En las orillas del Duero.

El océano no huele igual que el mar, hay un rastro más intenso en él que penetra hasta el cerebro y evoca recuerdos de otros seres que habitaron lugares que tus pies nunca han pisado. El Atlántico es intenso, oscuro, fiero muchas veces, y hace que la lluvia arrecie con fuerza y empape las paredes de los edificios de piedra y las calles antiguas de Oporto.

Decadencia y cielo gris.

El olor a vino y a barricas al otro lado del río.

La sensación de pesadez en el alma cuando caminas sin rumbo entre estudiantes con túnicas negras.

Con aquella ciudad de espíritu portuario me mojé el alma por primera vez.

Tengo clavadas en las retinas las lápidas lúgubres del cementerio da Lapa en medio de la densa y peligrosa niebla matutina. Las observé durante los días que pasé en aquella buhardilla de un viejo hostal con el suelo de madera y el techo bajo, con unas ventanas que hablan al abrirlas y unos cristales que reflejan fantasmas del pasado. Las pupilas grabaron las cruces cristianas de los nichos y los pequeños panteones, la piedra gastada y comida por la humedad.

Las notas de aquellos días eran igual de endebles que siempre, con esa sensación de tristeza que se imbrica entre mi piel, mis uñas, el pelo; con esa nostalgia del que ha vivido más de lo que cree. Los sueños lúcidos con barcos mercantes y el alcohol sobre las tablas, tesoros traídos de allende los mares, los muertos, las banderas y mástiles inundando el puerto, los gritos de marinos errantes y prostitutas enfermas.

Supongo que ya te escribía historias para entretenerte antes de ser consciente de ello, suele suceder. Los seres humanos procesamos la información mucho después de sentirla, o de intuirla. Como cuando yo sabía que todo iba mal y tú mirabas a otro lado, y sonreías a medias para intentar ocultar la verdad. Convertiste las heridas en cloacas llenas de residuos de años, dejando que la gangrena se aferrara a mi voz y a mis rodillas, dejándome mudo e inestable, tirándome al suelo sin molestarte en levantarme.

Hoy que luce el sol en lo alto y los termómetros ya rozan los 30ºC me gustaría volver allí, a aquel principio de aquel mayo gris y lluvioso después de pasar el Ponte Luís I y de mirar la ciudad desde Vila Nova de Gaia con una copa de Tawny en la mano antes de subir una escalera hasta el cielo lleno de nubes y volver a quedar atrapado por la niebla en las orillas del Duero.

Y así borrarte para siempre.

2 comentarios en “En las orillas del Duero.

    1. Muchísimas gracias por leer el texto y por dejar tu comentario. Algunos días se mezclan muchos sentimientos, hoy había melancolía y dolor. Un abrazo!

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