El cielo de noviembre.

La noche está llena de terrores que hay que apagar con el calor de la piel, todavía más cuando comienza a hacer frío tras las ventanas y da pereza moverse desde el salón hasta cualquier otra estancia de la casa.

El cielo de noviembre se despide sin apenas nubes, con el azul claro e intenso de los días despejados en los que bajan las temperaturas y se tiene que pasar realmente mal durmiendo al raso.

Tenemos suerte, o al menos eso creo, porque me cosquillean las entrañas si te pienso, y noto una pequeña llama manteniéndose en el interior, que sobrevive a pesar de que a veces sople el viento de la duda con intensidad.

Yo ya no pretendo controlar el futuro, ni tan solo preocuparme por él, apenas sé qué pasará mañana como para intentar vaticinar qué será de este cuerpo repleto de inseguridades en los tiempos próximos. Sólo controlo de quiénes me rodeo, a quién y a qué dedico mi tiempo.

Sin quebraderos de cabeza.

Permitiéndome disfrutar de ti, de mí, de nosotros y de los demás.

Es que es tan complicado encontrarse, mirarse por dentro, asomarse al abismo interno y no caer en picado.

Es tan difícil aprender a curarse y a quererse.

Es tan importante poder tomar aire con calma, llenar los pulmones de risas e historias.

No sabía que podría volver a saltar por los tejados sin mirar al suelo, pero lo he conseguido.

Ahora sé que da igual lo alta que sea la caída, porque puedo volver a empezar de cualquier forma y en cualquier lugar.

Y seguir resistiendo, como hacen esos viejos árboles que respiran en medio de los susurros del bosque.

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