Categoría: Krakens y Sirenas

Las palabras mágicas.

Joder, ya está bien de tantos lamentos, de tanta hipocresía, de tanto callar por el bien de los demás. Estoy aburrido de esperar mientras se me hace de noche y cambian la hora, y llega el otoño y yo no sé dónde voy a quedarme hasta que vuelva a salir el sol.

Nos necesitamos como las flores necesitan agua, como un calendario necesita el paso de los días, como un músico necesita escuchar la perfecta armonía.

Algunas veces me invitas a entrar en tu vida, en tus brazos, en tus piernas y tu boca; otras me dejas esperando en tu portal.

Algunas veces quieres verme amanecer, respiras conmigo, te meces con el viento que se cuela por el resquicio de la ventana; otras ni tan sólo puedes mirarme a los ojos.

El mundo es tan caótico que nos hemos vuelto espirales de sentimientos y contradicciones sin fin. No sabemos elegir bien, ni decidir, ni responder sin ofender, ni comprender, ni empatizar, ni beber sin acabar dando de bruces contra el suelo.

Somos exceso.

Somos pelo y carne y uñas.

Se llena la ciudad de lluvias torrenciales, libros digitales y alas de cera.

En las afueras sólo hay sangre y vertidos industriales.

Está todo volviéndose tan feo, difícil y raro que sólo quiero mirarte para poder salvarme.

A mí sólo dime las palabras mágicas esta vez, que no hace falta que te busque porque ya nos tenemos, que no hace falta que tiemble por las noches porque duermes conmigo, que me digas ahora me quedo.

Pronuncia las palabras mágicas, aunque sólo sea una vez, abre la puerta, dime te quiero.

 

 

 

Texto escrito para el blog de Krakens y Sirenas.

Historia breve de nuestros fracasos.

He ido recolectando en una botella de vidrio todos los errores cometidos, todos los fracasos que alcancé y ahora los tengo guardados, a modo de colección en la estantería que hay encima del televisor del salón para que cualquiera que entre a casa pueda verlos. Lo cierto es que ningún invitado hasta la fecha se ha acercado lo suficiente como para preguntarme qué hay dentro pero no sigue ningún orden ni concierto. Acumulo todo aquello que sólo con verlo me trae recuerdos, sean del tipo que sean. Hasta algunos que preferiría olvidar pero creo que merece la pena recordar, por la profundidad de las heridas que dejaron, por todo lo que supuso el naufragio que provocaron.

Un ticket de parking, una piedra pequeñita, una llave vieja y ya oxidada, la última página de un libro que no quise leer para que la historia no acabara, una servilleta con tu pintalabios marcado, un pendiente que perdiste y encontramos a los meses, una chapa de un botellín de cerveza que tomamos en Madrid, el set-list de un concierto de Vetusta Morla, la pulsera de aquel festival para olvidar, los billetes de avión a ninguna parte, el envoltorio de la mejor chocolatina que he probado en la vida, un chupete mordido, la entrada de Up, la tarjeta de visita de aquel psicólogo loco, una polaroid borrosa em la que salimos metidos en las fiestas de tu pueblo.

Ahora miro atrás y veo un fracaso tras otro, un traspiés, un tropiezo, una caída.

Y no sé cómo lo he hecho para levantarme siempre, para conseguir mirar al frente y mantener el paso, aunque no todo el tiempo sea firme, como la zancada del soldado en un desfile.

Supongo que la vida va de eso, de recomponerse siempre, pase lo que pase, porque nosotros seguimos mientras otros ya se han ido, y otros seguirán cuando nosotros nos vayamos.

Y parece que al final todos redactamos de un modo u otro, con letra, fotografías o canciones, la historia breve de nuestros fracasos.

Para no olvidar, pero sobre todo para no volver.

Texto escrito para Krakens y sirenas.

El chico que nadie conoce.

Todos imaginamos la vida de los demás de una forma muy distinta a la nuestra y las calificamos de acuerdo a nuestro sistema de valores y creencias.

Está la familia con dos niños de la mesa de la izquierda, que parecen felices. Miras su ropa y adivinas que deben tener un buen trabajo y pocas preocupaciones, con unos sueldos que les permiten que sus hijos vayan a un colegio privado, a inglés, alemán y tenis de lunes a viernes. Imaginas que tienen un apartamento o un buen chalet en la costa alicantina donde pasar el mes de agosto, mezclándose con extranjeros con la cartera llena de suculentos billetes y los calcetines casi hasta las rodillas. Después de observarles durante unos minutos percibes que la madre está pendiente del par de niños rubios que pelean entre ellos y que el padre, copa de vino en mano, mira a la calle sin inmutarse.

Vuelve a tu mesa, das un trago al contenido de tu vaso, pierdes un par de minutos con el teléfono móvil, hasta que levantas de nuevo la vista.

Un par de parejas se miran con cara de enamorados, se rozan las manos, comparten risas contagiosas, mientras otros discuten airadamente hasta que ella se levanta y él no sigue sus pasos; otros, un poco más allá, remueven un café con hielo sin mirarse a la cara mientras fuman y dejan que la ceniza caiga en el suelo. Ella tiene cara de cansada, él parece de piedra. Crees que a él no le interesa lo que a ella le pueda suceder y que tampoco le importa.

Otro grupo, en la mesa que se encuentra en tu derecha inmediata, habla sobre la última despedida de soltero a la que acudieron. Alcohol, drogas, la morena que acabó con el novio y el secreto incómodo del día de la boda, secreto a voces.

Quizá esa es su historia, quizá todo es un mero invento. Tu cerebro jugando mientras coge palabras sueltas y frases de cada conversación, tejiendo cuentos chinos que nada tienen que ver con la realidad. Tu lógica uniendo puntos después de interpretar a tu manera caras, gestos, voces.

Luego estás tú, sentado solo, cara de haber dormido poco en las últimas semanas, o en los últimos meses. Un pequeño cuaderno de tapas negras lisas, un bolígrafo azul. Levantas de vez en cuando la mirada. Pensarán que eres un friki o quizá quieren pensar que eres un escritor de éxito pero no les suena tu cara. Demasiado joven, demasiado normal. Un cigarro reposa en el cenicero mientras el humo asciende y la cerveza burbujea con suavidad. Se preguntan por qué nadie te acompaña, por qué nadie comparte mesa contigo. Unos vaqueros, una camiseta negra sin logos ni marcas, unas zapatillas bastante usadas, una mochila vieja entre tus pies. No das demasiadas pistas sobre quién eres o a qué te dedicas.

Está de vacaciones en la ciudad.

Ha roto con la novia.

Sus amigos lo han dejado tirado.

Es un bohemio.

Me da pena ahí solo sentado.

Ya está, otro moderno de esos.

Seguro que viene todos los días.

Y la gente se pregunta por ti, igual que tú te preguntas por ellos e inventan tu vida como tú inventas sus vidas, y te hacen desgraciado, o feliz, o lleno de problemas, como tú los haces desgraciados, o felices, o llenos de problemas.

Pero tú sólo eres el chico que nadie conoce.

 

 

 

[Texto publicado el 8 de agosto de 2018 en Krakens y Sirenas.]

Los borrachos siempre dicen la verdad.

Los borrachos siempre dicen la verdad, todos lo sabemos, que el alcohol nos da ese punto de desinhibición que a veces necesitamos para que se nos suelte la lengua y comencemos a decir todo lo que pensamos sin temor, como si nos dieran absolutamente igual las consecuencias de lo que hacemos, porque realmente es así.

Necesitamos que la química juegue con nuestro cerebro para ser capaces de hacer y decir lo que no podemos de ningún otro modo. Tan cobardes, tan miedosos, tan hartos de que nunca sea el momento adecuado ni la persona indicada.

Supongo que es por todo eso cuando te has regado con un par de cervezas me dices más veces que me quieres de lo que es habitual, y me besas con ganas, y te olvidas de toda la mierda que nos rodea el resto del tiempo.

Y en parte es bonito y también una basura.

Qué sé yo.

Supongo que es por eso que con el alcohol de por medio dices todo lo que piensas sin miedo, y no sé si es el único momento en el que eres sincera de verdad, en el que dejas que las palabras salgan de tu boca sin controlarlas al milímetro.

A mí es que no me hace falta beberme dos cervezas para decir lo que siento, ni lo que pienso sin reparo, sin tener que avergonzarme por ello, sin tener remordimientos que me asfixien la conciencia cuando me voy a dormir.

Lo tengo todo tan claro que a veces me doy hasta pena, porque debería estar dudando de todo y no es así. Lo tengo tan claro que incluso tiemblo porque sé que no va a ser este mi tiempo de victoria, porque no voy a llegar a cruzar ningún océano y conquistar tierras, porque no voy a poner el pie en la luna contigo.

Lo tengo tan claro que es triste.

Pero estoy tan tranquilo, porque por una vez no he mentido. Porque me he quitado la ropa y la piel estando contigo, porque esta vez quería que no hubiera manchas de por medio, porque he huido de fingir y jugar sucio, porque sé de sobra que la desconfianza es lo que acaba matándolo todo.

Estoy tan tranquilo que hasta sonrío a pesar de todo, porque puedo decir un te quiero mirando a los ojos, porque puedo mirarme las manos y ver los rasguños de ir buscando en tu pecho, porque puedo escuchar los latidos y saber que no hay más; que estás tú.

Estoy tan tranquilo que cuando no te tenga buscaré un lugar donde refugiarme, donde llorar encogido, donde no se funda la nieve, donde esperar hasta que todo esto deje de doler.

Sin ir borracho estoy diciendo la verdad.

Texto escrito para De krakens y sirenas.

No me despeinas bien.

Es invierno, es cosa del viento y de no vernos.

Me despierto sin tu respiración de nuevo y por eso tengo la sensación insoportable de no tener descanso, de estar siempre despierto aún con los ojos cerrados. No hay paz en mis pulmones ni en mis huesos. No hay relevo a las ideas, ni a los sueños rotos. Y no hay error sin solución, aunque a veces se me olvide.

Detesto toda esa poesía moderna que sigue cayendo en el amor anticuado, en los tópicos románticos con las palabras de siempre.

Detesto tener que llamarte para poder escuchar tu voz unos minutos sólo porque no te tengo.

Detesto que haya quien se dice enamorado cuando no ha lamido tus cicatrices borrosas ni las heridas recién abiertas que aún saben a hierro.

Detesto no ver restos de tu pintalabios rojo en mis tazas blancas.

Detesto andar por la vida sin rumbo, seguir tan perdido o más que al principio de encontrarte.

Se ha convertido en algo complicado eso de llenar el mundo de sonrisas, de enterrar preocupaciones, de alejar problemas a soplidos. Se ha convertido en algo muy difícil acariciarnos el alma, decir un te quiero, bailar bajo la lluvia. Y la gente se empeña en plantar su piedra de los diez mandamientos y recitar a viva voz qué es y qué no es amor. Como si realmente alguien supiera algo de la vida más que lo propio, como si tuviéramos algo que enseñar a los demás. Como si no tuviéramos bastante con sobrevivir en nuestro día a día. Como si seguir corriendo entre tanta mierda no fuera ya un premio, y todos nosotros ganadores.

Joder, y me da la risa, con la filosofía barata, con la palabra fácil.

¿Qué van a saber de amor ellos? Si nunca han mirado al frente  y te han visto desnuda entre mis sábanas revueltas para decirte entre risas:

—No me despeinas bien.

Lo importante es decirlo justo antes de besarte como si el mundo se cayera tras las ventanas, antes de follarnos como si todo fuera a salir bien y sólo existiéramos tú y yo.

Texto escrito para Krakens y Sirenas.

Recuerdos del sur.

Arturo espera paciente mirando el camino que tiene frente a su casa. Una casa de piedra en medio del pirineo aragonés en la que vive solo desde hace prácticamente cinco años. No recuerda ya ni cómo ni por qué aceptó aquel trabajo, pero lo hizo. Renunció a lo conocido por lanzarse a la aventura, por intentar que su corazón dejara de doler de la forma en que lo hacía. Ella al sur, él al norte. Todavía a la espera de que la distancia hiciera lo que suele hacer con el amor, romperlo, desgastarlo, convertirlo en polvo y recuerdos en blanco y negro. Da una calada profunda al cigarro que le toca fumar ese día, hasta el pueblo más cercano está demasiado lejos como para fumar más de la cuenta. El cartero aparece con ese coche viejo que hace que se le escuche a varios kilómetros de distancia, entre el silencio de los valles. Los bosques allí parecen silbar melodías que él no entiende, y que sabe con certeza no logrará entender durante el tiempo que siga residiendo en aquel lugar. Duda de que pudiera entenderlos aunque pasara el resto de sus días descansando entre aquellos montes.

― Buenos días, don Arturo. ―Le saluda el hombre, que saca una carta sellada por la ventanilla, se la entrega siempre sin bajar del coche.

―Buenos días, Manuel. ¿Qué tal va? ―Arturo camina hasta el automóvil y coge la carta, todavía con el cigarro apoyado en el labio.

―Como siempre, ya sabe, en el pueblo no hay mucha novedad en estas fechas.

―Que viene el frío.

―¿Eso le parece una novedad?―El cartero se ríe con ganas, mostrando un hueco entre sus dientes, y enciende de nuevo el motor.―Bájese un día por allí, le invitaré a una buena tortilla y vino.

―Intentaré bajar pronto. Se lo prometo, Manuel.―El hombre hace un ademán con la mano y recorre el camino inverso hasta la puerta de la casa. Apaga el cigarro y observa el sobre amarillento por un momento, mientras escucha el coche del señor Manuel alejarse por los caminos, siguiendo el recorrido de casas desperdigadas que esperan su correspondencia.

Comprueba siempre el nombre y la dirección del destinatario, el remitente y el tipo de sello. Es un hombre metódico pero sin llegar a la obsesión, por suerte para él. Sonríe más con los ojos que con la boca al reconocer el trazo estilizado de la tipografía. Desde que estudió tiene la idea de que las mujeres escriben mucho mejor que los hombres, y que por norma general se esfuerzan mucho más en sus tareas. Ella nunca falta a su cita. Una vez al mes recibe una carta, una carta desde muy lejos. Casi siente la calidez del sol entre las manos y se le enciende el pecho al coger el papel rugoso entre sus dedos e imaginar las manos de ella acariciándolo antes de meterlo en el sobre.

Nunca se imaginó lejos de ella, sin poder verse reflejado en sus ojos, sin poder besarla a todas horas, sin poder correr tras de ella por el patio de la casa para abrazarse a su cintura antes de esconderse en cualquier esquina para que nadie los viera. Nunca imaginó que podría seguir respirando a cientos de kilómetros de distancia del amor de su vida. Pero las apariencias, las exigencias del guión, habían hecho que ella tuviera que casarse con otro y que él tuviera que huir al norte.

Se levanta para echar algo de leña al fuego y servirse un café en una taza de latón para amenizarse la lectura. Sonríe al leerla, al imaginar la vida que lleva, al imaginar a ese niño que está aprendiendo a andar que lleva su nombre y probablemente su sangre. Sonríe al ver que todo le va tan bien como siempre quiso que le fuera. Se desprende de un par de lágrimas al ver la foto que acompaña a la carta y poder verla de nuevo. Ni siquiera siente celos del hombre que lleva su anillo, ya no. Arturo comprendió desde su refugio de montaña que los celos sólo sirven para consumirse a uno mismo, y que de nada valen. Aceptó la derrota que le proporcionó la vida con la dignidad de un hombre que ama de verdad a una mujer. Aceptó que no poder tenerla no significaba no poder quererla.

El hombre vuelve a doblar la carta, deja la fotografía en la repisa de la chimenea para poder verla cada día y busca sus utensilios para devolverle la carta.

Querida Natalia…”

Mientras le queden fuerzas tiene claro que escribirá para ella, mientras le queden fuerzas tiene claro que la amará cada día.


Escrito para Krakens y Sirenas.

Ya no llueve como antes.

Ya no llueve como antes, y lo sé porque no estás tú.

Los días de tormenta dejabas todo lo que estuviera entre tus manos y mirabas por la ventana. Veía en tus ojos el reflejo de las gotas dejándose llevar por la gravedad hasta su terrible destino. Sonreías a pesar de los relámpagos y los truenos. Y la vida durante el tiempo que durara aquel fenómeno de la naturaleza se detenía para nosotros y era perfecto. Te miraba desde el otro lado del comedor con una sonrisa que era incapaz de borrar cuando veía la ilusión y la emoción mezclarse con inocencia en tu rostro.

Es con esos pequeños detalles cuando te das cuenta de que realmente harías lo que fuera por alguien. Y, supongo, que el amor debe reducirse a eso. De ser capaz de cualquier cosa por otra persona, de que no haga falta gritar a los cuatro vientos que quieres a alguien porque se te nota en la forma de hablar, de reír, y de respirar a su lado.

Es con esas pequeñas cosas con las que te a un vuelco el corazón a pesar de los años, y sientes la tranquilidad de tener a alguien con quien compartir la vida.

Un abrazo por la espalda, un beso en el cuello, el silencio en casa, la lluvia de fondo y nuestra respiración.

Y las nubes rompiéndose en pedazos, las calles inundadas y tus bragas por el suelo.

No sé cómo pero siempre acabábamos entrelazando nuestros cuerpos, dejándonos mecer por el vaivén del exterior y contra la intensidad de afuera nos tocábamos más lento. Mi saliva mojando tu pecho, tus manos frías recorriendo mi espalda, y la fricción imparable de dos caderas que se buscan con tiento. Cogiendo aire al mismo compás, los jadeos que enfadaban a los vecinos, el ruido seco de una madera golpeando la pared.

La casa olía después a sexo fácil, a tierra mojada y a felicidad.

Y las risas quedaban atrapadas durante días en nuestras cuatro paredes.

Ni siquiera sé ya cómo huele todo eso.

Se me ha olvidado todo lo bueno desde que no estás en mi día a día, desde que tengo que afrontar las nubes grises y la niebla densa en solitario. Desde mi cueva.

Se me está olvidando vivir.

Ya no llueve como antes, y lo sé porque no estás tú.

Texto escrito para Krakens y Sirenas.