El café y la utopía.

¿A quién no se le atraganta la vida un domingo por la tarde?

Creo que sucede porque se agolpa todo en la garganta: la soledad, la rutina, la tristeza infinita de la distancia y los cigarros del sábado noche.

El fin de semana nos tritura del mismo modo que el último amor, convirtiéndonos en seres de usar y tirar.

El lunes acaba llamando un par de veces a la puerta y tienes que abrirle por obligación, y dejar de sentir y volver a fingir.

Vuelves a ponerte la máscara, con un intento de sonrisa, y tratas de borrar las bolsas bajo los ojos culpa de las lágrimas que han inundado tus sábanas. No hay respuesta a las preguntas que me lanzan, ni verdades.

Tengo que volver a ocultar la realidad y seguir con los hombros hacia adelante, como si nada.

Creía que no volvería a casa solo más, creía que cambiaríamos juntos, creía que no pelearíamos, que leeríamos libros distintos desde cada lado del sofá, que acabaríamos con las existencias de queso y vino de las tiendas del barrio, que me robarías la manta en la cama desde septiembre a mayo, que nunca sabríamos qué películas ver juntos, que podríamos reír hasta en medio de un atasco, que nos mojaríamos con los charcos cuando asomara la lluvia.

Creía en utopías.

Creí hasta en mentiras que no tenías necesidad de decirme en voz alta mientras me mirabas a los ojos.

Y repetí el error, metido de pleno en esta ceguera que es el estar enamorado.

Confieso con sinceridad que esperaba que fueras capaz de hacer las cosas bien esta vez, que si yo siempre había sido claro tú te verías obligada a serlo en algún momento, que te atreverías, que tendrías la valentía y la necesidad de hablarme de verdad, que podrías sacar de tu cabeza todo lo que te atormenta y yo te daría como siempre tiempo y espacio.

Pero no puedes, y ahora estoy casi convencido de que nunca podrás.

Algunos no sabemos vivir con verdades a medias, conociendo sólo retales de la vida de la persona a quien queremos.

Algunos preferimos la sinceridad aunque nos duela, preferimos afrontar la vida aunque nos hiera.

Con aquel último café dejé de confiar en ti y en tu boca.

Y ahora ya no me bebo tus palabras.

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