El último bastión.

No fue amor a primera vista.

Tardé un tiempo en darme cuenta de que eras mucho más de lo que aparentabas bajo mil capas. Tuve que escarbar con tiento y paciencia, con saliva y sudor, para acabar descubriendo esa cara oculta que nunca muestras.

Me costó intentar que te vieras en el espejo como lo hacía yo, que te quitaras la idea absurda de lo que veían los demás tras el reflejo de tus iris.

Todos tenemos máscaras y abrigos que nos vamos quitando depende de con quién nos encontremos.  Todos tenemos facetas que están reservadas a unos pocos elegidos.

Y es que no está de moda la sinceridad.

Es más sencillo convertirnos en cuadrículas diminutas, en pisos que según quién entre abren unas puertas u otras, como cuando vienen invitados y tienes miedo de enseñar tu habitación, el último bastión que protege lo que queda del reino.

Me colé en tu vida como un caballo de Troya y he habitado durante un tiempo, como un obsequio, un regalo, una planta que sólo pedía algo de agua y alimento en forma de besos para seguir creciendo. Exploré tras tus murallas como un intrépido Robin Hood a la busca de un tesoro que repartir entre los pobres.

Batallamos con intensidad deshaciendo nudos y creando enredos, pero todas las guerras se acaban, como los abrazos.

Y después sólo quedan ruinas, humo y silencio.

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