El enero más largo de nuestras vidas.

El desastre ha hecho que ya nunca cene besos ni me duerma escuchando tu respiración en la habitación a oscuras.

Ya sólo resuena post-rock en las paredes.

Hay velas encendidas que huelen a frutos del bosque por la casa.

Me duelen la mano y el corazón de escribir.

He arrancado algunos cuadros.

A veces me falta el aire.

Nunca tengo ganas de hacer la cama.

Un nudo en la garganta me aprieta de manera permanente.

He roto algunas fotos.

Las tazas de café se acumulan en la cocina.

Sólo cierro los ojos cuando los vecinos dejan de gritar.

Pero podría ser peor, a pesar de todo estamos vivos.

Callados pero vivos.

Recuerdo los días en los que éramos héroes con copas en la mano y risas en las tripas, sin capa, sin traje ni disfraz, sin banda sonora.

Héroes sin esperanza que han desaparecido con las primera dudas.

Héroes que al primer problema se han esfumado.

Ya no luchamos, sólo nos dejamos perder.

Ponemos barreras para poder huir más rápido y más lejos sin tener que dar explicaciones, sin hablar en voz alta, agachando la cabeza, llenándonos el pecho de flores muertas y caparazones que ha traído el mar revuelto hasta aquí.

Sólo quiero que dejes de doler, poder ver el amanecer con alguna esperanza, escuchar el despertador sin querer hundirme en el colchón.

Sólo quiero que esto acabe.

El enero más largo de nuestras vidas.

 

 

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