Aquel niño tenía razón.

Un poco más de dolor.

Otra punzada más entre las costillas.

Un poco más de decepción.

Confiar en las personas nunca me ha llevado a buen puerto. Abrir las puertas de tu casa y dejar que entre alguien a acomodarse sólo me ha devuelto daño y bilis. He dejado que hagan y deshagan conmigo a su antojo, que me pongan hilos en las mano para manejarme en su función, que me utilicen hasta que llega un juguete más nuevo y mejor, y sólo puedo ser pasto de vertedero.

Si me lo hubieran dicho, que no me ibas a romper el corazón ni una ni dos veces.

Si hubiera querido escuchar.

Si hubiera querido ver.

Derrota, caída.

Taquicardia.

Ahora sólo importan las olas chocando contra la orilla y las nubes viajando en la inmensa oscuridad que nos da la noche cerrada.

Ahora sólo importan las lágrimas y la falta de aire.

Ahora sólo importa la soledad en medio de un largo y silencioso otoño.

Ahora ya no estás.

Ni lo estarás.

Al final de la historia me doy cuenta de que sigo siendo aquel niño pequeño que lloraba acurrucado en la cama porque pensaba que nadie iba a quererlo nunca

Al final de la historia me doy cuenta de que aquel niño tenía razón.

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