Qué verano tan raro.

Qué verano tan raro nos espera, lleno de abrazos y sonrisas. Lleno de historias por completar, fotografías con filtros y tranquilidad.

Yo no sabía que alcanzaría el punto de no retorno, el de no echar de menos la soledad, el de buscar un abrazo sin prisa al llegar a casa, el de tener un colchón por si caigo de nuevo al suelo. Había pensado que la paz interna era una meta inalcanzable, había imaginado de manera casi permanente que era para otros pero nunca para mí.

Y de pronto te miré con cristales nuevos.

Y vi con claridad.

Después de mucha oscuridad y miedo, después de que los demonios hubieran hecho el agosto conmigo y mis entrañas, he llegado al páramo claro donde puedo sentarme a observar el paisaje sin tener en cuenta el reloj, sin pensar en el paso del tiempo, sin que importe que me crezcan las canas y me mengüen los huesos.

Ahora consigo llenar por completo los pulmones de aire, sin que nada me pese, sin que nada sobre ni falte.

Ahora me preocupa poco el mañana porque tengo presente, y no me atemoriza lo que sea que tenga que venir, ni cómo venga, porque tengo fuerzas a pesar de que ya no llevo ningún tipo de armadura y se ha caído mi máscara de Pantaleone.

Ahora sólo voy cargado con la libreta y mil bolígrafos, y la música sonando siempre dentro del pecho, y sus pasos a mi lado.

Qué verano tan raro, con más besos y menos trabas.

Qué verano tan raro, sin dolor ni lamentos.

A mí que soy hijo del invierno y el frío, empieza a gustarme el calor que has hecho crecer y que empieza a deshacerme por dentro.

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