El páramo lejano.

El hielo del páramo lejano de tus ojos arañándome por dentro, y la luna resplandeciendo tan blanca en lo alto observándolo todo.

Tengo congeladas las ideas y las entrañas, pero en el fondo sólo quiero deshacerme contigo, que nos quedemos sin ropa, que nos demos calor con las manos y la boca.

Te imagino diosa y terrenal, completa e incompleta, y llena de misterios, pequeños puzzles a resolver para seguir avanzando en la historia y poder llegar hasta el final.

Cuando sacas los pies del lodo para comenzar el camino nunca sabes si podrás terminarlo, si habrá señales que te confundan y hagan que te equivoques de rumbo. Y yo, aunque con buena orientación tengo la tendencia, o la extraña manía, de errar en los objetivos.

Apunto mal y disparo todavía peor.

Y además tengo la mala suerte de tropezar con la misma piedra más veces que la mayoría de la gente.

Pero sin piedra no hay errores.

Por las noches veo claro el llano que va a permitirme llegar hasta a ti, envuelta en luz, repleta de señales de precaución, de pistas que indican que estás tan destrozada como yo. Me pregunto qué haré cuando te encuentre y me tiemblen las manos de emoción, y sólo pueda pensar en besarte en lugar de en darte los buenos días.

Y tengo miedo, y algo de pereza en los huesos, para lanzarme de lleno en tu mar.

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