Tragaluz (Parte 22 -Final)

Paquita. Recién mudada al centro del patio.

“I have seen the Devil laugh

I have seen God turn is face away

I have nothing left to lose

I have nothing left to say-

I don´t believe a word. Motörhead

Dicen que cuando uno va a morir ve pasar su vida en diapositivas. Mentira. Y de las gordas. Si pudiéramos hacer un Lázaro, levántate y anda, la vieja que está desmochada en mitad del patio de vecinos, podría confirmar la teoría. Como mucho, y después de colocarse la dentadura postiza y ajustarla bien en las encías, podría decirnos que antes de morir, lo último que vio fue el cemento del suelo. Ni ángeles con alas ni demonios con tridente. Alguien apaga las luces y a eso se resume todo.

Los vecinos, como no podía ser de otra manera, se agolpan en las ventanas. Estamos en cuarentena y la programación televisiva, como que tampoco acompaña demasiado. Un fiambre calentito da mucho más morbo, o al menos eso debe pensar el notas que está tirando fotos como un poseso. O la mujer de cara apergaminada y piel amarillenta que llora desconsolada al grito de «Paquita, ¿qué te han hecho?». Otro, con la mirada de los mil metros y pinta de acabar de quitarse el sombre de papel Albal para que el gobierno no le lea el pensamiento,habla de teorías de la conspiración y asegura que el que mató a Kennedy y quien ha defenestrado a la octogenaria esta son la misma persona. En fin, que el circo está montado y entre la que entra en la zona cero gritando el nombre de la que se ha ido a la vega de los tendíos y comprueba sus constantes no-vitales, y los chismorreos, la gente parece que va a echar el ratito. Así que mejor dejarles a lo suyo, y centrémonos en lo que importa: Paquita. Sus ojos verdes ya no brillan en un tono verde esperanza. A lo sumo verde mustio. Sus pupilas muertas reflejan el cemento moteado en rojo como en el negativo de una vieja fotografía en colores sepia. La misma fotografía que tenía en el recibidor de su casa y que ya nunca volverá a contemplar copa de anisete en mano, pelo recién laqueado y su habitual ay Manolo, si estuvieras aquí… antes de liar el petate y echar la tarde en el bingo entre risas y golpes de suerte.

Aunque ciñéndonos a la realidad, si Manolo estuviera aquí, ella no habría contraído una deuda bastante gorda con esos tipos del Este, de alguna república soviética venida a menos con eso de la Perestroika y demás, y tampoco habría acabado vendiendo los parches de fentanilo y los ansiolíticos para caballos que su marido le dejó como herencia. Eso, y su afición a al tema del bebercio. Que hablar de los muertos está mal visto, pero entre botes de laca, botellas de anisete y las tragaperras, la buena de Paquita pasaba apuros para llegar a mediados de mes. Pero hay algo que es innegable: sabía como camelarse al personal para que sus ay hija, no podrás dejarme veinte eurillos para la compra, ¿verdad? Es que este mes me han pasado lo de los muertos y no me llega para ir al mercado, surtieran efecto. Todo esto aderezado con croquetas hechas con pollo al que antes de batirlo le tenía que quitar el moho y una carita de niña de la posguerra dentro del cuerpo de una anciana decrépita. Nadie se olía la tostada y el negocio era redondo.

Hasta que pasó lo que pasó y las cosas acabaron por torcerse. Tanto va el cántaro a la fuente…

Primero el confinamiento impuesto por el gobierno. Se acabaron el subidón de cantar línea entre aplausos y las copitas de después en La Manuela. Aunque al oírlo en la radio, la noticia no fue para nada un contratiempo. Más bien algo pasajero que podría resumirse en un al menos no veo a lo comunistas esos a los que debo dinero. Lástima que esa gente sea como los bancos. Unos te desahucian y otros te pegan cuatro tiros en el estómago después de comer mexicano. Y como no podía ser de otra manera, se los encontró cerca de su casa y ahí empezaron las excursiones a la taberna a que le subieran el cierre y poder darle a la tragaperras, a ver si por favor, Dios mío. Que me toque la especial y pueda pagar aunque sea un poco a los canallas esos… Pero Dios no parecía muy por la labor (ya se sabe, Dios no juega a los dados dijo alguien una vez) y las perras que entraban por las que se iban.

Visto que con el juego a pequeña escala la cosa no iba bien, llegó el momento de dar el siguiente paso. Nada de dar de fiado. Quien quisiera tener un viaje a lomos de un caballo blanco a la salud de su Manolo, que lo pagara. A cinco euros la pastilla y 15 el parche, si las cuentas no le habían fallado podía pagar la primera parte de la deuda y ya saldría adelante cuando se quedara sin existencias. Todo era cuestión de echarle cuento, ir al médico y con el tema del virus este que se estaba cepillando a medio mundo, nadie se iba a poner quisquilloso a la hora de recetar calmantes como para montar una narcosala en su comedor.

La cosa iba bien, al principio. Olvido, la únic cliente que pagaba, cumplía con regularidad. La gente aún se tomaba el estado de alarma a chufa y seguía yendo al polígono a que se la chuparan por un módico precio. En cambio, a la otra, Raquel, pese a todo, le seguía dando de gratis alguna que otra pirula. A fin de cuentas le quitaron a sus hijas porque llamó a servicios sociales después de que las mocosas se tiraran media tarde llamando a la puerta y desapareciendo escaleras abajo antes de que abriera la puerta. Comido por servido.

La cosa se jodió del todo cuando el ejército hizo acto de presencia. Lo primero que pasó por su cabeza fue un ay Manolo, ¿te acuerdas cuando juraste bandera? Qué guapo estabas, condenao. El más lindo del Tercio eras tú. Manolo mío, si estuvieras aquí… Luego vino la realidad. Con los que visten como Rambo patrullando la zona, no iba nadie a disfrutar de los encantos de Olvido por mucho que bajara las tarifas. Y claro, a falta de poder decir un plata o plomo, pues la difunta Paquita, que siempre fue muy echá palantate, ella. Optó por un plata o satisfayer…

El resto es agua pasada. Un par de anisetes de más antes del aperitivo. Paquita sintiéndose jovial y con ganas de recordar el peso de Manolo encima. En camiseta de tirantes y calcetines puestos, ante todo el decoro, y el paquete de Ducados en al mesilla, a mano para echar uno nada más acabar sin dar tiempo a los alvéolos pulmonares a cerrarse, que el tabaco así sabe más rico.

Había oído hablar a las chicas más jóvenes del bingo de qué iba la cosa. Darle la mano a Dios lo llamaban unas, el se acabó el tirarme a cretinos lo denominaban otras. Y a falta de una tarde rascando cartones o escuchando un avance entre luces de colores, pues se dejó llevar. Después de un buen fregado con Mistol y estropajo, que a saber qué tiene esa ahí abajo, se dio al noble arte de llamar a Onán. Al principio la cosa iba que ni frío ni calor. Las nuevas tecnologías y la tercera edad, ya se sabe (o la falta de vaginesil, que también podría ser). El caso es que con paciencia y curiosidad encontró lo que andaba buscando. Un espasmo, ojos en blanco y temblor de piernas. El corazón a mil y ahí empezó la última pieza del pasodoble que había sido su vida. Una cardiopatía y un orgasmo en condiciones no suelen llevarse bien. Sensación de ahogo. Presión en el pecho. Dolor de brazo izquierdo. Boca sabiendo a cobre. Intentos de salir en busca de ayuda. Una mano temblorosa que no atina a abrir el picaporte. Un traspiés. Una ventana que daba al patio. Lluvia de cristales. El monedero rosa donde guardaba las pastillas tomando la delantera. Intentos de gritar. El suelo cada vez más cerca. Hasta que Paquita dejó de ser la vecina del cuarto, para acabar convertida en compota humana servida sobre una bandeja de baldosas y cemento. Algo que en boca de la difunta podríamos denominar un ay Manolo, por fin nos vemos…

Escrito por I. Barroso-Benavente.

Twitter: ialterego84

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