica. Un pacto de silencio que sólo conocíamos ella y yo. Salamanca guarda más secretos que algunos sacerdotes.

El librero me recordaba, incluso sabía de dónde venía y sonrió bajo su espeso bigote.

— Creo que tengo algo que puede interesarte.

Sin titubeos, sin dar vueltas, directo al grano. Justo como a mí me gusta.

Me había aficionado a comprar libros antiguos relacionados con la medicina y sus distintas ramas, tan solo para llenar esa estantería de madera oscura que ocupaba la pared derecha de mi estudio.

Tras abrir, con llave, un cajón a sus espaldas dejó un paño sobre la mesa de madera y depositó sobre el mismo una antigua edición de “De subitaneis mortibus libri duo” del romano Giovanni Maria Lancisi. La edición parecía haber llegado directamente desde 1707 hasta la actualidad proveniente de las manos del mismo médico que estuvo bajo las órdenes de tres Papas.

Después de observar aquel milagro sin poder creerlo, alcé la vista hacia Antonio. Recordaba que me había dicho su nombre y me había entregado su tarjeta después de mi primera compra. No todos los días tienes a un potencial comprador que rebaja la media de edad de tus clientes en, al menos, treinta años.

Sin ser aquella edición ningún incunable, distaba mucho de ser algo parecido a la Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija impresa en la misma ciudad que pisaban mis pies pero en 1492, el ejemplar se mantenía prácticamente intacto. Cuando encontraba alguna joya de ese tipo siempre me preguntaba qué pacto había que hacer con el diablo para que permitiera que algo siguiera vivo a lo largo de los siglos.

— Esto no es ninguna imitación. —dije, tras quitarme los guantes que me había prestado, y dejar las pinzas junto a la edición. — ¿Por qué quieres que sea yo quien lo tenga?

— No soy yo quien quiere que lo tengas. —hizo una pausa lenta para observarme. —Eres tú quien quiere tenerlo. —se colocó las pequeñas gafas de patas doradas sobre el puente de la nariz y movió el bigote, como cuando un perro se quita las migas del hocico.

Salí de la librería con menos dinero en la cuenta bancaria y la idea de proteger aquel libro a toda costa. Caminé los escasos metros que me separaban de “El Bardo”, un local junto a la entrada de la Casa de las Conchas que te permitía ver la entrada de La Clerecía mientras fumabas en la puerta.

Una copa de vino y una tapa de revuelto hicieron el favor de acallarme las tripas y devolverme la calma.

[Continuará…]

Busco redención.

“Huyo de las fieras de la selva oscura
busco redención
y no la hallo.”

Canción: Flores del mal, La maravillosa orquesta del alcohol.

Echaba de menos a Susana pero no tanto como creía que lo haría y eso me hacía sentir terriblemente culpable. ¿Quién pierde a su mujer y se queda anestesiado después de un par de meses? La vuelta a casa supuso enfrentarme a los recuerdos, a la ausencia y al vacío. Quizá éramos ya uno de esos matrimonios que, aunque siempre habíamos intentado basar en el cariño y el respeto, ya no tenían la clase de amor que una relación puede permitirse perder. Esa especie de fuego en las entrañas al verla hacía mucho que se había apagado y también para ella, sólo un imbécil no se da cuenta de que su pareja tiene la cabeza en otra parte, incluso en otras personas. Ninguno de los dos había actuado bien, y lo sabíamos, pero nos perdonábamos a diario, en un tiempo en el que ser infiel de palabra y obra es tan sencillo como enviar un mensaje instantáneo a través de una red social, una aplicación de citas o por Whatsapp. Acomodados, acostumbrados a tenernos sin tenernos y a vivir de nuestra compañía, habíamos dejado atrás los sueños de jóvenes. Habíamos asumido una realidad sin querer cambiarla para no tener que afrontar los saltos de grietas y charcos, y sobre todo, supongo que sobre todo por eso, no queríamos tener que escuchar a nuestras familias lamentándose y preguntándonos qué había pasado para que una relación que había comenzado en la adolescencia, durante el último curso de instituto, se hubiera ido a pique de manera lenta y silenciosa pero sin retorno.

El verano comenzaba a marcharse, en fecha, aunque no por tiempo. Mientras volvía con el alta médica del centro de salud miraba a Julia durmiendo en el carro. Me preguntaba en ocasiones qué podría decirle a mi hija sobre su madre y si ella lograría entender eso de crecer sólo con mi compañía, si se sentiría rara y diferente a sus compañeros de clase por eso, si podría responderle con sinceridad cuando tomara conciencia de la realidad y me preguntara si echaba de menos a mamá.

Estaba todo tan mezclado, tan lleno de hilos que no sabía dónde empezaban y dónde acababan en mi interior, que apenas me había dado cuenta de que al día siguiente me incorporaría al trabajo y la rutina volvería a parecerse un poco a la de antes. Y el café humeante por la mañana en el despacho volvería a envolverme entre expedientes, y las sonrisas sinceras y falsas me abrazarían de nuevo, y las verdades y las mentiras.

― Hijo, ¿te has enterado? ―me preguntó mi madre nada más entrar por la puerta.

―¿De qué? ―pregunté mientras sacaba a Julia del carro y caminaba hacia la cocina donde la televisión, con un volumen demasiado alto, retransmitía las noticias.

―Han encontrado a otros dos chicos muertos. ―Y en Valencia, y con el que parecía era el mismo modus operandi. Escuché la noticia con más atención que la última vez, ahora seguro que me acabaría salpicando de un modo u otro.

Ya eran cuatro, si no es que se habían escapado otras víctimas. Supongo que en la Jefatura Superior de policía ya estaban temblando esperando la llamada desde Madrid y que el forense de guardia se estaría haciendo cruces en el coche mientras volvía a redactar los informes de levantamiento. El acta del letrado de la administración de Justicia serviría de bien poco al día siguiente para hacer las autopsias de las víctimas.

Sábado, 13:45 am.

― Has vuelto por todo lo alto. ―me dijo Carlos, uno de los compañeros en el vestuario, mientras nos deshacíamos del pijama azul desechable.

― Preferiría haber tenido un lunes normal. ―Con muchas autopsias pero sin homicidios de por medio que implicaran pensar demasiado y redactar largos informes. Y, dentro de unos años, acudir a un juicio con jurado si conseguían un culpable. Vázquez llevaba mucho tiempo trabajando para la administración de Justicia y sus ganas habían hecho lo mismo que su pelo, ir disminuyendo a pasos agigantados.

Nadie me había preguntado por Susana, ni por Julia, y mucho menos por mi estado de ánimo. Supongo que la gente, o los compañeros de trabajo concretamente, evitan los temas escabrosos. Bastante tiene cada uno en su casa como para ir sintiendo lástima por los demás, ¿no? Me metí al baño para lavarme las manos y la cara, y aislarme de Vázquez, que aunque intentaba mantener una conversación amena y distendida conmigo estaba consiguiendo sacarme de quicio.

Respiré hondo, me miré al espejo, y a mis retinas vinieron las imágenes de los dos chicos muertos y en mi cabeza se esbozaba la forma en la que el autor, o la autora, había acabado con sus vidas. Podía ver sus cuerpos desnudos, completamente inconscientes, colgando del techo de la vieja fábrica, destilando sangre por las heridas incisas de ambas muñecas. Podía imaginar la sonrisa helada dibujándose en la penumbra, mientras las luces de las farolas se colaban por las ventanas rotas del piso de abajo. Podía imaginar la mirada dirigiéndose al reloj, contando los segundos hasta que ambos dejaran de respirar, y su paciencia eterna para disfrutar de la agonía.

El sonido de unos nudillos golpeando la puerta consiguió sacarme de aquella ensoñación. Volví a mirarme, las ojeras, el gesto serio, quizá triste y negué un par de veces.

― Ya salgo. ―dije en voz alta.

Y volví a toparme con Vázquez al otro lado.

― ¿Te encuentras bien? ―preguntó sin saber si hacía bien.

― Mejor de lo que creía.

Sólo buscaba la redención, perdonarme a mí mismo, poder seguir adelante. Y por encima de todas las cosas dejar de pensar tan fuerte.

Negociar la paz.

 “Voy a negociar la paz, con mi alterego.
No puedo seguir así, tengo que cambiar tanto.
Tengo que pedir perdón, luego ya veremos.”

Canción: Gran Hermano, Carmen Boza.

El sol aquella mañana pegaba con fuerza, era uno de esos días de agosto en los que la luz del interior de la provincia se pega a la piel como si fuera resina y va haciendo que el tono de tu piel sea más tostado al mismo tiempo que la endurece. Lo había visto mucho, mi abuelo tenía la piel del rostro y los brazos curtida de trabajar en el campo desde niño, y yo que sólo iba al pueblo durante algunas vacaciones y el verano sabía mucho de eso. Había dejado la ciudad cuando los pediatras le dieron el alta a Julia. Pasar el verano en el pueblo, sin preocuparme por el teléfono, sin preocuparme por aparentar. En los pueblos pequeños la gente respeta el dolor, aunque hable mucho, y quieran saber a todas horas cómo estás. No hay maldad, ni segundas intenciones, o al menos eso quería pensar.

Me detuve un rato, dejando las herramientas sobre el asfalto y vi aparecer a mi madre con la pequeña en brazos por la puerta del garaje.

―La comida está en la mesa.

Aquello era motivo suficiente para dejar lo que estuviera haciendo, lavarme las manos en la pila de fuera y sentarme a la mesa sin más compañía que la de la mujer que me había traído al mundo y mi hija de dos meses. Exactamente el mismo tiempo que llevaba sin trabajar. Había decidido pasar el verano lejos de bisturíes, informes de autopsia, la consulta de lesionados y los días de guardia.

―Tendríamos que ir a comprar. El fin de semana viene tu hermana con Eduardo y los niños, y el de la verdura no ha pasado por aquí.

―Podemos ir con el coche de papá si consigo arreglar la puerta.

Mi padre hacía años que no se sentaba a la mesa con nosotros, nos había dejado mucho antes de que yo conociera a Susana. Su imagen proyectando sangre contra la gravedad era difícil de olvidar. Unas varices esofágicas rotas por culpa de un alcoholismo feroz desde que había comenzado a trabajar tenían la culpa.

Me serví un poco de ensalada mientras veíamos las noticias. Un doble homicidio en Valencia habría el telediario y me quedé con el tenedor cargado sin ser capaz de llevármelo a la boca. Mi madre subió el volumen de la televisión mientras me miraba en silencio. Al parecer habían aparecido los cadáveres de una pareja de jóvenes muertos en un piso en la calle Puerto Rico. Aquello significaba trabajo para mis compañeros y además era extraño, según la información que daba el reportero a pie de juzgados ambos tenían menos de treinta años y habían sido encontrados en circunstancias similares. Después de mucho tiempo mi cabeza parecía querer arrancar el motor y comenzar a funcionar, pero me negué.

―Cambia. ―Me metí el tenedor en la boca y seguí comiendo como si no hubiera visto nada.

Después de terminar cogí a Julia en brazos y me la llevé a la habitación, me dedicaba la mayor parte del tiempo a intentar dormirla y a intentar dormirme. Apenas conseguía conciliar el sueño a pesar del tratamiento, ni los antidepresivos ni los ansiolíticos habían logrado su cometido conmigo pero cada vez que acudía a una visita con el psicólogo le mentía diciendo que todo iba lento pero a mejor. No sé a quién pretendía engañar con aquellas palabras, ninguno de los dos nos lo creíamos realmente, pero era mi manera de hacer las cosas.

Dejé a la pequeña en la cuna y me tumbé sobre la colcha, en el pueblo refrescaba por las noches y siempre acababa tapado y sin quitarme los calcetines, algo que se agradecía.

Aquel día dormí siesta mientras la noticia de los dos cadáveres se hacía eco en mi cabeza.

Un suspiro acompasado.

“Respira y noto su respiración,
habla y sueño con su voz,
Y con ella.”

Canción: Un suspiro acompasado, Robe Iniesta.

La lluvia siempre acompañaba en días como aquel, salí del coche hasta meterme por la puerta de Urgencias del hospital. Alcé la vista y me acerqué hasta información para preguntar.

―Buenas noches, ¿los paritorios? Mi mujer está dentro.

Y no me había dado tiempo a llevarla al hospital, aquello no me lo iba a perdonar en la vida. Yo que, durante el embarazo, había intentado estar pendiente de ella en todo momento, acompañarla a cada cita con el ginecólogo, ir a cada clase de preparación (porque para aquello debíamos prepararnos los dos), encargarme de todos los contratiempos, y ahora en el momento importante me quedaba atrás dejándola sola ante el peligro. Estaba de guardia y me había quedado a finiquitar un par de informes que ya llevaban unas semanas fermentando, a la espera de darles el visto bueno definitivo para enviarlos al juzgado. El bebé se había adelantado, no esperábamos que quisiera saludarnos tan pronto, faltaban aún cuatro semanas para las cuarenta. Para ser sincero, aquello también me preocupaba, aunque todo me preocupaba últimamente.

Después de seguir las indicaciones de la enfermera y de identificarme logré acceder a los paritorios y pude ponerme una de esas batas verdes desechables sobre la ropa y acercarme a Susana para coger su mano y disculparme con ella y con su madre. Los hospitales nunca me habían gustado, quizá por eso después de estudiar medicina decidí dedicarme a otras cosas. No tenía muy claro si había hecho bien en cambiar los quirófanos y la oportunidad de salvar vidas por la mesa de autopsias y descifrar los entresijos de la muerte, pero como decía mi abuelo: la vida está para equivocarse, y equivocarse bien; lo decía tan tranquilo desde la cama de la habitación que lo vio morir que supongo que tenía razón. Al borde de la muerte sólo pueden decirse verdades en voz alta porque ya no tienes nada que perder.

Algunos momentos marcan la vida sin que lo esperes, de pronto sucede algo que pone una cruz en el calendario. Suele coincidir con la vida y con la muerte, y mi historia giraba en torno a ambos acontecimientos, como la de la mayoría de seres humanos que conozco.

Un nacimiento y un entierro.

Susana murió y vino al mundo un bebé de treinta y seis semanas que necesitaba estar en la unidad de neonatos durante un tiempo, supongo que en una manera del Universo de compensar su ausencia, el vacío permanente que iba a dejar en mis días. Entré solo al hospital y salí más solo todavía. Desde aquel día, odiaría siempre los sábados y el mes de junio, y muchas otras cosas. Algunas veces no sabemos muy bien explicar cómo nos sentimos y simplemente nos cubrimos de un velo de indiferencia que nos llena el rostro de inexpresión, de frases cortas y muy usadas que sólo sirven para salir del paso sin que permitamos a los demás ahondar demasiado en nuestro estado de ánimo.

Me vi convertido de un día para otro en alguien de quien era obligado sentir lástima, convertido en el centro de las conversaciones en el trabajo, entre la familia y los amigos. Incineramos el cuerpo de Susana y casi no recuerdo lo que hicimos con sus cenizas. Entre las benzodiacepinas y el shock apenas podía procesar la avalancha de información que recibían mis sentidos, me sentía totalmente incapaz de nada, y acabé haciendo lo que hacía siempre que las cosas iban mal.

Aislarme, de todo y de todos.

 

[Continuará.]

De un día para otro.

[Continuación de Algún hueso entero.]

Los pies atados y un pañuelo en la boca.

El pobre muerto lleva tanta sangre en el rostro que apenas se pueden distinguir bien sus facciones, como Christian Bale al desencajar su boca en American Psycho pero todavía peor. Daniel sabe que no tiene por qué estar allí pero hace cualquier cosa con tal de no volver a casa todavía. No quiere afrontar el momento de decirle a su mujer que se va para no volver, y mucho menos quiere hacerlo delante de su hija. Se siente cobarde, pero en lugar de huir de ese sufrimiento lo asume como parte de sí mismo. Asume su responsabilidad, su culpa; en lugar de echarlo todo sobre los hombros de Elisa, sabe que el hecho de haber llegado así al momento actual es en parte culpa suya, por haber cerrado siempre la boca y haber agachado la cabeza, por no haber plantado cara, por no haber intentado hacer las cosas de una manera distinta, lo que habría desembocado irremediablemente en un final diferente.

Egea piensa que en el tema de las relaciones sentimentales todo el mundo intenta echar la culpa al otro en primer lugar, algunos nunca se dan cuenta de que ellos también juegan su papel. Él también tiene la tendencia de culpar a su esposa por todo, y sabe que en parte el que no ha querido estar nunca a su lado ha sido él. El forense se obligó a vivir una vida que distaba mucho de la que él imaginaba cuando acababa de empezar la facultad de Medicina. Se encasilló en un matrimonio perfecto, repleto de espejos y medias verdades. Se pregunta ahora si únicamente se enamoraron el uno del otro por las apariencias, por la imagen de éxito y seguridad que proyectaban cuando caminaban juntos. Si no cometieron el mayor error de su vida al ponerse un anillo ante familia y amigos.

La mente de Daniel vuelve al Instituto de Medicina Legal. Ya han visto en la radioscopia del muerto que tiene el cráneo en más trozos que un puzzle de mil piezas. Se encargaron de darle un golpe tras otro en la cabeza hasta acabar con él.

—Le han dado una buena paliza. —En ausencia de Díaz, es Navas el policía judicial que los acompaña en la autopsia. Sin duda se les está acumulando el trabajo con tanto muerto en extrañas circunstancias de un día para otro. ¿Qué cojones está pasando? se pregunta Egea mientras ve cómo Monica está anotando las ropas y objetos que lleva el fallecido.

—¿Está identificado?— pregunta el forense, alejándose unos pasos de la mesa de autopsias. No sabe mucho del cadáver ni de las circunstancias de la muerte porque no ha preguntado hasta entrar a la sala. En ocasiones hace eso de pasarse por allí en sus días libres, sobre todo cuando no se soporta a sí mismo ni a su conciencia.

El de la judicial niega un par de veces y abre su maletín para tomar las huellas dactilares del cadáver después de que le hayan limpiado las manos.

—No tenemos ni idea de quién es este tío.—dice Navas, con su marcado acento. —Pero vamos en la línea de que está relacionado con el tuyo, Egea. —dice cogiendo el tintero para marcar los dedos del fallecido.

Era lo más probable, aunque a Egea no le gusta realizar hipótesis que están fuera de su ámbito, ni de su campo de especialidad. Él tiene claro que hace el trabajo que le toca y que no interfiere en el de los demás protagonistas de la historia si no es más que imprescindible su opinión. Algunos compañeros se lo echan siempre en cara.

—Te mojas poco, Daniel.

Y a él le daba igual, la vida real no era como el CSI, ni como Mentes Criminales, ni como ninguna de esas series gracias a las cuales todo el mundo piensa que sabe algo de criminología, medicina forense, balística, antropología… Esos mismos que creen que el ADN es infalible y que puede meter a cualquiera en la cárcel. Esos mismos que no saben cómo funciona una investigación, ni una instrucción judicial.

Monica después de proceder a fotografiar la ropa y hacer el examen externo del cadáver comienza a limpiarlo, al quitar la sangre los ojos de Egea quedan fijos en las heridas inciso-contusas del cuero cabelludo. Le han dejado el cerebro como un Petit Suisse casi seguro.

Después de hacer la toma de muestras para toxicología y de describir, fotografiar y tomar muestras de todas las lesiones Egea desaparece de la sala, aprovecha para redactar un par de informes que tiene a medias.

Al acabar la autopsia espera a Monica con un café en un bar cercano. Daniel mira a un hombre que está fumando un cigarro en la terraza y lo ha mirado un par de veces, se le pasa por la cabeza que se trate de un periodista que quiera escuchar algo de lo que ha pasado abajo. El forense tiene por norma no hablar de cosas importantes si no está totalmente seguro de que nadie puede escuchar, así que desviará la conversación sobre otros temas.

Monica se sienta frente a él y sonríe. No es romántica, eso ya se ha encargado ella de decirlo a todo el mundo siempre que hay ocasión, y sin embargo, cómo se comporta con él le parece lo más romántico que ha tenido nunca. Probablemente porque es alguien a quien no le importan las apariencias ni lo superficial. Acosta se abraza a la realidad igual que se abrazaba la otra noche a sus costillas.

—Mejor que no hablemos de la autopsia.—Hace un gesto en señal al tipo de la terraza y Acosta entiende, sin más le da un trago a su café.

—¿Cuándo vas a volver a casa?—Él sabe que no se refiere a la propia, sino que ahonda en esa herida abierta, en ese conflicto matrimonial que ya no tiene solución.

—No lo sé. No tengo ganas de empezar a recogerlo todo, de dar explicaciones. Contarlo a mi familia, a los amigos, salir de esa rutina que aunque nos ha matado es a lo que estoy acostumbrado. —Se pasa una mano por el cabello soltando un suspiro. —Elisa es capaz de todo para que su vida no cambie. —Calla un momento y piensa que él también lo ha sido durante mucho tiempo. Acomodado, sin ser capaz de expresar en voz alta cómo se sentía en su matrimonio. —Pensaba que era un fracasado. —Se sincera.—Y quizá ahora empiezo a vivir de verdad.—Le regala una sonrisa triste, una de esas a las que Acosta ya está acostumbrada después de tantos años. Una sonrisa que va a a juego con esos ojos que lo esconden todo.

—Si no quieres estar solo en tu piso puedes venir al mío.—Lo mejor de aquello es que en su tono no hay nada más allá de la sinceridad y es agradable. Ella es tan transparente que Egea sólo puede asentir en silencio mientras da un sorbo a su taza y se le pone un nudo en el estómago.

La vida te cambia de un día para otro, a veces sin que te des cuenta, a veces porque te das cuenta.

Muriéndose de ganas.

[Fragmento entre Esa paz sobre la que muchos hablan y Algún hueso entero.]

Daniel Egea no tiene muy claro si va borracho, aunque juraría que sí. Si pudiera pincharse la vena y sacarse algo de sangre para llenar un tubo, los resultados le confirmarían sus sospechas. Y está conduciendo. Él que ha visto tantas muertes provocadas por mezclar la conducción con más alcohol en sangre del que está permitido. Él que ha tenido que ver a gente demasiado joven en la fría mesa de autopsias por no saber pedir un taxi o ahorrarse los dos últimos cubatas. Toma aire mientras el vehículo avanza casi en solitario por las calles de la ciudad y suena Losing my religion de REM en la radio. El destino se ríe en ocasiones de nosotros en nuestras narices y a él la letra de la canción del grupo de Athens le parece casi una broma en este momento de su vida.

La visita de Díaz de pronto le parece algo raro, total no han sacado nada en claro. Nada que no supieran ya gracias a la autopsia. Pero tampoco le apetece pensar en eso ahora, otro homicidio que supone un largo informe que redactar y la espera de los resultados de toxicología e histopatología para completar el estudio de vitalidad. Se lleva la mano derecha a la frente, siente un peso en la cabeza que no se disipa con el paso de los minutos.

No sabe si es buena idea encontrarse con Mónica en las circunstancias en las que se encuentra, incluso ella puede pensar que él sólo busca un poco de cariño, carne que mate el hambre y humedades en la entrepierna que le quiten años de encima, pero Egea sabe que no es así. Habría hecho hace tiempo la locura de dejar a su mujer y ver dónde los arrimaban los vientos a ellos dos, si podían ser felices, si se entendían igual de bien de lo que eran capaces de entender a los muertos.

El hombre siente los ojos rojos y el alma cansada justo cuando va a aparcar enfrente del edificio en el que vive Mónica. Un momento de miedo se apodera de él, mira el volante del vehículo y traga saliva. Subir es un error. Elisa estará dormida ya, con el ceño fruncido de cuando se duerme enfadada con él. No quiere tener que verla más, no quiere tener que meterse a dormir en la misma cama, ni tocar su cuerpo de gimnasio y dieta fitness. Hace tiempo que le genera un rechazo que no es capaz de explicar, y luchar a diario contra eso es algo agotador hasta para el más pintado. Daniel no aguanta más y hoy explota. Es el día. El día D, el jodido desembarco de Normandía en su cabeza en forma de ideas, palabras, sentimientos.

El fin y el inicio de algo siempre van de la mano. El puto alfa y el omega de los cojones.

Se rasca la nuca un par de veces antes de decidir de una vez bajar del coche y tocar el timbre, esperar que le abra y ver qué pasa. Ni siquiera sabe cómo la tiene que saludar, ahora se le enturbia la mirada, le inundan las dudas, como si fueran un tsunami que puede llevárselo lejos.

Mónica.

Se abre la puerta y parece que el tiempo se va a la mierda, y todo lo que ha pasado esa noche se difumina en sus retinas por culpa de la imagen de la mujer.

Pensaba que eras de las personas normales, de las que suelen dormir a estas horas. —sonríe, no puede evitarlo y besa su mejilla derecha en lugar de abalanzarse sobre sus labios que es, en realidad, lo único que le apetece hacer en aquel momento. El alcohol le atonta un poco, le deja una sonrisa algo bobalicona en el rostro.

Egea observa el piso, ese aire moderno que rodea a Acosta lo impregna todo. Ella siempre ha sido un alma algo más libre que él, más clásico, más anclado en lo de siempre. Trabajo, familia, poca vida social más allá de los cuatro matrimonios con los que se relacionan un par de veces a la semana, gimnasio, lecturas. Lo único que le distrae del mundo es esa pasión suya por el piano. Hace días que no desliza sus dedos por las teclas blancas y negras y se deja mecer entre los compases de algo de Listz o Chopin.

Sabes de sobra que me cuesta dormir. —Ella se encoge de hombros. Su cabeza es ahora mismo un torbellino y no entiende por qué le va el pulso algo más rápido de lo habitual. Los dos saben que va a pasar algo pero no cómo.

Daniel se sienta, observa el té sobre la mesa, la mira a ella un segundo y sonríe para sí mismo. Se da un poco de esperanza, el punto es que huele a recién duchada y eso le gusta, le acaba de despertar los sentidos.

Díaz me ha hecho salir de casa para volver a ver el cadáver de esta mañana. —comenta, en realidad Acosta ya tiene bastante con sus muertos como para estar pendiente de los suyos pero, a veces, comentan algunos casos. Le gusta coincidir con ella en la sala de autopsias. Tiene buen criterio, es meticulosa y siempre se mantiene cauta a la hora de lanzar las hipótesis.

Egea sabe de sobra que no es perfecta pero a veces se le olvida, va a ser verdad que el corazón le late de otra forma cuando la tiene tan cerca.

¿Quieres tomar algo? —le pregunta ella.

Un café. De alcohol voy servido, nos hemos tomado un par de copas después de salir del Instituto. —lo confiesa, sabe que Mónica se habrá dado cuenta nada más responderle al teléfono.

Díaz es insistente. —dice ella, Egea frunce un poco el ceño y la observa mientras prepara el café sobre la barra de la cocina. Se pregunta si habrá pasado algo entre ellos en algún momento. Acosta llama la atención a todo el que entra por allí, eso no hay quien lo dude, aunque ella siempre le resta importancia.

Estás de guardia el fin de semana, ¿no? —pregunta Daniel, intentando fijarse en los detalles que llenan la casa. Parece uno de esos pisos de revista de decoración actual, sin estar recargado, como cuando vas a IKEA y todo está perfectamente colocado fuera de su sitio.

Sí, sábado y domingo. Y, además, adivina quién está también. —Su tono no deja dudas.

González. —Suelta una risa sin poder evitarlo.

González es el forense que ha hecho la autopsia del homicidio con él. Le quedan cinco años para jubilarse y ya no tiene ganas ni de mirarse al espejo, al menos en lo que al trabajo se refiere. Los informes se apilan en su mesa y su forma de trabajar está lejos de lo que se dice actualizada. Sin embargo, nadie le ha llamado la atención todavía. Bajito, pelo canoso, barba y mil historias de cuando las cosas eran diferentes y el forense era el dios allá donde iba.

Ya no nos respeta nadie, Egea. —le decía muchos días. —Nadie. Se limpian el culo con nuestros informes. —Y suspiraba, siempre suspiraba. No era difícil encontrárselo caminando por el pasillo rumbo a su despacho con paso lento y pocas ganas de vivir.

Mónica vuelve con un café y se sienta junto a él. La música suena de fondo, sin molestar, y ella sonríe.

Es la primera vez que vienes por aquí.

Espero que no sea la última. —coge la taza y da un sorbo. —La verdad es que lo tienes bien montado.

Piensa en lo diferente que es su hogar. Dúplex a las afueras, una decoración algo más clásica. De eso se encargó Elisa, como de casi todo. Le pasó igual con la boda, con el coche, con el nombre de la niña. Lo mismo cuando dejaron de ir al pueblo de su padre y no le dejó seguir en el equipo de fútbol con los compañeros de facultad. Un puto calzonazos, algo amargado. Al final, ha llevado la vida que ella quería, no la que él deseaba tener y ahora le pesa. A los cuarenta y cinco años ya no le gusta sentir que no vive como siempre ha querido hacerlo.

No tiene por qué ser la última. —Ella lo mira, con esa mirada que le cala como lo hacen las lluvias torrenciales de principios de otoño cuando no lleva paraguas.

Egea aparta la taza, la deja sobre la mesa y la besa. Claro que lo hace, porque lleva tiempo muriéndose de ganas. Y ella le desliza sus manos por la nuca y enreda su lengua contra la de él.

Después de todo tampoco tienen mucho más que hablar.