Mes: marzo 2020

Tragaluz (Parte 10)

Miguel. Tercer piso, puerta 12.

DOMINGO, 29 DE MARZO DE 2020

11:45 a.m.

CASA (OTRO DÍA MÁS…)

Anoche me quedé dormido sin querer y por eso no escribí en el diario. Creo que, más que por cansancio, me quedé dormido de puro aburrimiento. Hoy hace 16 días desde que Pedro Sánchez se asomó a los televisores de toda España para contarnos que no le quedaba más remedio que decretar el estado de alarma. Suena apocalíptico, ¿eh? “Estado de alarma”, “pandemia”, “cuarentena” … Yo, que siempre he sido muy fan de las novelas y pelis de ciencia ficción, nunca pensé que acabaría viviendo en una. Aunque, bueno, para ser una peli o un libro, debería ser más emocionante… No sé, más a lo Ensayo sobre la ceguera, Doce Monos o Aniquilación. Seguro que el prota de una novela distópica tendría algo más interesante que contar que “ayer estuve seis horas tirado en el sofá, luego hice una videollamada con mis colegas y terminé el día viendo cuatro capítulos seguidos de Westworld”.  A mamá le hace gracia que Andrés y yo no paremos de quejarnos de esta situación. Aunque no sé si “gracia” es la palabra adecuada. Creo que ya no le parece tan buena idea habernos hecho venir de Santander y Salamanca, porque desde que hemos llegado nos pasamos los días discutiendo (eso de que todos los gemelos tienen una conexión especial no es más que un mito, nosotros nos hemos llevado como el perro y el gato desde que éramos niños). Dice que somos unos agonías, que en realidad no hay tanta diferencia entre lo que hacemos siempre en vacaciones y lo que estamos haciendo ahora, durante esta cuarentena obligada. Y puede que tenga razón en el caso de Andrés, que es más ermitaño que Luke Skywalker en las pelis nuevas de Star Wars. Pero yo no soy así: yo necesito salir, ir a tomarme algo con quien se deje convencer, correr un rato por el parque, abrazar a la gente. Es verdad que por fuera somos un calco perfecto del otro, pero es un coñazo que, solo por eso, Andrés y yo siempre vayamos en pack. Eso me recuerda al pack de yogures que utilicé como excusa ayer para bajar al Mercadona y poder dar más de 11 pasos seguidos en línea recta (sí, he contado cuántos pasos hay de una punta del pasillo a la otra… y también de la cocina al comedor [solo 5]… y del baño de papá y mamá al nuestro [unos 9]…). Ahora no nos queda otra que buscarnos las mañas para poder rapiñar un poco de aire fresco. Mamá y papá siempre salían a dar paseos juntos, y ahora tienen que recurrir a trucos varios: cada dos o tres días hacen como que van al cajero, o a la panadería, o incluso a la iglesia (ellos, que nunca habían pisado una excepto para funerales o bodas), y así aprovechan para darse una vuelta por la calle (cada uno en una acera distinta, claro, lo tienen todo bien atado). Pero creo que hasta eso se les va a acabar pronto: hay rumores de que el Gobierno está a punto de prohibir cualquier desplazamiento que no vaya acompañado de autorización. A Andrés se le está yendo un poco la olla. Ahora le ha dado por salir cada mañana al portal y subir y bajar corriendo todas las escaleras del edificio unas cuantas veces, desde el cero hasta el ático. Debe tener contentos a los vecinos… Ya se le han quejado Raquel, la yonqui del primero (aunque no sé quién es ella para criticar a nadie, si es la persona más irresponsable del edificio y su vida es un desastre, sobre todo desde que le quitaron a sus hijas), y María Antonia, la de al lado, que decía que le estaba revolucionando a los críos con tanto ruido por el portal, y que luego no había quien los calmara. Los hijos de María Antonia, como Andrés y yo, también son gemelos. Me enteré hace poco. Pobres chavales… creo que no hay nada peor en la vida que tener que convivir con alguien que todo el mundo asume que es tu clon, pero al que en realidad no te pareces en nada. Las comparaciones son una mierda. Mira que es casualidad que dos pares de gemelos vivamos puerta con puerta… Aunque, ahora que me paro a pensarlo bien, creo que en realidad no hay nadie normal en todo el edificio. Me gustaba más hace unos años, cuando Andrés y yo éramos peques y todos los vecinos nos adoraban (sobre todo a mí, que siempre estaba dispuesto a hacerles alguna carantoña o gracieta). De aquella época solo quedan Emilio y Paquita; el resto de los inquilinos actuales son una panda de resentidos y desquiciados. A veces creo que se matarían entre ellos si pudieran. Hablando de Emilio, el pobre se ha ido desmejorando bastante con los años, especialmente a raíz de la muerte de Valentina. Y lo mismo le ha pasado a Paquita desde que le falta su Manolo… Creo que los dos se sienten muy solos. Siempre he pensado que harían buena pareja… ¡Igual alguno de los dos podría mudarse al piso del otro, y así estarían acompañados! Bueno, cuando acabe todo el lío este del dichoso coronavirus, claro… Si es que acaba algún día. A mí ya se me ha olvidado cómo era mi vida antes de esto. No sé, no me imaginaba así mi primer año en la universidad. Pero bueno, por lo menos he conseguido pasar unos meses lejos de Andrés. Que, por cierto, hoy está tardando más que de costumbre en volver del portal… seguro que le está cayendo otra bronca (era raro que Alicia, la señora amargada del ático, no hubiera refunfuñado todav

 

10:20 p.m.

Menuda locura de día. Al final va a resultar que sí que vivo en una novela, sí, pero no de ciencia ficción, sino negra. Esta mañana, mientras estaba escribiendo aquí, mi madre me ha empezado a llamar a voz en grito. No he podido ni acabar la frase que estaba escribiendo. “¡¡Miguel, Miguel, que se ha matao Paquita!! ¿Dónde está tu hermano?”. Y yo qué narices iba a saber, mamá. Ni que fuéramos siameses. Me he levantado corriendo a ver si era verdad lo que decía mi madre. Y ahí estaba Paquita, la misma Paquita que me vio crecer, que ayudó en todo lo que pudo a mi madre cuando Andrés y yo éramos bebes. Pero ya no era Paquita. Era un cuerpo sin vida tirado en el suelo del patio interior, con las piernas y los brazos en posiciones extrañas y un charco de sangre cada vez más grande rodeándole la cabeza. Nunca voy a olvidar esa imagen. Un poco más allá, cómo no, estaba su monedero rosa, ese del que nunca se separaba. Al rato han venido unos cuantos policías. Creo que han estado interrogando a algunos vecinos.  Varios dicen que Paquita “no se ha matado”, que se la ha cargado alguien. Yo ya no sé qué pensar… Andrés estaba en el portal cuando ha pasado, así que quizás haya visto algo. Pero, para una vez que quiero hablar con él, está aún más asocial que de costumbre. Se ha encerrado en la habitación desde entonces y no le ha dicho nada a nadie. Puto Andrés, siempre dando por culo…

Escrito por Ami Aberdeen.

Twitter e Instagram: @ami_aberdeen

Tragaluz (Parte 9)

Srta. Alma.  –  Quinto Piso, puerta 19.

“Ellos se ríen de mí por ser diferente, yo me río de ellos por ser iguales”.

Kurt Cobain.

No sé qué me daba más pena, si ver cómo casi todos los vecinos rechazaban sus tuppers llenos de comida, o los días que hacía que no la veía por no poder aceptarlos yo.

Le dije a Paquita que tenía una intolerancia, que no podía comer cualquier cosa. No podía permitirme el seguir atiborrándome a delicias calóricas si quería que te fijaras en mí… ¡Ay, Jack! Tú no eres como los demás. Mírales, asomados casi todos, recelosos.

Paquita me dijo que si no podía hacerme sonreír con sus deliciosas croquetas, tenía otra cosita que seguro me iba a hacer levitar de verdad.

¿Más? ¿Me notó en las nubes desde que te conozco? Dijo que ya me traería algunas cosas, no me dijo qué, no me dijo cuándo, y ahora mírala, hay un montón de sangre dibujando un fin macabro…

Imagino que la ausencia de Emilio es normal, está tan sordo que no ha debido enterarse de nada. Pobre cuando se entere… ¡Veremos a ver si no le da un infarto y se va al otro barrio! Ni el coronavirus ni el colesterol de los bocatas que se ha metido siempre en el bar… Mal de amores, un corazón parado en seco. Creo que me pasaría lo mismo si hubieses sido tú. Tú, ajeno a todo esto…

Parece que a Mari no le pilla de sorpresa… tu amigo Ezequiel siempre escondido tras su Canon, inmortalizando cada detalle morboso… María Antonia y su semblante, siempre asqueroso…

Raquel, sin embargo parece afectada, tiene siempre esa mirada dispersa pero es la única que nunca ha rechazado a Paquita. Sigo sin entender por qué hace lo que hace cada noche, ¿se cree que nadie más va a darse cuenta? ¿No tiene bastante perdiendo a sus hijas?

Menuda panda de egoístas, de cotillas, de simples. Siempre con sus miradas altivas, creyéndose el ombligo del mundo, sin ningún tipo de empatía por lo que ocurre en mundo.

Ay, Paquita…

¿Hablarán todos bien de ella ahora que ha muerto? Cuando siempre se han reído de su forma de vestir, de su forma de ser, de su forma de sentir. Tan pendientes de su vida que no se dignaron nunca a observarla por dentro. Ella siempre tan dicharachera, tan única, con la tele a todo volumen para escucharla desde la cocina, donde cocinaba para todos para no sentirse tan solita. De acuerdo, sí, era un poco estrambótica, y siempre caminaba rápido y como a hurtadillas, mirando hacia atrás. Últimamente se la notaba nerviosa… pero no más que a mí.

Desde que empezó este encierro obligado hago cosas brillantes, e idiotas, constantemente. Me pseudoenamoro de recuerdos, contigo. Imagino encuentros que me alegran el día, contigo. Veo esta imagen esperpéntica cinco pisos más abajo y recuerdo aquella película de Carmen Saura en una comunidad de vecinos y me doy cuenta de que quiero volver a verla, contigo.

Hay días que me arañan las entrañas. Mañanas que despierto en sudor tras las pesadillas. Esos momentos en los que me descubro haciendo cosas que no recuerdo haber comenzado y ya no sé si es que me evado, me ausento o me estoy desquiciando.

Esta mañana no recuerdo haberme despertado. He vuelto a mí tras un portazo en la casa de al lado. Y todavía ando aturdida, pero perfectamente vestida. Como siempre, desde aquella vez juntos bajando por la escalera. Me caí detrás de ti, un piso más arriba y tu mirada que siempre me intimida corrió preocupada a mi encuentro. Apenas cruzamos dos frases cordiales y sin embargo, desde ese día, un sinfín de señales me conectan a ti, y ya no sé si son fantasías…

Este aislamiento va a terminar volviéndome aún más loca. No sé qué me pasa, ¿dónde voy cuando me ausento? Solo sé que me canso de esta rutina, enciendo la música y me evado cada vez más lejos.

Me hacen llorar canciones a deshora. Y me olvido de contestar mensajes importantes. ¡Ya no sé cómo pedirle a mi psicóloga que deje de incordiarme! Me aíslo de todo desde que siento que mi mundo eres tú… Me miento. Me arrepiento. Me hago mil preguntas. Me veo en el espejo, y me fijo en las arrugas que nacen. Me agobia el tiempo. Me frustran errores incorregibles. Me siento triste muchas veces y solo quiero que acabe este encierro, para volver a encontrarme contigo, atreverme a presentarme y sentir tus dos besos… ¡Y aaarrrggggg! Diles que se callen Jack, ¡van a volverme loca!

Todos expectantes, todos gritando, todos mirando y tú, balanceando esos hielos en tu copa, con esa mirada imperturbable, tienes tus ojos fijos en mí. Y a mí ni siquiera me ha dado tiempo a percibir si voy bien conjuntada para ti.

Me debato entre el sexto sentido, el común, que también yace muerto. Si entro a llamar a la policía perderé tus ojos de vista…

Oh I hope to be holding you son. Who knows what happens if I leave my room…”

Canta Keaton Henson en mi reproductor. Y sonríes, y sonrío, y Paquita se desangra en el piso.

Sé que tú también ves en mí algo que nadie más ve, sé que te gusto por rara, como tú a mí. ¿Qué escondes? Siempre tan frío, tan ausente, tan escondido… y desde hace días haciendo ruido, con las ventanas abiertas, paseando por si te miro, brevemente, escurridizo. ¿Qué tramas? ¿Quién eres? ¿Qué estás haciendo conmigo?

Mírales de nuevo a todos, llevo años sabiéndolo todo de todos y ellos tan poco de mí… Yo y mi poder de observación.

¿Tú no te extrañas como los demás, de que esta veterinaria no viva con ningún animal?

Escrito por Estefanía Toro.

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Instagram: @estefania_toro

Tragaluz (Parte 8)

Jack. 4ª piso, puerta 16.

“Con tu permiso me voy a casa, a tener un  ataque al corazón”

                                                                                              Pulp Fiction

Vamos a morir todos, y yo, debí  de haberme quedado en la soleada Virginia, con sus postres hipercalóricos y sus ciudadanos libres para portar armas de fuego.

Debí de haberme quedado sentado en la mecedora, contando ovejas, poniendo a parir a los liberales.

Debí de haberme quedado, pero no, aquí estoy.

Joder…

No sé qué pinto aquí en medio de esta locura. Venirme a España no fue la mejor de las ideas. Lo tenía todo allí, y mírame ahora, esto es Guantánamo.

Un virus, dicen. Todo esto se veía venir, los gobiernos nos ocultan tantísima información que es ridículo pensar que esto no era previsible.

Lo de las Torres Gemelas, el Watergate, el asesinato  de Kennedy… ¡Todo putas falacias!

Llevamos siendo engañados desde tiempos inmemoriales. Pero no, mejor pensar que somos víctimas de algo. Mejor pensar que confinarse va a lograr cambiar las cosas. Mejor pensar que es muy, muy raro estar bebiendo a éstas horas, o tener una habitación del pánico, o ser propietario orgulloso de seis máscaras anti gas.

La verdad está en la deepweeb, pero cuéntaselo a mis vecinos.

Si supieran que esta pandemia es cosa mi país para acabar con el comunismo, controlar la población y subir la venta de satisfyers, me tildarían de loco. ¡Loco, yo! Locos, ellos. No los soporto. Y lo de Paquita…  No, ¡No los soporto!

Ahí los tienes con sus mascotas, sus adicciones y sus dramitas cotidianos esperando el fin del mundo, recreándose en el sonido de los coches de policía, mordiendo una manzana con desgana como si no fuera con ellos.

Ahí los tienes, mandando mensajes ramdon al grupo de madres del colegio, haciendo deporte en casa, quejándose de estupideces.

Hay que hacer algo ya, mira a Boris Johnson, él sí lo ha entendido bien. Hay que hacer algo ya, yo lo tengo clarísimo.

De momento voy a pensar en servirme otra copa de Jack Daniels. con dos hielos, y en Alma. Mi vecinita del quinto. Hay algo en ella que me intriga más que la Cienciología.

Ella, una veterinaria sin mascotas. Solo sé yo o que te pasa, muñeca. Ni siquiera te das cuenta. Ya estoy yo para salvarte ese culito…

Ella, que me sonríe en el ascensor y me vuelvo de arcilla.

Ella, ¡Qué por ella votaría a Podemos! ¡Hubiera aplaudido a Hillary! ¡Hubiese matado a cientos!

Espero seguir vivo cuando esto acabe para decírselo.

Y  quiero dejar claro que estoy escribiendo parte de cuanto pienso por si el Gobierno español manda a mi casa a sus esbirros, me tiran la puerta abajo y me confinan. Pero en plan mal.

Y no es por otra cosa, eh, que luego dirán que escribo sin ser yo nada de eso, pero no hay que guardarse nada. Yo es que ya no me fío ni un pelo, llevan años espiándonos.

Hablando de pelo, una parte buena de todo esto es que no tengo que cortármelo, ni arreglarme la barba. También puedo ducharme solo las mañanas que me de la ganas. Y comer Doritos sin culpa. Y dormir sin despertador. Total, Almita parece seguir mirándome con predilección…

Espero mantenerme cuerdo, que ya he visto lo que pasa cuando el sistema te engulle.

Estoy bien.

Estoy bien, aunque suelte ideas aleatorias.

Si me leéis, no me pidáis método ni estilo en el relato, hijos de puta, que bastante tengo con saber lo que sé.

Os juro que iría puerta por puerta, bate de baseball en mano, repartiendo conocimiento. A ver si aprenden de una vez lo que es estar en el mundo.

De verdad, hay tanto idiota ahí fuera, que muchas veces pienso que merecemos la extinción.

Dan ganas de fumarse un piti sobre la taza del inodoro, mientras todo se desmorona, mientras La Tierra se va a la mierda. No sé, no hay mal que por bien no venga.

Estoy bien, sí, pero… Estoy empezando a hartarme.

No sé cuanto aguantaré sin soltarlo todo, sin darles una dosis de realidad a esos vecinos de mierda. Se lo merecen, desde luego.

No pueden estar más ciegos, ser más borregos, estar más desconectados de lo que estamos viviendo. Estoy empezando a hartarme. Además, Ezequiel no contesta al teléfono. ¡Coge el puto teléfono, joder!

Se ve que ese asunto que era de extrema importancia, ahora puede esperar. Tanta urgencia para esto.

Y si, ya, lo de Paquita: Selección natural.

Escrito por Davile Matellán.

Twitter e Instagram: @davilematellan

Tragaluz (Parte 7)

Augusto Francisco. Quinta planta, puerta veinte.

Quizás nos damos cuenta demasiado tarde de lo realmente solos que estamos.

Me he quedado sin papel.

Mi voz resonó por la estancias vacías de la casa que, por alguna extraña razón, heredé de mi abuela. Quién diría que en realidad todos aquellos paranoicos que fueron a saquear la zona del papel higiénico, de hecho, estaban en lo cierto. Nunca una suscripción gratuita había dado tanto de sí, y mucho menos la genial idea que habían tenido los italianos de hacerse con la versión premium de Pornhub.

Yo no tenía mucha afición por la decoración ni por las tendencias. Apenas me gustaba la limpieza o la cocina. Lo único que traje de mi anterior domicilio hacia mi nuevo regalo, fue el ordenador de sobremesa y una maleta pequeña con la ropa. Sabía que la maldita vieja lo había hecho en un último intento de enmendar toda la mierda de persona que había sido en su vida. La mierda de madre que había sido para su padre, aquel teniente coronel del que tan orgullosa se sentía, incapaz de demostrar ningún tipo de sentimiento que no fuera ira o furia cada vez que yo me portaba mal. Cuando llegué lo único que cambié fueron los portarretratos. Simplemente les di la vuelta en un triste intento por olvidarme de la familia, pero dejando claro que mi abuela nunca ganaría.

Cuando me di cuenta que me había quedado sin papel miré mi mano manchada de blanco lechoso y pensé que nunca lo había probado. Me relamí. Puse cara de asco y escupí al suelo.

–Menos mal que yo nunca tendré que hacerlo.– Ni tú ni ella, perdedor.  Resonó una voz en mi cabeza. Torcí el gesto molesto y terminé de limpiarme la mano en la camiseta. Había decidido que durante el encarcelamiento no me pondría los pantalones porque total, ¿para qué? Lo único que tenía conectado en la casa era el router. No había lámparas y con las persianas bajadas todo cobraba un aspecto lúgubre y fantasmagórico que parecía sentarle bien a mis piernas desnudas.

–No tengo comida. – En el frigorífico apenas quedaban dos trozos de brócoli mohoso en el fondo del cajón de las verduras que había comprado en un intento de comer sano. Pensé si rascar el moho y comérmelo. ¿Sabrá como el queso azul? Menos mal que el congelador seguía lleno. Pero no sabía cocinar lo suficiente como para usar nada de lo que quedaba. Paquita me había ofrecido comida el otro día. Un tupper con lentejas. Con malditas lentejas. ¿A quién le gustan las lentejas? No podría haber traído una lasaña, quizás su famoso conejo al ajillo, pero no, un maldito tupper hasta los bordes de lentejas. Seguro que era porque nadie quería su maldita comida. Seguro que absolutamente nadie la quería e iba buscando la aprobación de los demás con cualquier regalito.

–Maldita zorra.– Sí, pero bien que te gusta mirarle cuando se emperifolla para ir al bingo o para bajar al bar. Volvió a sonar aquella voz. –Cállate.– Que abres la puerta para oler un poco de su perfume y poder tocarte a gusto.  

La voz fue interrumpida por un ataque de tos y una mancha de sangre en mi mano. La verdad es que había estado tentado de llamar varias veces al número que me habían dado pero, ¿para qué? Para quién.

–Para quién. –musité sin apenas esperanza.

Me senté en el sofá de cuero orejero de mi abuelo, en el que tantas ocasiones él se había sentado para tomarse su vermú, o su copazo de whisky mientras despotricaba de los malditos rojos, de sus batallas en el frente y de aquella vez – siempre tornándose la cara más roja y los ojos más vidriosos – que miró de frente al enemigo y disparó. Aquellos imbéciles se dedicaban a cavar siempre sus propias tumbas. E instantes después se quedaba dormido. Mi cara se vio levemente iluminada por la pantalla de su móvil, era muy raro recordar el día en el que mi abuelo se suicidó y vino mi madre anegada en lágrimas a mi habitación para gritar que Lolita se había muerto. A nadie le importaba el abuelo. Al parecer María Dolores era la única santa de la familia. La misma María Dolores que zurraba a sus nietos cuando lloraban y podían así despertar al señor de la casa. La misma María Dolores que enseñó a sus padres que las niñas se visten como princesas y los hombres como personas de bien, como españoles, como su abuelo, el hombre que salvó a la nación.

–Doce mil – exclamé con el mínimo de expresión– y nadie de este maldito edificio.

Sentí una extraña y lujuriosa sensación recorriendo mis entrañas cada vez que pensaba en la muerte de alguno de mis vecinos. Mascullaba y dejándome llevar, en mi mente iban apareciendo las imágenes de cada uno de ellos: de aquella tonta que se pensaba que nadie la veía cuando salía por la noche, del idiota del perro que juraba que ahí fuera no había cómo contagiarse por darle un paseo, de la loca de los pájaros que andaba todo el día por las nubes y no dejaba de dar la brasa a sus vecinos con el tema del cóndor, que si el cóndor esto, que si el cóndor aquello, ¡señora! Es una maldita ornitóloga, existen miles de pájaros en el mundo y usted erre que erre con el maldito cóndor. La pija que seguía pensando que tenía al mundo a sus pies y que vivía en una película de Amenabar cuando no llegaba ni a ser el extra en una de Almodóvar. El fotógrafo, , me desesperaba el maldito fotógrafo, que se quedaba días “editando” sus fotos y apenas usaba los valores de contraste al máximo y el HDR sin tener ni idea de dónde estaban los puntos de saturación, y tenía los cojones de enseñar sus últimas “obras” como si fueran joyas del mundo de la luz.

No hablé con nadie pero los tenía a todos vigilados. Me quedé mirando fijamente el marco de las fotos mientras seguía mascullando el odio que le tenía a mis vecinos y desdeñando sus ridículas vidas.

Sonó el timbre. Fui a mirar por la mirilla y ahí estaba Paquita. Tenía otro tupper entre las manos y mantenía la sonrisa fija. Corrí a ponerme un pantalón y le abrí la puerta. Olía a croquetas y no hice caso a nada de lo que me estaba diciendo. Apenas dije gracias, casi le arranqué de las manos el tupper antes de cerrar la puerta. Unos minutos después de que me sentara y probase la primera croqueta oí un sonido sordo. Me giré un segundo hacia la puerta, como no oí nada más, me encogí de hombros e instantes después cogí mis cascos y me puse a escuchar música.

Escrito por Alejandro León.

Twitter: @Mentrat

Tragaluz (Parte 6)

                             Olvido. Primer piso, puerta 1.

“El orden de los recuerdos no altera el olvido”

 Autor desconocido

Me pica todo el cuerpo, tengo la sensación de que un millón de agujas aguijonean cada milímetro de mi piel, si sigo rascando empezará a sangrar porque otra cosa no, pero rascar, rascan que da gusto las uñas de gel, veinte pavos en el chino de la esquina y va una arreglá’. Las llevo aún pintadas de color naranja ING Direct que diría mi churri. Bueno, mi ex churri, o yo que sé ya. Lucía lo mismo viene que va, lo mismo me ama locamente que me tiene asco. Y yo… yo me dejo querer.

No puedo dormir, son las nueve de la mañana y necesito unos benzos para bajarme el globo del MDA. Me va a tocar llamar a Paquita a ver si tiene algo, la vieja es como un grano en el culo en el bloque y apesta a laca que tira para atrás pero es la única que me fía la mercancía. Últimamente no tengo tantos clientes con la mierda del virus este y ni para que les chupen la polla salen los desgraciados a la calle. Desde luego, si no muero contagiada moriré de inanición.  Llevo ya 15 días de vacas flacas por el polígono.

El gato no aparece desde ayer, luego que porqué lo llamo gato, a secas, y no le pongo nombre. El pienso que le puse ayer sigue intacto, abriré la ventana por si vuelve y me pilla dormida.

Sigo rascándome las piernas, afú.

Paquita me ha dicho que no suba que baja ella. Tiene que ir a comprar comida. Já, comida, como si no supiera que ella a donde se dirige mañana sí y mañana también es al bar de enfrente que le suben media persiana y le enchufan la máquina tragaperras sólo para ella. Vieja viciosa del demonio, y se permite mirarme por encima del hombro a mí. Pa’ flipar.

Otra vez está el Ezequiel apuntando con la cámara para mi ventana, otro enfermo, aquí no se libra nadie, estoy por quitarme la camiseta y darle un primerísimo plano de mis tetas, porque otra cosa no, pero tengo unas tetas preciosas. Lástima que el tiempo haga mella en nuestra carne, a mis 37 ya noto la implacable crueldad del tiempo. Hoy echo de menos a Lucía.  ¿Qué hora es? ¿por qué tarda tanto en bajar Paquita?

Voy a sacar el satisfyer del cajón,  un par de orgasmos después de la benzo y a dormir, a ver si hoy me dejan descansar un rato. Ayer Raquel estuvo a voces por la escalera creo que con la amargada de los gemelos, lo que yo digo, que no hay ni una persona medio normal en toda la finca.

Llaman al timbre, debe ser Paquita.

10:15. Por Dios, cómo casca la abuela, al final me ha dejado 2 pastillas y cuando ya se iba de casa, después de contarme por enésima vez que si no fuese por ella el señor Augusto hubiera perecido de inanición, ha visto mi satisfyer encima de la mesa y ¡se lo ha llevado de garantía de pago! ¿se puede ser más hija de puta? Que se ha llevado mi juguete la muy rastrera. Me ha dejado tan en shock que cuando he querido reaccionar ya escuchaba sus pasos bajando los peldaños. Si monto un circo me crecen los enanos, a ver cómo cojones me duermo yo ahora sin mis dos orgasmos reglamentarios.

Me acabo de tragar las dos pastillas y me voy directa a la cama. Mejor esperaré que me hagan efecto aquí en el sofá,  entra brisa fresquita por la ventana del patio y empiezo a notar cómo me pesan los párpados…

¿QUÉ PASA? ¿QUÉ HORA ES? 12:07¿QUIÉN COÑO ESTÁ GRITANDO DE ESE MODO? No puedo procesar en mi mente tanto ruido. Quisiera levantarme del sillón pero no puedo, mi cuerpo no obedece las órdenes del cerebro. ¡Oh, por Dios! ¿QUÉ ME ESTÁ PASANDO?

–¡¡Ezequiel!! ¡¡¡ EZEQUIEEEEL!!! ¡AYUDAA!–Con suerte Eze me oirá, es el único que tiene copia de la llave de casa.

Escrito por Beatriz Ayala.

Twitter: @TrizzAyala

Tragaluz (Parte 5)

Mari. Quinto piso, puerta 17.

“Yo vengo pronto, aférrate a lo que tienes para que nadie te quite tu corona.”

Apocalipsis 3:11

Ahí están, si se creen que no les veo. Ilusos, en sus vidas ya comunes, quejándose, ay Pedrito, ya lo dijo Nostradamus, este mundo se nos va a la mierda, se nos va en esta comunidad de vecinos ya. Quince días en casa y el triste del primero solo tiene un perro que si le contestase le diría “a mí no me cuentes tus mierdas, que como profesor ya te enseñaría yo lo que es la vida”. Luego está Alicia, siempre se ha creído mejor que todos por vivir en el ático, maquillada como una puerta, con más operaciones hechas que las protagonistas de sus novelas, ella las define como románticas, hasta ella sabe que son basura, estoy completamente convencida y en esta situación querrá suicidarse, pero no lo hará con sangre, lo de mancharse no lo lleva bien.

Malditos personajes de vida barata, no valen para hacer una historia, se confinan entre
sombras, juegan a ser quiénes no son, como la santa de María Antonia, esa mujer merece
un hombre en condiciones y no al empanado de Julián, ese hombre no se entera de que su mujer tiene fantasías hasta limpiando los cristales, y también hay que decir que le sobran hijos, por el amor santísimo, qué necesidad había de ello, no deberían seguir aumentando esta humanidad de incautos.

Todos mezclamos una locura extraña, se respira en el ambiente. Todo lo que ocurre estaba ya escrito, no hay más ciego que el que no quiere ver, la tierra nos avisaba, sí, la tierra, también esos pájaros. Yaiza, muy a mi pesar tiene algo de cordura, aunque ya la vea con forma de cotorra y repitiendo en nombre de Luka como un mantra, tal vez debería decirle que los pájaros superan la separación mucho mejor que ella, si yo puedo oírla desde el sexto piso la podrán oír hasta en Honolulú.

Pero no, no soy psicóloga por azar, soy psicóloga por el destino, mi verdadera vocación es la búsqueda de sentido, no sé cómo voy a hacerlo con esta sociedad de ineptos, esta humanidad que cuando le dicen que hay que estar en casa, ojo, estar en casa, se van de bares, cuando les inunda realmente el miedo bajan al supermercado a comprar en cantidades industriales no solo comida, no, también papel higiénico, porque las manos no las tendrán limpias, pero el culo seguro. Aunque sé de buena mano que alguno cree que se pueden hacer mascarillas con el papel higiénico y ve esta pandemia con la posibilidad de hacerse de oro, porque el ser humano es rastrero, ha venido a acabar con el planeta y nunca tuvo derecho.

Paseo por la casa como la sombra que soy en el edificio, ahora atiendo a los clientes por vía telefónica o Skype, aparte de la ciencia también uso la astrología, las cartas de los ángeles no auguran nada bueno, y como repito siempre, todo esto estaba escrito, aun nos
pasa poco.

Mirar por la ventana es desolador, casi prefiero oír al Profesor Mora ladrar que a las chifladas moviendo los muebles de aquí para allá, ya podrían limpiarlos con la lengua que si tienen el coronavirus lo van a coger igual, pero me aterra la idea del confinamiento, las miradas de sospecha que hay entre nosotros, también me preocupa que la mecedora de Paquita se rompa, esa mujer no podrá vivir sin mecerse, pobre Paquita, con esos rasgos TEA, me está viniendo mucho a la cabeza estos días, noto su aura oscura, como si algo fuese a pasar.

Se va acercando el mediodía y he visto más veces al nuevo presidente que a mi difunto marido, se llamaba Pedro como él, a veces la vida es una metáfora, parece que les ha tocado el mismo karma. El duelo de Pedro fue confuso, solo tenía 42 años cuando murió, éramos la típica pareja plana. Él siempre me acusó de psicoanalizarle o de querer adivinarle el futuro, pero qué iba a hacer yo, es a lo que me dedico, y cuando murió no pude más que aceptarlo, porque no hay nada más seguro en esta vida que vamos a morir todos. Se echa de menos el sexo, o se echaba, me he vuelto una persona solitaria que acoge este aislamiento con calma,. Sigo unas rutinas no estrictas, no quiero que me digan que tengo un TOC, no sería bueno para mis pacientes que corriesen esos rumores sobre mí, pero me lavo las manos diez veces al día, con esto del virus lo he multiplicado a veinte, enciendo diecisiete veces la luz antes de dejarla encendida, es una manera de identificarme, soy la puerta diecisiete. Tal vez si muriese en este aislamiento nadie me encontraría, mi cuerpo estoy segura que está hecho para evaporarse, para unirse con el cosmos.

A veces me pregunto qué me llevo a vivir en esta comunidad, supongo que el salario básico, aunque estoy segura que después de esto mis ingresos aumentarán y podré irme a vivir lejos de la ciudad, de estos humanos indeseables. Por supuesto me llevaré a Poncio, mi pequeño gato negro, solo tiene 7 meses y se pasa unas 23 horas al día durmiendo, aunque come y caga, es bonito saber que no estoy realmente sola, que los animales sobrevivirán a la estupidez humana.

Son casi las 12:00, hoy toca arroz con tomate y habas, pero mientras lo hago me pita insoportablemente un oído, un crack en el deslunado, algo ha pasado, ha ocurrido ese algo terrible. Me asomo, es Paquita, la extravagante Paquita en un charco horrible de sangre, la sangre de su cuerpo, la sospecha de un culpable.

El apocalipsis no ha hecho más que empezar.

Escrito por Ruth.

Twitter: @hiddlestonisba1

Instagram: @meigan5

Tragaluz (Parte 4)

Patricia Chornet. Cuarto piso, puerta 14.

Nada en la vida es para ser temido, es sólo para ser comprendido. Ahora es momento de entender más, para poder temer menos.
Marie Curie

Quince días habían pasado ya desde que nos obligaron a quedarnos en casa. Habían surgido opiniones de todo tipo, muchos pensaban que no era para tanto y otros que creían que cualquier medida tomada era insuficiente. Claro que sí, señora, nos disfrazamos todos de los que buscaban a E.T. para estar metidos en casa, ¡no te jode!

Yo, personalmente, estaba ya un poco hasta el coño, de la televisión, de politizarlo todo, de que todo sirva como arma arrojadiza, de hacer recaer toda la responsabilidad al pueblo llano igual que hacen con la contaminación. A mí, sinceramente, me daba todo bastante igual, no tengo necesidad alguna de salir a la calle y mis jefes me dejaron bien claro que tenía que sacar el doctorado adelante con virus o sin él, así que mi vida ha cambiado prácticamente nada en esos quince días.

En cualquier caso creo que todo se había ido un poco de madre, al Gobierno se la sudamos, a las farmacéuticas también, los sanitarios y fuerzas del estado dando el callo como siempre, jugándose la salud por nosotros, ¿de verdad era para tanto? Tenía serias dudas sobre ello. Daba asco encender la televisión, ya sólo se hablaba de eso, el virus, el virus, ¿ya no ocurría nada más en el mundo o qué? África muriéndose de hambre, países en guerra… y, sin embargo, un virus traído de Oriente nos había paralizado el mundo.

Era bastante tarde pero no tenía nada de sueño, llevaba un rato recostada en la cama con el portátil sobre mis muslos rodeada de mis dos gatas preciosas, ¿quién necesita amigos teniendo animales? Yo es que no entiendo la manía del mundo con socializar, si la gente es lo peor, te traicionan, te mienten… lo único que nunca decepciona es la física y los animales.

Una vez me harté de intentar arreglar una de las simulaciones que tenía pendiente, me bajé de la cama, lo que provocó que Meitner y Curie se miraran una a la otra, se desperezaran y se bajaran conmigo de la cama. Me acompañaron al estudio como cada noche, deposité el ordenador sobre el escritorio y saqué el cojín del armario. Estiré los músculos del cuello, la espalda, los brazos y las piernas con las correspondientes posturas de yoga mientras mis gatas me observaban atentamente en cada movimiento que realizaba. Me senté en el cojín y medité durante 15 minutos, sintiendo cómo su pelaje me acariciaba la piel de los brazos y las piernas, cómo sus patitas se apoyaban en mi espalda para estirarse ellas también. Guardé el cojín en el armario y las tres nos volvimos a la cama. La casa estaba completamente en silencio, salvo por el maldito ruido de la televisión de Paquita, mi vecina de arriba. Ni toda la meditación del mundo podría calmarme las ganas de llamar a su puerta o de gritarle “¡baje el volumen de la tele, señora!”. Pero es lo que tiene vivir en comunidad, ¡qué maravilla vivir en el centro! El edificio este está lleno de irrespetuosos, de animales sin domesticar, que ladran, que huelen… quizás no tendría que haber dejado las pastillas.

Ahora que lo pensaba, en el edificio había alguien que no me caía tan mal. Olvido tenía un aire excéntrico que me excitaba, no solíamos cruzarnos mucho en el edificio, sólo algunas veces en el portal, pero me gustaba su olor, creo que debe levantar pasiones esa mujer… Su vecino de al lado es agradable también, por lo menos no habla mucho, siempre va a su rollo con los auriculares. ¿Qué música escuchará? No te ablandes, Patricia, aunque puedan parecer buena gente, al final a todos se les descubre el pastel. A la que de verdad no soporto es a la Paquita de las narices, es que no puedo con ella, de verdad. Suficiente por hoy, Patri, hija, bastantes problemas tienes con solucionar el fallo que te está dando la simulación de esta tarde. Nota mental: mañana llamar al jefe.

¡La hostia, qué susto! ¿Ahora qué le pasa a esta gente? Me habían despertado los ruidos generalizados en el edificio, miré el teléfono y eran las 12:05, como los gritos no cesaban me incorporé y me asomé a la ventana. Mis gatas habían llegado antes que yo a ver el espectáculo grotesco que se había montado en el suelo del patio.

¡La puta! Paquita estaba ahí tirada, con un charco de sangre a su alrededor, dejándolo todo hecho un asco, es que ni muerta la tipa deja de dar por el culo. ¿Ahora eso quién lo va a limpiar? Ahí estaban todos los vecinos asomados, algunos gritaban, el perro de Ezequiel ladraba… todo era un caos. Lo que nos gusta un dramita en este país, ¡con la de gente que se muere a diario!

El caso es que mi espíritu científico estaba en ascuas, por mucho que le deseara el mal a esa señora, tampoco quería que se muriera, ¿no? Mi cabeza no dejaba de plantearse dudas: ¿habría sido un accidente? Era bastante torpe. ¿Un suicidio? A ver, se la veía amargada como a la media de señoras de su edad, tampoco parece que tuviera valor para hacerlo. ¿Un asesinato? Yo creo que soy la que más la odiaba y tampoco la hubiera asesinado, ¿no? No, no creo…

Vaya movida esto, de todos modos, lo que nos faltaba, encerrados en el edificio y con una muerta. ¿Será esto causa de primera necesidad para salir de casa?

Escrito por @DraJacinta