Tragaluz (Parte 14)

Emilio Medina. Tercer piso, puerta 9.

Me cago en el bicho este que nos va a matar a todos. Con esto de estar encerrado en casa, nunca me había sentido tan solo, tan apartado de todo. Es verdad que puedes estar rodeado de gente y sentirte solo. Pero ese no era mi caso antes de todo este lío, gracias a mi tabernita La Manuela. Mientras mi Valentina hacía la casa yo me bajaba a echarme una copilla o un café… Ay, Valentina… Cojo el marco con su foto que tengo siempre encima de la mesita del salón. Ay, Valentina, su pelo canoso, sus ojos verdes que deslumbran como el sol de primavera… La observo y es como si mi mirada y la suya se fusionaran. Ay, Valentina, el mundo se está volviendo loco, se está acabando. Me acuerdo de cuando nos poníamos a adivinar películas y refranes en la Ruleta de la Suerte, veíamos los toros en la tarde mientras nos comíamos un buen bocata de chorizo de orza… Ay, Valentina, la mujer que más he amado, hace ya 10 años que me dejaste solo.

Hostias, no me quedan pastillas de esas rosas. No sé ni para qué me las estoy tomando, si voy a caer al hoyo con esto del “coranovirus”. Joder, esto es peor que el fumar, eh, y eso que en mis tiempos mozos me fumaba cajas y cajas de cigarros al día. Qué enfermo estaba. Cada mañana me da un impulso terrible de bajarme a La Manuela y, con una mano, coger el periódico que está encima de la barra con la tinta medio corrida de estar encima de los restos de cerveza y, con la otra, mi cafecico. Echo de menos a Gabriela, dichoso momento en que Manuela la contrató nada más llegar de Venezuela. Es verme entrar por la puerta y: “¡Hombre, Emilio! Cuánto tiempo sin pasarte por aquí, ¡ya te vale!” (ella siempre tan irónica), y acto seguido ya tengo mi café cortado con sacarina en la barra. Con la galletita al lado de la cucharilla, que no falte.

¿Pero qué me está pasando? Nunca he sido yo de ponerme tan nostálgico. ¡Lo que hace que uno pare el piloto automático! Vivimos sin pensar, sin presenciar ni valorar los pequeños placeres; y cuando te los quitan, te sientes vacío. Añoro el olor a fritanga. Ese que se incrusta hasta el alma. Pero es que, qué ricos están esos boquerones fritos con la cañita antes de comer. Aunque lo que realmente echo en falta estos días es a ella, junto a ese aparato lleno de luces y colores y el sonido de las monedas precipitándose una detrás de otra. Su pelo canoso pero bien ahogado en laca, y sus ojos verdes como la perla de ese anillo que le regaló su marido. Siempre me cuenta la misma historia del anillo, se repite como el ajo, pero me encanta escuchar su voz.

Maldito anillo, es que no se me va de la cabeza. Esto de estar encerrado en casa todo el día me está llevando quebraderos de cabeza. Ahora mismo solo me apetece echarme una buena copa de pacharán. A tomar por culo. Inclino la cabeza hacia arriba para mirar a través de mis lentes, giro la muñeca y miro mi reloj de piel que me regaló mi hijo Sebas cuando éramos padre e hijo, cuando aún vivía su madre. Ahora no sé ni quién es, ni quién soy. Siempre he creído que era de segunda mano, pero lo que importa es la intención. O eso dicen. Pero, Emilio, dónde vas, que son las 11 de la mañana aún… Qué cojones, ya me he cansado de normas. Tanto virus, tanta policía, tanta tontería. Para lo que me queda en el convento, me cago dentro. Cojo mi copa preferida y me echo un buen chorro de pacharán. Meto un sorbo y relamo hasta la última mínima gota que se posa en mi labio superior.

Es que es precioso, debió de valer un dineral. Si es que, cómo se va a fijar en alguien como yo, con lo viejo y pobre que soy. Cada vez que me cuenta su historia de amor, algo me remueve por dentro. ¿Qué hago mal? A veces subo a visitarla a su casa, cojo una silla de la mesa del comedor y me pongo junto a su mecedora mientras escuchamos “Solo te pido” de Manolo Escobar. Sé que es su favorita. O simplemente estamos en silencio. Encontrar a alguien con quien saber estar en silencio es muy difícil, joder, muy difícil. Necesito verla y estar con ella.

Bueno, vamos a ver mundo. Me echo otra copa. Un poquito más, que la de antes estaba floja. Cojo el mando de la televisión lleno de polvo y le doy al botón rojo de la esquina superior izquierda. ¿Quién ha bajado esto? No se oye na’. Subo, subo, subo, subo y subo el volumen. Ahoooora. La 1, “coronavirus”. La 2, “multas de hasta 600.000€”. La 3, “estado de alarma”. La 4, “papel higiénico”. ¿Pero qué está pasando? ¿Es que uno no puede ya ni ver la televisión, o qué?

Me cago en el bicho este y en la mierda de vecinos que tengo. Todo se haría más fácil si te sintieses al menos querido por tus compañeros de edificio. Pero no, son todos unos hipócritas de mierda. Te saludan con cara de angelito y luego te la clavan. Siempre que me ven con Paquita me miran raro. Si no, díselo a la del Julián. Lo que está es amargada y necesita un cambio de aires. O si no la del ático o la Raquel… como unas cabras, COMO UNAS CABRAS. Un bicho de esos no le vendría mal a ninguno. Venga, me bebo el culillo y me echo otra. Menos mal que tengo a Ezequiel, es para mí como un hijo. Siempre se preocupa por cómo estoy, si necesito algo… Menos me quiere su perro, que siempre me gruñe cuando le intento acariciar. ¿Cómo se llamaba, profesor Mozart? Sí, creo que era así. Profesor Mozart.

Hostias, ¿en qué momento se ha acabado la botella? Uf, mi cabeza, me da vueltas todo *hip*. Tengo muchísimo calor… Lo de la “Creta” esa va a ser verdad, sí. Qué graciosillo me pongo. Intento levantarme. Ay, qué mayor se hace uno… Voy a abrir la ventana a ver si entra algo de aire y me despejo *hip*. Agarro la manivela y tiro hacia arriba.

Cierro los ojos y me da todo vueltas, como si estuviese en una atracción de esas en las que se suben los chiquillos. Uf, qué gusto el aire fresco, la libertad. Noto cómo el aire enfría las gotas de sudor que se deslizan por mi frente *hip*. Uf, he bebido de más… Es por eso que es el momento. No puedo más con esta situación. ¿Qué hora es? Intento focalizar la vista como puedo en mi reloj de segunda mano y veo que ya es casi medio día. La quiero demasiado. Es momento de hacer lo que debí hacer hace ya mucho tiempo. Cada uno lo expresa a su manera.

Ay, Paquita.

Escrito por María Fernández.

Twitter e Instagram: @maferrrsa

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