La Atlántida.

No sabría decir por qué de pronto todo ha cambiado de color y el gris de los días se ha ido difuminando, comenzando a anunciar la primavera fuera y dentro de casa. Debe ser cosa del mes de marzo, que a veces trae cosas buenas.

Parece que las nubes se van despejando poco a poco, y llega nueva música para ponernos el alma del revés.

Parece que, ahora, podemos estirarnos y sacar las patas fuera de las jaulas, y olisquear el aire en busca de emociones nuevas que nos permitan salir corriendo, con todo, sin necesidad de ponernos armadura porque no vamos a hacernos daño.

Es tan raro, soltar lastre y que no sean necesarias las protecciones, ni las armas, ni el temor ante cada nuevo paso, ante cada revés del día a día. Y es tan importante volver a casa y sentirse seguro, saberse a refugio, poder desnudarse delante de los ojos del otro y no avergonzarse de nada, ni siquiera del pasado que ha dejado merma en todos nosotros.

Era todo tan complicado y se ha convertido en algo sencillo.

Besarle frente al espejo, observarle en silencio mientras va a por una cerveza a la nevera, que me coja de la mano cuando menos lo espero, que acaricie mis cicatrices como si fueran tesoros perdidos, mirar en sus ojos y reconocer, al fondo, el latido más ancestral del mundo.

La Atlántida era esto, encontrarla a ella.

Una isla perfecta en un mar de gente.

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