Mes: enero 2020

Suite no. 1

Todo podría ser de otra manera.

La vida que tenemos.

El dinero que marca nuestra cuenta bancaria.

Los sentimientos que nacen y se mueren.

El tiempo.

El lugar en el que nacemos.

Nuestra familia.

Los grupos que nos gustan.

La cantidad de libros que llenan nuestras estanterías.

La comida que hay en la nevera.

La ropa sucia dentro de la cesta.

Los días que llevan las sábanas sin cambiar.

Nuestro currículum.

La ciudad en la que vivimos.

Los seres que se han ido.

La suite no.1 de Bach para violoncello que podría estar en otra tonalidad en lugar de en sol mayor, en do menor, por ejemplo, o en la bemol o en re sostenido mayor.

Pero no.

Las cosas son así por alguna razón.

El problema viene en el hecho de que se nos escapa el motivo último por el que nuestra historia sigue un camino y no otro a pesar de creer que tomamos las decisiones más acertadas.

Si queríamos ir por el camino más rápido y al final estamos en medio de esta encrucijada llena de opciones y destinos, sin saber muy bien qué hacer con nosotros ni con los demás.

A algunos la vida nos empuja a tragar fango, a romper huesos, a llorar lejos.

A algunos la vida nos obliga a no tener opción, a tener que asumir la pérdida de sangre diaria, a mirar al cielo únicamente cuando ya no deslumbra el sol, a pasar frío en la cama porque esta se queda demasiado grande cuando estás solo.

Y has llegado tú a sonreírme, y a querer acariciarme la nuca con tus dedos finos, y a mirarme con esos ojos claros que me desconciertan si me cruzo con tus pupilas.

Y da igual, porque yo estoy pensando en otras manos y otros ojos, y otra boca.

Y te beso y sólo siento cenizas en la garganta alzando el vuelo por culpa del viento, y el crujido de las hojas de los árboles en el suelo dentro del pecho, y la piel fría de tu espalda desnuda me recuerda al mármol de las esculturas griegas y me convierte en piedra.

Y tengo que pedirte perdón antes de que te vayas a casa con El Libro del Desasosiego en tu bolso.

Y pienso que podríamos ser perfectos y que todo podría ser de otra manera.

Pero las cosas son así por alguna razón.

Regalos y carbón.

Hablar es fácil.

Al final únicamente consiste en elegir palabras, colocarlas una detrás de otra, y darles cierto sentido para que el receptor entienda nuestro mensaje.

Hablar es tan sencillo como efímero, y muchas veces lo que decimos se evapora con el primer soplo de aire del día, con el último aliento de la noche.

Salen tantos vocablos de nuestras bocas de los que después nos arrepentimos, frases que al pensarlas de nuevo cambiaríamos por completo, letras que pondríamos en otros lugares. Se nos llena la garganta de verbos, adjetivos, nombres y adverbios de todo tipo, y después nos quedamos parados.

Somos mucho de decir y poco de hacer.

De quejarnos más que de solucionar problemas.

Siempre he tratado de ser honesto conmigo mismo y con el resto, y por eso la conciencia baila en calma cuando mi cabeza roza la almohada, aunque tenga el pecho destrozado y la coraza no me deje respirar.

Hablar es tan sencillo que permite no comprometerte con nada, pasar de puntillas por las promesas y los juramentos que pronuncias.

Hablar es tan fácil que ya no puedo creerme tus palabras, ni tus te echo de menos, ni tus te necesito, ni tus te quiero.

Porque yo he sido más de acción que de oración, más de hacer que de esperar sentado, más de demostrar con gestos todo aquello que grito y pronuncio que de quedarme parado mientras la gente y el tiempo pasan a mi alrededor.

Un día esperé a que soplara el viento y corregí las velas, y agarré el timón.

Y me fui alejando, dejando atrás tierra firme, besos, abrazos y más de una canción.

Y ni siquiera preparaste tus alas, esas que cosimos juntos a tu espalda, ni miraste en mi dirección.

Hablar es fácil, sólo espero que un día aprendas a volar de verdad.

El único regalo que quería no puedo tenerlo.

“Quién iba a decir que sin carbón no hay reyes magos.”