Inspiración.

Recorro caminos desconocidos por los que avanzo por decisión propia.

He aprendido a sonreír ahora sabiendo que nadie me empuja al vacío, y tú te has quedado a lo lejos, dejando que el tiempo y la vida decidan por ti, viendo la película desde la última butaca de una vieja sala de cine que huele a palomitas.

Escuchando una canción de Lori Meyers siento que llega la inspiración. Uno de esos momentos en que no sabes por qué pero una letra te llega, te hace pensar. El ritmo acaba metiéndose en tu cabeza, con reminiscencias de música de Los Beatles, un sonido de los 60 que siempre te gusta cuando lo oyes en la radio, ligero, despreocupado, que te hacer recordar momentos buenos. A mí me trae la brisa del verano, al lado de la playa, cuando el sol se va escondiendo de una luna que le pone mala cara. Algunas gotas saladas te mojan los labios, pero nada importa, te las bebes porque no existe el tiempo, ni la ansiedad, ni el miedo.

Y además, con la música rebotando en mis tímpanos me siento como el tipo de la canción: sin equipaje y sin dirección.

Para mí es confuso el despertar de esos momentos, esos momentos en que la inspiración llama a tu puerta. Por una vez, estoy preparado para ella, con un bolígrafo y unas hojas sucias a mano para escribir todas las cosas que me vienen a la mente, para ordenar ideas y nombres que me parecen absurdos. Para ordenar todos los pensamientos que las notas y las sílabas transportan a mi mente.

“En el cielo juntos los dos, ahora suena su canción”.

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