Devuélveme los zapatos.

Devuélveme los zapatos, fue lo único que me olvidé la última vez que puse un pie en tu casa. Me dan igual los libros perdidos, los besos que cayeron al suelo, incluso la dignidad sucia dejada en una esquina.

Mentiría si no admito que resuena tu risa algunos días en mi cabeza, y estoy tranquilo, porque ahora puedo seguir dando un trago a mi café y mirar por la ventana, sin sentir esa necesidad incontrolable de echarme a llorar, ni de salir corriendo hacia cualquier parte donde no brille el sol.

He conseguido construirme un refugio prácticamente indestructible, de carne y hueso, que lo primero que hace al despertar es ponerse las gafas y el reloj, y lavarse los dientes mientras escucha la radio y se observa en el espejo.

La verdad es que ya no siento miedo por casi nada, y eso también me asusta.

Sólo siento algo de temor si el viento sopla demasiado fuerte y me despierta por la noche, o si mi madre no responde al teléfono después de dos llamadas. Sólo siento algo de miedo si pienso que un día mis abuelos ya no van a estar y no los habré abrazado ni conocido lo suficiente.

Lo demás casi me da igual, casi, porque sigo preocupándome por todo. El trabajo pendiente, la miseria humana, la escasa conciencia social de según quién, el progreso del egoísmo y de la individualidad, y las señales de radio de Próxima Centauri detectadas recientemente.

No sé si el Universo nos manda señales para echar el freno, para que sigamos acelerando, o quizá sólo para que apague el teléfono y pueda dormir pronto al menos una noche.

O puede que no sea nada de eso, y sencillamente todo sea pura casualidad, del mismo modo que lo son las borrascas con nombre propio o los terremotos.

De cualquier forma seguimos con vacíos existenciales que sólo se llenan en parte con la música, el cine, la literatura o con una contemplación activa de la morfología de las nubes.

Pero continuamos caminando por este asfalto que empieza a quemar y a oler a muerte y rabia, y odio; permaneciendo en la lucha, siendo asilo y descanso.

Ahora que lo pienso ya no necesito esos zapatos, aprendí después de todo a andar descalzo.

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