Tragaluz (Parte 12)

Raquel. Primer piso, puerta 4.

“La vida sería trágica si no fuera graciosa”

Stephen Hawking

Ya hay que ser hijos de puta para estar montando jaleo a estas horas de la mañana. Vivo rodeada de gentuza, eso está más que claro. Y luego, sus miraditas que creen que no les veo pero que les veo de sobra, cuando creen que no las siento pero que siento de sobra. Y sus cuchicheos cada vez que entro y salgo del portal. Y cómo se separan cuando de pronto, cuando ya me tienen más que harta, me doy media vuelta y les grito.

–¿Qué pasa, queréis una hostia, pringaos?—Me flipa ver cómo se paralizan. Parecen estatuas de sal. Si les soplo, seguro que desaparecen. Cómo no voy a reírme pensando en eso. Si es que me sacan de quicio.

Uffff… estoy destrozada, necesito un chute. Tengo que tener algo por aquí cerca, en la mesita de noche dejé medio gramo ayer al volver a casa, antes de meterme en la cama. O eso creo. La verdad que mis escapadas nocturnas no están siendo nada complicadas, y es que quien hizo la ley, hizo la trampa. Y siempre hay tramposos dispuestos a saltársela a cambio de algo. Menudos cerdos. Así que yo cumplo con la cuarentena durante el día, y me largo cada noche a hurtadillas mientras la ciudad pasa del miedo y la angustia al sueño. Cuando he llegado esta madrugada, me he encontrado una nota pegada en mi puerta. “Ándate con ojo, zorra”. La he tirado directamente a la basura. Esto es cosa de alguno de los vecinos, que seguro que han descubierto que estoy enganchada a la toma de la comunidad. Que les jodan. Esto no hubiese pasado si la familia no se hubiese desentendido de mí. Ahora, que apechuguen. ¿Pero qué hora es, que no dejan de gritar?.

Son una panda de capullos. No me olvido del día que cumplí 27, hace exactamente… bueno, el tiempo que sea. Últimamente he perdido la noción del tiempo, aún más.. De regalo, se presentaron aquí los de menores y me aporrearon la puerta hasta casi tirarla abajo. Tuve que levantarme como pude, con una resaca del demonio, y ver cómo se me llevaban a Jesi y a Lidia. Que no soy buena madre, dicen las asistentas esas de mierda. Malditas sean ellas y todos sus antepasados. Y los míos. Los míos más. Y todo el vecindario en la calle, viéndolas marchar, con sus miradas que no hablaban pero que me juzgaban y sentenciaban mala madre. Mis pequeñas. Juro que cualquier día me llevo a todo dios por delante.

—¿Queréis dejar de hacer ruido de una vez?—.

Lo único bueno de este encierro es que no he vuelto a verlos más. Ni al pringao del perro, ni a las locas esas de los gatos, que hay unas cuantas, ni a los tres enanos con su odiosa familia perfecta, ni a los gemelos repelentes, ni a ese tipo raro que toca el piano, ni a la de los pájaros que ojalá se la coman un día todos juntos a picotazos, ni al americano ese por el que babean solteras y casadas, ni a ese otro que cada vez que nos cruzábamos me daba la sensación de que estaba imaginando alguna especie de tortura extraña para mí. Buah, ojalá el virus los pille a todos y se los lleve al otro barrio. Y que de viaje, se pase por los servicios sociales y los liquide a ellos también. Eso sí me haría feliz. Casi tanto como este par de rayas. Sabía que lo había dejado por aquí. En cuanto me relaje, echo un ojo a ver por qué tanto revuelo.

Tranquila, Raquel, que ya está.

La única vecina decente es Paquita, la del quinto. Siempre me ha caído bien. Sabe que estoy jodida, pero no me juzga. Cuántas veces me ha metido bajo la ducha, cuando ya no podía más con la vida, y luego me ha traído croquetas para las niñas y una copita de anís para ella y para mí. Ayer sin ir más lejos, me prestó 50 pavos para que pudiese salir a pillar.

—Prométeme que cuando pase todo ésto, vas a ingresar en un centro a curarte—, me dijo mirándome a los ojos mientras en su salón sonaba Manolo Escobar.

—Que sí, que sí, que lo que usted diga, Paquita—, le dije yo, sin mucha intención de cumplir ninguna promesa.

—Ale, marcha, pequeña, que nos vas a meter en un lío a ambas como nos vean juntas—, y se quedó rumiando, “…ay madre mía. Con lo buena chica que era de cría. Qué malas son las drogas. Qué pena de vida…”, y yo salí corriendo para que no me viese llorar.

—¡PODÉIS CALLAROS DE UNA VEZ, MALDITOS TARADOS!—vocifero mientras salgo de la cama arrastrándome y levanto con rabia la persiana de la habitación. El sol entra de golpe haciéndome cerrar los ojos con fuerza. Joder, igual no es tan pronto. Echo un vistazo al reloj despertador, que  marca las 12:07 h. Ya no sé ni en qué hora vivo. Abro la ventana con la intención de seguir disparando insultos, pero el grito se me queda atravesado en la garganta al verla estrellada contra el suelo.

Ay, Paquita. Qué te han hecho. Ahora sí que estoy completamente sola.

Hostia.

Joder.

Mierda.

Escrito por Grace Klimt.

Twitter: @GraceKlimt

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