Bacterias y diamantes.

Escucho los coches pasar por encima de los charcos en la calle, las voces de los vecinos tras las paredes, y me doy cuenta de que somos ajenos a lo que pasa fuera de nuestro alcance, que desconocemos por completo a qué se enfrentan los demás en su día a día. La cajera del supermercado, el panadero, el que recoge la recaudación de la máquina expendedora de tu trabajo, incluso nuestra familia y amigos. Hemos dejado de preocuparnos por los demás, y al mismo tiempo ellos han dejado de preocuparse por nosotros. Nos hemos reducido a ser entes individualistas, que anteponen su ego y sus necesidades a las del resto de personas de su entorno. Nos hemos confinado en un espacio cada vez más pequeño en el que no queremos que nadie entre a molestar, ni a preguntar.

El ponernos un escudo para protegernos ha acabado aislándonos tanto que la soledad crece del mismo modo alarmante que se multiplica una bacteria multirresistente. Nos guardamos secretos que acaban haciendo herida, nos guardamos verdades que acaban quedando tan ocultas que las olvidamos y después de todo compartimos la mentira y convivimos con ella como seña de identidad.

La sinceridad se ha convertido en algo tan preciado como escaso, igual que los diamantes, el litio o el petróleo.

Igual que el amor o el respeto.

¿A ti no te enseñaron que nunca se juega con la gente que ha demostrado que te quiere de verdad?

No se hace daño a quien nos cuida, porque es tan difícil encontrar a quien quiera hacerlo que no podemos permitirnos el lujo de perder a esas personas.

No podemos quedarnos huérfanos en un mundo al que ya no le importa nada ni nadie, que sigue girando gracias a las cifras de los bancos y a una órbita alrededor del sol.

No podemos perder a quien un día nos abrazó sin necesidad de que le contáramos el motivo de nuestros ojos rojos.

No podemos perder a quien un día nos dio la mano para que nos sintiéramos menos solos.

No podemos perder a quien un día nos besó en la frente y dejó que durmiéramos en su regazo mientras nos acariciaba el pelo.

Y si dejamos que pase estamos siendo cómplices de un mundo más gris, un mundo al que ya se le va la luz poco a poco entre engaños, excusas, farsas, fraudes y demás trampas.

Yo sigo llorando a diario, agachando la cabeza con el corazón encogido escuchando los ruidos que empapan el silencio nocturno

y paso largas horas gimiendo como el huracán, como un perro enfurecido.*

*Versos de “Insomnio”, Hijos de la ira, Dámaso Alonso.

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