Cuatro casas y un disparo.

He llorado hasta en cuatro casas distintas y siempre por ti.

Una decena de almohadas y mantas se han impregnado durante estos años de tu olor y mi dolor.

Las personas también debemos tener varias vidas si no por qué habría permitido que me rompieras el corazón más de una vez, sin oponer la más mínima resistencia, dejando que mi piel se desvaneciera cada vez que la acariciabas.

Y siempre he vuelto, a pesar de todo, a exponerme, a confiar, a tapar las heridas y creer.

 O soy un soñador empedernido o el tipo más imbécil que te cruzarás en la vida.

He caído en la trampa de creer todo ese cuento bien hilado que nos contaron de pequeños sobre el amor verdadero, la lealtad, la sinceridad y no mentir nunca mientras miras a los ojos de la persona a la que quieres.

No hay mentiras piadosas, ni evasivas que puedan ocultar la realidad.

Siempre me ha hecho falta más dinero que valor.

Más abrazos y menos pastillas.

Me despierto ahora siempre antes del amanecer, con tantas ideas mezcladas, tantos sentimientos encontrados, tantas astillas en la garganta que puedo ver el sol elevándose entre los tristes edificios de una ciudad que nunca bosteza de la misma forma.

La vida adopta otras formas, otros tonos algo más apagados de lo normal, y casi sé ya cuántas veces parpadea el semáforo de enfrente antes de cambiar de color.

La vida se diluye entre los dedos y el sabor salado que se desliza hasta mis labios.

No sé si felicitarte, has disparado certera la última bala.

El último disparo a un corazón que ya no puede desangrarse más.

 

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